Mensajes Antiguos, Quotidiana07/02 /2007 11:38 pm

Avasiaslaj III, Jr, o King, como ustedes prefieran. Con un año de edad Por lo general, a los perros se les dedican mensaje cuando mueren, o como mucho cuando hacen algo extraordinario. O si no, nos queda la otra vertiente: esos comentarios almibarados de las páginas de mascotas, en los que la gente habla de los perros de la forma más repugnante que uno pueda imaginarse. Para colmo, se entretienen en disfrazarlos con ropas, o ponerle gafas, o acercarles cigarrillos, o tirarlos desde los toboganes, o barbaridades de semejante jaez. Por lo que he podido encontrar, rara vez se les dedica un mensaje tranquilo que rinda homenaje a la relación de dos seres de distintas especies que viven juntos. Por tanto, no diré mucho o nada sorprendente.

El amigo King, este animal melenudo que ven en las imágenes, no parece para colmo el perro del que uno puede hablar acerca de estas cosas. De un mastín o de un pastor alemán se puede decir que es un compañero fiel; de un perro que compile infinidad de razas, que es más listo que el hambre. Sin embargo, de estos bravos terreros reformados y travestidos de peluquería, rara vez se dice más que el que son muy bonitos. Alejemos esa idea, y no por falta de belleza. King y yo nos llevamos bien; jugamos juntos en casa, salimos a pasear a la par (solemos coincidir en ello: o se lo sugiero yo, o me lo dice él), nos alimentamos de la misma cocina. Por estas cuestiones de las habilidades, hemos llegado a un pacto: ya que yo tengo pulgar prensil y eso me capacita para ciertas destrezas manuales, cada día salgo yo de casa para ganarme el pan de los dos. Él no lo tiene. y se queda holgando tranquilamente, durmiendo y bostezando adormilado el resto del día, evitando como al diablo el infamante sometimiento al trabajo. Es un pacto entre compañeros: ya que hay que trabajar, mejor que el mal recaiga en uno que en los dos. No creemos en esa clase de equitatividad.

Música, Mensajes Antiguos01/07 /2006 5:15 am

Me dicen que echarle guindas al pavo es lo mismo que decir echar margaritas a los cerdos (desperdiciar algo con alguien que no lo aprecia). Debían de ser tiempos duros aquellos en los que los pavos se valoraban menos que las guindillas, cuando los mineros asturianos tenían firmado en convenio que el patrón -que debía facilitarles la comida- no les daría salmón para comer más de tres veces por semana. Hoy, vistos los precios del mercado, me parece que no tenemos la misma escala de valores.

Ya que Settembrini nos dejó la inquietud por la muerte de Imperio Argentina en Dos señoras, quiero recordar aquella infausta canción con que se me torturaba de pequeño, y que se llama del mismo modo que el refrán. Con música (es un decir) de Juan Mostazo y letra de Ramón Perelló, la canción viene a jugar con el sentido de las “guindas” como alimento, y el sustantivo derivado del verbo “guindar” (en caló, “robar”).

Sin embargo, parece que Perelló no conocía las acepciones clásicas que recogen los viejos diccionarios de germanía (o habla de los bajos fondos desde el XV en adelante). Según  Hidalgo, en su obra Poesías de germanía, “guindar” vale por “aquejar o maltratar”, que también compulsan las viejas ediciones de el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE); Añadir que, como se ve en el Buscón de Quevedo, se puede verter por “izar”, y metafóricamente, por “ahorcar”.   Pero aquello que cité en primer lugar (lo de robar) parece ser la única gracia de esta canción hecha para los españoles, que por lo general, son sujetos bastante sosos, y muy dados a atribuir todos los desmanes sociales a los extranjeros o a otros pueblos. La letra es la que sigue:

Huyendo de los civiles (1),
Un gitano del Perchel (2),
Sin cálculo ni combina (3),
¡Que donde vino a caer!
En un corral de gallinas,
¿Y qué es lo que allí encontró?,
Pues una pavita fina
Que a un pavo le hacía el amor.

Saltó la tapia el gitano,
Con muchísimo talento
Y cuando se vino a dar cuenta,
Con un saco estaba dentro.
A los dos los cogió,
Con los dos se najó (4),
Y el gitano a su gitana
De esta manera le habló:

Échale guindas al pavo,
Échale guindas al pavo,
Que yo le echaré a la pava,
Azúcar, canela y clavo,
Que yo le echaré a la pava,
Azúcar, canela y clavo.

Estaba ya el pavo asao,
La pava en el asador
Y llamaron a la puerta,
Verá usted lo que pasó
Entró un civil con bigote (5),
¡Ozú, que miedo, chavo! (6)
Se echó el fusil a la cara
Y de esta manera habló:

A ver donde está ese pavo,
a ver donde está esa pava
porque tiene mucha guasa (7)
Que yo no pruebe ni un ala.
Con los dos se sentó,
Con los dos trajeló (8)
Y el gitano a la gitana
De esta manera le habló:

Échale guindas al pavo,
Échale guindas al pavo,
Que yo le echaré a la pava,
Azúcar, canela y clavo,
Que yo le echaré a la pava,
Azúcar, canela y clavo.
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Notas:

1. Civiles. La Guardia Civil. En origen, un cuerpo de orden rural con particular afición por maltratar a los gitanos.
2. El Perchel o los Percheles es una reunión de malhechores, pero en este caso, hace referencia a un barrio de pescadores en Málaga, situado fuera de las murallas, y más allá del Guadalmediana. Sus habitantes tenían fama de bravos y de vivir fuera de la ley.
3. Sin haberlo premeditado.
4. Najarse, o Salir de najas es huir corriendo.
5. Parece que la iconografía popular suele pensar a los guardias civiles como hombres con bigote. El bigote, al menos en España, está asociado al autoritarismo más rancio.
6. “¡Ozú!” o “¡Osú!” son interjecciones andaluzas que suelen expresar sorpresa. Chavo es muchacho, joven: se emplea actualmente en algunos países de Hispanoamérica (al menos, que yo sepa, en Venezuela era común no hace mucho).
7. Tener mucha guasa: de nuevo, es andalucismo. Quiere decir que algo es muy gracioso, pero se emplea con frecuencia con ironía para significar lo contrario.
8. Trajelar: Hartarse de comer y, muy frecuentemente, de beber. Traer traje de uvas es ir embriagado. No sé si sería correcto derivar la primera de la segunda.

Pensamiento, Mensajes Antiguos18/06 /2006 2:48 pm

Los situacionistas devienen de la crítica marxista de la cultura: su campo de acción natural es interrogarse el papel del hombre en la Sociedad de Consumo, en la que la Cultura no es sino una de las formas de comercio y espectáculo. Hijos de la Bauhaus imaginista, del grupo CoBrA (que renegaba de la autoría y del hiperespecialismo en el Arte), y del Movimiento Letrista (las lucubraciones de Isidore Isou, comprometido con el caos y derribo de los sistemas artísticos vigentes), tienen su apogeo en las fases prerrevolucionarias del (tan mitificado) Mayo del 68 francés.

Al ser un movimiento heterogéneo, en el que cabía tanto la crítica social como la creación (teorética) de una nueva estética, el resultado es variopinto. Uno tiene la impresión después de leer sus textos más importantes que el único nexo común es una invitación a la subversión, que va desde la llamada tibia a los estallidos más virulentos. Guy Debord y Raoul Vaneigem fueron ciertamente brillantes; pero en su constelación habitan muchas medianías. Es lógico: el firmamentos se compone de cuerpos más brillantes y otros que no lucen, eclipsados la luz de los anteriores. Sin embargo, la misma amplitud del movimiento, que quiere abarcar demasiado, y las características internas del mismo (antes integrador que sistema cerrado) hace que tengamos de ello una idea confusa si lo abarcamos como un todo.

Los textos debordianos revelan una preocupación por la falsedad de la sociedad de consumo, que tienta a los seres humanos con sus cantos de sirena que esconden el seguro naufragio de la vida. Ante esto, Debord incita a la rebelión contra esta falsedad que nos impide vivir una vida verdadera. La reinvindicación es al tiempo denunciativa y resistente. Al apelar a la propia responsabilidad para negarse a la colaboración contra la Dictadura del Consumo-Espectáculo, evita el mecanicismo de cierto marxismo, pero al tiempo, parece confiar demasiado en un sistema perceptivo exclusivamente individual, que hace de cada ser humano un ser autónomo sometido al Capital por mera dejadez personal, lo cual parece un tanto exagerado.

La vertiente más revolucionaria de la Internacional Situacionista se basa en su llamada a subvertir el orden para edificar situaciones nuevas libres de este miasma. No en vano, hablan de la construcción de la Nueva Babilonia de Constant (una ciudad en la que el homo ludens de Huizinga sea realidad); no olvidemos la atracción que el Situacismo supuso para los arquitectos.

Las contradicciones internas ponen fin al Situacionismo en 1972 con un texto de Debord. Pese a ello —a su muerte declarada—, sigue medianamente activa su influencia, y aparte de reconocer sus rasgos en filosofías posteriores (postestructuralismos, Nouveaux philósophes), se siguen publicando textos relativamente cercanos al Situacionismo: Amador Savater, el hijo del filósofo de la tele, anduvo durante un tiempo (no sé ahora, hace tiempo que no le veo) muy interesado en los textos situacionistas. Leímos en un grupo en la Facultad el libro de Debord que dejo más abajo.

La sociedad del espectáculo, Guy Debord (1967)
Acerca de Vaneigem
Sobre el situacionismo
Proyectos utópicos arquitectónicos (a propósito de la New Babilonia)
Situacionismo (en italiano)

Historia, Mensajes Antiguos 2:38 pm

Hoy vengo a hablaros de un texto distinto: el Lapis Satricanus (La Piedra de Sátrico). En su única página de piedra, hallada en un templo a Mater Matuta, consigna una inscripción votiva a Marte por parte ‘de los amigos de Poplio Valesio’. Sátrico (Satricum), ocupa lo que es hoy Borgo le Ferriere, a unos 60 kms. al sur de Roma. El lapis citado puede fecharse con certeza en torno al 500 ac. Está escrita en un latín arcaico en el que todavía subsiste el genitivo indoeuropeizante en –osio, tan similar al acabado en –oio en los versos homéricos.

iei steterai Popliosio Valesiosio suodales Mamartei [Dedicado por los compañeros de Publio Valerio a Marte]

Este hallazgo, que puede parecer trivial para quien sea un lingüista histórico (poco le iba a descubrir, desde luego) o para los historiadores de la religión preocupados por el ascenso de la importancia de Marte en esas fechas, contiene un dato sorprendente, que es el que ocupa (y entusiasma) a los historiadores de la Roma Arcaica. Es el mismo praenomen y nomen: Poplios Valesios.

Los estudiosos (y estudiantes: yo prefiero el proceso durativo) tenemosla tentación de relacionar a este Poplio Valesios (Publio Valerio) con el famoso Publio Valerio Publícola de la historia, ese que mencionan Dionisio de Halicarnaso, Livio y Plutarco, cónsul en la segunda elección tras la revuelta contra la monarquía de Tarquinio el Soberbio. Claro que quien así piense, debe explicar porqué los amigos (solades) le dedican una inscripción nada menos que en una ciudad vecina. ¿Acaso la influencia de Roma llegó, en fechas tan tempranas, hasta las tierras de Sátrico

No todos aceptan el hecho: Para los seguidores de Robert Ogilvie (A commentary on Livy, books I – V), la cuestión es clara: en la pg. 241, (comentario a II. 2.11) dice sin paliativos ‘P. Valerium: the consulship is false’ (naturalmente, Publio Valerio: el consulado es espurio), cosa que, bien mirada, tampoco tiene necesariamente que decir que la misma figura de Publio Valerio tenga que ser falsa, sino solo su consulado. Además, hemos de tener en cuenta que Robert Ogilvie publica su obra en 1965, y la addenda de la revisión está publicada en 1970, siete años antes de que pudiese siquiera hacerse eco del Lapis Satricanus, por lo que es difícil saber si Ogilvie hubiese cambiado su postura de tener este dato a su alcance. Muy posiblemente, no.

Georges Dumézil (Mito y Epopeya, vol. III: Historias Romanas, pgs. 265 et passim), aprovecha los comentarios de Ogilvie, pero se aparta taxativamente de él en muchos aspectos. Fundamentalmente, en su intención de cuadrar sus planes de la Triple Función indoeuropea, parece insertar la vida de Publícola en esa serie de lo que él llama ‘servicios paradójicos al Estado’, desdibujando a Publícola hasta convertirlo en un tema de mitología comparada. Si bien no llega a pronunciarse acerca de su existencia (Dumézil está más preocupado por los modelos de narrar que de otra cosa), parece lícito suponer que no cree demasiado en ella.


Visto que gravitan serias dudas acerca de la autenticidad del consulado (o de la misma existencia) de Publio Valerio, el Lapis Satricanus ofrece una posibilidad de certificación; un tanto evanescente, es cierto, pero que se puede adecuar a ciertos modelos explicativos:

Reconstrucción del centro monumental de Sátrico en época arcaicaHemos dicho que las fechas nos son favorables: tanto para Livio (Ab Urbe Condita, II. 16.7), como para Plutarco (Vida de Publícola, 23), Publícola muere rápidamente en el 503 ac. La primera pregunta que nos salta es saber qué demonios hace una inscripción en un templo de Sátrico. La ciudad, que parece que no perteneció a la Liga Albana (acerca de ello, la lista sintética que ofrece Plinio en Nat. His. III. 68-69), pero desde luego, sí a la Liga Latina (Dionisio de Halicarnaso, V. 61); nos aparece mencionada por primera vez en Livio en II. 39.3 como parte de las campañas de Coriolano al mando de los volscos, y donde se dice textualmente: ‘Después les quitó a los romanos Sátrico (…)‘. No sabemos en primer lugar si Sátrico era un aliado de Roma (Livio tiende a entender como posesión a las ciudades aliadas), una ciudad dependiente, o siquiera cuando se establece esta relación. A tenor del carácter de la ciudad, y el registro arqueológico, podemos colegir casi con seguridad que Sátrico era, en cualquier modo, independiente en época de Publícola, por lo que deberemos interpretar el lapis satricanus de otro modo.

