Y he aquí, dos de ellos iban el mismo día á una aldea que estaba de Jerusalem sesenta estadios, llamada Emmaús.
E iban hablando entre sí de todas aquellas cosas que habían acaecido.
Y aconteció que yendo hablando entre sí, y preguntándose el uno al otro, el mismo Jesús se llegó, é iba con ellos juntamente.
Mas los ojos de ellos estaban embargados, para que no le conociesen.
Y díjoles: ¿Qué pláticas son estas que tratáis entre vosotros andando, y estáis tristes?
Y respondiendo el uno, que se llamaba Cleofas, le dijo: ¿Tú sólo peregrino eres en Jerusalem, y no has sabido las cosas que en ella han acontecido estos días?
Entonces Él les dijo: ¿Qué cosas? Y ellos le dijeron: De Jesús Nazareno, el cual fué varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo;
Y cómo le entregaron los príncipes de los sacerdotes y nuestros príncipes á condenación de muerte, y le crucificaron.
Mas nosotros esperábamos que Él era el que había de redimir á Israel: y ahora sobre todo esto, hoy es el tercer día que esto ha acontecido.
Aunque también unas mujeres de los nuestros nos han espantado, las cuales antes del día fueron al sepulcro:
Y no hallando su cuerpo, vinieron diciendo que también habían visto visión de ángeles, los cuales dijeron que Él vive.
Y fueron algunos de los nuestros al sepulcro, y hallaron así como las mujeres habían dicho; más á Él no le vieron.
Entonces Él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!
¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?
Y comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de Él decían.
Y llegaron á la aldea á donde iban: y Él hizo como que iba más lejos.
Mas ellos le detuvieron por fuerza, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró pues á estarse con ellos.
Y aconteció, que estando sentado con ellos á la mesa, tomando el pan, bendijo, y partió, y dióles.
Entonces fueron abiertos los ojos de ellos, y le conocieron; mas Él se desapareció de los ojos de ellos.
(Lucas, 24.13-31)
El pasaje que transcribo es sin duda una prueba manifiesta del desmaño del evangelista que conocemos como Lucas. Escritor no particularmente dotado y tirando más bien a torpe, Lucas se propone asombrar a sus lectores/auditores con la mágica desaparición del rabí de Galilea. Lo cierto es que las capas de maquillaje con que trata de disfrazar el texto no son suficientes como para que no quede claro su verdadero sentido.
Conocemos este episodio exclusivamente por él. Los otros evangelistas, más avispados y más responsables, eluden mencionarlo. Quizás le vieron las orejas al lobo, y pensaron —correctamente— que nadie dejaría de darse cuenta de lo ocurrido. Es un tanto embarazoso contar que el Resucitado, aquel que trae la Luz al Mundo y que es parte de la Naturaleza Trinitaria de Dios, se marcha de las cenas sin pagar antes de que el posadero aparezca con la cuenta. La manera que tiene Lucas de narrarlo trata de pasar de la picaresca al milagro, pero no termina de conseguirlo. Yo mismo conozco numerosos casos en los que los comensales se esfumaron después de cenar y mi estupor vino ante la pasmosa habilidad de estos sujetos, no por que tal actividad tenga mucho que ver con los prodigios. La misma perplejidad debieron sentir Cleofás y su compañero sin nombre (si es que el nombre de Simón, que aparece unos versículos más adelante, no le corresponde), quienes tras reconocer a Jesús, se dieron cuenta de qué manera se la había jugado su Maestro. Pero también es muy posible que esa pareja de viajeron fueran en realidad más tunantes de lo que el pasaje deja entrever: sospecho de esa insistencia, de que se lo llevasen a la fuerza (debe entenderse con mucha convicción o porfiando mucho). Cabe pensar que lo llevaron a la posada (1) de Emaús con la serena intención de que fuese él quien pagase la comida. Si es así, se entendería a Jesús como el más listo en un juego de truhanes que dejó a los burladores con dos palmos de narices.
Naturalmente, en el contexto cristiano, no se ha entendido la volatilización nazarena en la posada de Emaús como una hazaña entre rufianes, sino como una noticia incontrovertible de la (brevísima) segunda vida de Cristo en la Tierra. El poder supremo para confundir la vista y no revelarse, el hacerlo a voluntad tras un rápido aleccionamiento y el desaparecer son características de los dioses desde los tiempos de viejo Homero. Por ello, el ser humano ha debido de sentirse extrañamente famililarizado con un comportamiento tan caprichoso como errático. Aparecer y desaparecer por ensalmo sería por tanto la manera particular de viajar o de visitar a sus amigos que los dioses tienen. Los creyentes tienen entonces que interpretar el asombro de Cleofás y su compañero como el apercibimiento final de que estaban frente al Mesías. No es el hecho de desintegrarse ante ellos lo realmente sorprendente, sino que hayan estado cara a cara cenando con un dios y no se hayan dado cuenta hasta su marcha. La ulterior desaparición es, insisto, como la rúbrica final, la constatación: Porque no me veis, porque desaparezco, formo parte de lo divino.
