Antiguo colegio, sala de tortura
Una inquietante sensación me recorre al visitar el antiguo barrio de Madrid en el que viví mi infancia. Por un lado, todo me parece más pequeño, como hecho a escala, como si las dimensiones de todas las cosas se hubiesen comprimido. Ni las avenidas son tan anchas, ni los edificios tan altos, ni los árboles tan esplendorosos. Por el otro, detecto que aparece sumido en una extraña calma: lo que antes bullía de Vida (no siempre en el mejor de los sentidos) ahora está atrapado en la pastosa atmósfera de los sueños.
Yo recuerdo ese mismo sitio como un lugar en el que el peligro campaba a sus anchas: por una nadería, los hombres se mataban a palos con otros hombres dentro y fuera de los bares, o bien molían a golpes a sus parejas en la oscura privacidad del hogar; éstas se desquitaban peleando con las vecinas, agarrándose de los pelos, mordiendo y arañando como fieras enloquecidas; los adolescentes se unían en grupos para destrozarse entre sí ayudados por palos, cadenas o cualquier objeto susceptible de ser compañero de batalla; por descontado, los adultos atacaban a los niños por cualquier motivo (supuestas faltas a la obediencia o al respeto que rayaban en lo inconcebible), labor en la que tampoco eran ajenos los adolescentes y aún los ancianos. Con esa enseñanza… ¿Qué podía finalmente esperarse de los niños? El barrio entero se ahogaba en una espiral de violencia sin freno. Hedía a miedo, a sangre. Salir a la calle era tener la seguridad de que, en un momento u otro, habría un conflicto que no se resolvería con la diplomacia. Pero quien se quedase en su casa corría los mismos riesgos.
Yo recuerdo haber visto, en el colegio donde me llevaron, a una profesora fracturarle el cráneo a un niño de primero de Primaria (de seis a siete años) con el tacón del zapato que blandía como arma (pero no recuerdo si fue a David Bailón o a Mario); recuerdo a Félix Giménez siendo pateado con saña en el suelo por el director del colegio por haber cometido el delito de rechazar el caramelo que éste le ofrecía; recuerdo a otra profesora, que nos provocaba derrames en la yema de los dedos al atizarnos con su implacable regla de madera; yo recuerdo torceduras de orejas que llegaron a causar lesiones suficientes como para acudir a un centro médico, bofetadas que arrojaban a los niños al suelo, chichones en la cabeza por obra y gracia de los nudillos de los maestros. Recuerdo, para ser concisos, la engrasada maquinaria de la tortura en el colegio.
¿Qué puedo decir, qué puedo escribir ahora, cuando paso por el barrio y veo el desvencijado local donde fuimos sometidos a suplicio? Las sensaciones son contradictorias y oscilan desde la suprema repulsión que me provoca verlo hasta la oscura alegría de saber que nuevas generaciones de niños no serán atormentados allí. El negocio ya cerró su actividad como sala de torturas obligatoria —pienso con un deje de sarcasmo— para convertirse en un local de torturas voluntarias (lo que algunos llaman gimnasio). Tomo fotografías que testifiquen su ruína. Una pintada hace que me dé un vuelco el corazón. Respeto infinito. No conozco un lugar menos indicado para realizarla. Pero, al tiempo, tampoco ninguno en el que sea más necesaria.






