Quotidiana, Animalismo07/04 /2008 10:42 pm

Trottita

Trottita

Lo difícil no sería tratar de persuadir a quienes contemplen la imagen de que la primera de ellas no retrata a un wolverine, a un Demonio de Tasmania o a una fiera brotada de una pesadilla; lo complicado es explicar que ambas fotografías son del mismo individuo y que en la primera de ellas, andaba jugando amistosamente con la persona con la que vive. Descártese, por tanto, todo temor a que el monstruo terminase devorando a ser humano más. Las cámaras, ya se sabe, son a veces traicioneras y engañosas, y en lugar de presentar a un cachorro en plena diversión, se complacen en capturar a una fiera corrupia.

No llega aún a los cuatro meses. Angelito.

Animalismo03/04 /2008 12:32 am

El veganismo es consecuente: si alguien quiere ser respetuoso con los animales (tanto humanos como no humanos) y sus intereses, evita realizar acciones que los lesionen. De este modo es contrario a toda acción que conlleve su uso como mercancía, como materia prima o como banco de pruebas, sea del orden que sea. Un vegano, como ya casi todo el mundo sabe, se alimenta de vegetales (cereales, legumbres, hortalizas, verduras, frutas y frutos secos); no viste ropas o complementos sacados de algún modo de los animales, ni emplea productos de limpieza o higiene personal que contengan elementos de origen animal o que hayan sido testados en ellos; tampoco asiste a espectáculos o fórmulas de diversión en las que se usen animales. Como vemos, es algo mucho más amplio que el vegetarianismo, dado que su territorio se extiende más allá de la alimentación y son otras las motivaciones en las que se apoya.

El veganismo es un primer paso y una elección particular que, desde lo cotidiano, pone las bases para tener con los animales un trato justo. Sin duda, hay quienes prefieren traspasar estas bases e ir un paso más allá. Los activistas veganos animalistas son uno de sus ejemplos. La difusión y la concienciación no es un episodio menor. Para bien o para mal (en este momento, para mal), la situación, su integridad depende en gran medida de lo que hagan los humanos. En el caso de que las personas no sean conscientes de que en su día a día hay mucho que pueden hacer por ayudarlos, la espiral de uso, de explotación y de muerte de los animales proseguirá. ¿Es esto lo que queremos?

Es algo harto curioso que ser alguien decidido a mantener una relación más ética y más justa con los animales no humanos me haya convertido en un profesional de la palabra para los humanos. Sé dónde está el problema, no obstante, y sé de la utilidad que tiene aportar elementos de reflexión en cursos y conferencias. Quizás sea por mi particular manera de entender el activismo, o quizás lo veo más claro dado que es la zona por la que más me gusta desenvolverme. Hay una gran alegría en poder colaborar en una reflexión común, en una sala, mientras se conversa —alegría que no debieron ignorar Platón o Aristóteles. El jueves 29 de marzo, Rosana y yo estuvimos en La Vall d’Uixó (Castellón) explicando en el Casal Jaume I qué significa especismo y qué es el veganismo. Y al final, cena con todos los asistentes. Cena vegana, por supuesto, de la que no quedó nada en los platos.

Animalismo03/03 /2008 2:02 pm

Me preguntaban hace poco en qué consiste la discriminación conocida como especismo. Las definiciones que TSA ha preparado para las nuevas ediciones del Diccionario de lengua española de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE) son las siguientes:

especismo 1. m. Discriminación hacia aquellos individuos que no pertenecen a una cierta especie. especista 1. adj. Perteneciente o relativo al especismo. || 2. adj. Partidario del especismo. U. t. c. s.

Como otras discriminaciones del mismo corte (sexismo, racismo), el especismo entiende que hay ciertos individuos (en este caso, animales no humanos), que por el hecho de ser morfológicamente distintos al ser humano, han de ver sus propios intereses (de asociación, de ir donde les plazca, de juego, de solaz físico) socavados para plegarse a lo que arbitren los discriminadores.

