Literatura27/03 /2008 2:06 am

No sabemos con certeza si fueron cuatro o cinco los años desde que los últimos acordes de la música de Thomas Morley se extinguiesen en los jardines nocturnos de Elvetham, cuando William Shakespeare terminó de escribir una obra que, en la edición de Thomas Fischer —el llamado First Quarto— fue bautizada con el título de A Midsommer nights dreame (no A Midsommer-nights dreame, como dice Astrana Marín y cuyo error ha sido perpetuado ad nauseam por las continuas reimpresiones de sus traducciones), y que hoy conocemos, en grafía actualizada, como A Midsummer Night’s Dream. Se ha conjeturado por los elementos temáticos que es muy posible que hubiese sido elaborada para ser representada en el marco de las bodas de personajes nobiliarios, y se ha discutido con largueza lo que nunca se podrá saber: quiénes eran los hipotéticos contrayentes en esa ocasión o si la reina Elisabeth asistió o no al enlace y a la posterior representación. La insistente aparición de la triple boda y, sobre todo, el discurso de despedida de Oberon

Now, until the break of day, Through this house each fairy stray.
To the best bride-bed will we,
Which by us shall blessed be; And the issue there create Ever shall be fortunate.

(5.1.392-397)

Ahora, hasta rayar el día Que cada hada vague a su antojo Al mejor lecho nupcial nosotros iremos, y será por nosotros bendito; Y el que allá sea engendrado Siempre será afortunado.

se ha interpretado con frecuencia como un deseo que traspasa los límites del escenario y se dirige al auditorio. Otros lo han negado, explicando que no tenemos dato objetivo alguno que avale tal hipótesis y que el parlamento de Oberón y la temática esponsalicia bien puede funcionar en tanto obra teatral si se representa en un lupanar. Esto es, que cada obra, de Shakespeare o de quien se prefiera, mantiene su propia autonomía independientemente de su génesis y entorno de representación. Actualmente, y aunque el asunto no puede traspasar los límites de la conjetura, la crítica shakespeariana se inclina por la representación para la celebración de unas bodas nobiliarias en pro de la plausibilidad. Nadie crea, sin embargo, que se han bajado las espadas. Por el contrario, se mantiene una fenomenal pugna acerca de los nombres de los contrayentes que no acabará, me temo, hasta el Día del Juicio, cuando nos levantemos a son de trompeta y, revestidos de nuevo tanto nosotros como Shakespeare de nuestros abominables cuerpos materiales, podamos preguntarle, mientras esperamos el veredicto que nos mandará a los Infiernos, para qué ocasión exactamente escribió su obra.

Mientras tanto, sea como fuere y aunque no conozcamos con nombre y apellido el contexto de su estreno, hemos de notar que como tantas otras veces Shakespeare trasciende la obra de circunstancias y supera la coyuntura al componer algo que rebasa el mero encargo teatral y, si se me apura, las expectativas depositadas en él como maestro de comedias. Es indudable la habilidad alcanzada por el Shakespeare de etapa media, en pleno vigor creativo, y es difícil que ningún patrono, sea quien fuere, se mostrase descontento con la calidad final del encargo. Mas en ocasiones, el autor hace gala de una extraña irreverencias en la historia que no debieron ser pasadas por alto por los asistentes cultivados que atendían al desarrollo de la comedia, y que quizás se rebulleron en sus asientos al escuchar determinadas partes. Como espectadores habituados a las formas teatrales —tal y como hoy somos duchos en el noble arte de desentrañar videoclips o de percatarnos de las múltiples alusiones ocultas en los anuncios comerciales— debieron identificar rápidamente a los recién desposados con la pareja Teseo-Hipólita, y es de suponer que a sus oídos sonarían algo acres las palabras del primero al decirle, en los primeros compases de la obra:

Hyppolita, I woo’d thee with my sword, And wonne thy loue, doing thee iniuries

Hipólita, te he cortejado con mi espada, Y gané tu amor causándote heridas

Injuries (iniuries) son, como en inglés contemporáneo, heridas, mas Onions (A Shakespeare Glossary; enlarged and revised throughout by Robert D. Eagleson, Oxford 1986) nota que el término vale también por lo que se puede verter como agravios o lesión de los intereses propios. Las heridas pueden ser, por tanto, físicas o metafóricas. La espada de Teseo ha podido tajar tanto la carne como el reino de Hipólita. Aquellas personas que vieron en su día la obra no dudarían ante la elección, y antes de pensar en Teseo como un maltratador de mujeres tenderían a verlo como un destructor de reinos que se le oponían en batalla. Aún así, la cosa no se muestra demasiado halagadora con la identificación, al sugerir que el caballero ha ganado a su dama a fuerza de hacerle agravios, por más que en los dos siguientes versos, afirme con olímpica jactancia que ahora quiere conquistarla merced a la gloria y al relumbrón, algo que tampoco parece ni delicado, ni comedido. Sabiendo que los parlamentos amorosos tramados por Shakespeare podían ser extremadamente gentiles y que las réplicas de las damas eran capaces de ser tan agudas como afiladas, sorprende el silencio sometido de toda una brava Reina amazona como la elección más oportuna. ¿A qué, me pregunto, escribir un pasaje tan arriesgado, que roza la injuria a sus patronos?

Pobre dama y pobres familiares suyos, qué hubiese pasado si llegan a tomarse a mal los versos. Por fortuna —para nosotros y para Shakespeare— parece que no fue así fue. Es posible que no todo el público estuviese pendiente, y que, merced a esa escasa atención, no salieron a relucir los puñales de enmendar agravios. Así, los sicarios y los asesinos no buscaron al autor del insulto por las oscuras callejas londinenses, y permanecieron tranquilos, con las armas enfundadas, gastando honradamente sus monedas en tabernas y burdeles. El jubón del dramaturgo no precisó, por esta vez, el remiendo que mereció su osadía. Gracias a esa pequeña contingencia, descuido o falta de atención, Shakespeare pudo proseguir incluyendo nuevas osadías o inconveniencias en sus obras ulteriores, entre la que no es la menor (si la obra fue escrita, como parece, tras la revuelta de Essex en 1601), escribir tras la conjura de Robert Devereux que casi derroca a Elisabeth I, una tragedia en la que el monarca ocupa ilegítimamente su trono tras haber asesinado al rey, y donde el verdadero heredero se revela como un incapaz para gobernar un país. Siempre me ha divertido imaginar que, tras divulgarse Hamlet, con las soberbias interpretaciones de Richard Burbage alabadas en toda la capital, la reina Elisabeth tuvo que dormir durante una temporada con tapones para evitar que nadie le vertiese por accidente venenos en los oídos, y que maldeciría en el lecho durante una buena temporada el nombre del autor teatral que andaba dando ideas sobre las mejores maneras para llevar a cabo un magnicidio a todos y cada uno de los ambiciosos nobles de Inglaterra.

Literatura, Pensamiento07/03 /2008 12:16 pm

Desde muy temprano, escucho la sonata para violín solo No. 2 que Eugène Ysaÿe dedicara a Jacques Thibaud. Parte del día lo paso sumido en la lectura de la Vida de Lisandro. Algo similar a lo que confesaba Niccolò dei Machiavelli (Maquiavelo para nosotros) a Francesco Vettori en la famosa carta del 10 de diciembre de 1513:

Venuta la sera, mi ritorno in casa, ed entro nel mio scrittoio; et in su l’uscio mi spoglio quella veste cotidiana, piena di fango et di loto, et mi metto panni reali et curiali; et rivestito condecentemente entro nelle antique corti delli antiqui uomini, dove, da loro ricevuto amorevolmente, mi pasco di quel cibo che solum è mio et che io nacqui per lui; dove io non mi vergogno parlare con loro, et domandarli della ragione delle loro actioni; et quelli per loro humanità mi rispondono; et non sento per quattro ore di tempo alcuna noia, sdimenticho ogni affanno, non temo la povertà, non mi sbigottisce la morte: tucto mi transferisco in loro.

Llegada la noche regreso a casa y entro en mi estudio; y en el umbral me despojo de aquella ropa cotidiana, llena de barro y lodo, y visto prendas reales y curiales; y decentemente vestido, entro en las antiguas cortes de los hombres antiguos, donde, recibido amorosamente por ellos, me alimento de esa comida que es sólo mía, ya que nací para ella; allí no me avergüenzo de hablar con ellos y preguntarle la razón de sus acciones; y ellos, por su humanidad, me responden; y durante cuatro horas de tiempo no siento tedio alguno; olvido todo afán, no temo la pobreza, no me asusta la muerte: me transfiero del todo en ellos.