Tradicionalmente los pintores, fascinados con el poderío visual de la escena, lo habían entendido del mismo modo: para ellos había primado más la presencia divina que el hecho mismo de la desaparición. Por supuesto, más allá de toda teología, hacer incidencia en este punto les sacó del supremo apuro de tener que pintar el asombro ante la ausencia. La súbita revelación debía de ser por tanto corpórea y recibir el amparo de la figura de Cristo. En el gesto de partir el pan fue como se dio a conocer, y en ese preciso momento —no cabía duda— tenía un cuerpo presente similar al del hombre que había sido. Caravaggio, en la primera de las obras que dedicó al tema, impone la sólida presencia de Cristo y distribuye tres figuras más en la composición. La más interesante es aquella que está cara a cara con Jesús revelado, en un escorzo pleno de vida que le impulsa a levantarse de la silla sin dar crédito a sus ojos. Jesús, por el contrario, está lleno de su poderosa majestuosidad y mediante un gesto regio descorre el velo que antes había impedido a los viajeros apercibirse de con quien están tratando. Un estrecho foco parte de la izquierda, iluminando fuertemente a la figura central y dejando amplias regiones de la habitación en penumbras (el célebre chiaroscuro caravaggiesco). Si la composición está bien meditada e ideada, no deja de atenerse a ciertas reglas fundamentales en la tradición: centralidad de la figura importante y lateralidad de las subsidiarias, foco corriendo desde la izquierda, las figuras en escorzo situadas en el mismo lado. Como hemos dicho, son unas características que se cumplían desde los tiempos de Tiziano o de Jacopo Bassano.
Una solución tradicional no es en absoluto una mala solución, y así lo debió de pensar Pier Paolo Rubens, príncipe de los pintores y pintor de los príncipes, como se le llamó en su tiempo. En su versión de 1610, Rubens acepta la convención dictada por el italiano, depurando la escena para adaptarla al estilo abigarrado y amante de la torsión que le caracterizaba. Adicto confeso a la inclusión de figuras, obsesionado por la textura de las telas, Rubens comprime la escena en un espacio mínimo, como si la cena ocurriese en un baldosín. La figura en escorzo ha desplazado su tensión desde los hombros a la cadera (y obsérvese de qué manera magistral ha trasladado el arrebato de la sorpresa a una pierna). La mano ha cambiado de posición: desde la silla, va ahora a la mesa, en un intento desesperado por conservar el equilibrio. La sorpresa lo ha hecho incorporarse de golpe, en un movimiento que Rubens pudo haber observado a los tahures de taberna cuando son inesperadamente derrotados. La silla, que para Caravaggio fue antes un bastión de solidez, ahora se tambalea y está próxima a caer por los suelos. Pero el detalle más interesante parte del rostro de Cristo, porque Rubens cambia la mirada serena y baja de la obra de Caravaggio por una expresión de beatitud celestial. Se ha pasado del Poder al éxtasis. Un pintor erudito como el de Amberes no desconocía, ni mucho menos, las representaciones iconográficas de Cristo —o de santos o vírgenes—con la vista puesta en lo alto. Él mismo las llevaba pintando con cierto celo contrarreformista desde sus obras tempranas, empleando una retórica bien divulgada y que aquellos que interrogaban las pinturas religiosas conocían a la perfección. Un personaje envuelto en santidad o que querían marcar su religiosidad, dejan de mirar de frente o a tierra y vuelve sus ojos a la contemplación celestial. Los mártires (San Sebastian, San Esteban) soportan sus martirios con una expresión de beatitud que los ha sacado ya de todo sufrimiento, y que se caracteriza por la visión de las alturas. Pero en esta obra que nos atañe, Rubens da su particular vuelta de tuerca. En medio de la tensión dramática de sus comensales, la mirada del nazareno se vuelve hacia los Cielos. Como San Esteban, deja de estar en la Tierra para elevarse a las regiones celestes; abandona momentáneamente el mundo de los vivos en una prolepsis de lo que será su vida en el Paraíso. De una manera magistral y elegante, el pintor nos está diciendo que, de algún modo, el maestro de Galilea no está ahí ya. Ha roto la secuencialidad de la escena, uniendo dos acciones en una: el reconocimiento al partir el pan, y la desaparición posterior. En el sutil y elevado idioma pictórico de Rubens nada es casual y todo tiene una explicación coherente. Uno no puede sino asombrarse de la economía narrativa del de Amberes, sobre todo cuando se le tacha de ampuloso y exhibicionista. Aquel que vea en los cuadros de Rubens una amontonación caótica de cuerpos musculosos, no ha entendido nada en absoluto.