Óscar Horta explica que la cuestión de la consideración moral de los animales no humanos ha sido tratada a lo largo de la historia de manera muy puntual y marginal; a mí me gusta matizar que ha sido tan puntual y marginal como recurrente. Para llegar a una conclusión o a otra, en toda época ha habido alguien que ha pensado, con mayor o menor intensidad, con más o menos calado, en la relación que los seres humanos mantienen con el resto de los animales. La reflexión ha podido hacerse desde el plano religioso (en un espectro que abarca desde Pitágoras a los jainistas, desde los ascetas budistas o cristianos hasta Gandhi), del derecho (está presente una reflexión en Tomás de Aquino, que Francisco de Vitoria no olvida; el autor arábigo de la Disputa entre los animales y el hombre —planteada en forma alegórica y de querelle— es otro de sus ejemplos) o literario (nadie puede olvidar el caballo de Dostoyevski o la ostra parlante de Voltaire, o las bestias manchadas de sangre en la obra de Plutarco), pero lo que viene a ser claro es que algo está mordiendo en la conciencia del hombre justo cuando piensa en qué estamos haciendo con aquellas especies que no son humanas.

Desde hace poco tiempo, apenas algo más de treinta y tres años, desde la bomba intelectual que supuso la publicación de Animal Liberation, de Peter Singer, el enfoque animalista ha ido derivando poco a poco; las posiciones anteriores, que se detenían en los deberes por compasión o benevolencia hacia los animales no humanos bajo nuestro poder (en el más puro aspecto ético kantiano) y la clase de trato dado a los animales no humanos al utilizarlos, han virado al cuestionamiento del derecho de los humanos a usar, como si fuesen objetos éticamente irrelevantes, a los animales no humanos.

Este derecho de uso, inserto en toda cultura humana, se hace en virtud del especismo: la firme creencia —basada en un prejuicio y que no se apoya en motivo racionalmente defendible alguno— de que los animales no humanos están aquí a nuestro servicio, que no tienen intereses propios, que ni sienten ni padecen y que, por encima de su voluntad, ha de primar la nuestra.

Así, el especismo hace referencia al principio ideológico en el que se amparan todas las actitudes deplorables que el hombre tiene con el resto de los animales: desde prender fuego a gatos a colocar a delfines en acuarios para el solaz de la gente; desde catalogar a los animales vacunos como cosas que se comen hasta emplear a otras especies para que nos hagan compañía (eso sí, siempre en el modo que nosotros queramos). El resultado más evidente del especismo es que los animales pasan de ser seres autoconscientes y con intereses a objetos manipulables, cuyos intereses no se tienen en cuenta, que pueden ser poseídos y comprados como mercancía. Para decirlo más clara y crudamente: gracias a esa discriminación, pasan a ser nuestros esclavos.

Para el mismo autor, especismo es:

(…) la discriminación de aquellos que no son miembros de una cierta especie (o especies). En otras palabras: el favorecimiento injustificado de aquellos que pertenecen a una cierta especie (o especies).

Y culmina escribiendo:

El especismo ha sido definido en ocasiones como un trato desventajoso (o una consideración desigual) basada únicamente en la pertenencia a la especie. O un trato o consideración que favorece a los miembros de una cierta especie (o de varias especies) en función de factores que no tienen que ver con sus capacidades individuales. Estas definiciones, sin embargo, no parecen adecuadas cuando son contrastadas con la consideración que comúnmente reciben las distintas defensas de las discriminaciones intraespecíficas. Aquellas posiciones que defienden que los humanos varones o de ascendencia europea poseen determinadas capacidades individuales y que por ello deben ser favorecidos son comúnmente tildadas, si el criterio apelado es moralmente injustificado, de sexistas y racistas. Tomemos, por otra parte, la discriminación que han sufrido a menudo aquellos con síndrome de Down.