No conozco lo suficiente la obra de Maquiavelo como para afirmar a ciencia cierta que el mudarse de ropajes para entrar en comunicación con las obras de los clásicos (esas antique corti delli antiqui uomini) sea exclusivamente metafórico. Su estilo abierto y su amor a la descarnada claridad nos inducen, en principio, a sospechar lo contrario —siempre que tengamos en consideración que el propio acto de cambiar las ropas sucias a limpias encierra en sí mismo una metáfora de contenido social e ideológico. Nótese que el autor escribe que el cambio de ropa ocurre en l’uscio (en este contexto, en el mismo umbral de la porta), lo que no debe entenderse al pie de la letra. Se lleva a cabo, como parece natural, antes de traspasar el vano (y no ante el vano), permitiéndonos observar que lo verdaderamente importante no es dónde se muda uno, sino para qué, ante qué hecho nos disponemos a vestirnos adecuadamente. ¿Es necesario apuntar que hay una reverencia en el acto de leer que hemos perdido? Desprenderse de los lodi de la vida cotidiana, de las marcas de la baser life que rechazaba con desdén la Cleopatra de Shakespeare ha sido, durante siglos, parte constitutiva de la lectura de las grandes obras literarias. Pero para Maquiavelo tiene aquí un sentido sacro, ritualístico, conviertiendo el hecho en la representación teatralizada —y veraz— del respeto por la Alta Cultura. Hay una ropa para trotar por el campo, que puede ser adecuada para juntarse con la brigata de amigos y parientes (ropa de andar por casa), pero que es poco conveniente para la reunión con los altos personajes (esté su presencia en persona y figura o en el interior de un libro), cosa que el eterno (e incómodo) cortesano que es Maquiavelo no puede olvidar. Poco convencido de los dogmas religiosos (la mala fama de Maquiavelo proviene, fundamentalmente, de la crítica eclesiástica antes que de la secular), el secretario florentino traslada su veneración al espacio consagrado de sus habitaciones privadas, donde habitan los libros escritos por los antiqui uomini (hombres antiguos), que es una bella manera de referirse a los clásicos. A la manera del doctor Torralba, rechaza enfrascarse en la lectura de los Padres de la Iglesia, desdeñándolos por escribir inconsecuencias o arbitrariedades en mal latín o en peor griego: es más provechosa la lectura de Livio o de Tácito, y más bella la de Ovidio o Petrarca. Y, al igual que el lector retratado por Chardin (Le philosophe lisant), al que se dedican las páginas de The uncommon reader, de George Steiner, adopta ante la lectura una actitud de máximo reverencia, tanto interna como externa. Sólo así, convenientemente purificado, Maquiavelo se siente listo para avanzar por entre las obras e interrogarlas en un esfuerzo de traslación a través del tiempo, y aplicarlas a las preocupaciones políticas que nunca soltaron a este secretario veneciano.