Los sodales son parte importante de este modelo explicativo: ya se lleva insistiendo desde hace mucho tiempo en que la Italia Central del siglo VI ac. era el mapa de operaciones de una serie de band leaders (así en Momigliano; pero si él prefiere el inglés, yo volveré al italiano: llamémoslos condottieri) que, en mayor o menor medida, se vendían a la ciudad que mejor pagase sus servicios. Tales condottieri (aristócratas, al fin y al cabo) basaban su poder en el mandato de un contingente armado más o menos numerosos de clientes o sodales, desplazándose por las zonas de conflicto. Como mercenarios armados, su fidelidad era, cuanto menos, dudosa. Así se interpreta el caso de Coriolano, quien después de haber guerreado por los romanos, pasó a los volscos para guerrear contra Roma, y que en la Antigüedad era famoso por la numerosa facción de jóvenes que le seguía y por muchos clientes que se le habían unido con vistas a sacar provecho de los botines de las guerras (D. H., 7. 23). Stratian ekoision (líder de voluntarios) es en definitiva Coriolano en las Antigüedades Romanas 8. 12, cosa que, a decir de Lucien Gerschel es la indubitable señal del condottiero.

Del mismo modo tendremos que entender la llegada a Roma de Ato Clausio (Apio Claudio), quien en el 504 ac., a decir de Livio (II. 16.4)

(…) al verse presionado, él que era partidario de la paz, por los defensores de la guerra, y encontrarse en inferioridad frente a ellos, emigró desde Inregilius a Roma seguido de un gran número de clientes.

El gran número de clientes es concretado por otros autores, que lo elevan a nada menos que 5.000. Sea cual fuere el número, lo que nos queda claro es que era suficientemente alto.

A decir de Livio

se le concedió la ciudadanía y unas tierras al otro lado del Anio (…) a la que más tarde se incorporaron nuevos mienbros. (…) Apio fue admitido en el Senado y no tardó mucho en ser uno de sus principales.

Situación de Sátrico respecto a Roma El dato es, cuanto menos, generosísimo de la ciudad para con un hombre que, seguido de un buen número de sodales, propugna la paz. Parece más sencillo entender que, estando Roma como estaba envuelta en el maremagnum de las guerras sabinas, se contratan de alguna manera los servicios de Apio Claudio y su ejército de clientes. Del mismo modo que Coriolano (si aceptamos que éste era orihundo de Roma) terminará haciendo la guerra contra su patria, Apio Claudio no tarda en hacer algo parecido, siendo de ascendencia sabina y pasándose a Roma.

Para los historiadores latinos, Apio Claudio viene a Roma en vida de Publícola (en su cuarto consulado, para ser más exactos), por lo que el fenómeno, tratado con inocencia por parte de Livio, tuvo que ser frecuente en tales fechas, que es lo que ha defendido siempre Momigliano.

Anteriormente, tenemos el caso del episodio de Mastarna; los fragmentos de Claudio y un comentario de Tácito, Ann. IV. 65 nos muestran claramente esta parte de la Historia Antigua de Roma. En Claudio, en los desgraciadamente mutiladísimos fragmentos que nos han quedado de él, se puede leer como Caeli Vi | vennae sodalis fidelissimus (Mastarna, el más fiel de los compañeros [soladis] de Celio Vibenna) abandona Etruria con el ejército de Celio tras la muerte de éste (com omnibus reliquis Caelani exercitus), y que también es pagado por Tarquinio Prisco u otro de los reyes, a decir de Tácito, con el monte que antes se llamaba Querquertulano, y que se conoció bien pronto como Monte Celio (montem eum antiquitus Querquetulanum cognomento fuisse, quod talis silvae frequens fecundusque erat, mox Caelium appellitatum a Caele Vibenna, qui dux gentis Etruscae cum auxilium tulisset sedem eam acceperat a Tarquinio Prisco, seu quis alius regum dedit). Es decir, el mismo caso que el de Apio Claudio.

Reconstrucción del Lapis SatricanusQue los condottieri tuviesen tierras en determinadas ciudades puede ser parte de un proceso de asimilación en un mundo donde la guerra se hacía más y más costosa, y donde un ejército privado podía sufrir la aniquilación (si entendemos así el episodio de los Fabios, quienes según la tradicción fueron destruídos casi en su totalidad en la guerra contra Veyes). El caso de Apio Claudio es clarificador, qué duda cabe: de antiguo condottiero sabino, pasa a ocupar una posición preeminente en Roma, sin que necesariamente hemos de hablar de la dominación de una ciudad por estos señores de la guerra (como intenta sugerir T. J. Cornell, Orígenes de Roma, pg. 177). La inclusión de Publio Valerio Publícola en el senado es una segura fuente de tensiones por ambas partes, pero se solventa mal que bien con su elección en cuatro consulados. No debemos necesariamente entender que la impresionante influencia que delatan los textos es en realidad el telón de una tiranía encubierta.

Si Poplio Valesio es en realidad Publícola, bien podemos entonces entenderle como un condottiero, fuese de origen romano o no, y que fuesen sus propios sodales los que en reconocimiento, ingresasen la inscripción a Marte, dios de la aristocracia militar. Son los compañeros (hetairoi, como los llama Dionisio de Halicarnaso) los que dedican esta inscripción, bien en vida de Publícola, bien al mando de otro señor como en el caso del ejército privado de Celio Vibenna. Los dedicantes no se reconocen a si mismos como romanos, como satricanos, como miembros de algún grupo étnico, o simplemente como ciudadanos: son sodales, dependientes de un caudillo guerrero independiente. Siendo así, si los entendemos como un grupo móvil desplazándose continuamente por las regiones de Italia central, queda explicado en parte el porqué de la ubicación de la inscripción.

Literatura, Mensajes Antiguos29/05 /2006 9:36 pm

En el canto X (en otras ediciones, misteriosamente, es el IX) del Orlando Furioso, la pobre Angélica, en pelota picada, está atada a una roca por la que se apresta a subir una bestia marina con la sana intención de desayunársela. Las stanzas 92 a 115 nos describen como Ruggiero interfiere en el plan y le da una paliza casi letal. Esta prefiguración moderna de Perseo y Andrómeda no elide del todo el papel civilizador que los anteriores matadores de bestias, que van desde Gilgamesh a San Jorge pasando por Heracles; con todo, Ruggiero, que ha cumplido su papel de salvador de la doncella, no consigue acabar con la bestia, e irónicamente, en el canto siguiente, tampoco Orlando, que la mata, no puede con la luminosa tarea de hacer de los isleños unos nuevos devotos a la Luz de Cristo, y se queda contemplando, un tanto confundido, como éstos sienten más pena que alivio por la muerte del monstruo.

En 1819, Jean-Auguste-Dominique Ingres pintó su particular visión del episodio (Roger délivrant Angélique). Ajeno a las ironías del texto de Ariosto, la composición es una escena en la que las reminiscencias del Paolo Ucello de La Batalla de San Romano se entrecruzan con el motivo de la donna gentile: en el lienzo, la bestia tremenda y devoradora de Ariosto ha terminado por tomar el aire de un perro de aguas o de un gran danés indefenso y chapoteante en medio del mar. Refrenado por la lanza del inalcanzable Ruggiero, que a lomos de su hipogrifo más bien parece adoptar la pose -y la lejanía- de un moderno picador de toros, sus fauces abiertas nos parecen mas bien poca cosa, minimizando con ello la acción heroica.

Roger délivrant AngéliqueSea como fuere, más o menos treinta años después impresionaría fuertemente a dos recien desembarcados al continente: tanto Whistler como Dante Gabriel Rossetti se sintieron inmediata, automáticamente subyugados. El primero llegó a hacer una copia de la figura femenina (como se ve en la imagen de la derecha) unos cinco años antes, Rossetti, que pudo verla en el Museo de Luxemburgo (el cuadro estuvo allí hasta 1878), se sintió impelido a elaborar un par de poemas para describirla, incluídos en sus (el título es significativo) Sonnets for Pictures de 1850. La versión que dejo corresponde a la que el autor enmendó en 1870.

Angelica rescued by the Sea- Monster, by Ingres; in the Luxembourg

A remote sky, prolonged to the sea’s brim:
One rock-point standing buffeted alone,
Vexed at its base with a foul beast unknown,
Hell-birth of geomaunt and teraphim:
A knight, and a winged creature bearing him,
Reared at the rock: a woman fettered there,
Leaning into the hollow with loose hair
And throat let back and heartsick trail of limb.


The sky is harsh, and the sea shrewd and salt:
Under his lord the griffin-horse ramps blind
With rigid wings and tail. The spear’s lithe stem
Thrills in the roaring of those jaws: behind,
That evil length of body chafes at fault.
She does not hear nor see — she knows of them.

Confesó en su día Rossetti que estos versos are merely picturesque; ¿Han de ser juzgados como una impresión visual ante una obra pictórica, o como la descripción misma del lienzo? Ya, para comenzar, el esquema abba-acca-def-edf y su ritmo yámbico no se aparta mucho de la lírica tradicional: no hacía falta ser un vigoroso prerrafaelita para tramar tal estructura formal. Sin embargo, es en la particular selección de términos empleada donde comprobamos las coordenadas por las que los prerrafaelistas quisieron que discurriesen sus obras. Así: Hell- birth of geomaunt and theraphin (linaje infernal del ídolo mágico y el geomante), o ese caballero y criatura alada reared at the Rock (que hace referencia tanto al vigor del encabritamiento como a la parte de atrás,al vistazo trasero al que nos mueve la firme diagonal de Ingres hacia la izquierda) nos resultan recargados o huecos: poseen una fanfarria que adjudicamos hoy al personaje vacío y lleno de una falsa grandilocuencia. Harsh (duro, riguroso), y Shrewd (en este caso, vivo, de gran agudeza) son tan extraños semánticamente (hemos de elaborar una larga metáfora para explicarlos) como apropiados en el sentido meramente musical, con esa facilidad para el sustantivo áspero que tiene el inglés; y al tiempo, sentimos que se nos saca de esa pictoricidad de la que hablaba Rossetti al inicio. ¿Hasta qué punto los atributos empleados son más gráficos que representaciones oralizadas de unas sensaciones particulares? ¿Hemos perdido acaso, como nos interroga Steiner, toda capacidad para integrar las resonancias del poema dentro de una estética válida?

El poema de Rossetti, hoy es ilegible a no ser que hagamos un sensacional ejercicio de abstracción para sumirnos en la mitad del XIX y en su particular estética: ya en principio, es rarísimo ya que haya alguien interesado en la misma referencia de los versos (el óleo de Ingres), o incluso en Ariosto, a quien sentimos hoy demasiado florido en referencias. De la línea de influencia, el único eslabón ante el que no sentimos reparos es seguramente, el inicial (siempre que lo textualicemos, y concedamos la primacía a Ovidio –las referencias en Homero, Hesiodo o Píndaro son poco menos que casuales. En cualquier modo, el mito de Perseo y Andrómeda es un hecho narrativo que puede prescindir de la Literatura sin problemas), decididamente fantástico y glorioso al tiempo. Es de ese brillo sobrenatural del que se rie por lo bajo Ariosto; aunque Ingres lo ignore en sus aceites, no así su público, que detecta la escena tratada alejada del campo mítico puro, atravesada como está de interferencias, de relaciones pictórico-literarias por doquiera. El soneto de Rossetti cae en esa falta de movilidad, de aprehensión de instante que tanto molestaba a Lessing: la escena es la misma en el verso primero o en el catorceavo: perenne en la posición, el Ruggiero sin nombre del poema (Knight, Lord) permanece tan rígido como las alas y la cola de su cabalgadura; el animal marino, con las fauces abiertas tanto en la vida como en la muerte, sigue con su eterna cautela, sin avanzar, sin decidirse a ser atravesado por su oponente o lanzar las prometidas dentelladas a las redondeces comatosas de Angélica. Y al tiempo, constreñido en el espacio de la descripción de un detenimiento, es esta misma limitación la que libera al poema de la persuasión de plasmar la escena inverosimil (desde el punto de vista que está describiendo un cuadro anteriormente prefigurado, no construyendo la realidad). Así, son las propias cadenas de la descripción de un espacio físico y contenido por las cuatro esquinas del lienzo las que dan alas a estos versos para volver a la imagen mítica del inicio.

Con los distanciamientos de concepción, los albores de Después de Babel de George Steiner analizan el poema precedente; el resultado es tanto más diferente cuanto alejadas están las preguntas que nos formulamos. Steiner habla de una dificultad (cuando no una imposibilidad) por recuperar la clave del idioma poético del Pasado, en tanto que por mi parte estoy más interesado en un viaje funcionalista, para detallar cómo el mismo motivo es interpretado de uno u otro modo a través del tiempo. Los estudios de Ingres acerca de esta obra están ya más preocupados en la figura femenina –en la nula actriz en la dinámica teatral-,en su sensualidad o en los tonos de luz que recaen sobre sus formas que en la vorágine de la súbita irrupción de Ruggiero: desde la mitología, pasamos del horror y el alivio al detenimiento mórbido y sensual de la carne. La situación textual de las referencias a Angélica en el poema de Rossetti también es clarificadora, porque le reserva la parte fundamental del poema: el final de los cuartetos y el del último terceto: Los términos empleados, ladeada, garganta expuesta, cabellera suelta, miembros sin consuelo, y el desvanecimiento final que nos legan las últimas palabras nos revelan que para el poeta también primaba sobre todas las cosas estas referencias sensuales de las que me ocupo: ajena al movimiento aún dentro de la escena estática, remarca con más fuerza aún si cabe su contenido sexual.

Sospecho que en los albores del mito no tuvo estas connotaciones, y que pese a que ahora es parte integrante de nuestra cultura (posiblemente, a nadie le es ajeno, a todo el mundo le suena) y que no lo hemos relegado al olvido, hemos forzado sus ejes para entender algo totalmente diferente: de la acción heroica que libera al mundo del pavor de los monstruos, de ese alivio que nos demuestra que todavía hay solución, que siempre puede irrumpir por los aires un guerrero de sandalias aladas (o cabalgando un hipogrifo, para el caso lo mismo da) hemos construído una filigrana erótica. Quizás en medio de un mundo domesticado, en el que los monstruos son objeto de piedad (Ariosto) o de burla (Ingres), el mito ha tenido que trocar su funcionalidad para subsistir.

