Ya desde su primer viaje a Italia de otoño de 1494, el joven (y recién casado) pintor de Nürenberg llamado Albrecht Dürer —y que nosotros conocemos como Alberto Durero— absorbe prodigiosamente las enseñanzas de los pintores de la órbita de Venecia. Influído por las vigorosas soluciones espaciales de Mantegna y Bellini, haciendo suyas el particular tratamiento del desnudo a la italiana, recibe el encargo del Elector de Sajonia, Frederick el Sabio, de pintar un retablo para la Catedral de Wittenberg. La pieza central la ocupa una Madonna con el niño en la que es posible contemplar la avanzada italiana:

Albrecht Dürer. Altar central, Dresde. Madonna con el niño (1496). Óleo sobre tabla 117 x 95 cms

En un espacio arquitectónico perfectamente definido, rico, palaciego y que nace de Mantegna o de Squarcione, Dürer sitúa el grupo principal en un vano que enmarca y abre la escena. Los elementos principales (Madonna, Niño y libro) están sabiamente distribuídos para que la atención del espectador se dirija a la figura dormida: la mirada absorta de la Virgen, las líneas que convergen en sus manos en forma de flecha y que apuntan a su figura, los pliegues de pañería, el marco parentético del atril y del libro —que equilibra la composición al tiempo que dirige la mirada del extraviado— son los elementos que apuntan (no sólo de manera ideológica) hacia el niño Jesús. La correcta espaciación se abre hacia un paisaje más allá que no llega a distraer al espectador, pero que contribuye a enriquecer la escena. El propio estado de la tabla no permite la seducción del exterior.

En años posteriores, Dürer va a seguir volviendo la mirada a las obras de los maestros venecianos a los que conoció en su viaje; sobre todo a Giovanni Bellini, pintor algo más maduro al que le unió el vínculo de la amistad. En la cartas y tratados de Dürer, Bellini es destacado como el primer pintor de Venecia (lo cual es decir mucho en el Quattrocento, cuando la Ciudad Ducal era el epicentro de la Pintura Renacentista Italiana). Hijo del pintor Iacopo Bellini, hermano de Gentile y Niccolò y cuñado del mismo Mantegna, a partir de 1460 comienza a dar muestras de un radical avance: dominio de la claridad y de los planos de luz, manejo magistral del color, progresivo avance del realismo tanto en las figuras como en el paisaje y una indefinible tendencia poética en sus composiciones que lo va alejando más y más del arte tardogótico y que influiría decisivamente (siempre he visto claro el vínculo) en el lirismo pictórico del gran Rafael Sanchio de Urbino.

Giovanni Bellini: Virgen con el Niño bendiciendo

En su Virgen con el Niño bendiciendo (ca. 1485), Bellini reduce el vano a la mínima expresión, proyectando las figuras en un paisaje abierto, recortadas en un marco de alucinante luminosidad. El manto de rico colorido que enmarca a la Virgen protege la figura de Jesús con su forma parentética y dirige la mirada al Niño, quien bendice con una gravedad más allá de su propia edad. Tenemos un niño, como en tantas otras ocasiones, desprovisto de sus expresiones infantiles. Leves nimbos (compárese con la solidez aúrea empleada por su cuñado Mantegna) circundan la parte superior de la cabeza de ambos. Las manos de la Madonna, poderosas al tiempo que gráciles, sostienen con delicadeza el cuerpo del niño, los meñiques elegantemente separados del resto de los dedos. Su mirada ya no se vuelve al Niño, sino que interroga directamente al espectador o lo somete a la serenidad de su expresión; algo que también puede verse en su Virgen con el niño entre San Pablo y San Jorge, acabada aproximadamente en la misma época:

Giovanni Bellini: Virgen con el Niño entre San Pablo y San Jorge. Galleria dell'Accademia, Venecia. En torno a 1490-1500