Le Philosophe lisant, de ChardinPero volvamos al espacio y a su relación. En pasajes anteriores, Maquiavelo confesaba llevar consigo en la mañana algún libro, que leía en un lugar retirado: el Dante, Petrarca, o las ediciones de Tibulo u Ovidio —questi poeti minori (!!!)—publicadas por el impresor Aldo Manucio (tan afamadas y codiciadas hoy). Se trata de pequeños libros en octavo, aptos para ser llevados en el bolsillo y ser trasportados, cuya lectura proporciona un solaz inmediato: leggo quelle loro amorose passioni, et quelli loro amori ricordomi de’ mia: godomi un pezzo in questo pensiero (leo esas amorosas pasiones de ellos y esos amores, me acuerdo de los míos y disfruto un rato con este pensamiento). El acto de la lectura, en las inmediaciones de una fuente, apartado momentáneamente de sus preocupaciones de pequeño hacendado, propicia unas sensaciones distintas en su misma naturaleza, tanto por los autores seleccionados como por el marco donde se desenvuelve. En lo fisiológico, nos adentramos en las reglas y modos de lectura de los grandes infolios de la biblioteca de su estudio, con sus características de manipulación y empleo. En las ediciones en octavo, aún en cuarto, no hay espacio físico para ejercer un diálogo reflexivo con el texto. Piénsese en los amplios márgenes de un libro editado en tamaño folio, donde generaciones de lectores discuten con el texto por los decrecientes espacios en blanco, colaboran entre sí o con el autor, se contradicen, niegan o complementan los unos a los otros; en ediciones anotadas por contrastados escoliastas y donde el lector se siente impulsado a una lectura activa y responsable, a seguir las intrincadas madejas de referencias, a diseccionar el texto mediante el análisis y el comentario: epígrafes, capitulos, subrayados, marcas, abreviaturas, notas al pie o discurriendo ferazmente bajo la sombra de la marginalia, entresacados de ideas principales, resúmenes, acotaciones, glosas, aclaraciones, confesiones o excursos cruzan físicamente los ejemplares del siglo XVI que hemos conservado. Aún es más: en el retiro campestre, es posible hacer una lectura de placer, pero quedamos imposibilitados para la lujuria de la consulta, para el contraste con otros autores o comentaristas que demanda el estudio comprometido. La memoria es limitada, falible o incompleta. Los anaqueles del gabinete pueden contener la materia para un diálogo cortesano, propio del actual congreso; son capaces de recoger muchas voces, de alojar la polifonía de un coro pensante que nos permite ahondar con mayor precisión en un tema concreto. Por mucho que se pretenda en este siglo, leer los comentarios acerca de una obra o un tema hechos por personas extraordinariamente inteligentes profundiza nuestra comprensión y nos hace vislumbrar nuevos modos de ser nosotros mismos. En el eventual retiro de las labores campestres, en la lectura casual, quedamos sin embargo determinados a la escucha de una única —y es posible que seductora— voz. Nótese de qué manera influye no solo en los modos de lectura, sino en la materia a escoger: esos poeti minori (la cosa parece sacrílega para referirse a Ovidio) frente a la magna obra de Tito Livio o los consejos de Tucídides. El placer personal se enfrenta (o mejor: discurre en paralelo) al conocimiento que Machiavelli podrá extractar para el uso de los florentinos en la redacción de informes. Sólo en el retiro absoluto, en la serenidad del gabinete recubierto de libros, el antiguo secretario de Florencia se siente capacitado para ponerse a trabajar, atrapando, en un movimiento flexivo, a los autores desde el marco del pasado hasta el día presente en el que vivía.

No cabe duda de que estamos ante una acción que hace emerger graves escollos conceptuales. De algún modo, esta posición valida que los problemas de los hombres, la naturaleza de los gobiernos o las circunstancias y vicisitudes que se abaten sobre unos y otros funcionan bajo la ley del Eterno Retorno o de la semejanza suficiente. Siempre que se pretenda aprender de los hechos del Pasado para aplicarlos al Presente (el uso pragmático de la Historia) se ha de dar por bueno que ambos están unidos por el vínculo de una identidad similar. Es decir, que si en el pasado, el peligro de que César se vistiese las galas de la tiranía había sido conjurado por los puñales de Bruto y allegados (por poner un caso) y el asedio de Roma por parte de Porsena y sus huestes etruscas finaliza cuando el Scevola de turno se abrasa la diestra hasta los huesos, cada vez que haya problemas parecidos… ¿Se han de hacer acciones análogas, dado que en el pasado funcionaron? ¿Cómo pensar que una mente eminentemente práctica como la de Maquiavelo recomendaría tener bien dispuestos a un comando de Harmodios y Aristogitones o una lista de aspirantes al brasero? ¿Qué criterio seguir para seleccionar los datos pertinentes para que el Pasado nos enseñe algo aplicable al Presente? ¿Sólo se ha de apuñalar a un aspirante a tirano (en lugar de, por ejemplo, tratar de aislarlo políticamente, o desacreditarlo ante quienes lo apoyan, o de formar coalición contra él, o de disuadirlo, o de persuadirlo, o de ponerle bajo arresto judicial, o…) si estamos próximos a los idus de Marzo? Si la Historia funciona como Ley… ¿Cuáles son los datos objetivos que hemos de seleccionar para basar nuestro comportamiento político en el caso positivo del pasado?