Ésta no es considerada de manera distinta según sea defendida sin aducir ningún argumento o sobre la base de que no poseen determinadas capacidades. No hay motivo alguno, pues, para conceptualizar el especismo de modo diferente.

Cabe también indicar que esta definición implica que una diferenciación justificada que distinga entre los miembros de especies distintas no será especista (al igual que no es sexista, por ejemplo, defender que las mujeres, y no los hombres, puedan tener derecho a atención ginecológica). El especismo, por definición, es una posición moralmente injustificada.

Animalismo16/01 /2008 12:59 pm

TSA da las gracias a todos los asistentes a la ponencia celebrada el día 15/01/2008 y, por descontado, a ECOCENTRO, que tan amablemente se ha brindado a poner a nuestra disposición su local y su equipo para que pudiésemos reunirnos.

Con esta ponencia quisimos presentar, de una manera clara y sencilla qué son tanto especismo como veganismo, remarcando la motivación que ha de llevar a una persona a acercarse al veganismo desde la óptica animalista: no por llevar una vida sana, sino porque consideramos que es el medio fundamental para mantener una relación de justicia con los animales no humanos. Así lo explicamos, tanto a personas que no tenían, en principio, conocimiento de qué eran estos términos, como a otros compañeros que se acercaron a apoyar y a reafirmar sus conceptos, cuando no a ayudar en la medida que pudiesen.

Como ponente, me quedé muy satisfecho con la atención con que los asistentes escucharon el tema a desarrollar. Finalmente y una vez tenidos los conceptos claros, se generó una impresionante corriente de comunicación entre todos. Todos hablamos, apuntamos, debatimos y matizamos. También hubo quien puso objeciones, pero esto es necesario para una reflexión profunda acerca de la injusticia para otros animales que conlleva un modo de vida no-vegano. De verdad, fue muy agradable para el equipo de TSA poder suministrar elementos de reflexión en una ponencia y que hubiese tal reacción.

El equipo de TSA agradece a todos la atención prestada. Un saludo y… ¡hasta la próxima!

Robertokles

tsa | todos somos animales info@todosomosanimales.org www.todosomosanimales.org Por el respeto a todos los animales.

Vista general de la charla en Ecocentro:

La atención prestada, de lo mejor:

El señor ponente risa

Arte, Animalismo08/01 /2008 12:53 pm

Federico II Gonzaga, duque y marqués de Mantua, no sólo sobresale como patrón y mecenas de las Artes —bajo su protección estuvieron Giulio Romano y el Aretino, huídos por el escándalo de la edición romana de los Sonetti sopra i «XVI modi», por no hablar del gran Tiziano Vecellio—, sino que resulta admirable como poseedor de una nueva sensibilidad, poco frecuente en la época.

He repasado largamente los retratos de notables de los inicios del XVI en los que aparecen perros. Bien como armas de guerra (Lucas Cranach, en el fiero retrato de Heinrich der Fromme von Sachsen), bien como potente elemento de caza de aspecto sumiso ante su señor (Tiziano, en el retrato de caza de Carlos V de 1533), o bien como elemento cuasi-decorativo en las escenas de señoras (la lámina miniada atribuída a Jean Perréal, en la que Ana de Bretaña, reina de Francia, recibe de manos de Antoine Dufour el libro de damas devotas y que se conserva en el Museo Dobrée de Nantes). Pocos retratos de estadistas, sin embargo, se atreven a tal audacia: presentar al humano tan cariñoso y al perro con tal independencia, ambos expresando con su gesto de mano y pata delantera su particular y benéfica manera de estar vivos…

Por un lado, es cierto que lo máximo que puede decirse de Federico Gonzaga es que, para el perro, era un buen amo, pero amo al fin y al cabo; mas también cabe pensar que la puerta de lo sensible se abre para dar paso —no siempre— al proceso de empatía. Tú, que me lees… ¿es así para ti?

En cualquier modo, da gozo mirar, transcurridos casi quinientos años, esos gestos imperecederos: el del perro, que reclama la atención de Federico Gonzaga, en una muestra de que no es un objeto o una cosa a poseer sino un individuo con voluntad y con deseos, y el de esa mano posada sobre el lomo del perro con tal fraternidad.

