En Junio de 1982, un muchacho, apenas preadolescente, tuvo que abandonar el barrio donde vivía y donde lo había aprendido todo. Un lugar, si se quiere, hostil, duro y oscuro, pero cuyos males eran territorio conocido. Con infinita nostalgia, antes de marcharse y queriendo dejar recuerdo de su paso, escribió sobre una pared de ladrillo unas letras con brea caliente.

Siempre creyó que esas letras no soportarían el paso del tiempo y que los agentes de la desmemoria acabarían con ellas. Hoy, veintiseis años después, compruebo con cierta sorpresa que han sobrevivido.