No obstante, pese a que soy consciente de los remolinos que encierra el tratar de traslocar los hechos del pasado a un tiempo, lugar y circunstancias que no les corresponden (el extenuante ejercicio de la comprensión me sitúa en el mismo problema que tuvo Maquiavelo), una frase me inquieta sobremanera: mi pasco di quel cibo che solum è mio et che io nacqui per lui (me alimento de esa comida que es sólo mía, ya que nací para ella). La afirmación produce una profunda extrañeza hoy en día. Haber nacido para algo, salvo en boca de una persona extremadamente religiosa cuyos dogmas de fe incluyan la predestinación, ha dejado de tener el poderoso significado que tenía en época de Maquiavelo. En el caso de emplearlo, ahora lo usaríamos como una forma figurativa o como recurso de embellecimiento retórico. En cualquier modo, parece muy probable que esto no es a lo que Macchiavelli (y empleemos la tercera grafía) se refiere. Con una afirmación semejante, el florentino vindica su lugar en la vida con fiereza, con una feroz determinación. Su puesto —explica a Vettori— está entre los notables, entre los grandes personajes, da lo mismo si están vivos o si no, habiten en los libros o pululen por las estancias del Palazzo Vecchio. Giré donde quiera la inconstante rueda de la Fortuna, Maquiavelo está firmemente persuadido de que su tanto naturaleza como hombre (aspecto, capacidades personales, vocación) como la metafísica del Destino están en completo acuerdo para situar a cada personaje en su lugar en el mundo. Se nace con ciertas virtudes (o defectos) en un lugar concreto y en un tiempo determinado porque, de antemano, ese hombre va a ocupar un puesto definido de antemano que le está destinado a él y sólo a él. Esto no es un asunto de elección, va más allá de la simple psicología y va más allá de la figura del yo, de los círculos de relación y de familia, de la sociedad en la que se inscribe y la del tiempo en el que se habita. Para decirlo de otro modo: si al Weltgeist (llámese Destino o Dios) de la época de Maquiavelo se le hubiese antojado contradecirse a sí mismo y hubiese decidido que éste fuese, contra viento y marea, astronauta o ingeniero informático, Maquiavelo lo hubiese sido… bajo riesgo de subvertir el orden del mundo. Hoy una persona con vocación de arquitecto que ha terminado siendo tornero fresador —condicionado por la fuerza de las circunstancias o por sus propias capacidades— podrá sentir el peso del fracaso o la frustración que genera el enfrentar sus deseos con la realidad. Maquiavelo caído y desposeído de su cargo secretarial o del acceso a los gobernantes siente este hecho como transitorio, como una contingencia pasajera que hay que sufrir; en momento alguno se plantea que su caída sea definitiva, porque hacerlo sería como admitir que los ríos fluyen (o pueden fluir) hacia arriba (La única posibilidad que resta es, como parece obvio, que Maquiavelo confunda su destino y que, en realidad, no esté bien informado de lo que le depara el Mundo; pero es tal la seguridad de su frase que dudo mucho que haya contemplado siquiera tamaña posibilidad… al menos en lo que se refiere a las comunicaciones exteriores. Lo que Maquiavelo guardó para sí no tenemos manera de saberlo. No hay memorialistas que lo tuviesen en observación en aquella época). ¿Quién de nosotros puede hoy vincular su pequeña historia al destino del mundo con tal naturalidad?

Yo siento la vocación (y ya el mismo término es complejo; pienso en que soy mi propio vocatus y que la voz que me llama proviene de mí mismo) por los libros, por el estudio y, si se me apura, por asistir a esa antique corti delli antiqui uomini de la que hemos hablado. Mas… ¿he nacido para ella? Es indudable que pienso que esa pregunta tiene un planteamiento erróneo o incomprensible, y en este acto me distancio —todo mi siglo se distancia—del secretario florentino. Leemos (milagrosamente) las mismas obras, nos encerramos en el estudio las mismas horas. Tomamos pacientes notas y conversamos con los clásicos con el mismo respeto y con la misma (e infatigable) urgencia de preguntar. Hasta aquí las similitudes. Más allá de ellas, se abre un abismo de hábitos, de presupuestos, de intenciones.