Tiziano Vecellio: Federico II Gonzaga, señor de Mantua. Hacia 1526. Óleo sobre tela. Museo del Prado, Madrid

Quotidiana, Animalismo04/01 /2008 12:17 am

Si el Reino de Dios en la tierra quiere realmente decir el Reino de la fraternidad, el Reino de la justicia, el Reino donde sólo se puede cambiar amor por amor y la confianza por confianza, y no la venida de un Dios Padre a mano alzada para partirle la boca a los réprobos, si ese Reino de Dios es la consagración de todas las Revoluciones, entonces es acuciante que los cristianos den entrada en ese Reino de Justicia a los animales que no son el Hombre.

Porque tan absurdo es creer que la verdadera imagen de la Revolución es un grupo de tipos caminando por la selva con el Libro Rojo de Mao en una mano (que en realidad son muchos volúmenes) y un subfusil de asalto en la otra, como pensar que la Justicia es algo que se agota en la figura del animal humano. Y es importante que los cristianos lo entiendan así; si son verdaderamente cristianos.

Quotidiana, Animalismo02/01 /2008 12:14 am

Modalidad bien conocida en lo relativo a la compra es el hacerlo a plazos. Según este modelo, la venta se efectúa incluso cuando la mercancía supera una cantidad que es tan gravosa que uno no puede pagarla de inmediato. Para evitar que el cliente potencial se lo piense dos veces mientras está ahorrando durante varios meses hasta tener la cuantía del importe de la mercancía a adquirir —corriendo el riesgo el vendedor de perderla transacción al recuperar el comprador el uso de su serenidad tras el más que probable ataque publicitario—, el vendedor ofrece la posibilidad de realizar el pago en varias sesiones (de ordinario, una vez al mes) hasta satisfacer el importe final, pudiendo este cliente llevarse la mercancía como si estuviese ya pagada.

Hasta aquí, el análisis no ofrece problemas. Entendemos tanto el riesgo económico que corre el vendedor (al asumir la posibilidad del impago) como el no menos preocupante riesgo ético en el que se puede incurrir (al impulsar a otras personas a comprar algo para lo que no tiene dinero suficiente). El caso se torna espinoso sin embargo cuando es un ser sintiente el que es vendido como mera mercancía. Y si no, compruébese el impacto que sufre el viandante cuando se encuentra con un cartel anunciador de semejante laya:

¿Perros pagados a plazos? ¿Acaso no suena demasiado hiriente su transformación en mercancía, su entrada en el mundo de las leyes del comercio?

Pero hemos de ser honestos y no escandalizarnos por la modalidad de pago, que al fin y al cabo, lo mismo dará para el animal que es vendido, sino ante el hecho mismo de su transformación en mercancía. O por decirlo de otro modo: lo repugnante, lo rechazable del comercio de esclavos humanos no era que el esclavista pagase antes o después por una persona: era que, a cambio de dinero, pretendiese poseer nada menos que a un individuo. Nos han enseñado, nos han habituado a ver las tiendas de animales —cuesta incluso escribirlo— como algo normal, como algo acerca de lo que sería irrelevante emitir un juicio ético. Y sin embargo, parece que no han hecho bien del todo su trabajo, porque algo nos taladra cuando leemos ese pago a plazos. Algo de lo que de bueno hay en nosotros se nos revuelve por dentro y grita a voces:¿Pero cómo es posible tal infamia?