Historia, Mensajes Antiguos13/04 /2006 9:47 pm



El texto más extenso que tenemos acerca de Pandora son los sesenta y cinco versos que le dedica Hesiodo, en Trabajos y días, (vv. 42- 107): Higinio y Apolodoro no hacen sino glosar la fuente, sin apartarse de ella, y Plinio, por su parte, en NH XXXVI, 19 apenas se detiene a mentarla. Por tanto, aquel que quiera entender el caso de Pandora, tendrá que remitirse a Hesiodo como fuente principal y fundamental, tanto en razón de antigüedad como de extensión. Me parece conveniente anotar la fuente originaria a fin de no perdernos demasiado. Ofrezco, por aquello de la comodidad de lectura, una versión prosada (aun sabiendo que no es lo mejor), tomándola de la que vertió Aurelio Pérez Jiménez para la editorial Gredos, Biblioteca Clásica nº 13:

Y es que oculto tienen los dioses el sustento a los hombres; pues de otro modo fácilmente trabajarías un solo día y tendrías para un año sin ocuparte en nada. Al punto podrías colocar el timón sobre el humo del hogar y cesarían las faenas de los bueyes y de los sufridos mulos. Pero Zeus lo escondió irritado en su corazón por las burlas de que le hizo objeto el astuto Prometeo; por ello entonces urdió lamentables inquietudes para los hombres y ocultó el fuego. Mas he aquí que el buen hijo de Jápeto lo robó al providente Zeus para bien de los hombres en el hueco de una cañaheja a escondidas de Zeus que se goza con el rayo. Y lleno de cólera díjole Zeus amontonador de nubes: «¡Japetónida conocedor de los designios sobre todas las cosas! Te alegras de que me has robado el fuego y has conseguido engañar mi inteligencia, enorme desgracia para ti en particular y para los hombres futuros. Yo a cambio del fuego les daré un mal con el que todos se alegren de corazón acariciando con cariño su propia desgracia.» Así dijo y rompió en carcajadas el padre de hombres y dioses; ordenó al muy ilustre Hefesto mezclar cuanto antes tierra con agua, infundirle voz y vida humana y hacer una linda y encantadora figura de doncella semejante en rostro a las diosas inmortales. Luego encargó a Atenea que le enseñara sus labores, a tejer la tela de finos encajes. A la dorada Afrodita le mandó rodear su cabeza de gracia, irresistible sensualidad y halagos cautivadores; y a Hermes, el mensajero Argifonte, le encargó dotarle de una mente cínica y un carácter voluble. Dio estas órdenes y aquéllos obedecieron al soberano Zeus Crónida. [Inmediatamente modeló de tierra el ilustre patizambo una imagen con apariencia de casta doncella por voluntad del Crónida. La diosa Atenea de ojos glaucos le dio ceñidor y la engalanó. Las divinas Gracias y la augusta Persuasión colocaron en su cuello dorados collares y las Horas de hermosos cabellos la coronaron con flores de primavera. Palas Atenea ajustó a su cuerpo todo tipo de aderezos]; y el mensajero Argifonte configuró en su pecho mentiras, palabras seductoras y un carácter voluble por voluntad de Zeus gravisonante. Le infundió habla el heraldo de los dioses y puso a esta mujer el nombre de Pandora porque todos los que poseen las mansiones olímpicas le concedieron un regalo, perdición para los hombres que se alimentan de pan. Luego que remató su espinoso e irresistible engaño, el Padre despachó hacia Epimeteo al ilustre Argifonte con el regalo de los dioses, rápido mensajero. Y no se cuidó Epimeteo de que le había advertido Prometeo no aceptar jamás un regalo de manos de Zeus Olímpico, sino devolverlo acto seguido para que nunca sobreviniera una desgracia a los mortales. Luego cayó en la cuenta el que lo aceptó, cuando ya era desgraciado. En efecto, antes vivían sobre la tierra las tribus de hombres libres de males y exentas de la dura fatiga y las penosas enfermedades que acarrean la muerte a los hombres. Pero aquella mujer, al quitar con sus manos la enorme tapa de una jarra los dejó diseminarse y procuró a los hombres lamentables inquietudes. Sólo permaneció allí dentro la Espera, aprisionada entre infrangibles muros bajo los bordes de la jarra, y no pudo volar hacia la puerta; pues antes cayó la tapa de la jarra [por voluntad de Zeus portador de la égida y amontonador de nubes]. Mil diversas amarguras deambulan entre los hombres: repleta de males está la tierra y repleto el mar. Las enfermedades ya de día ya de noche van y vienen a su capricho entre los hombres acarreando penas a los mortales en silencio, puesto que el providente Zeus les negó el habla. Y así no es posible en ninguna parte escapar a la voluntad de Zeus.

Lo que hemos de ver en este texto es, ante todo, cómo se elabora el plan de los dioses, y a causa de qué ocurre. Por el robo del fuego de Prometeo, que era un bien que los olímpicos se reservaban, y que no pretendían compartir con los hombres, se elabora todo el plan de la creación de Pandora. Lo primero que tenemos que concretar es cual era realmente el mal del que Zeus se jacta en 55 – 58:

¿Ries del hurto del fuego y de habérmela dado de mano?:
maldición sobre ti, para ti, y para los hombres que vengan:
ya les daré yo en pago del fuego un mal de que a todos
se les alegre el alma, y con su mal se encariñen.

Así, vemos que el mal concedido a los hombres es realmente la misma presencia de Pandora, que será desencadenante de nuevos (y terribles) males. Quizás por esas características que le insufla el mensajero Argifonte (obviamente, Hermes)

Mas alentarle un alma de perra y mañas ladinas. (v. 67)

En aquellos tiempos, parece que vivían los hombres, todos varones, en lo que conocemos por Hesiodo como la Edad de Oro: es decir, que los hombres estaban libres de enfermedad, de trabajo, vivían banqueteando con los dioses, y morían una muerte indolora y plácida. En esta pequeña parte del mito alfarero de Pandora, que tanto nos recuerda a otros próximorientales (el mismo Génesis, el mito de Anubis y Bata, y esa profusión de ceramistas creadores que nos han dejado los textos babilonios, con sus Anu, Kulla y Ea creando las cosas a partir de los materiales arcilla-agua, cuya misma separación o correcta proporción es, en sí, un hecho creacionista) hace difícil la afirmación de esa autoridad de a pie de calle, Robert Graves de que el mito de Pandora es nada menos que una invención del propio Hesiodo. Pero sigamos con lo nuestro.

La segunda cuestión en la que quería detenerme es en la espantosa interpretación que hace Graves del nombre parlante de Pan-dora: aquí, es él quien tuerce, y no Hesiodo. Pandora viene a significar “el regalo de todos” (que tiene sentido si vemos que es un proyecto de muchas deidades para configurarlo) y no “aquella que lo da todo”. Verdenius postulaba esta solución, defendiendo que el causante de su creación, como verdadero ideador, es Zeus. Supongo que son estas cosas que intrigan tanto a filólogos y mitólogos, que es bien sabido que son unos señores a los que no les gusta el futbol y se aburren como ostras. Vuelvo a decir: Graves era un helenista aficionado, con el pesado freno de ser un frazeriano con ribetes jungianos (algo que es esencialmente malo, aviso) y aparte, estar siempre buscando una peregrina teoría de la poética griega como un corpus de canto a la mujer-diosa. Las numerosas veces que se daba con el muro en las narices no fue obstáculo para que tramase esos tendenciosos y enloquecidos Mitos Griegos que andan por casa de todo hijo de vecino. Y así nos luce el pelo.

Hemos de puntualizar: lo que Pandora abre no es caja alguna, sino una jarra de gran tamaño (pithos) sellada. Ya Panofsky, en el proemio de su ensayo La caja de Pandora nos habla de la filiación renacentista de la transformación de un ánfora para guardar grano (pithos) en cajas. Ahora, su origen nos es complicado. O bien está en casa de Epimeteo, guardada por alguna razón, o la trae Pandora consigo, o, por último, es un envenenado regalo de bodas o dote de la novia. Hay quien ha entendido que los regalos de los dioses son los males encerrados en la jarra, pero a poco que leamos el texto, la cosa parece carente de sentido.

El asunto de la Espera o la Esperanza: Ya que el término es tan complicado (hace referencia a una ilusión puesta en el futuro, y a la que hay que aguardar) debemos entenderlo de una de las siguientes maneras que consigna la edición de Gredos. Resumo brevemente:

a) Si la Esperanza queda atrapada en la jarra, es un bien que se conserva para el hombre. Pero curiosamente, pese a ser un bien, convive en una jarra en la que solo hay males, por lo que parece. Lesky, en su voluminosa y excelente Historia de la Literatura Griega (edición Gredos, pág. 125), identifica a Pandora (de nuevo, no tenemos pruebas para ello) con una antigua deidad, y anticipa que hay dos versiones entremezcladas, en la que el mito de Pandora se confunde con los dos toneles que están en la mansión de Zeus y que contienen respectivamente, lo bueno y lo malo (Iliada, XXIV, 527). Considera Lesky que, al contrario que los males, la conservación de los bienes es lo que los hace estar disponible para los hombres. Si bien la solución tiene cierta lógica, lleva en sí una complicación desmesurada que parece que no está acorde con el resto de la versión.

b) La esperanza es un mal que se conserva para los hombres: supone la vuelta de lo dicho anteriormente, pero no se entiende como los males operan en contra del hombre al andar libres por el mundo, y también al estar en la pithos. De esta manera, el gesto de Pandora al abrirla es ocioso y superficial.

c) La esperanza es un bien negado al hombre, que queda a merced del desespero. Este coup de grâce final de Zeus, que no le permite salir para aliviar al hombre, nos entronca con el problema anterior, en el que un único bien convive con un ejército de males dentro del mismo recipiente.

d) La esperanza es un mal negado al hombre: aparte que ad-sensum es ridículo (si queremos hacer de la esperanza un vecino de la miseria y las calamidades), no se entiende para nada porqué precisamente es éste mal el que queda dentro.

d) Hay quienes sugieren que debemos verter el término por espera en lugar de esperanza (vid. supra), dándole el sentido de “advertencia”. De esta manera, sería un heraldo de los males que sucederán, y uno diferente a todos ellos. Al estar los hombres sin aviso de lo que les va a ocurrir, los males caen sobre ellos con mayor fiereza. Engloba parte del problema anterior: no explica porqué los males precisan de un heraldo que los preceda, ni tampoco cómo su presencia es un mal en sí mismo. Parece razonable pensar que los hombres, estando sobre aviso de que tal mal se le va a venir encima, se prepararían para minimizar su impacto, convirtiéndose por tanto esta advertencia en algo positivo. También puede interpretarse de una forma más perversa, cómo no: que la misma advertencia sea causante de la desesperación de quien la recibe. En caso de ser una admonición benigna para los hombres, la decisión del dios queda clara entonces al dejarla encerrada. Y al tiempo, no contempla el ilogismo de ese heraldo que llega antes que el mal que fuere, pero que se retrasa inexplicablemente para escapar del pithos.

Con respecto al significado del mito y su situación en la obra es múltiple: Perses, hermano de Hesiodo, es advertido de que no obre descuidadamente como Epimeteo desoyendo los consejos de su hermano mayor (Prometeo-Hesiodo) y aventure males sobre males. El origen de los males del hombre sirven para explicar el paso de una edad a otra: de Oro hasta la de Hierro, que es la que considera el autor que es en la que vive. Anticipa la muerte dolorosa y breve, las desdichas y sinsabores, y el castigo del trabajo. Sirve, además, como advertencia, si no contra todas las mujeres, sí contra las volubles y curiosas. Epimeteo no debiera haber hecho entrar en su casa a esta mujer atolondrada (no mala en si, véase claramente: no obra por malicia, sino al parecer, por un impulso voluble). Desde luego, es ocioso plantearse si el mito de Pandora es un mito misógino, porque está encuadrado dentro de un mundo en el que la mujer no tiene, o rara vez tiene (pienso en Lais, Aspasia, y otros ejemplos de excepciones) representación en la vida pública, está privada de voz y de acción, y en general, es un ser que se mueve por el interior de la casa. Visto a ojos del siglo XXI, muy posiblemente es intolerable. Ahora, que empezar a despotricar contra Hesiodo (si hubiese alguien tentado a ello: Graves, el helenista de pacotilla, lo hace; y sin embargo no acusa al resto de los mitos, por poner un caso, de no ser pacíficos, de representar la opresiva realeza, y algunas cosas más que de ellos podrían decirse) por narrar (aún “inventar”: poco sabe de la formación de mitos quien diga semejante cosa) un mito en el que la mujer no sale bien parada. Pero en fin: vivimos en un mundo tan desatinado, que llega a decir que Aristófanes era un señor progresista que da primordial importancia a las mujeres. Dios nos coja confesados.

Literatura, Mensajes Antiguos12/03 /2006 11:22 pm

En Anedotas Portuguesas e Memórias Biográficas da Corte Quinhentista – Istorias e ditos galantes que sucederaô e se disseraô no paço [contendo matéria bibliográfica inédita de Luís de Camões e outros escritores do século XVI], con lectura del texto, introducción notas e indices a cargo de Christopher C. Lund, y que está editado en Coimbra, Livraria Almedina, 1980., tenemos una colección de semblanzas biográficas, dichos y hechos de algunos de los más famosos cortesanos del siglo que fue compilada en 1644. De aquí extraigo esta sabrosa anecdotilla de don Simão. Atención, que van a comprobar ustedes como la atención a los libros de caballería no era privativa de Alonso Quijano:

«[…] cazou em fim D. Simão com sua Dama [D. Guiomar Henriques] e na primeira noite do día de suas vodas, em se lançando em cama ambos, pedio D. Simão huma vella e se pos a ler por Palmeirim de Inglaterra e gastou algum tempo na liçao, e parecendo aquilo despropósito a D. Guiomar, enfandada ja de tanto ler, lhe disse: Senhor, pera isso casastes, ao que D. Simão respondeo: e quem vos disse a vos, senhora que o cazar hera outra couza»

Yo creo que, aunque no se sepa portugués, si se lee en voz alta se entiende bastante bien.

Literatura, Mensajes Antiguos 11:14 pm

En un chat literario, declaro que ando leyendo a Pimentel y me lo confunden con un ministro. Santo país, siempre pensando en la zahurda, siempre de espaldas a la belleza, al ritmo, a la hermosa forma del verso. Quizás por eso, Luis Pimentel no nos suene demasiado; despierta algunos equillos a los lectores de veras, a no ser que estos sean lectores en lengua gallega: en ese caso, se invierten las proporciones, y si bien es cierto que la figura de Pimentel no se agiganta (es demasiado próximo, permanece agradablemente cercano), sí que se definen sus contornos, sí que se contrasta más en el horizonte literario.