Veinte años después de la fantástica obra de Rubens que hemos mencionado, un joven pintor de Leyden se plantearía el mismo argumento acometiéndolo con una radical novedad. Rembrandt van Rijn, que contaba a la sazón 23 años, reordenó el espacio dramático como si no se sintiese satisfecho con lo precedente o como si quisiese dejar un temprano testimonio de sus soberbias capacidades. En la reinterpretación rembrandtiana, Jesús se ha instalado en una penumbra en los márgenes del cuadro (!!!), cediendo el espacio principal y central a uno de los viajeros. La economía de medios empleados es sólo comparable a lo extraordinario de su lectura sincrética del pasaje de Lucas. El momento de la revelación ha acontecido ya, como entendemos por la expresión de terror supersticioso que se pinta en el rostro del presunto Cleofás. Casi invisible entre las sombras, su compañero no es que haya caído al suelo de sorpresa (Rubens), sino que se ha postrado ante la deslumbrante desaparición del Maestro. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu, puede leerse en el texto algo más adelante. Sobre la mesa, esplenden la cerámica y el metal, soportes de una cena común en donde la pañería ha sido eliminada por completo. El apunte no es trivial; la desnuda descarnadura del entorno es ecuménica, de una pureza evangélica que transciende la acartonada teatralidad de sus predecesores. Caravaggio y Rubens habían prescindido de ángeles revoloteantes e incluso habían sentado a la mesa a varios rufianes, pero la composición elegida es propia de un ordenamiento dramático convencional. Por el contrario, Rembrandt se empeña en extraer la verdad de las Escrituras, situando el acontecimiento en un marco real e incrustando personajes reales en posiciones verosímiles. Evita la neutralidad del fondo. La inequívoca exactitud de localización son los decorados (y casi parece sacrílego referirse al entorno con términos escenográficos) de un drama que se aleja tanto más de las tablas teatrales como se aproxima a la candorosa desnudez de la vida.
Hay quienes destacan que el aspecto más relevante de esta pintura se sitúa en la mirada de pavor del personaje central. Nada más inexacto, porque sería confundir la jerarquía espacial con el eje dramático de la escena. Éste se agolpa en la parte derecha del cuadro, donde Jesús es apenas una penumbra luminosa, un foco que irradia una mágica luz dorada que no le afecta. Si bien podría argumentarse que, físicamente, el resplandor está más allá de él (¿acaso una vela situada a media altura?), la metáfora es clara. Aquella luz que ordena lo que se ve y lo que no, no obedece a causas meramente pictóricas sino que las trasciende. Es un elemento clarificador que no sólo muestra las figuras o el contorno, sino que simboliza el conocimiento y la verdad revelada. Rembrandt maneja con una sorprendente coherencia el diálogo entre luz y oscuridad para narrar el momento de una desaparición. No le interesa, al parecer, dar sutiles señales de una ausencia espiritual (como a Rubens). Su proyecto, su fantástica concepción alumbra el desvanecimiento de la materia. Es el mismo nazareno, el Jesús físico, de carne y hueso, sólido, con peso, aquel que parte el pan con las manos el que se disuelve, dejando a su paso un resplandor que destaca tanto su naturaleza divina como descorre la tiniebla de la ignorancia. Esa luz dorada que su misma sombra proyecta, la luz de la ausencia y al tiempo del conocimiento, lleva iluminando con su aparente contradición a los amantes de la pintura, del drama y de la belleza durante casi cuatrocientos años.
La Verdad germina con frecuencia en la contradicción. He observado con detenimiento aquella luz reveladora que se derrama por las paredes de madera de la posada de Emaús y, en cierto modo, la he relacionado con la ausencia, con cierta clase de ausencia. Es una cualidad distinta de luz que no consigo captar en mi casa, y que sólamente soy capaz de reproducir entre la niebla del ensueño. Allá, en un sitio distante que no es Emaús, la misma luz crepuscular se abraza a una habitación donde hay una persona que echo de menos. En cierto sentido, aunque yo no esté allí, el resplandor (que proviene de ella, como en la obra de Rembrandt brota del nazareno) acarrea sus iluminaciones, de su parte de auténtica verdad. A esas radiaciones —y a esa persona— son a quienes dedico estas líneas.
Nota:
- Y atención, porque aun cuando la iconografía ha estado siempre de acuerdo que estaban en una posada, Lucas no especifica en absoluto el lugar donde se celebraba aquella cena de viajeros.