Quizás es que un hecho, no por ser habitual, deja de ser más injusto. Para comerciar con losas de marmol, con joyería o con tornillos es posible que no sea apropiado pensar si es justo o injusto (al menos, dentro de lo que se refiere al producto en sí). Pero el caso que nos ocupa, y hemos de admitirlo,es bien distinto. Aquellos que aceptan este comercio como lo más normal del mundo, han tenido que llegar al convencimiento de las siguientes (y arbitrarias) proposiciones, que forman parte del legado de toda sociedad humana:

  • Los humanos son superiores a los no humanos.
  • Los animales nos pertenecen.
  • Han nacido exclusivamente para servirnos.
  • No tienen intereses propios.
Sólo creyendo estos cuatro puntos, cualquier persona podrá pasar ante el cartel sin mostrar ni rubor ni una martilleante incomodidad.

Me recuerdo a mí mismo siendo así.

Pensamiento, Animalismo22/05 /2007 12:24 am

Todos Somos Animales / Denok Animaliak

La organización pamplonica Todos somos animales inicia una nueva campaña en favor del respeto a los animales, basada en la recogida de firmas para incluir palabras como especismo, veganismo o igualdad animal en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua.

Como dicen ellos mismos:

Esta campaña pretende subir un significativo peldaño en la lucha por el respeto a todos los animales. Puede, en un primer momento, dar la impresión de ser ésta una iniciativa poco eficaz a la hora de ayudar a los animales no humanos. Pero si analizamos su finalidad de manera seria y objetiva, que las palabras que a continuación definimos aparezcan en el diccionario, supondría la aceptación a nivel social, cultural, educativo, político, medios de comunicación, etc… de la existencia del propio prejuicio, el especismo, de la actitud de respeto hacia los demás animales llamado veganismo, de la presencia de un movimiento a nivel mundial que lucha porque se consideren de forma igualitaria sus intereses y sobre todo, por el reconocimiento de las mismas víctimas, los animales no humanos, verdaderos protagonistas de todo esto.
Dejando de lado la justicia de las razones aducidas (si es que se pueden dejar de lado en algún momento), lo cierto es que supone, además de lo comentado, una nueva manera de enfrentar las vindicaciones por la defensa de los animales no humanos que evita la pancarta de lenguaje violento y el tumulto callejero. Puesto que se testimonia en favor de la verdad y la justicia, la serenidad del contenido ha de tener correspondencia con las formas a emplear. E incluir definiciones de tal calado y proyección en el DRAE es uno de los múltiples pasos para normalizar la presencia lingüística de una problemática que, le pese a quien le pese, ya está sobre la mesa.

A quienes la propuesta les parezca interesante y digna de ser tenida en cuenta, pueden imprimir una hoja de firmas y moverla entre sus familiares, amigos, compañeros de trabajo y de fatigas, vecinos o simples conocidos descargándola en este vínculo. Podeis remitirlas a estos muchachos, una vez hecha la labor, a la dirección que adjuntan en su página. Las definiciones propuestas pueden ser consultadas en este otro vínculo. Por cierto, en la página dicen que están redactadas por Óscar Horta, pero no especifican (para quienes no lo conozcan), que forma parte del equipo docente de la Universidad de Santiago de Compostela.

Si os parece que la labor de estos chicos pamplonicas es interesante, mandad un mensaje al correo de información de la organización — es: infoarrob*atodosomosanimales.org con el mensaje ‘¡Aupa, Estitxu, Idoia, Anizkun, Edurne y Samuel guiño!’. Les hará ilusión saber que quienes deambulan por estos mares interneteros son conscientes de sus esfuerzos y desvelos.

Literatura, Animalismo29/03 /2007 1:42 am

Para Diana, princesa de Lituania

Matecznik

«Je vous mène, monsieur le professeur, dans une forêt où, à cette heure, existe florissant l’empire des bêtes, la matecznik, la grande matrice, la grande fabrique des êtres. Oui, selon nos traditions nationales, personne n’en a sondé les profondeurs, personne n’a pu atteindre le centre de ces bois et de ces marécages, excepté, bien entendu, MM. les poètes et les sorciers, qui pénètrent partout. Là vivent en république les animaux… ou sous un gouvernement constitutionnel, je ne saurais dire lequel des deux. Les lions, les ours, les élans, les joubrs, ce sont nos urus, tout cela fait très bon ménage. Le mammouth, qui s’est conservé là, jouit d’une grande considération. Il est, je crois, maréchal de la diète. Ils ont une police très sévère, et, quand ils trouvent quelque bête vicieuse, ils la jugent et l’exilent. Elle tombe alors de fièvre en chaud mal. Elle est obligée de s’aventurer dans le pays des hommes. Peu en réchappent.»

