A uno de estos álamos blancos le transferí mi amor insobornable por Yolanda Salgado Espejo cuando contaba la serenísima edad de nueve años. Eran otros días, en los que no me preocupaba en exceso el respeto por los árboles o en los que no veía daño alguno en marcar su corteza a golpe de navaja. Un corazón, un nombre grabado en la madera, al que se han unido decenas, cientos de nombres.

Ahora, parte de la corteza —lisa y suave al tacto en su origen— se viste de musgo y cicatriz. Paso la mano, y nada veo, no encuentro rastro de ese nombre tan querido para mí durante un tiempo. ¿En qué árbol exactamente estaba? ¿A qué altura? ¿Habrá subido con el crecimiento del álamo? ¿Sigue guardando la madera el secreto de un amor infantil?