(Revisión del 8 de Marzo de 2008)

Pensamiento, Quotidiana 12:15 pm

En la parte de atrás de los edificios donde habitaba, en un pasadizo encajonado tras la valla de un colegio público, se decidió habilitar el espacio casi inexistente en forma de garaje. Quienes lo hicieron —aún en el día de hoy ignoro quienes fueron esos individuos avispados— no contaron con tres problemas fundamentales. Primero, no entendieron que proyectar una obra con vocación comercial en un barrio donde llegar a final de mes con dinero en la cuenta corriente era una hazaña digna de ser cantada por un nuevo Homero precisaba un serio estudio y una prolongada meditación. Si la media de edad de los vehículos superaba con frecuencia la del piloto… ¿cómo pensaron posible persuadir a esos hipotéticos clientes, propietarios de deudas y chatarras heredadas de que les era del todo punto imprescindible alquilar una plaza de garaje para guardar su cochecito?

En segundo lugar, y como buenos españoles, estos beneméritos incentivadores de la circulación del capital (de los bolsillos del prójimo hasta el propio) y de la creación de riqueza (personal), pensaron que pedir una licencia de obra para construir garajes era una total y absoluta pérdida de tiempo, cuando no de dinero, cuando no de autoestima. Es bien sabido que en este país de locos todo el mundo va a su aire, y que el sistema legal está muy bien para que lo acaten los demás, aunque mejor para burlarlo uno mismo (algo que genera una irresistible alegría, al parecer). Lo malo es, en ocasiones, que sin el soborno oportuno y los costos de licencia satisfechos a veces las cosas no prosperan. Ya se sabe lo perverso que es el Estado, siempre atento a convertirse en rémora de la iniciativa privada.

El punto tercero es tan característico como ejemplar: el espacio que dejaron para que los coches doblasen los recodos del pasadizo era tan reducido que, evitando el eufemismo, no había manera de que pudiesen maniobrar, a no ser que derribasen previamente el frente de los garajes o, en su defecto, el muro del colegio. Como las cosas no suelen suceder así —salvo en algunas películas— y, cuando golpeas el coche contra una pared quien se lleva la peor parte es el vehículo, de propuesta de aparcamiento para automóviles, por imperativo lógico y por efectos de la transubstanciación obligatoria, la cosa metamorfoseó a garaje para ciclomotores, bicicletas, tandems, triciclos y demás maquinaria de vía estrecha.

Así se muestra que la simple construcción de un garaje, quizás en otro lugar ejercicio de anonimato o acción trivial, en el sitio donde habito se revela como el mejor ejemplo para hacer antropología social y desvelar el carácter torticero, impulsivo, ausente de reflexión y descabalado del pueblo que lo ideó y llevó a cabo. Quod erat demonstrandum.

En el momento en el que tomo las fotografías, me sorprendo al ver lo limpio y despejado que se conserva si lo comparamos con la imagen que ofrecía veinticinco años atrás. Todavía veo, en el archivo de la memoria, llover las bolsas de basura desde el edificio aledaño (es bien sabido que bajarlas hasta los cubos de basura es con frecuencia un coñazo mayúsculo, y que contaba con el inconveniente de que daba a la vecina la oportunidad de inspeccionar el número de botellas de vino que cada vecino había consumido ese día). La inmundicia cayendo desde las alturas. Las jeringuillas hipodérmicas hacinándose junto a limones podridos. Latas destripadas, crueles fragmentos de cristal, restos de maderas carbonizadas por las hogueras invernales. Las ratas. Los niños.

No sé en qué condiciones hemos sobrevivido a aquello.

Quotidiana05/03 /2008 12:14 pm

A uno de estos álamos blancos le transferí mi amor insobornable por Yolanda Salgado Espejo cuando contaba la serenísima edad de nueve años. Eran otros días, en los que no me preocupaba en exceso el respeto por los árboles o en los que no veía daño alguno en marcar su corteza a golpe de navaja. Un corazón, un nombre grabado en la madera, al que se han unido decenas, cientos de nombres.

Ahora, parte de la corteza —lisa y suave al tacto en su origen— se viste de musgo y cicatriz. Paso la mano, y nada veo, no encuentro rastro de ese nombre tan querido para mí durante un tiempo. ¿En qué árbol exactamente estaba? ¿A qué altura? ¿Habrá subido con el crecimiento del álamo? ¿Sigue guardando la madera el secreto de un amor infantil?