«Le llevo, señor profesor, a un bosque en el que, a estas horas, existe florenciente el imperio de los animales, la matecznik, la gran matriz, la gran fábrica de seres. Sí, según nuestras tradiciones nacionales, ninguna persona ha sondeado sus profundidades, nadie ha podido alcanzar el centro de estos bosques y de estos pantanos, excepto, se comprende, los señores poetas y hechiceros, que penetran por todas partes. Allí viven en república los animales…o bajo un gobierno constitucional, no sabría decir cuál de las dos cosas. Los leones, los osos, los alces, los joubrs —éstos son nuestros uros—, todos se entienden muy bien. El mamut, que se ha conservado allí, goza de una gran consideración. Es, creo, mariscal furriel. Tienen una policía muy severa y, cuando hallan algún animal vicioso, lo juzgan y lo exilian. Éste entonces va de mal en peor. Queda obligado a aventurarse en el país de los hombres. Pocos se salvan.»

Prosper Mérimée: Lokis (1868). Traducción castellana de Susana Cantero

Me dicen que en lengua polaca la matecznik es tanto una matriz como la Naturaleza; ignoro si en dialecto samogitio o en lituano actual ocurre el mismo caso. El conde Szemioth, noble lituano predecesor de su primo de Transilvania y autor del discurso que he anotado, la incrusta en su discurso como perteneciente a su propio idioma. ¿Qué competencias tenía Mérimée, devoto de los idiomas y, hasta donde sé, estudioso de ruso, en lituano? ¿De dónde saca esa leyenda tan irresistible bella? ¿Es creación personal o préstamo del folklore? ¿Qué diferencias hay entre el vórtice de la matriz, esa turbina generadora de Vida (y la locución no es mía, sino de Rosana) y su contexto? Una matriz dentro de la Matriz; el centro poderoso de la Naturaleza.

Quotidiana, Animalismo07/03 /2007 9:00 am

PrunaNo sé qué nombre tenía en su infancia o juventud; seguramente no le traería buenos recuerdos siquiera que lo pronunciase. Ahora se llama de otro modo, con un nombre que inventó para sí misma y que no voy a escribir para evitar mancillarlo de literatura. Deduzco que su vida anterior fue dura y estuvo marcada por la violencia extrema y la exigencia. Hay ciertos gestos más o menos evidentes que así me lo muestran: si, a su lado, levanto una mano con rapidez, ella inclina casi impeceptiblemente la cabeza y un aleteo nervioso recorre sus párpados. Los repentinos picos sonoros la inquietan. Briznas de ansiedad recorren su cuerpo cuando brama por sorpresa un camión o un plato se estrella accidentalmente contra el suelo. Nunca puse el Mahler de Kondrashin estando con ella. Nunca Allan Pettersson.

Cuando la conocí, se estaba recuperando de una doble intervención quirúrgica. Era valiente hasta el asombro. No había en sus ojos amargura alguna por el dolor, ni pude detectar el desánimo por no poder moverse como le hubiese gustado. ¿Qué vi en ellos? Pensé, sin mucha lógica, en el reflejo ambarino y dulce de las ciruelas cuando las ilumina el sol de la primavera. Fue muy fácil entablar contacto con ella. Fue muy fácil tomarle cariño. Fue casi inevitable quererla. Pruna (ciruela en català) fue desde entonces para mí.

