
Paseando ayer por el parque, escuché un grito singular:
— ¡¡¡Te mato!!!
Semejante anuncio era vociferado por una madre, desde la terraza de la casa, a su hijo de unos seis o siete años que jugaba en el parque inmediato. Supongo que el niño estaba a punto de cometer un acto sancionado, tan grave como tirarse por el tobogán de pie o de escalar al tejadillo de la casita de juegos, actividades en las que podría romperse un brazo, hacerse una herida o acabar con un bonito chichón. Lo que impresionaba es que, para prevenir tales cosas, aquella madre apostaba directamente por el terrorismo psicológico, por la violencia verbal más extrema o, por decirlo claro, por la declaración de que iba a asesinar al niño.
En este caso, la desproporción entre delito y punición es tan acusada que rozaría lo grotesco si no nos atuviésemos al sentido de la amenaza. Y es clarificador que se elida la parte del condicional lógico que se intuye y que este tenga obligatoriamente que ir en tiempo presente: Si haces ésto, te mato. Enunciándose de tal forma, no se dan alternativas. El cumplimiento de la segunda parte (te mato) ocurre por necesidad y no precisa que se concrete la veracidad del primer miembro. La muerte es ya cierta y no probable o futura. No ocurre al minuto siguiente o en el momento en el que se llegará a casa. Por el contrario, al emplearse el presente, adopta el valor inmediato: en la práctica, la madre está anunciando al niño que ya lo está matando, como si se hubiese subido a horcajadas sobre él y, a ritmo de puñaladas, le diese una información de Pero Grullo.
Cuando era niño recuerdo haber escuchado, continuamente, a todas horas y en cada situación a algún padre o madre bramar que iba a matar a su hijo. La amenaza era continua e intenso el reinado del Terror. La presión psicológica a la que son sometidos los niños sólo tiene correspondencia con la vocación de sometimiento por parte del agresor. La violencia verbal forma parte de las fórmulas institucionalizadas de dominio, de la estrategia que pretende la destrucción nerviosa del rival. No difiere mucho del repertorio de torturas que comete todo Estado. En aquellos días, los padres, más explícitos y literarios que los actuales —je me rappelle— gritaban que iban a cortar el pescuezo de sus hijos, que los iban a ahogar como gatos (sic), que los estrangularían, que les iban a sacar los hígados o que los estocinarían1 sin remedio. Cuestión de formas cuando el fondo es el mismo.
La frase me impresionó, lo reconozco. A mi alrededor, parecí ser el único perplejo. Las mujeres seguían hablando animadamente entre sí, mientras el corrillo de hombres permanecía impertérrito. Ni uno solo de los niños se sorprendieron de tal locución. Vivimos bajo la normalidad de le Grand Peur.
Nota: 1. Estocinar quiere decir hacerle a alguien lo que se hace a los tocinos, esto es, a los cerdos, el día de la matanza: abrirlos en canal con un arma blanca. Por lo demás, todas las locuciones fueron enunciadas ante mi presencia y no son, por tanto, fruto de mi fantasía ejemplificadora.





























En agosto de 1962, la imaginación del guionista Stan Lee y los lápices de Jack Kirkby habían creado, dentro de la serie Journey into Mistery nada menos que al dios Thor (Þorr). Ya desde su primera aparición, Thor muestra su vocación por resolver las cosas a guantazo limpio liándose a tortazos con unos extraterrestres deseosos de dominar el planeta Tierra. En el siguiente número (Journey into Mistery, vol. 1, No. 84, septiembre de 1962) iban a tratar de continuar las aventuras de este personaje, metido ahora nada menos que a resolver conflictos internacionales. 



La Revolución perdida, publicada en 2004 como la tercera parte de las memorias de Ernesto Cardenal, se cierra con este pasaje espectacular que tanto escoció a las instancias vaticanas (y que ha sobrecogido el corazón de este ateo que os escribe). Quienes están en sintonía con las fuerzas más conservadoras del planeta sentirán a buen seguro escalofríos al leer a un sacerdote expresarse de forma tan libérrima y pura. No cabe duda de que en muchos aspectos, Cardenal puede ser un hombre equivocado1 (y por ende, un sacerdote equivocado), pero difícilmente puede decirse que en estos párrafos esté expresándose de una forma corrupta, falsaria o equivocada desde el punto de vista cristiano. El Cristianismo tiene todavía en su seno, como una semilla dormida que apenas se despereza de cuando en cuando, el pensamiento radical de Minucio Felix o de Tertuliano o de un Francisco de Asís.
Pero también es verdad que siglos enteros de dominación, de poder, de boato y de haberse convertido en un formidable poder temporal, hace que el Cristianismo suscriba con demasiada frecuencia pensamientos como los que hace poco vomitaban en público los obispos Rouco Varela, Cañizares o García-Gascó. Aquí se acabó la preocupación por la fraternidad o el amor, ni se ve la presencia de los pobres en su discurso: los puntos a discutir son, como se ve, si el Estado debe o no ampliar los supuestos por los que una mujer está autorizada a abortar; las facilidades concedidas para que los matrimonios civiles puedan disolverse civilmente; la inclusión de una asignatura que enseñaría que hay una Ética universal que no se pronuncia sobre la existencia o no de Dios; y finalmente, la composición de una pareja para que pueda ser reconocida civilmente como matrimonio. A decir de estos señores, estas disposiciones legales atentan contra la democracia, contra la libertad, extienden el miasma del laicismo y provocan el adoctrinamiento de los escolares en una materia en la que, hasta la fecha, ellos han sido los únicos autorizados a adoctrinar.





