Se puede tener dos clases de genio: el bueno y el malo. A quien investiga contra el cáncer con gran éxito, o se dedica a hacer obras de Arte más allá de la natural potencia humana, solemos verlo con tal reverencia que lo encuadramos dentro de la genialidad. Por otro lado, de aquella persona que tiene mal carácter, decimos que tiene mal genio, o incluso que tiene mucho genio, sin que por ello se nos ocurra pensar que nuestro irascible amigo va a componer, de golpe y porrazo, un concierto para piano en un periquete. Dentro de los primeros (de los genios buenos) podemos encuadrar -por decir alguno- a Ghiberti y a Niels Böhr; en los segundos, a Hitler, y probablemente a mí mismo.
Pero no nos será difícil pensar en una persona que combine ambas suertes de genio; es decir, que se pueda ser un creador de primera y tener un carácter de mil demonios: Caravaggio parece que era de esta clase de tipos, un ángel en pintura y un truhán asesino en la calle. José Ribera, llamado el Spagnoletto porque era de corta estatura, tenía un grupo de amigos que convencían a los pintores afincados en Nápoles de que no era conveniente presentarse a los concursos (para decidir quién pintaba un cuadro en una iglesia determinada) a los que él concurría. El maduro Beethoven era fecundo en explosiones de cólera, razón por la que se le temía como al mismo diablo. También a esta categoría pertenece el Oso de Busetto, que era como se le llamaba al también extraordinario compositor Giuseppe Francesco Fortunino Verdi.
La cosa de los dos genios de Verdi venía, parece ser, de bastante atrás. Lejos queda la imagen de un Verdi ignorante en la música, pero con ideas revolucionarias, llegando a Milán y alcanzando el solio de la gloria. Ya de niño, en Roncole (una población agraria asentada en la margen sur del hermoso río Po, y perteneciente a Parma), el joven Peppino había dado ya muestras de tener talento para la música. Parece que tocaba la espineta tan bien, que Stefano Cavaletti, por entonces un reputado constructor de órganos, se la reparó gratuítamente cuando estaba ocupado del órgano de San Michelle Arcangelo en Roncole. Sea como fuere, el pequeño Peppino, cercano a la iglesia por razones musicales (había recibido lecciones de órgano desde los cinco o seis años y, por decirlo de alguna manera, no es este un instrumento que haya en casa de todo hijo de vecino) tenía entre sus labores ayudar a la celebración de la misa, algo que por otra parte era extraordinariamente frecuente en los niños de la época. Un día que estaba en esas funciones de monaguillo asistiendo a Don Masini en la iglesia, se distrajo tanto escuchando la música del órgano que no atendió a las indicaciones del párroco para que le alcanzase el agua y el vino. El cura, que también debía tener una sobresaliente capacidad de ira, o bien le empujó, o bien le dio una patada por detrás para que espabilase, pero el resultado de que el pequeño Peppino cayó rodando las escaleras del altar. Ante la humillación pública (y el dolor físico que debió causarle), el pequeño Verdi, enfadadísimo, le gritó:
- Dio t’ manda ‘na sajetta!
Que traducido al castellano viena a decir ¡Quiera Dios que te alcance un rayo!, o como se dice más coloquialmente ¡Mal rayo te parta!
El escándalo que debió producir allá por 1820 que un niño maldijese al sacerdote que estaba en el altar no debió ser pequeño; sin embargo, lo curioso es que 8 años más tarde, la petición de Verdi a Dios fue escuchada, y a Don Masini le alcanzó el citado rayo en la iglesia de la Madonna dei Prati, a las tres y media de la tarde, durante el octavario de la Fiesta de la Natividad de la Virgen (es decir, el 8 de Septiembre de 1828). El mismo Verdi tendría que haber estado en ese lugar (ya como cantante de liturgia, o bien para servir el banquete, dado que sus padres poseían una taberna), y por haberse detenido a hablar con unos amigos, llegó tarde para asistir a lo que hubiese sido su cremación.
El rayo acabó con la vida de un perro y su cachorro, una yegua, dos miembros del coro (uno de ellos, un primo de Verdi) y quattro preti: entendemos por tanto que era un rayo enorme, gigantesco. Supongo que no será necesario aclarar de qué manera se dispararían los rumores en la región acerca de la prodigiosa capacidad de maldecir del futuro maestro.