Antropología social en el garaje
En la parte de atrás de los edificios donde habitaba, en un pasadizo encajonado tras la valla de un colegio público, se decidió habilitar el espacio casi inexistente en forma de garaje. Quienes lo hicieron —aún en el día de hoy ignoro quienes fueron esos individuos avispados— no contaron con tres problemas fundamentales. Primero, no entendieron que proyectar una obra con vocación comercial en un barrio donde llegar a final de mes con dinero en la cuenta corriente era una hazaña digna de ser cantada por un nuevo Homero precisaba un serio estudio y una prolongada meditación. Si la media de edad de los vehículos superaba con frecuencia la del piloto… ¿cómo pensaron posible persuadir a esos hipotéticos clientes, propietarios de deudas y chatarras heredadas de que les era del todo punto imprescindible alquilar una plaza de garaje para guardar su cochecito?
En segundo lugar, y como buenos españoles, estos beneméritos incentivadores de la circulación del capital (de los bolsillos del prójimo hasta el propio) y de la creación de riqueza (personal), pensaron que pedir una licencia de obra para construir garajes era una total y absoluta pérdida de tiempo, cuando no de dinero, cuando no de autoestima. Es bien sabido que en este país de locos todo el mundo va a su aire, y que el sistema legal está muy bien para que lo acaten los demás, aunque mejor para burlarlo uno mismo (algo que genera una irresistible alegría, al parecer). Lo malo es, en ocasiones, que sin el soborno oportuno y los costos de licencia satisfechos a veces las cosas no prosperan. Ya se sabe lo perverso que es el Estado, siempre atento a convertirse en rémora de la iniciativa privada.
El punto tercero es tan característico como ejemplar: el espacio que dejaron para que los coches doblasen los recodos del pasadizo era tan reducido que, evitando el eufemismo, no había manera de que pudiesen maniobrar, a no ser que derribasen previamente el frente de los garajes o, en su defecto, el muro del colegio. Como las cosas no suelen suceder así —salvo en algunas películas— y, cuando golpeas el coche contra una pared quien se lleva la peor parte es el vehículo, de propuesta de aparcamiento para automóviles, por imperativo lógico y por efectos de la transubstanciación obligatoria, la cosa metamorfoseó a garaje para ciclomotores, bicicletas, tandems, triciclos y demás maquinaria de vía estrecha.
Así se muestra que la simple construcción de un garaje, quizás en otro lugar ejercicio de anonimato o acción trivial, en el sitio donde habito se revela como el mejor ejemplo para hacer antropología social y desvelar el carácter torticero, impulsivo, ausente de reflexión y descabalado del pueblo que lo ideó y llevó a cabo. Quod erat demonstrandum.
En el momento en el que tomo las fotografías, me sorprendo al ver lo limpio y despejado que se conserva si lo comparamos con la imagen que ofrecía veinticinco años atrás. Todavía veo, en el archivo de la memoria, llover las bolsas de basura desde el edificio aledaño (es bien sabido que bajarlas hasta los cubos de basura es con frecuencia un coñazo mayúsculo, y que contaba con el inconveniente de que daba a la vecina la oportunidad de inspeccionar el número de botellas de vino que cada vecino había consumido ese día). La inmundicia cayendo desde las alturas. Las jeringuillas hipodérmicas hacinándose junto a limones podridos. Latas destripadas, crueles fragmentos de cristal, restos de maderas carbonizadas por las hogueras invernales. Las ratas. Los niños.
No sé en qué condiciones hemos sobrevivido a aquello.







He contestado a esta entrada de blog en el blog de mi facultad donde estoy de blogera entre otras cosas, como siempre decirte que estoy encantada de seguir aprendiendo de ti, un fuerte abrazo y cuídate esos “nuevos pelos” que te has dejado y que te hacen parecer al cantante italiano Eros Ramazzotti, dándote un toque “so sexy” jajajaja
http://blog.etsas.org/2008/06/09/habitando-el-entorno-fiestas-de-gracia/
Comment de mapashita80 — 09/06 /2008 @ 8:01 am