Dámaso Alonso no lo olvidó, y le dedica un excelente (y prematuro; Alonso lo escribe en 1952, y no es hasta 1960 cuando Pimentel consigue editarlo) prólogo a su Barco Sin Luces, en el que se puede leer:

«No toquéis a este libro. Podría deshacerse, porque es todo de rosas ceniza, de cristal, de hundidas sombras de aire, quizá mejor que no entréis en este misterio. Tiene difícil la entrada. Está en los extremos del sueño, cerca del centro obsesionante. Es un reino sin banderas, enlutado de blanco.

En los antípodas del énfasis: ni polifonía ni orquesta. Es una voz sencilla, son mucho súbito Fading, entrecortada por la emoción y el misterio, la que canta. Con esta prohibitiva complicación de lo más sencillo, de lo más desnudo. No busquéis halagos: ni juegos de agua, ni la ilusión de los coloreados Focos: ni rima ni exactas estrofas.

En este libro —tan pequeño— Luis Pimentel nos da generosa y auténtica poesía. Hablo por mi experiencia personal. No creo que los dominios de este poeta sean para todos. Ya he dicho que es un reino sin banderas ni ritmos orquestados. Yo sólo puedo decir cuánto bien me ha hecho su lectura. Ya sólo mido el valor de los libros y su originalidad por lo que me ausentan, por lo que me transportan. Y este libro me llevó muy lejos, allá donde se abre en playas la ternura, donde los miedos se adelgazan sin llama, junto al presentimiento de los aljibes, donde el dolor se ahonda en silencio y el mundo ya es silencio, allí donde la sensibilidad ya es música o perfume. Allí es el reino extraño y original de Luis Pimentel»


El prefacio continúa, mas supongo que con esto será suficiente. Leí, como todo hijo de vecino, los Poetas españoles contemporáneos de Alonso, donde se aloja este texto, y siempre me he preguntado si las alabanzas no serían desmedidas. He leído poemas sueltos de Pimentel, y la sensación era pendular: tan pronto me parecía que era merecedor de ellas como de que se le retiraran. No ha sido hasta hoy, día de domingo, cuando leo poemas de Sombra do aire na herba (no hay que ser un genio de la traducción para verterlo por Sombra del aire en la hierba), cuando me topo con estos versos. Juzguen ustedes. Yo ya lo he hecho


¿TÚ QUÉ SABES…?

¿Tú qué sabes dos milleiros de horas,
dos séculos que fixeron falla
par que os teus seos soporten agora a luz
nun equilibrio perfeito,
pra que iluminen esta milagrosa estancia?

¿E ise gran esforzo de infinitos instantes
par pulir o marfil da túas coxas
e pra que a túa frente
pida ser coroada polas rosas?

Milleiros de días e de noites
pra que o seixo dos teus pés
seña case lenes alas.
Pra que a túa voz non pese no aire,
cántas ferramentas se teñen cegado.
Cántos silencios
pra que agora poidan as túas maos
cortar unha rosa da noite.
Cánto tempo ollando ó ceo i á terra.
cántas olladas perdidas
pra que agora
poidas bagoar docemente.
¿TÚ QUÉ SABES…?

¿Tú qué sabes de los miles de horas,
de los siglos que fueron necesarios
para que tus senos soporten ahora la luz
en perfecto equilibrio,
para que iluminen esta milagrosa estancia?

¿Y ese gran esfuerzo de infinitos instantes
para pulir el marfil de tus muslos
y para que tu frente
pueda ser coronada por las rosas?

Millares de días y de noches
para que el cuarzo de tus pies
sea casi leves alas.
Para que tu voz no pese en el aire,
cuántas herramientas han tenido que cegarse.
Cuántos silencios
para que ahora tus manos puedan
cortar una rosa en la noche.
Cuánto tiempo mirando al cielo y a la tierra,
cuántas miradas perdidas
para que ahora
puedas llorar dulcemente.





En http://members.fortunecity.com/mundopoesia2/autores/luis_pimentel.htm está la traducción al completo que M. González Garcés compiló para la Antoloxía que publicó el nº 238 de la colección Visor de Poesía (pero sin las correspondientes poesías en gallego). Uno se puede apañar con eso, supongo. La página web de Visor me informa de que el precio del librito no supera los 5 € (a mi me ha costado 0.50 € esta mañana, lo mismo que el volumen, en la misma editorial, de Villangómez Llobet, pero es que soy un pirata de los que ya no quedan). No sé. Si os gustan los poemas de la página, a lo mejor podríais bajar volando a la librería. Vamos, digo.

Literatura, Mensajes Antiguos 10:52 pm



Recomendar (acaso tan solo escribir) acerca de una obra de título tan endiablado es o un ejercicio de ingenuidad, o un medidor de la paciencia de los lectores. La Bósa saga ok Herrauðs (Saga de Bósi y Herrauðr o, como está traducida en castellano: la Saga de Bósi) forma parte de lo que se conoce como las Fornaldarsögur norðurlanda o Sagas de los tiempos antiguos de las tierras del norte. Estas sagas, por lo que ha podido leer el que suscribe, suelen ser narraciones dedicadas a contar las glorias y hazañas de personajes individuales (los que conocemos con el incorrecto nombre de vikingos), y se remiten a los tiempos anteriores a la colonización de Islandia (en el 870). Ya que la época en la que se escribían va desde el siglo XIII al XV, se entenderá bien porqué son apellidadas de los tiempos antiguos. Constan de 25 sagas, más ocho narraciones breves.



  • Af Upplendinga konungum (De los Reyes de los upplandeses)
  • Áns saga bogsveigis (Saga de Ann el Arquero)
  • Ásmundar saga kappabana (Saga de Ásmundr Matador-de-Campeones)
  • Bósa saga ok Herrauðs (Saga de Bosi y Herrauðr)
  • Egils saga einhenda ok Ásmundar berserkjabana (Saga de Egill el Manco y Ásmundr Matador-de-Berserkir)
  • Frá Fornjóti ok hans ættmönnum (Saga de Fornjot y sus parientes)
  • Friðþjós saga ins frækna (Saga de Friðþjófr el Valiente)
  • Gautreks saga (Saga de Gautrek)
  • Gríms saga loðinkinna (Saga de Grímr Barbilla-Peluda)
  • Göngu-Hrólfs saga (Saga de Hrólfr el Caminante)
  • Hálfdanar saga Brönufóstra (Saga de Hálfdan, hijo adoptivo de Brana)
  • Hálfdanar saga Eysteinssonar (Saga de Hálfdan hijo de Eysteinn) - y no es el mismo Einstein en el que estais pensando
  • Hálfs saga og Hálfsrekka (Saga de Hálfr y sus campeones)
  • Helga þáttr Þórissonar (Relato de Helgi hijo de Þorinn)
  • Hervarar saga og Heiðreks (Saga de Herðr y Heiðreks)
  • Hjálmþés saga ok Ölvis (Saga de Hjámþér y Ölvir)
  • Hrólfs saga Gautrekssonar (Saga de Hrólfr, hijo de Gautrek)
  • Hrólfs saga kraka ok kappa hans (Saga de Hrolf Kraki)
  • Hrómundar saga Gripssonar (Safa de Hrómundr hijo de Gripr)
  • Illuga saga Gríðarfóstra (Saga de Illugi, hijo adoptivo de Griðr)
  • Ketils saga hængs (Saga de Ketill el Trucha)
  • Norna-Gests þáttur (Relato de Gestr el de las Nornas)
  • Ragnars saga loðbrókar (Saga de Ragnar Calzas-Peludas)
  • Sturlaugs saga starfsama (Saga de Sturlaugr el Laborioso)
  • Sögubrot af nokkrum fornkonungum í Dana ok Svíaveldi
  • Sörla saga sterka (Saga de Sörli el Fuerte)
  • Sörla þáttur eða Héðins saga ok Högna (Relato de Sörli o Saga de Héðinn y Högni)
  • Tóka þáttur Tókasonar (Realto de Tóki hijo de Tóki)
  • Völsunga saga (Saga de los Volsungos)
  • Yngvars saga víðförla (Saga de Yngsvar el Viajero)
  • Þáttur af Ragnars sonum (Relato de los hijos de Ragnar)
  • Þorsteins saga Víkingssonar (Saga de Þorsteinn hijo de Viking)
  • Þorsteins þáttr bæjarmagns (Relato de de Þorsteinn el de la Magnitud de una Granja)
  • Örvar-Odds saga (Saga de Odrr Flechas)

    Saliendo ya del catálogo, volvamos a la Saga de Bósi. Parece (según nos cuenta Mariano González Campo) que hay dos textos fundamentales que difieren bastante entre sí. La versión más antigua (que es la traducida al castellano) procede de una serie de códices del XV, en pergamino, que reunen varias sagas. Los más importantes son los catalogados como AM 586 4to, AM 343 4to, AM 510 4to, AM 510 4to, y AM 577 4to, alojados (naturalmente) en el Instituto Árni Magnússon de Reykiavik.

    folio 1, vuelto del pergamino AM 586 4to, con el catálogo de obras que comprende el códice: puede verse el título de nuestra saga

    Borges, en el (como todas los libros de Borges lo son, evitaré decir que éste en particular es famoso) prólogo de «Elogio de la Sombra» nos escribe lo siguiente:

    «Deliberadamente escribo psalmos. Los individuos de la Real Academia Española quieren imponer a este continente sus incapacidades fonéticas; nos aconsejan el empleo de formas rústicas: neuma, sicología, síquico. Últimamente se les ha ocurrido escribir vikingo por viking. Sospecho que muy pronto oiremos hablar de la obra de Kiplingo».

    Dejando de lado el divertido —y arbitrario, por no decir ignorante— comentario de Borges (puestos a pronunciar, el nominativo de ese sustantivo se escribe «víkingr»), no me estaba refiiendo a eso. Parece que su radical se relaciona con «vík» (bahía, fiordo), o puede que de «víg» (batalla), o entroncar incluso con el verbo «víkja» (desplazarse). Sea como sea su inicial formación (que nos daría algo parecido a «hombres de las bahías», «guerreros», o «nómadas»), el término ha quedado en el lenguaje coloquial justo de la misma forma que lo entendieron los islandeses del XIII: como sinónimo de «pirata medieval de los países escandinavos», por no decir «pirata» a secas. Ahora, nos encontramos con el problema de nombrar con este nombre tanto a señores que se embarcaban para empeñarse en acciones piráticas (como el propio Bósi), o para otros sujetos que asaltan, con toda la implementaria de la poliorcética (esto es, con máquinas de asedio en toda regla) las murallas de París (como se cuenta que hizo Ragnar, o quizás la comunidad de sus hijos Ívar, Björn, Hvítserk y Sirgud), o incluso sujetos que no hicieron una expedición guerrera jamás (si pensamos en los integrantes de esa «sociedad vikinga» que todos tenemos en la cabeza). No sé. A mi el término me parece muy vago, muy general, y que engloba a tipos que podían ir en barco o por tierra, combatir o quedarse en casa, tramar acciones de pillaje o vivir pacíficamente en un monasterio.

    Por otro lado: sí, parece que la Saga de Bósi es la única de las de la Fornaldarsögur que tiene motivos eróticos o aún pornográficos. Y esto habría que matizarlo mucho, porque no sé yo hasta qué punto la intencionalidad de las escenas es sensual o pretende llevar a la risa a los oyentes y lectores de la obra, antes que dar cuenta de las proezas sexuales del héroe a tratar.

    En la Saga de Bósi hay un triple episodio erótico realizado con un mismo modelo: en los prolegómenos de una expedición, Bósi y Herrauðr llegan a un bosque, se separan de la tropa, y se encaminan a una granja, donde son atendidos por los viejos propietarios, que siempre tienen una hermosa hija (cap. VII, pág. 50 en casa de Hóketill; cap. XI, pág. 61, en los bosques de Glæisvellir; cap. XIII, pág. 69, en tierras de Bjarmaland). Tras haber sido atendidos, se quedan a dormir. En medio de la noche, Bósi se acerca a la hija del campesino, se mete en su cama, y tras un breve diálogo procaz, copulan. En el primero de los casos, antes de la sesión amatoria, Bósi le entrega un anillo de oro para persuadirla (pág. 51); en el tercero de ellos, le regala «tres nueces que parecían de oro» (pág. 71), que aún cuando sirven a un propósito muy diferente (en principio), es altamente sospechoso que se relacione oro y amor en la misma escena.

    [Anticipo, a modo de glosa, que no estamos hablando de un caso de prostitución, sino de una costumbre muy extendida en la Edad Media: hacer regalos a la mujer antes o después de hacer el amor con ella, incluso siendo la propia esposa.]



    Capítulo VII
    Capítulo XI
    Capítulo XIII

    Bósi y Herrauðr en el bosque de Vínuskógr

    Bósi y Herrauðr en Glæisvellir

    Bósi y Herrauðr en Bjarmaland

    Encuentran una granja habitada por tres personas: viejos padres y bella hija
    Encuentran una granja habitada por tres personas: viejos padres y bella hija
    Encuentran una granja habitada por tres personas: viejos padres y bella hija
    Bósi y Herrauðr son invitados a dormir (en la misma cama)
    Bósi y Herrauðr son invitados a dormir (en la misma cama)
    Bósi y Herrauðr son invitados a dormir (en la misma cama)
    Bósi se introduce en la cama de la muchacha, quien le pregunta qué es lo que hace allí
    Bósi se introduce en la cama de la muchacha, quien le pregunta qué es lo que hace allí
    Bósi se introduce en la cama de la muchacha, quien le pregunta qué es lo que hace allí
    Metáfora de la explicación: el «Guerrero» (pene) ha de ser «templado» (cópula) en la «Fragua» (vagina)
    Metáfora de la explicación: el «Potro» (pene) ha de «abrevar» (cópula) en la «Fuente de vino» (vagina)
    Metáfora de la explicación: el «Palo» (pene) ha de ser «deslizado» en el «Anillo» (vagina)
    Regalo: un anillo de oro
    Regalo: Tres nueces de aspecto similar al oro
    Información de la hija del granjero: acerca de Kolfrosta y el buitre que custodia los «huevos de oro»
    Información de la hija del granjero: noticias del rapto de Hleiðr por Hærekr y Siggeir
    Información de la hija del granjero: noticias acerca de la hija del rey y colaboración en la conjura para el rapto de la novia


  • Literatura, Mensajes Antiguos 1:50 pm

    Galdós, algo más joven de lo que estábamos acostumbrados a verle en los billetesInmediatamente después de publicar La Fontana de Oro, el joven Benito Pérez Galdós consigue publicar La Sombra por entregas en La Revista de España. Pese a que editorialmente es posterior a La Fontana, Galdós la escribió posiblemente uno o dos años antes de ésta. Y esto se nota, en cierta medida, en la soltura y maestría del escritor.

