Federico II Gonzaga, duque y marqués de Mantua, no sólo sobresale como patrón y mecenas de las Artes —bajo su protección estuvieron Giulio Romano y el Aretino, huídos por el escándalo de la edición romana de los Sonetti sopra i «XVI modi», por no hablar del gran Tiziano Vecellio—, sino que resulta admirable como poseedor de una nueva sensibilidad, poco frecuente en la época.

He repasado largamente los retratos de notables de los inicios del XVI en los que aparecen perros. Bien como armas de guerra (Lucas Cranach, en el fiero retrato de Heinrich der Fromme von Sachsen), bien como potente elemento de caza de aspecto sumiso ante su señor (Tiziano, en el retrato de caza de Carlos V de 1533), o bien como elemento cuasi-decorativo en las escenas de señoras (la lámina miniada atribuída a Jean Perréal, en la que Ana de Bretaña, reina de Francia, recibe de manos de Antoine Dufour el libro de damas devotas y que se conserva en el Museo Dobrée de Nantes). Pocos retratos de estadistas, sin embargo, se atreven a tal audacia: presentar al humano tan cariñoso y al perro con tal independencia, ambos expresando con su gesto de mano y pata delantera su particular y benéfica manera de estar vivos…

Por un lado, es cierto que lo máximo que puede decirse de Federico Gonzaga es que, para el perro, era un buen amo, pero amo al fin y al cabo; mas también cabe pensar que la puerta de lo sensible se abre para dar paso —no siempre— al proceso de empatía. Tú, que me lees… ¿es así para ti?

En cualquier modo, da gozo mirar, transcurridos casi quinientos años, esos gestos imperecederos: el del perro, que reclama la atención de Federico Gonzaga, en una muestra de que no es un objeto o una cosa a poseer sino un individuo con voluntad y con deseos, y el de esa mano posada sobre el lomo del perro con tal fraternidad.

Tiziano Vecellio: Federico II Gonzaga, señor de Mantua. Hacia 1526. Óleo sobre tela. Museo del Prado, Madrid