Quotidiana04/03 /2008 12:13 pm

Parecerá increíble, pero los chicos se aman en estos tiempos difíciles. Y lo declaran hasta en los lugares más oscuros.

Quotidiana 12:12 pm

Una inquietante sensación me recorre al visitar el antiguo barrio de Madrid en el que viví mi infancia. Por un lado, todo me parece más pequeño, como hecho a escala, como si las dimensiones de todas las cosas se hubiesen comprimido. Ni las avenidas son tan anchas, ni los edificios tan altos, ni los árboles tan esplendorosos. Por el otro, detecto que aparece sumido en una extraña calma: lo que antes bullía de Vida (no siempre en el mejor de los sentidos) ahora está atrapado en la pastosa atmósfera de los sueños.

Yo recuerdo ese mismo sitio como un lugar en el que el peligro campaba a sus anchas: por una nadería, los hombres se mataban a palos con otros hombres dentro y fuera de los bares, o bien molían a golpes a sus parejas en la oscura privacidad del hogar; éstas se desquitaban peleando con las vecinas, agarrándose de los pelos, mordiendo y arañando como fieras enloquecidas; los adolescentes se unían en grupos para destrozarse entre sí ayudados por palos, cadenas o cualquier objeto susceptible de ser compañero de batalla; por descontado, los adultos atacaban a los niños por cualquier motivo (supuestas faltas a la obediencia o al respeto que rayaban en lo inconcebible), labor en la que tampoco eran ajenos los adolescentes y aún los ancianos. Con esa enseñanza… ¿Qué podía finalmente esperarse de los niños? El barrio entero se ahogaba en una espiral de violencia sin freno. Hedía a miedo, a sangre. Salir a la calle era tener la seguridad de que, en un momento u otro, habría un conflicto que no se resolvería con la diplomacia. Pero quien se quedase en su casa corría los mismos riesgos.

Yo recuerdo haber visto, en el colegio donde me llevaron, a una profesora fracturarle el cráneo a un niño de primero de Primaria (de seis a siete años) con el tacón del zapato que blandía como arma (pero no recuerdo si fue a David Bailón o a Mario); recuerdo a Félix Giménez siendo pateado con saña en el suelo por el director del colegio por haber cometido el delito de rechazar el caramelo que éste le ofrecía; recuerdo a otra profesora, que nos provocaba derrames en la yema de los dedos al atizarnos con su implacable regla de madera; yo recuerdo torceduras de orejas que llegaron a causar lesiones suficientes como para acudir a un centro médico, bofetadas que arrojaban a los niños al suelo, chichones en la cabeza por obra y gracia de los nudillos de los maestros. Recuerdo, para ser concisos, la engrasada maquinaria de la tortura en el colegio.

¿Qué puedo decir, qué puedo escribir ahora, cuando paso por el barrio y veo el desvencijado local donde fuimos sometidos a suplicio? Las sensaciones son contradictorias y oscilan desde la suprema repulsión que me provoca verlo hasta la oscura alegría de saber que nuevas generaciones de niños no serán atormentados allí. El negocio ya cerró su actividad como sala de torturas obligatoria —pienso con un deje de sarcasmo— para convertirse en un local de torturas voluntarias (lo que algunos llaman gimnasio). Tomo fotografías que testifiquen su ruína. Una pintada hace que me dé un vuelco el corazón. Respeto infinito. No conozco un lugar menos indicado para realizarla. Pero, al tiempo, tampoco ninguno en el que sea más necesaria.

Animalismo03/03 /2008 2:02 pm

Me preguntaban hace poco en qué consiste la discriminación conocida como especismo. Las definiciones que TSA ha preparado para las nuevas ediciones del Diccionario de lengua española de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE) son las siguientes:

especismo 1. m. Discriminación hacia aquellos individuos que no pertenecen a una cierta especie. especista 1. adj. Perteneciente o relativo al especismo. || 2. adj. Partidario del especismo. U. t. c. s.

Como otras discriminaciones del mismo corte (sexismo, racismo), el especismo entiende que hay ciertos individuos (en este caso, animales no humanos), que por el hecho de ser morfológicamente distintos al ser humano, han de ver sus propios intereses (de asociación, de ir donde les plazca, de juego, de solaz físico) socavados para plegarse a lo que arbitren los discriminadores.