    Se dice, equivocadamente a mi juicio, que todas las virtudes y defectos de Dickens están ya presentes en The Posthumous Papers Of The Pickwick Club (olvidando que tuvo una dura escuela como periodista cuando publicaba sus semblanzas con el nombre de Boz); del mismo modo, al enfrentarnos a La Fontana de Oro, tenemos la sensación de haber topado con un escritor fresco, pero maduro. Quizás leer La Sombra sirva para entender algo mejor el proceso de aprendizaje de novelista de don Benito.

    La Sombra es una obra atípica dentro de la literatura galdosiana, porque entronca con una corriente anterior; rompiendo la tradición, en los confines marginales de la novela, esplendieron las obras de E.T.A. Hoffman, de Mary Shelley, de Emily Brönte, de Walter Scott, o de Charles Maturin. La opresiva domesticación del mundo que se siente a partir del siglo XIX se plasma en esas novelas habitadas por criaturas sobrenaturales o seres humanos sacudidos por las descargas eléctricas de sus propios nervios, más o menos estacionados en escenarios tan estáticos como lóbregos. La historia de la novela es pródiga en esos vaivenes, que siempre terminan por devolverla a su indiscutible vocación de Realidad. Entre el irracionalismo y la serena contemplación del mundo como es (como se nos enseña que es), hay épocas de tránsito; las fantasías de Dostoyevski solo pueblan los ensueños de sus personajes enloquecidos: no hay más infierno en Los Demonios que el que arde dentro del alma de Stavrogin. Con frecuencia, la hipersensibilidad o el remordimiento son los verdaderos elementos terroríficos en los mejores relatos de un escritor tan inteligente como fue Poe. La voz en la nieve que oye Heathcliff (¿la oye de veras?) suena solo en su conciencia: un análisis materialista de las obras nos deja en el mudo asombro de comprobar que, realmente, no hay más fantasmas que los equívocos de unos personajes torturados.

    Henry James o Dostoyevski han sido dos de los autores que con mayor habilidad han descrito personajes que padecían lo que lo que en terminología clínica se llaman psicosis postictales, en las que a una crisis sucede largos periodos de lucidez. Los episodios de alucinaciones visuales complejas que se sufren en tales crisis o la sensación de paranoia pueden ser explicadas en categorías psiquiátricas o neurológicas. Veamos como el joven Galdós consigue algo más que todo esto en La Sombra.

    El protagonista de la obra, el doctor Anselmo es uno de esos personajes extravagantes que indefectiblemente acaban por ser registrados por Galdós. Alejado del aprecio social, del trato de los seres humanos, vivía como un ermitaño entre sus libros y aparatos de química. En la extrema soledad de la vejez terminó por habitar una buhardilla destartalada y por vestir unas ropas que más bien podrían llamarse disfraz; así, andaba de continuo embebido en sus propios pensamientos y extraordinarias fantasías, con lo que su fama de chalado aumentó entre su vecindario. Hijo de una familia adinerada, pero víctima de su extremo carácter, que tan pronto le hacían pasar de la intensa alegría a la más honda de las penurias, no supo o no pudo conservar su posición, y vivía de una pensión mísera para ser naúfrago de si mismo.

    Inicialmente, parece que nos las vamos a haber con un Quijote decimonónico por esos inequívocos inicios que describen con tanto primor la variedad de libros

    «Esto provenía de que después de su pobreza se había remontado a las alturas del bohardillón, donde encendió una lámpara y se puso a devorar libros noche tras noche sin darse reposo. Pero viendo todos la ninguna substancia de aquel trabajo incesante, encontrábanle cada vez más loco.»

    como la proliferación de inutilidades.

    «En el principal testero veíase un esqueleto que no había perdido el buen humor del sepulcro, de tal modo se rasgaban en espantosa risa sus desdentadas mandíbulas, y aumentaba la singularidad de su aspecto el caldero que el doctor le había puesto en el cráneo, sin duda por no tener sitio mejor donde colocarlo. Al lado había un estante de madera con innumerables baratijas, entre las cuales no hacían el peor papel algunos votos vasos de inestimable mérito, y piezas del más tosco barro doméstico. Algún ave disecada y medio podrida daba realce con el brillante color de sus últimas plumas a este armatoste, junto al cual una culebra llena de paja se extendía dibujando sobre la pared las curvas de su cuerpo, en cuyas escamas quedaba un débil tornasol. No lejos de esto pendía una armadura tan roñosa como si desde el tiempo de Roldán (su dueño tal vez) no se hubiera limpiado. Algunas otras armas blancas y de fuego colgaban por allí en unión con gran sartén…»

    No es sino tras la pormenorizada descripción del habitáculo y su ocupante cuando hace entrada el narrador: lo imaginamos joven como debió serlo el autor por aquellos días: un jovenzuelo que oscila entre el respeto debido a las canas del doctor y las innegables ganas de tomárselas; así, decide sonsacarle acerca de la historia de su mujer (fallecida en los primeros años del matrimonio), que el descabellado doctor augura como «el más extraño fenómeno que se ha ofrecido a la observación humana». Narra el doctor su vida, su castigo por sufrir de una imaginación y fantasía galopantes, que le hace obsesionarse con el adulterio de su esposa, una joven bellísima llamada Elena (una prefiguración de don Jose Ido, de Fortunata y Jacinta, tan monomaniaco con el asunto del adulterio). Al recibir la visita de determinado joven petimetre y calavera, quien para colmo de la casualidad respondía al nombre de Alejandro, la imaginación del doctor Anselmo se dispara: cree que es el mismo Paris de la Iliada, y que como tal, está destinado a cortejarla, encarnando el espíritu del deshonor matrimonial.

    Balanceándose entre las carcajadas apenas contenidas (al inicio) y la historia de misterio o de paranormalidad, Galdós entreteje un tapiz sutil con unos elementos groseros, manipulados hasta la saciedad por el folletín o el drama gótico. La explicación clínica, según la cual el doctor Anselmo había sufrido un episodio paranoico-alucinatorio es bastante similar a la empleada por Henry James en The Turn of the Screw (aunque sin explicitar); si el segundo leyó la obra de su hermano William, donde se compendian las alucinaciones y su estudio, Galdós pone en boca de su narrador intradiegético – autor el siguiente parlamento:

    «-Yo no entiendo de medicina -dije-, pero que se trata aquí de un estado morboso, no puede dudarse. Yo he leído en el prólogo de un libro de Neuropatía, que cayó al azar en mis manos, consideraciones muy razonables sobre los efectos de las ideas fijas en nuestro organismo. Aquel autor disertaba sobre las aprensiones de los enfermos, de un modo raro, pero a mi ver no destituido de fundamento. Decía que la atención, fija constantemente [136] en una parte del cuerpo, producía en ella la alteración del tejido; y de este modo explicaba las célebres llagas de San Francisco, las cuales no eran otra cosa, según él, que una lesión producida por la convergencia de todas las facultades, de todas las fuerzas del espíritu hacia el punto en que aparecieron. Si estos efectos tan palpables producen las ideas fijas en la economía animal, si tienen poder bastante para alterar los tejidos, para trastornar lo que les es menos afine, la materia, ¿qué no harán en la vida espiritual, donde todas las facultades están en perpetuo y estrechísimo enlace? Yo me explico la obsesión de usted, y sus diálogos ser incomprensible; me explico el duelo, que fue el último grado de la alucinación. Todo lo comprendo menos la falta de antecedentes reales, de hechos que favorecieran esa predisposición de usted, determinando la serie de fenómenos psicológicos que ha referido.»

    Naturalmente, de esto no se puede colegir que Galdós fuese un estudioso de la neurología, pero sí que acertó a describir con mediana solvencia y claridad un episodio patológico en su novelilla.

    Los precedentes son los siguientes: ya desde joven, don Anselmo daba pruebas de ser un individuo de imaginación alborotada, y que pasaba con presteza de la alegría desaforada a la melancolía más profunda:

    «desde su primera edad se notó en él gran violencia de sentimientos, desbarajuste en la imaginación, mucha veleidad en su conducta, y alternativas de marasmo y actividad que le dieron fama de hombre destartalado y de poco seso. Cuentan que se pasaba semanas enteras retirado de las gentes, triste, aburrido como un santo, perdido en vanos éxtasis, de que no salía ni aun solicitado por sus amigos: otras veces era tal su animación y alegría, que rayaba en delirio, siendo difícil sustraerse a sus travesuras. Pero esto duraba poco, y a lo mejor le veían otra vez solitario y abstraído, hecho un santo de palo, de esos que miran al cielo y estiran un dedo como en expectación de alguna voz de arriba.»

    Las imágenes extáticas, que prefigura el posterior aunamiento en los desmayos místicos que aparecen en Miau, son repetidas con insistencia. El Doctor Anselmo es como un místico sin dios, como un pensador sin objeto cabal en sus pensamientos, y víctima, por tanto, de su propia imaginación. Al derroche fantástico de su cerebro, une la afición a la narración de su propia vida, adornada con toda serie de exageraciones, y a la falta de rubor de que se le tome por mentiroso. No puede sustraerse a la lalía, a su propia incontinencia verbal por narrar los hechos más fabulosos y desmedidos. Así, al describir la residencia paterna, Galdós hace pasar inmediatamente de casa magnífica (como la describe el narrador) a palacio (como aparece en boca del protagonista). El catálogo y proliferación de obras de arte recuerda a una Domus Aurea comprimida: la morosa descripción de las obras de arte y la suntuosidad de los materiales parece el inventario de la misma Roma. De nada sirven las protestas del narrador intradiegético o sus más o menos descaradas burlas: el doctor Anselmo está disparado y no le detiene ni un muro de un metro de espesor.

    Descrito ya el espacio, que nada tiene de fantasmagórico, una obra merece la atención del doctor:

    «Entre estas pinturas había una que sobresalía y cautivaba la atención más que las otras; representaba a Paris y Elena reposando en una fresca gruta de la isla de Cranaé. Hermoso era el rostro de la mujer de Menelao; pero el del joven troyano era más hermoso aún: habíale dado tal animación el pincel, que parecía que hablaba y que infundía a Elena sus pérfidos pensamientos. Siempre creí ver algo de viviente aquella figura, que a veces por una ilusión inexplicable parecía moverse y reír. A todos impresionaba, y especialmente a mí. Recuerde usted bien esto, para que no lo sea difícil comprender la narración que va a seguir. Voy a contar la espantosa historia.»

    A la enumeración de beldades sigue la espantosa historia: el doctor contrae matrimonio concertado con una muchacha bella y discreta llamada Elena; apenas es una sombra en la obra. Rápidamente, se apodera del joven esposo la obsesión de que su esposa le engaña. La obsesión paranoide torna misterioso lo habitual:

    «Aún recuerdo su alcoba, iluminada por misteriosa luz. Entro y veo allí sus ropas arrojadas en desorden, sus joyas… Presto atención y siento el ruido de su aliento: me acerco, tomo con trémula mano la cortina del lecho, la levanto, la veo… Me siento junto a la cama… sus labios se mueven, me parece que va a hablar… no dice nada, nada; pero a mí me parece que sus labios han articulado silenciosamente una palabra que no llega a mi oído… me acerco más… me parece que frunce las cejas y que después las dilata… fijo más la atención… me parece que se sonríe.»

    Ante la imagen de su esposa dormida, todo parece paranormal: hay un secreto que esconde. Siente el ruido de su aliento (por otro lado, normal: lo grave iba a ser que no lo sintiese); los breves movimientos de los labios en el sueño no obedecen a otra cosa que a un fatal misterio (no a un sueño ordinario). Prosiguen las alucinaciones auditivas:

    «Un día entraba yo -escuche usted bien-, entraba yo en mi casa, dominado por estos pensamientos: cuando me acerqué a la habitación de Elena, creí sentir una voz de hombre que hablaba muy quedo allí dentro; la voz calló de pronto.»

    Que se producen justo cuando está dominado por esos pensamientos. El doctor entra en la habitación, sobresaltando a su mujer, ya en pleno delirio. Buscando como loco por su casa, encuentra que

    «(…) pasé por aquella sala que eh descrito, donde se hallaba el cuadro de Paris y Elena, y me helé de asombro al ver… Es el fenómeno más estupendo que puede concebirse. La figura de Paris no estaba en el lienzo. Creí equivocarme, me acerqué, toqué la tela, encendí muchas luces, miré, remiré… La figura de Paris ¡ay! había desaparecido.»

    A partir de aquí, los episodios se repiten de una manera periódica, mediados por espacios de calma. Las alucinaciones son más reales, más corpóreas: llega a encontrarse con Paris, que le habla para burlarse de él. Su mujer está aterrorizada, los criados le toman por loco, los rumores de los vecinos comienzan a ser atronadores. El mismo Paris, la misma proyección de su mente llega a decírselo bien claro: yo estoy aquí porque tú me has creado, y a donde vayas, iré contigo. Su obsesión, su delirio y su paranoia se han encarnado en una alucinación tremendamente vívida para el enfermo.

    Lo que para el doctor Anselmo, inicialmente, pasa por ser un episodio fantasmagórico, es para su contertulio el producto de una mente desordenada: le pregunta si le tocó, si no sería parte de un sueño, o incluso un fenómeno óptico, y algo más adelante, ya va a calificarlo sin tapujos de la siguiente manera:

    «-En verdad, es cosa inaudita -apunté yo-, que la imaginación, sin ninguna influencia externa, pueda dar vida y cuerpo a seres como ese diablo de Paris que a usted se le presentó tan a deshora. Es indudable que ese caballero no era otra cosa que la personificación de una idea, de aquella idea constante, tenaz, que usted desde tiempo atrás, y principalmente desde su boda, tenía encajada en el cerebro. Lo que no puedo explicarme es cómo adquirió existencia material y corpórea esa idea: ni sé a qué clase de generaciones espontáneas se debió ese fenómeno sin precedente en la historia de las alucinaciones. Pero siga contando a ver en qué para eso.»