Pruna, fuente de alegría y de ternura…¿dónde estás hoy? Te me has alejado, y de ti sólo me van quedando los elementos de la memoria: tu pelo castaño o de oro viejo irrandiando luz contra el cielo calcinado, el querer que tenías a tu amiga que ahora vive en Holanda, las plácidas tardes que pasábamos juntos entre caricias. Me dicen que ahora —mientras escribo—marchas por la carretera de Córdoba… y me asusta que poco a poco, la Pruneta que vive en mis recuerdos se me aleje de la misma manera. Se insertará el error en tu imagen; quizás no rescate bien tu expresión y la corrija inconscientemente con algún rasgo ajeno, o la mezcle con alguno de los de tus amigas. Temo que tu belleza se me desvíe por otros derroteros y termine pensando en una construcción que no eres tú. Qué escribirte en esta mañana en la que no estás cerca. Había tanto que decirte y que no te dije…

Literatura, Animalismo04/03 /2007 11:14 pm

Niña cabalgando un cerdo. Nada menos.Al contrario que la niña de la fotografía, que debía tener más o menos su edad, ella no cabalgó un gran cerdo. Era muy pequeña y un amigo de la familia le enseñaba las cochiqueras. El lugar emanaba el acre olor de la vida, tan distinto del de las granjas de crianza industriales. Dentro, había dos cerdas adultas de inmenso tamaño que examinaban con detención la paja vertida en el suelo. Una de ellas estaba recién parida y tenía a sus gurriatos en un rincón del recinto. A la niña le parecieron adorables y casi eliminó —quizás— la inquietud que le provocaban los adultos, diez veces más pesados que ella misma.

El granjero amigo la dejó sola un momento. La niña era intrépida como sólo puede serlo un niño. La niña amó inmediatamente a los cerditos con ese amor instantáneo e incondicional que yo siempre espero que no sea privativo de la infancia. Era lo suficientemente mayor como para saber abrir puertas. Abrió las de la cochiquera y entró. Las cerdas dejaron su actividad y ventearon a la niña con sus grandes hocicos oscuros, de bronce recién enfriado. Nada peligrosa debió parecerles, así que al cabo de unos instantes la dejaron tranquila y continuaron a lo suyo, que debía ser hozar el suelo a la búsqueda de algo que no encontrarían. Superado el ritual de saludo, la niña se acercó a los lechones. Se llenó los bracitos de ellos. Eran, a su juicio, bellísimos y estaban calientes, blanditos, carne viva y latiente, hermosa en su propia encarnación. Alguno, sedado por el calor de los brazos de la niña, quedó dormido, blandura con blandura. Así la encontró el porquero, casi muriéndose del susto. Podría haber sido devorada por las cerdas adultas, animales voraces donde los haya. Podrían haber atacado sintiéndola una amenaza contra sus crías. Pero lejos de la negligencia materna, los hocicos de las cerdas les habían dado la información correcta: nada malo para ellas y su camada cabía esperar de esa niña.

Llegó la hora de la mesa, quién sabe si la comida o la cena. A la niña le sirvieron, como al resto de los comensales, un platito de carne, finas láminas extendidas sobre el plato. Insisto en que era pequeña, pero no tanto como para no entender la conexión que había entre esa carne y los pequeños cerditos que habían dormido en sus brazos ese mismo día. Los vió asesinados entre gritos de dolor, abiertos en canal y desangrados aún vivos, cruelmente cortados y metidos en fuego para luego ser servidos en cerámica o cristal y atacados bárbaramente de nuevo con instrumentos cortantes y punzantes. Chilló angustiada al borde del delirio y lloró con total abandono por aquellos cerditos, que podrían ser otros, masacrados para satisfacer un capricho de mesa. Se negó a comer carne. Fue su primer día como vegetariana y su primer día en el que se negó a colaborar en un ritual de asesinato.

La fotografía que ilustra este texto es, a todas luces, muy distinta en su naturaleza salvo en un punto: muestra, tan claro como en lo que contaba, la lección de coexistencia que los cerdos dan en ocasiones a los humanos. Aquellas cerdas que haciendo uso de su instinto detectaron a la niña como todo lo contrario a una amenaza enseñaron a los seres humanos un camino para hacer gala de su superioridad moral. ¿Quienes, de entre todos los que leerán este escrito, tomará ese guante arrojado? ¿Quién entenderán las profundas implicaciones de ese reto?

