Modalidad bien conocida en lo relativo a la compra es el hacerlo a plazos. Según este modelo, la venta se efectúa incluso cuando la mercancía supera una cantidad que es tan gravosa que uno no puede pagarla de inmediato. Para evitar que el cliente potencial se lo piense dos veces mientras está ahorrando durante varios meses hasta tener la cuantía del importe de la mercancía a adquirir —corriendo el riesgo el vendedor de perderla transacción al recuperar el comprador el uso de su serenidad tras el más que probable ataque publicitario—, el vendedor ofrece la posibilidad de realizar el pago en varias sesiones (de ordinario, una vez al mes) hasta satisfacer el importe final, pudiendo este cliente llevarse la mercancía como si estuviese ya pagada.

Hasta aquí, el análisis no ofrece problemas. Entendemos tanto el riesgo económico que corre el vendedor (al asumir la posibilidad del impago) como el no menos preocupante riesgo ético en el que se puede incurrir (al impulsar a otras personas a comprar algo para lo que no tiene dinero suficiente). El caso se torna espinoso sin embargo cuando es un ser sintiente el que es vendido como mera mercancía. Y si no, compruébese el impacto que sufre el viandante cuando se encuentra con un cartel anunciador de semejante laya:

¿Perros pagados a plazos? ¿Acaso no suena demasiado hiriente su transformación en mercancía, su entrada en el mundo de las leyes del comercio?

Pero hemos de ser honestos y no escandalizarnos por la modalidad de pago, que al fin y al cabo, lo mismo dará para el animal que es vendido, sino ante el hecho mismo de su transformación en mercancía. O por decirlo de otro modo: lo repugnante, lo rechazable del comercio de esclavos humanos no era que el esclavista pagase antes o después por una persona: era que, a cambio de dinero, pretendiese poseer nada menos que a un individuo. Nos han enseñado, nos han habituado a ver las tiendas de animales —cuesta incluso escribirlo— como algo normal, como algo acerca de lo que sería irrelevante emitir un juicio ético. Y sin embargo, parece que no han hecho bien del todo su trabajo, porque algo nos taladra cuando leemos ese pago a plazos. Algo de lo que de bueno hay en nosotros se nos revuelve por dentro y grita a voces:¿Pero cómo es posible tal infamia?

Quizás es que un hecho, no por ser habitual, deja de ser más injusto. Para comerciar con losas de marmol, con joyería o con tornillos es posible que no sea apropiado pensar si es justo o injusto (al menos, dentro de lo que se refiere al producto en sí). Pero el caso que nos ocupa, y hemos de admitirlo,es bien distinto. Aquellos que aceptan este comercio como lo más normal del mundo, han tenido que llegar al convencimiento de las siguientes (y arbitrarias) proposiciones, que forman parte del legado de toda sociedad humana:

  • Los humanos son superiores a los no humanos.
  • Los animales nos pertenecen.
  • Han nacido exclusivamente para servirnos.
  • No tienen intereses propios.
Sólo creyendo estos cuatro puntos, cualquier persona podrá pasar ante el cartel sin mostrar ni rubor ni una martilleante incomodidad.

Me recuerdo a mí mismo siendo así.