    En la casa (en el ‘palacio’) del señor Anselmo, el desenlace no se hace esperar: acosada por su marido enloquecido que la aterroriza de continuo con sus delirios, la joven esposa muere en breve de una rápida enfermedad. No es hasta entonces cuando Anselmo comienza a desliar la tremenda maraña de su mente. Al parecer, tiene un amigo llamado Alejandro, hombre de particular apostura y con fama de calavera y deshonrador de matrimonios. El estado del doctor Anselmo hace que sufra una amnesia selectiva tan poderosa, que ni en los periodos menos efervescente de su manía es capaz de recordar nada acerca de su amigo. Su presencia queda solo explicada por la proyección de Paris-Alejandro: tan pronto es alucinación como es proyectada hacia la figura de su amigo. A la muerte de su esposa, los episodios remiten, hasta quedar una persona trastornada, pero sin picos de delirio significativos.

    En los episodios neurológicos, Galdós nos habla de episodios sintomáticos previos, que toman forma de pensamientos compulsivos y recurrentes. Los episodios de delirio suelen ser nocturnos, pero no exclusivamente (en una de las ocasiones, pasa la tarde caminando al lado de la figura de Paris, hasta que ésta se desvanece de improviso); tras el cuadro alucinatorio y el trastocamiento emocional consiguiente (rabia furibunda, actividad desenfrenada), se cae en un profundo abatimiento o sopor invencible (estados confusionales o crepusculares). Los cambios emocionales ante situaciones que no revisten anormalidad (la luz misteriosa, los movimientos de los labios) que he anotado, son también reveladores del inicio de la manifestación.

    Con frecuencia se ha hablado que estos cuadros de alucinaciones visuales complejas pueden ser de origen epiléptico, y producto de lesiones en los lóbulos frontales u occipitales. Un neurólogo buscaría expresar la manifestación fenomenológica como dependiente del girus fusiforme (memoria de representación perceptual) o del sulcus temporal para explicar los trastornos de percepción en la audición; no creo que sea necesario trazar la cartografía del cerebro en estos momentos: yo me escaparé por la escotilla para seguir hablando de Literatura.

    Lo curioso de La Sombra es el avance del folletín gótico hasta la novela psicológica (psiquiátrica), apenas aderezado por su habitual madrileñismo. Para Federico Carlos Sainz de Robles esta novela introduce la novela freudiana en éste país. Difícil decirlo; no tengo nada para contradecir a una persona tan leída, pero como le he pillado un par de renuncios, tampoco voy a afirmar que no errase nunca. Desde luego, puede ofrecerse como una curiosidad (dentro de la producción galdosiana) y como una honesta novelette, donde el lector no saldrá saciado, pero sí satisfecho.


    (Supongo que hoy en día hubiese escrito este artículo de manera radicalmente distinta)

    Literatura, Mensajes Antiguos13/02 /2006 11:31 pm

    Micromegas pesca el barco de Maupertuis; en la sombra, el enano saturninoCerca de 1738, un ilustrado francés presenta un memorial explicando que alrededor de la estrella de Sirio orbita un planeta no muy grande, de un tamaño veintiún millones seiscientas mil veces mayor que la Tierra, y que es morada de seres que siguen la misma proporción. A nadie escandalizará por tanto que dichos ciudadanos no levanten la cabeza más allá de una altura de treinta y seis kilómetros, vivan unos míseros diez millones y medio de años solares, y cuyos cuerpos minusválidos alberguen tan solo mil sentidos. Poco más se puede esperar de un planeta con trescientos elementos básicos en su tabla periódica y cuyo haz lumínico se descompone en unos insignificantes treinta y seis colores elementales.

    Uno de los sirianos, que atiende por el nombre de Micromegas, es un estudioso, un filósofo en el sentido amplio de la palabra. Como consecuencia de haber escrito un librito científico, tiene problemas con la autoridad jurídico-religiosa de su país. El muftí (a ningún lector se le escapa que el título oculta al censor eclesiástico), «hombre muy escrupuloso y aun más ignorante» cree haber descubierto proposiciones heréticas en el tratado, siendo el punto en cuestión «si la forma substancial de las pulgas de Sirio era de la misma naturaleza que la de los caracoles». Naturalmente, como consecuencia de un conflicto tan tremebundo, el buen Micromegas es desterrado de su planeta. Siendo filósofo y adicto a la sabiduría, viaja por toda la Vía Láctea mediante su conocimiento de las leyes gravitatorias universales: tan pronto sube a un cometa sin pagar peaje, como salta de planeta en planeta como quien vadea un arroyuelo. Arriba por casualidad a Saturno, que es casa de enanos que sólo miden unos dos kilómetros, y cuyas entendederas son menores que las de nuestro viajero. Micromegas trama amistad con un sabio saturnio (entre nosotros: tiene un cierto parecido con Fontenelle), y juntos deciden viajar a la Tierra, ese hormiguero miserable.

    Por la casualidad y por las artes del microscopio, detectan en la diminuta ridiculez del Gran Océano nada menos que un barco cargado de científicos franceses y suecos, que acaban de medir el grado meridiano de la Tierra (apenas 57,437.9 toises, o 111.946.467,1 metros). Se trata, aun cuando no se diga explícitamente, de la expedición que Maupertuis y Celsius efectúan en Laponia. Aun cuando el saturnio tema que tales seres no tengan entendederas, estos les demuestran ser apreciables geómetras: triangulando, miden la altura del saturnio; más tarde, la de Micromegas; también dan el peso del aire, la distancia (en grados) que hay entre dos estrellas concretas, conociendo además cuanto hay de la Luna a la Tierra. Micromegas y su colega no caben en sí de gozo. El tamaño, ahora les queda claro, no es determinante para que los seres del universo puedan razonar como es debido.

    Pero lo certero del juicio de esos pequeños átomos pensantes se debilita a gran velocidad ante la siguiente pregunta de Micromegas: «Decidme qué es vuestra alma, y cómo formais vuestras ideas». A partir de aquí, la seguridad y la concordia de las hormiguitas humanas desaparece como por encanto, y se produce un babel horroroso sazonado por el delirio y la estupidez. Los malenbrachianos contradicen a los leibnizianos, los aristotélicos a los cartesianos; la guinda final la pone un tomista al informar muy serio a sus huéspedes alienígenas que «sus personas, sus mundos, sus soles, sus estrellas, todo había sido hecho únicamente para el hombre». Nada menos. Las carcajadas de los seres son imparables, y entre los estertores del pleno ataque de risa, el barco que sostiene con la uña Micromegas va a parar a su bolsillo; un bolsillo que naturalmente para Santo Tomás y sus sorbonitas estaría hecho para el hombre.

    De este contacto con seres extraterrestres tenemos constancia por un escritor de cuarenta y cuatro años que el mundo conoce por el nombre de Voltaire. Atendiendo a que todavía le quedarían cuarenta años de escritura, bien podríamos calificarlo como un «Voltaire joven», dueño de un estilo desenfadado y burlón, no aquejado todavía por las oscuridades y el pesimismo de la vejez. No debió tener en mucha estima su autor al Micromegas, o quizás la consideró un entretenimiento menor apto sólo para el consumo de los amigos, porque retrasó su publicación hasta 1752. Heredera de la satírica literatura de viajes, que mediante la confrontación de realidades muestra el absurdo de la sociedad patria, Micromegas vuelve su mirada hacia los Gulliver’s travels, hacia el Viaje a la Luna de su compatriota Cyrano de Bergerac, hacia las Cartas Persas. Ahora, que la mirada de Voltaire no es la de un moralista puro: su estilo agilísimo pasa por un sinnúmero de cabezas para rebajarlas a todas con su divertidísima causticidad. Así por encima, recuerdo alfilerazos a Pascal, a Federico Guillermo de Prusia (el «Rey Sargento»), a Fontenelle, a Rollin, al vicario Derham, al jesuíta padre Castel, a Maupertuis (uno de sus favoritos), a los cartesianos, a los malembrachianos, a los leibnizianos (como no), a los seguidores de Aristóteles, a los adictos a Tomás de Aquino, al zar de todas las Rusias y al sultán de los otomanos. No está nada mal para un cuentecito que apenas ocupa veinte páginas en un libro de edición de bolsillo.

    Pero si por un lado tenemos la crítica social contingente amparado en la ficcionalidad y en la lejanía de sus protagonistas extraterrestres, cuando no la sorna a personas determinadas, otro eje atraviesa este pequeño cuento volteariano: frente a estos seres tan desmesurados, tan llenos de capacidades, el hombre no es prácticamente nada. El orgullo y la vanidad intelectual, el hablar «un poco de lo que sabe y mucho de lo que no» se revela ridículo o absurdo. La ciencia puede darnos conocimientos certeros, pero es necio empeñarse en la arrogancia de poseer la sabiduría insegura de la metafísica. Voltaire se frena en este punto. El final del cuento es abrupto, pero por comparación con escritos de la misma época, casi podemos concluir que la conclusión volteriana aconseja resignarse a un papel modesto, sin aspirar a rompernos el cráneo con verdades ultraterrenas.

    Al menos en los cuentos, a Voltaire hay que tomarlo como lo que es: un autor literario, frecuente polemista, creador de un mapa narrativo por el que deambulan viajeros por las tierras más inesperadas. La aventura es lineal, y consta (como el Pickwick de Dickens) de una acumulación de peripecias a las que puede ir sumándosele otras nuevas o restándole la mitad sin que eso nos añada nada nuevo de una visión del mundo ya predeterminada desde la primera página. El personaje está configurado, no cambia, no aprende: es siempre el mismo sabio o el mismo majadero, tiene una insobornable fidelidad a sí mismo. He visto de todo en los lectores de Voltaire, pero puedo hacer dos distinciones básicas: aquellos a los que nos gusta por lo que es, y quienes acaban disgustados porque no es lo que no es. Podemos imputar a un libro de pensamiento sistematizado sus ausencias; no así a una ficción narrativa. Lectores de toda ley hay en el mundo: en esta categoría, también hay sitio para los malos.

    Historia, Mensajes Antiguos05/02 /2006 7:54 pm

    La estatua de la Piazza Pasquino, que a tenor de lo visto sigue tan parlanchina como siempreNos informa el Diccionario de Autoridades de 1737 que «pasquín» es «la sátira breve con algún dicho agudo, que regularmente se fija en las esquinas o cantones», ofreciendo además un esbozo de su origen: «Díjose por la estatua que hay con este nombre en Roma, donde le fijan estos papeles».

    Antes del siglo XV, la Piazza Pasquino, nombre que lleva hasta hoy, se había llamado Piazza Parione. La estatua en cuestión se colocó por mandato del cardenal Oliviero Carafa en un ángulo de dicha plaza. Había sido parte de un grupo escultórico que representaba a Meneleo recogiendo el cuerpo de Patroclo, (tal y como se narra en el libro XVII de la Iliada). Era copia en mármol de un bronce helenístico que vino de Pérgamo. El mordaz genio popular romano, famoso por tener la inventiva satírica más prolífica y certera del mundo, no apreció los valores artísticos de la escultura: por estar severamente mutilada, pronto bautizó a la estatua con el nombre de Pasquino, en alusión a un comerciante local que no debía ser demasiado agraciado; así, en cierto modo, el mismo letrero que anuncia el nombre de la plaza es el primer pasquín de esta historia, aun colocado cinco siglos después.

    Habitar un mundo sin periódicos debe de ser particularmente duro para un ingenio tan vivo como el de los romanos. Pronto comenzaron a colgar carteles en la estatua con composiciones burlescas, que atacaban desde las actitudes populares hasta a los personajes más encumbrados: nobles, cardenales, hasta papas, eran el blanco predilecto de esos anónimos descendientes de Marcial, Persio o Juvenal. Las réplicas a lo aparecido en los carteles de Pasquino tenían su pronta respuesta, esta vez colgadas en la efigie llamada el Marforio, situada en el Carcere Mamertino, ocurriendo así un curioso diálogo entre interlocutores de piedra que era seguido con coros de risas por los ciudadanos.

    Naturalmente, y aun siendo muy conocidos los ejemplos de Piazza Pasquino, no queremos decir con esto que se inventase gran cosa, porque la pintada pública o el escarnio callejero es antiguo como la misma ciudad; todas aquellas suficientemente grandes tenían grandes posibilidades de albergar algún sarcástico escritor popular, ávido de mofarse de propios y ajenos.

    No obstante, sería inadecuado contemplar estos pasquines nacientes como inocentes ejemplos de la risa torcida o de la mordacidad para con los moradores del Poder. En España, en los siglos XVI y XVII, fueron extraordinariamente comunes, con una salvedad: aquí el veneno es más malévolo, y hay mayor proporción de hiel en la risa. El nombre que daban a estas ejecuciones de la escritura infamante era rétulos (es el término empleado en el texto de denuncia de Pedro Díaz Morante contra Francisco de Montalbo en 1613, y que es transcrito por Cotarelo y Mora en su afamado Diccionario Biográfico y Bibliográfico de calígrafos españoles, publicado entre 1913 y 1916), de donde deriva el actual rótulo. La pluma española, por los datos que tengo, era más violenta, más carnívora, y tendía a apoyar el texto con la compañía de actos más crueles. Las injurias y públicos denuestos de los apodadores, copleros y libelistas no quedaban sólo de caligrafías pegadas en lugares públicos estratégicos (pasquines).Apuntes tomados acerca de los pasquines Leídas en voz alta, trasladadas (1) por decenas, se constituía un eficaz vehículo de propagación. Aquel que fuese atacado por un inocente papel en una esquina, pronto veía como la ciudad entera estaba al corriente de la injuria. Hemos dicho que, con frecuencia eran acompañadas de otras muestras humillantes. Manchar con garrafillas de tinta u otros líquidos al infamado era llamado el redomazo; se colocaban figurones ridículos para infamar a una persona en concreto, o se elaboraban pinturas alusivas a sus supuestos vicios, o también se marcaba sus casas y propiedades con señales afrentosas, como cuernos, o en términos genéricos, sambenitos, si la acusación era de cristiandad nueva (terrible acusación en una sociedad obsesionada con la pureza de sangre y con la rectitud en el comportamiento católico cristiano. Acusar a alguien de descender de hebreos era tanto como considerarlo un criptojudío; en definitiva, se le echaba en brazos de la Inquisición)

    No eran extraños tampoco que se realizasen, bien en su presencia, bien en las puertas de su casa, bailes y fiestas de ultrajar, como la faralá o judiada (no sé si aquello de la faralá tiene referencia con el singular de faralae -que los modos de pronunciación andaluces devuelven al latín — por la relación que tienen los volantes con el baile), o danzas con espadones que se bailan al son de cajas destempladas (instrumentos de percusión de particular sonido, empleados para el escarnio), de atabales y tambores.