Pensamiento, Animalismo02/03 /2007 1:32 am
« (…) Tuve que liberarme de la delirante esquizofrenia de amar a los animales y seguir fomentando su tortura, mutilación, asesinato e incluso exterminio. Me costó entender hasta qué punto comer carne me implicaba en una red de crueldad sin límites. Es innegable que el filete de cerdo que está en el plato procede de un cerdo al que se ha matado. Todo el mundo lo sabe. Pero durante mucho tiempo, consideré el hecho como natural y poco relevante. Los cerdos se mataban para alimentarnos. Se criaban para eso. Era necesario. Si no, la gente enfermaría, pasaría hambre. Vivía (y vivo) en el seno de una cultura en la que este pensamiento está normalizado. Ni siquiera me parecía mal que esos animales —tan vilipendiados, tan estigmatizados— padeciesen una existencia sin ver la luz del sol, creciendo y engordando industrialmente entre barrotes que no les permitían siquiera darse la vuelta. Si estaban manchados por sus propias heces —creía— era porque eran sucios, no porque no se limpiasen sus espantosas celdas con la debida frecuencia. Si sus articulaciones estaban hinchadas por estar obligados a permanecer de pie de continuo, no me importaba. Las heridas que tenían del roce con sus aceradas celdas ceñidas, sus desmayos por falta de oxígeno en un ambiente enrarecido por la falta de ventilación y el exceso de metano, los alaridos de dolor, de terror, de angustia, los comportamientos neuróticos o erráticos, las enfermedades que sufrían por el hacinamiento, en definitiva, su existencia, que superaba en horror la del más desafortunado huésped de un campo nazi de exterminio, era para mí el natural reflejo de la vida porcina. Llegados a este punto, la cruenta matanza que se hacía con ellos —y es sarcástico que alguien piense aún que se los asesina humanamente— era pecata minuta 1 . ¡Tan propio de humanos! ¿Qué otro animal es capaz de planear con semejante minuciosidad la vida de otros seres y estar tan blindado a su sufrimiento? Esto en el mejor de los casos. Los hay que reconocen su calvario, pero afirman que no les importa en absoluto. La única preocupación que tenía una remota cercanía con ellos era si el filete estaba lo suficientemente hecho o si les había costado demasiado dinero. También yo pensaba igual.

Y sin embargo, veía sin rubor aquellos carteles publicitarios en los que unos cerdos de ficción correteaban por un prado que jamás habían visto en sus vidas. Un día, de golpe, conecté todo esa cadena de torturas con el filete que humeaba en mi plato listo para ser engullido. Quizás no podría eliminar, con mi negativa a comer carne, el ciclo de degradación (tanto humana, elegida, como animal, impuesta) y vileza que el hombre prodiga a los animales; pero podía negarme a ser parte activa de ese entramado, del mismo modo en el que me negaría si el Estado me quisiese obligar a torturar a otros seres humanos. Y también podría seguir haciendo música para denunciar la tarea más denigrante de todas las que comete el ser humano.»

Nota:
1. Así en el original

(Magnus Blackenheim, Memorias, sin título, original mecanografiado inédito. Traducción de Robertokles

Quotidiana, Animalismo26/02 /2007 12:05 am

Es acuciante que se establezca una nueva fuente de enseñanza: habría de ocuparse de la región que separa la demostración de interés por otra persona del agobio que puede causar. Sería una ciencia sutil capaz de formular las miles de variaciones posibles que se desvían de la norma general. Mejor aprender de memoria que dejar estas cosas en manos de la (siempre falible) intuición.

Pisadas que aplastan jardines. Oídos que, entre el estruendo de la sinfonía del dolor y de la urgencia, no captan la suave melodía de lo correcto.