Óscar Horta explica que la cuestión de la consideración moral de los animales no humanos ha sido tratada a lo largo de la historia de manera muy puntual y marginal; a mí me gusta matizar que ha sido tan puntual y marginal como recurrente. Para llegar a una conclusión o a otra, en toda época ha habido alguien que ha pensado, con mayor o menor intensidad, con más o menos calado, en la relación que los seres humanos mantienen con el resto de los animales. La reflexión ha podido hacerse desde el plano religioso (en un espectro que abarca desde Pitágoras a los jainistas, desde los ascetas budistas o cristianos hasta Gandhi), del derecho (está presente una reflexión en Tomás de Aquino, que Francisco de Vitoria no olvida; el autor arábigo de la Disputa entre los animales y el hombre —planteada en forma alegórica y de querelle— es otro de sus ejemplos) o literario (nadie puede olvidar el caballo de Dostoyevski o la ostra parlante de Voltaire, o las bestias manchadas de sangre en la obra de Plutarco), pero lo que viene a ser claro es que algo está mordiendo en la conciencia del hombre justo cuando piensa en qué estamos haciendo con aquellas especies que no son humanas.

Desde hace poco tiempo, apenas algo más de treinta y tres años, desde la bomba intelectual que supuso la publicación de Animal Liberation, de Peter Singer, el enfoque animalista ha ido derivando poco a poco; las posiciones anteriores, que se detenían en los deberes por compasión o benevolencia hacia los animales no humanos bajo nuestro poder (en el más puro aspecto ético kantiano) y la clase de trato dado a los animales no humanos al utilizarlos, han virado al cuestionamiento del derecho de los humanos a usar, como si fuesen objetos éticamente irrelevantes, a los animales no humanos.

Este derecho de uso, inserto en toda cultura humana, se hace en virtud del especismo: la firme creencia —basada en un prejuicio y que no se apoya en motivo racionalmente defendible alguno— de que los animales no humanos están aquí a nuestro servicio, que no tienen intereses propios, que ni sienten ni padecen y que, por encima de su voluntad, ha de primar la nuestra.

Así, el especismo hace referencia al principio ideológico en el que se amparan todas las actitudes deplorables que el hombre tiene con el resto de los animales: desde prender fuego a gatos a colocar a delfines en acuarios para el solaz de la gente; desde catalogar a los animales vacunos como cosas que se comen hasta emplear a otras especies para que nos hagan compañía (eso sí, siempre en el modo que nosotros queramos). El resultado más evidente del especismo es que los animales pasan de ser seres autoconscientes y con intereses a objetos manipulables, cuyos intereses no se tienen en cuenta, que pueden ser poseídos y comprados como mercancía. Para decirlo más clara y crudamente: gracias a esa discriminación, pasan a ser nuestros esclavos.

Para el mismo autor, especismo es:

(…) la discriminación de aquellos que no son miembros de una cierta especie (o especies). En otras palabras: el favorecimiento injustificado de aquellos que pertenecen a una cierta especie (o especies).

Y culmina escribiendo:

El especismo ha sido definido en ocasiones como un trato desventajoso (o una consideración desigual) basada únicamente en la pertenencia a la especie. O un trato o consideración que favorece a los miembros de una cierta especie (o de varias especies) en función de factores que no tienen que ver con sus capacidades individuales. Estas definiciones, sin embargo, no parecen adecuadas cuando son contrastadas con la consideración que comúnmente reciben las distintas defensas de las discriminaciones intraespecíficas. Aquellas posiciones que defienden que los humanos varones o de ascendencia europea poseen determinadas capacidades individuales y que por ello deben ser favorecidos son comúnmente tildadas, si el criterio apelado es moralmente injustificado, de sexistas y racistas. Tomemos, por otra parte, la discriminación que han sufrido a menudo aquellos con síndrome de Down.

Ésta no es considerada de manera distinta según sea defendida sin aducir ningún argumento o sobre la base de que no poseen determinadas capacidades. No hay motivo alguno, pues, para conceptualizar el especismo de modo diferente.

Cabe también indicar que esta definición implica que una diferenciación justificada que distinga entre los miembros de especies distintas no será especista (al igual que no es sexista, por ejemplo, defender que las mujeres, y no los hombres, puedan tener derecho a atención ginecológica). El especismo, por definición, es una posición moralmente injustificada.