    Estos modelos de ataques a la honra solían ser causa de juicio: en un mundo tan preocupado por la limpieza de sangre y el honor familiar, un libelo o un pasquín podía destruir una reputación sostenida por actos y comprada con todos los dineros del mundo. Tan grave era el hecho, y hasta tal punto podía llegar la mancha, que los autores de la época, al hablar del caso, escriben sobre la imposibilidad de recuperar la honra perdida. Visto desde ese punto, en el que una honra intachable valía por cien haciendas, el agravio llevado a juicio podía acabar con la muerte del ofensor por ahorcamiento (si era villano), o el destierro (como los diez años que pasó en Orán Don Diego de Acuña por la composición de ciertas coplas, tal y como se lee en Los Reyes y los Libros, de José García Oro, ed. Cisneros, 1995) si el inculpado era noble. En el Archivo General de Simancas, sección Real Audiencia (que es el lugar donde se guarda la copiosísima documentación de la administración de los Austrias), las actas de juicios adjuntan a veces, si no el texto original (¿se puede hablar de originales en esta nube de traslados?), al menos sí una copia del documento infamante. Así, además de la policial pesquisa de búsqueda de enemigos, se recurrió no pocas veces a la opinión de expertos calígrafos que detectasen la mano autora de cada texto, no solo por el tipo de letra, sino por una rudimentaria estilometría. Qué cosas: son los pasquines y otros escritos del animus iniuriandi los responsables de la entrada de la filología en los tribunales.

    Por descontado, ni que decir que algunos de estos libelos fueron editados, dependiendo del alcance de la sátira ejercida. Los curiosos coleccionistas de estas sátiras, de los pasquines infamantes, de los papeles curiosos que corrieron tantos riesgos en su momento (guardar una sátira contra Felipe III en tiempos de este rey no era, digamos, como guardar la póliza de un seguro dental) terminaron recipilándolos en cartapacios o aún en los libros de Variorum tan frecuentes en el Siglo de Oro.

    Nuestro siglo ha abaratado los costes de edición, al tiempo que ha potenciado otros medios de comunicación. Sin duda, podríamos considerar pasquines esos carteles políticos que tratan de denostar, con el menor de número de letras posibles, al partido rival. En Madrid, en el barrio de Argüelles, que se caracteriza por su extremo conservadurismo y sus rancias creencias católicas, prolifera un pasquín editado por un grupúsculo de extrema derecha católica (esa mezcla tan habitual en estas tierras). Trata de reproducir la maquetación de la primera plana de un diario, pero aun más bárbaro, tanto en el estilo como en el pensiero. Recuerdo especialmente un texto que dedicaban a Julio Anguita, por entonces dirigente del demócrata Partido Comunista Español, quien había tenido, por aquellas fechas, un infarto cardiaco tras un discurso. En tal discurso, pronunciaba una locución lexicalizada, del tipo «Esto no hay Dios ni Razón que lo conciba». El resultado, en el pasquín era lo siguiente:

    «Tras pronunciar el nombre de Dios en vano, Anguita cae fulminado.»

    Sin comentarios.

    Nota:

    1. Traslado: copia manuscrita de un ejemplar, ya esté caligrafiado a mano o salga de la imprenta.
    Historia, Mensajes Antiguos08/01 /2006 10:25 pm

    Leyendo unos artículos acerca de Johannes Malalas, el historiador bizantino, encuentro una cita del mito de Acca Laurentia (Lykaina, para él; Aca Larencia, diríamos nosotros). Malalas sigue la tradición que hace de Laurentia nodriza de Rómulo y Remo, pero de algún modo, no olvida la segunda forma del mito. Según aquella, un sirviente del templo de Hércules (en la versión de Malalas, es Ares) reta al dios a vencerle en una partida de dados, prometiendo, si es que él mismo pierde, pagar como tributo una hermosa mujer. Como es de esperar, pierde, e Acca Laurentia, por Jacopo della Quercia introduce a una mujer (se entiende: una esclava) en el templo para que mantenga amorosas relaciones con el dios.

    Malalas incurre en una doble racionalización del mito: por un lado, explica que, siendo sacerdotisa de Ares, hubo de ser seducida (y preñada) por un soldado; por el otro, anuncia que esta mujer no era la misma Acca Laurentia, sino su madre (la de Acca, es obvio), quien atendía por el nombre de Ilia. Expulsada por la vergüenza pública a los bosques, tuvo allá su hogar y el de su hija, que terminaría por encontrar en tan desolado paraje los cuerpos de los dos bebés Rómulo y Remo. Así se explicaría la presencia de una moza joven en medio de los bosques.

    Acca Laurentia es una figura curiosa dentro de la mitología romana, porque dejó pronto el estatus de nodriza o de hetaira (prostituta adscrita a un templo) para ascender al mundo de los dioses. Ciertas leyendas la hacen madre de doce hijos, que fue sacrificando uno por uno para conseguir la fertilidad de los campos. Por esto, es al tiempo señora de los cultivos y deidad matrona de los muertos. Su festividad se celebraba el 23 de diciembre: como el año romano concluía en ese día —hablo del calendario arcaico de 304 días— también estaba presente tanto en el advenimiento del año como en el funeral del anterior. La celebración de las fiestas en honor a Acca Laurentia (la fiesta se llamaba Laurentalia) fueron finalmente absorbidas por una celebración en honor a los Lares. Visto que las Laurentalias tenían un carácter fundamentalmente fúnebre, se les adscribó a los lares dicha labor, desconocida, por lo menos durante hasta más allá del siglo II ac. Las tradiciones explicativas posteriores, que quisieron hacerlos hijos de Laurentia (o de Mania) corresponde a la elaboración de un mitosobre-la-marcha, un modelo aclaratorio que lo único que consigue es embarrar más la ya de por sí confusa historia de Laurentia. En esta casa, son las únicas fiestas a celebrar: no sabemos de pesebres, ni de niños, ni de magos (naturalmente, orientales: en lengua pehlvi, mago vale por sacerdote), ni de nicolases allanadores de moradas.

    Los lares, esos espíritus semidivinos, son los ejemplos más antiguos que tenemos de deidades en las fuentes arcaicas. Huyen de toda genealogía, y permanecen ligados por excelencia a las propiedades territoriales: la idea de que cada hombre, o cada gens (familia) tiene unos lares particulares, en tanto familia o individuo, es claramente posterior, posiblemente de época de Cicerón, quien en su traducción del Timeo platónico, vierte daemon por lar.

    Así, los lares más antiguos muestran su tutela en los cruces de caminos o en las lindes de los terrenos. Sus festividades más importantes, los Ludi Compitali, homenajeaban a estos ancianos lares desde tiempos remotos: fueron instaurados ya por mano de Tarquinio Prisco, como reconocimiento y veneración de los ascendientes de Servio Tulio, que tuvieron que ver con los lares. Algo después del solsticio de invierno, los paterfamilias vecinos se reunían en la convergencia de sus terrenos para honrar juntos a los lares compitales. En tiempos de Dionisio de Halicarnaso (IV, 27) se les ofrendaban tortas de miel; el historiador se complace narrando que eran los esclavos los encargados directos de la ofrenda, quedando además durante el tiempo de la Compitalia en libertad para hacer lo que se les diese en gana. Menos satisfecho y más tenebroso escribe Macrobio, quizás porque recuerda que la vinculación de los esclavos a esos juegos tenía origen en una costumbre pretérita. En el periodo de la Monarquía, durante las Compitalias, los árboles que se hallaban en los limes (en este caso, «linderos de los terrenos») eran adornados con las cabezas de esclavos sacrificados colgando de sus ramas. Con la caída de la monarquía, se acabó una costumbre tan violenta, sustituyendo las ofrendas humanas por ajos y amapolas (hoy hablamos de cabezas de ajo o de cabezas de amapola. No hay que insistir más en su papel simbólico). También terminaron por prenderse de las ramas figuritas de lana, tantas como hombres y mujeres hubiese en la casa. Este primitivo árbol navideño protegía a los habitantes de un lugar dado de todo mal por obra y gracia de los lares praestistes, o daba testimonio de las propiedades a la manera de un arcaico Registro Civil. Qué más se puede pedir. Hoy en día, ahorcamos imágenes de Papá Noel (o Santa Claus, o san Nicolás, o Viejitos Pascueros, lo mismo da) o (en España) figuras de chocolate recubierto con papeles dorados en forma de los Reyes Magos de Oriente sin esperar ninguna respuesta, sin oir otra cosa que el atroz silencio de unas festividades muertas. Al lado de estas figuras contemporáneas, penden esferas balanceándose, como un día lo hicieron las cabezas de los esclavos romanos que honraban con su movimiento pendular a los dioses lares.

    De fruta de cabecitas
    vereis los árboles llenos.
    Nos deseamos, con la mejor de las voluntades (pero con la misma incertidumbre de dejarlo en manos del Azar) un buen año. Los terribles paterfamilias de antaño se garantizaban la tranquilidad con el precio de la sangre vertida para saciar la sed anual de los lares. Y dicen que hoy dominamos el curso de nuestras vidas. Pamplinas.

    Arte, Mensajes Antiguos 9:23 pm

    Hasta donde llego, el extraño Evangelio de Juan, en la versión de la Vulgata, es el único que ofrece las aprensiones del Noli me Tangere. Veamos el contexto (empleo la versión castellana clásica de Reina-Valera) en Juan, 20:

    Y el primer día de la semana, María Magdalena vino de mañana, siendo aún obscuro, al sepulcro; y vió la piedra quitada del sepulcro.
    Entonces corrió, y vino á Simón Pedro, y al otro discípulo, al cual amaba Jesús, y les dice: Han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto.
    Y salió Pedro, y el otro discípulo, y vinieron al sepulcro.
    Y corrían los dos juntos; mas el otro discípulo corrió más presto que Pedro, y llegó primero al sepulcro.
    Y bajándose á mirar, vió los lienzos echados; mas no entró.
    Llegó luego Simón Pedro siguiéndole, y entró en el sepulcro, y vió los lienzos echados,
    Y el sudario, que había estado sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino envuelto en un lugar aparte.
    Y entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro, y vió, y creyó.
    Porque aun no sabían la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos.
    Y volvieron los discípulos á los suyos
    Empero María estaba fuera llorando junto al sepulcro: y estando llorando, bajóse á mirar el sepulcro;
    Y vió dos ángeles en ropas blancas que estaban sentados, el uno á la cabecera, y el otro á los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.
    Y dijéronle: Mujer, ¿por qué lloras? Díceles: Porque se han llevado á mi Señor, y no sé dónde le han puesto.
    Y como hubo dicho esto, volvióse atrás, y vió á Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús.
    Dícele Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿á quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, dícele: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.
    Dícele Jesús: ¡María! Volviéndose ella, dícele: ¡Rabboni! [que quiere decir Maestro].
    Dícele Jesús: No me toques: porque aun no he subido á mi Padre: mas ve á mis hermanos, y diles: Subo á mi Padre y á vuestro Padre, á mi Dios y á vuestro Dios.
    Aquí nos quedan dos cosas bastante claras: primero, que María de Magdala marcha sola a visitar la tumba del rabboni (¡arrea!), y segundo, que sin hacer gesto alguno, el resucitado la amonesta ya de antemano para que no lo toque de ninguna de las maneras.

    En los Evangelios Sinópticos, la cosa cambia bastante en estos dos puntos: Después del sábado, al apuntar la luz del primer día de la semana (obviamente, el domingo) vinieron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro , dice Mateo (28:2). La cosa sigue, porque tras ver el sepulcro vacío y que un señor que tenia un aspecto como un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve (indudablemente era un guardiamarina español) les dice que Jesús se ha ido a dar una vuelta. Salen alborozadísimas, y en el camino, se topan con el mismo Jesús y ellas le cogieron los pies y lo adoraron. Nada de decir que no le toquen, sino que les manda recado para los apóstoles.

    En el breviario de Marcos (16), se les une una señora más: Y pasado el sábado, María Magdalena y María la de Jacobo, y Salomé, compraron ungüento… , etc. Otra más que se une a la fiesta. Esto es como cuando se corre la voz de que los tomates han bajado, y primero hay una persona en el puesto de las verduras, luego un par, llega una tercera, y tras ellas, la tropilla de los compradores. Ya tenemos a tres.

    Prosigue el bueno de Marcos contando que en el primer día de la semana mostrose primero a María Magdalena, de la que había expulsado a siete demonios. . No entiendo demasiado bien el texto: no estoy tan versado como para saber si los expulsa antes o en el momento de encontrarla. No dice, empero, nada de que no le toque, sino que parece bastante amistoso, prestándose incluso a barrerle el espíritu de porquerías.

    Con Lucas, llega el desmontón; la imagen del puesto de verduras cobra su sentido: Ya están Magdalena y María la de Jacobo , dice Lucas; pero para él, fueron las mujeres que habían venido con Jesús desde Galilea , y debieron ser, a su entender, más que estas dos, porque dice claramente que estaban entre ellas María Magdalena, Juana, y María la de Jacobo; y también las otras que las acompañaban referían estas cosas a los apóstoles. (Lucas, 24:10-11). La tropilla de mujeres no ve a Cristo por el camino, con lo cual no tienen que ser reprendidas de nada raro, ni tampoco pueden tirarse de cabeza a los tomates…digo a los pies. Para compensar, en lugar de ver un guardiamarina español, ven a dos. Lo comido por lo servido.

    Resumiendo:

    Juan: 2 Guardiamarinas, 1 mujer, 1 bronca.
    Mateo: 1 Guardiamarina, 2 mujeres, sin bronca.
    Marcos: 1 Guardiamarina, 3 mujeres, 7 demonios menos, sin bronca.
    Lucas: 2 Guardiamarinas, avanzadilla de mujeres, ni ven a Cristo.

    Cristo —o Frascuelo, según se vea— en la plenitud de su faenaLa balumba es tan fenomenal que no son extrañas las variaciones del Noli me tangere entre nuestros pintores. Para ilustrar lo que comento, véase tan solo la sorprendente pintura de Tiziano. Según Tiziano, Magdalena venía a a cuatro patas, y Cristo, queriendo ser Frascuelo le mete una verónica de esas que levanta a los del tendido 7. Es sorprendente lo que se aprende de la vida de los pintores observando con detenimiento sus obras. De ésta, podemos colegir sin posibilidad de equivocarnos que Tiziano era todo un entendido del abominable espectáculo del toreo (púlsese la imagen para agrandarla).

    Jesús regulando el tráficoPara el Bronzino, el Noli me tangere ofrece la posibilidad de la descortesía, por no decir que vive en animado contubernio con lo grosero. Hay que ver con qué alegría —casi a la carrera— viene María Magdalena para darle un achuchón… sólo para encontrarse a su amigo Jesús marcándole un stop digno del más avezado de los guardias urbanos. Realmente, la divinidad es fértil en desplantes y comportamientos descorteses, pero esto roza ya el límite. Primero le desaloja los demonios del cuerpo, y luego, si te he visto, no me acuerdo. No sé cómo los creyentes pueden sufrir este comportamiento escandaloso por parte de su Señor. Así les irá, digo. Por decirlo en palabras de De Quincey:

    Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo, ya no se sabe dónde podrá detenerse.
    Mensajes Antiguos07/01 /2006 2:25 pm

    Los fulani se extienden por gran número de países de África Occidental: sólamente en Benin y en Camerún quedan restos de gentes de esta etnia no islamizadas. Pueblo de naturaleza nómada y trashumante —esto implica firmes vinculaciones con el comercio—, su religión tradicional tenía que hacerse eco de esta realidad.

    Así, su deidad suprema recibe el nombre de Gueno (que de güeno no tiene nada), el Señor Eterno que también se llama Dundari (Todopoderoso). Gueno estaba desde el principio en el «Ombligo de las Cosas», que es tanto como decir en el centro del Universo. Se comunica a través de las 28 vías del ciclo lunar con subdeidades emanadas de él, que a su vez están vinculadas a los cuatro elementos tradicionales, a los cuatro colores (amarillo, rojo, blanco y negro), y las cuatro ramas de la familia peul (o fulani, da lo mismo decirlo de un modo u otro), que son, como es bien sabido, Dyal, Ba, So, y Bari.

    El mundo, a qué ocultarlo, es creación de Gueno, que lo extrajo de una gota de leche que contenía los cuatro elementos, con lo que a su vez, se formó una vaca hermafrodita: para los que no lo hayan entendido aún, la vaca también es el mundo.

    Gueno, que crea y destruye a su arbitrio, no contesta a las plegarias ni a las voces de los hombres, sino que permanece inmutable en su labor; tampoco, en teoría, pueden hacerlo los espíritus emanados del cuerpo de Gueno, a fin de no introducir el desorden o la contradicción o el Caos (esas cosas tan malas para los dioses supremos) en el Universo.

    Ya que Gueno no hace mucho caso de los mortales, encargó a la Serpiente Tyanaba que lo hiciese por él. Este curiosísimo ejemplo de sierpe pastoril tiene dos ayudantes: Foronforondu (ahí es nada), diosa de los lácteos y los animales hervíboros, por quienes vela, y su esposo Kumen (nada que ver con su homólogo del capítulo noveno del Libro de Nephi) , que viene a ser una especie de zagal espabiladillo, juez y parte de un texto de ese mismo nombre: compila dicho texto enseñanzas de carácter iniciático, extremadamente complejo y plagado de metáforas y giros de una riqueza desconcertante para sus lectores, sobre todo si estos son occidentales. Como texto mistérico, relata la iniciación del primer silatigi, que es el máximo grado de conocimiento (es al tiempo un rango jerárquico) acerca de la naturaleza de la floresta o del pastoreo al que puede aspirar un hechicero fulani, según nos cuenta Germaine Dieterlen, en Initiation among Peul pastoral tribes.

    Nos despediremos para no abrumar a los lectores con estas locas deidades de nombres tan divertidos. Como dicen los fulani: a bon riviodisi (hasta que nos veamos)

    Mensajes Antiguos 2:21 pm

    En el noreste de Tanzania, en la región de las Montañas Pare, vivió Kiumbi, el creador de todas las cosas, mezclado entre los hombres. Lastimosamente, estos se comieron unos huevos que les estaban vedados y, viendo que la desobediencia humana no tiene remedio, Kiumbi decidió habitar los cielos.

    Los hombres debían de tener ganas de seguir molestando a la deidad, por lo que resolvieron construir una alta torre para alcanzar el cielo. En lugar de confundir las lenguas y hacer brotar discordia entre los hombres, Kiumbi, más tranquilo o poderoso, se limitaba a alejar la bóveda celeste, haciéndola más alta a medida que la construcción iba ganando metros; pero como insistían en tocarle las narices y a fin de cuentas, la paciencia de los dioses siempre es finita, hartaron hasta al bueno de Kiumbi: les envió una hambruna tremenda, de la que solo sobrevivió un hombre muy joven y su compañera. Naturalmente, son los antepasados de los pare.

    El motivo del paraíso inicial, la ingestión de la comida prohibida, la separación entre dioses y hombres, y el vano intento de éstos por alcanzarlos fue muy celebrado por los misioneros cristianos del siglo XIX, que creyeron ver en todo esto un protocristianismo latente. Intentaron persuadirles de que no eran tales huevos, sino manzanas, y que ese Diluvio negativo eran sólo lluvias atronadoras. No sé hasta qué punto fueron exitosos sus esfuerzos por llevar la verdad a la antigua Tanganika: el mapa religioso (en el interior) es disputado por el cristianismo, islamismo, y las religiones tradicionales prácticamente por igual.

    Hoy por hoy, comprendemos que los mitos de separación entre hombres y dioses son frecuentes en África, y que tales relaciones no se deben solo a emanaciones radiales desde el epicentro de Israel, como creía el Padre Schmidt. Para nuestros desconcierto, el origen es multifocal.

    Los pare reconocen que ahora la comunicación con Kiumbi es más dificultosa que en tiempos pretéritos; hay interferencias, chasquidos y ruidos: Hoy por hoy, hombres y dioses no nos entendemos demasiado bien.

    Mensajes Antiguos07/12 /2005 2:35 pm

    Walter (o Walterius) Map, o Mapes (circa 1140 - 1209) fue un viajero inglés autor de De nugis curialum, que quiere decir algo así como Liviandades cortesanas (posiblemente escrita entre 1188 y 1193), obra miscelánea que ha dado no pocas sabrosas noticias acerca de diversas leyendas: es famoso por ser el primero que nos da referencias de casos de vampirismo en Inglaterra, pero también por darnos la información más antigua que tenemos de Cola Pesce, Nicolo da Messina, Nicolo Pesce o, como lo conocimos en España, el Peje Nicolao (1).

    El núcleo de esta leyenda tiene su origen en el Faro de Messina, que es donde la coloca Map, refieriéndose a supuestos hechos ocurridos en tiempos de Guillermo II el Bueno rey de Sicilia (1166-1189), es decir, casi inmediatamente antes de escribir la obra. De nuevo, otro escritor de Inglaterra, nación que siempre ha dado ciudadanos italianizantes (hay un dicho italiano que habla de ello y no para bien) (2), cita al Pesce Cola en su Otia Imperialia, escrita en torno a 1215, pero situándolo en los años del Rey Ruggiero de Sicilia, que es sabido que murió en 1154, es decir, antes incluso de la mención de Map; veamos ahora en qué consiste la vida del buen peje.

    Se dice que el tal Nicolo era un niño normal que, como tantos otros habitantes de la costa, desarrolló una pasión irrefrenable por el mar. Tanto era así, que pasaba gran parte del día en el agua, con lo que llegó a dominar las artes natatorias hasta tal punto, que más parecía pez que hombre. Pese a sus aficiones naúticas, se hablaba de él como un personaje cercano, amable y servicial que se adentraba en las aguas hasta llegar a los navíos de altura, a los que saludaba alegremente y les hacía el favor de llevarles cartas a sus parientes de la costa. No se nos cuenta que lo hiciese por ’servicios’, esto es, por la paga cotidiana que sirve para que uno desfallezca de carestía. El buen Cola Pesce parece que, aparte de nadar por la superficie como un delfín, buceaba como un cachalote, permaneciendo bajo el agua una cantidad de tiempo considerable y descendiendo a los fondos marinos como quien no quiere la cosa. Un día, el Re Ruggiero (según Gervasio de Tilbury, el autor de los Otia), avisado de las especiales dotes de su súbdito, se presentó en Messina, aprovechando para tirar una copa de oro como por descuido al mar, y recomendando a Cola Pesce que se la recuperase. Rápido, el otro descendió al fondo de los mares, y volvió, bien pasada la media hora, no solo con la copa, sino con una relación “de los palacios de corales que en el fondo posee su majestad”, cosa que interesaba grandemente a Ruggiero, quien, aparte de haber querido siempre saber si la isla siciliana flotaba sobre las aguas o se asentaba en los cimientos marinos, tenía esas angustias pecuniarias propias de los reyes que bien podrían saciarse a base de expoliar sus insospechadas ciudades submarinas. Posiblemente, Gervasio de Tilbury (y los autores posteriores que lo tratan, que no son pocos) no fueron muy conscientes de que estaban sentando los primeros fundamentos acerca de la jurisdición de aguas territoriales, por no decir sobre la propiedad del fondo marino; el caso es que Ruggiero volvió, no se sabe si por negligencia o por jugar una vez más a ese juego apasionante de hacer que los demás hagan lo que a uno le viene en gana, a arrojar la copa al mar. El Pez Nicolao volvió a sumergirse, pero no a salir, con lo que no sabemos si se ahogó, si sirvió de merienda a un tiburón, o si en pago a semejante esclavitud, tomó la copa y se largó con corriente fresca.

    Algo más tarde, la crónica de Fra Francesco Pipino, que vive en los primeros compases del siglo XIV, y que edita Benedetto Croce, aparte de decirnos que Nicolo vivía cuando él era niño, aporta una adición curiosa: según el fraile, el niño Nicolao, que no quería salir del agua ni a tiros, había molestado tanto a su madre que como consecuencia (a decir de Croce), le había maldecido con la frase “Potesse diventar pesce”, que viene a querer decir algo así como que mal rayo lo partiese y que quisiesen los cielos transmutarlo en pez. Bueno, a tenor de los relatos, el Peje Nicolás no se transformó en pez, o al menos, no totalmente. Para algunos tenía branquias, o adoptaba un curioso método de transporte submarino, al introducirse en el vientre de peces enormes y viajar tan cómodo como si dispusiese para él de todo un vagón de tren. En determinados momentos, cuando le apetecía, rasgaba desagradecidamente el vientre de esos vagones y se dedicaba a explorar el fondo marino con ociosidad. Tanto viaje, habrán notado, le transporta con facilidad por toda la península italiana, hasta el punto que numerosas ciudades costeras se arrogan el dudoso honor de ser la Patria de Nicolao, Nápoles entre ellas, como conoció Croce de niño (3).

    En España, quizás por las prontas relaciones mediterráneas, por las posesiones sicilianas de la Corona Aragonesa, o bien por las noticias de los soldados españoles que surcaban Italia, era muy célebre la leyenda; hace referencia al peje nada menos que nuestro Cervantes (Quijote, II, cap. XVIII), en tanto que Lope en El animal profético y dichoso parricida San Julián (agárrense ustedes con el título) compone unos heptasílabos referentes a otra de las adiciones de la leyenda: la del Pez Nicolás como propietario de una redoma “para bolverse las viejas moças” (según se contiene en el título de un pliego de cordel que cita Julio Caro en sus Fragmentos italianos), ya por no hablar de la dedicación que le dedica un autor anterior a éstos dos, de donde posiblemente, si ya no de oídas, recogen la leyenda: la Silva de varia lección, de Don Pedro Mexía.

    Era difícil que estas cosas escapasen al ojo perspicaz y a la portentosa erudicción de Benito Feijoo, quien a propósito de un hecho curioso ocurrido en Liérganes, viene a sacar a colación la leyenda de Nicolao. En el Teatro Crítico Universal, obra de inmenso calado y admirable registro de las diferentes ocupaciones del padre Feijoo, dedica el capítulo octavo del tomo sexto a la descripción y dilucidación de un suceso curioso que recorrió España, y que, en buena medida, enlaza con nuestra historia. Quien quiera saber acerca de el hombre pez de Liérganes, debiera leer estos comentarios de nuestro particular sabio en Padre Feijoo .

    Lo interesante de la cuestión a mi entender es comprobar la extraordinaria movilidad de un hecho narrativo, difundido -me atrevo a sugerir, si es que se toma ésto con las suficientes reservas- como modelo educacional de las madres para sus hijos, quienes, al estilo del cochero de la familia de Benedetto Croce, contarían con un apoyo folklórico para que sus hijuelos no estuviesen todo el día chapoteando, bajo el riesgo de convertirse en nuevos Peces Nicolás (una cosa que a mi nunca me dijeron, quizás por vivir en el interior, pero que dudo que hubiese tenido efecto alguno: cuando me decían que no mintiese “para no volverme un muñeco de madera de pino, como el Pinocchio”, me entró tal entusiasmo por la mentira que estuve diciendo verdaderos tropeles de ellas y comprobando acto seguido la textura de mi carne, a ver si podía desembarazame de ella y ser un muñeco animado como el que salía en mi libro, que, por cierto, adjuntaba imágenes de la serie de Comencini). Es también muy interesante los progresivos añadidos fantásticos en la historia, como si el hipertrofiado núcleo inicial (el de un hombre con exageradas dotes como nadador y buceador) no hubiese sido suficiente en la historia, y necesitase de viajes fantásticos a lo Jonás, adoptar las funciones del hechicero o del buhonero y, por descontado, entrar en el catálogo de rarezas marinas que siempre han interesado tanto a los hombres.

    1) “Peje” es arcaísmo, pero aún se usa en contadas ocasiones: no sé los foristas españoles (desconozco si el término pervive en la América de habla castellana) si oyeron decir alguna vez peje espada. Sobre el libro de Walter Map, hay una tradución a cargo de M. R. James publicada en Oxford Clarendon Press en 1914 que conoció reedición a finales de los 80. 2) L’inglese italianizato, diavolo incarnato, se dice, creo. 3) Croce, en Storie e leggende napolittane. También Pitrè, Studi di leggende popolari in Sicilia, que me trasladan desde Roma.