Thomas Merton, monje de la TrapaThomas Merton se escandalizaba a mediados de los sesenta de los seglares que habitaban más allá de su retiro monástico. «Son como autómatas», le escribía a Ernesto Cardenal.

Cardenal nos transcribe esto en la segunda parte de sus memorias, Las ínsulas extrañas, y supongo yo que también tendrá entrada en la correspondencia entre Merton y Cardenal que ha sido recientemente editada en España. No he tenido tiempo aún de leerla y no sé hasta qué punto la edición es integral o no y, por tanto, contendrá esta carta a priori tan interesante. Para el caso, es lo mismo. Aún descontextualizada, la frase encierra un tremendo horror que es difícil soslayar.

Merton se admiraba (horrorizaba) de la ausencia de criterio que había detectado en los demás, de la creciente ola de idiotización reinante: todos moviéndonos al compás que marca la publicidad en el mundo libre, comprando sin cesar inutilidades que no iban a servir para nada. No en vano, Agustín García Calvo nos recordaba que la Sociedad Occidental Capitalista se destacaba, por encima de todas las cosas, en la producción de enseres que no valían absolutamente para nada.

También Cardenal recoge testimonios de su visita a Cuba, 11 años después de la caída de Batista (esto tiene que ser en 1970). En la isla, dos jóvenes, adolescentes, que habían crecido en el seno de una sociedad en fosilizada Revolución, se extrañaban de que antes hubiese quienes incitaban a los demás a comprar un producto determinado por medio de carteles publicitarios. El mismo Ferlosio escribió largo sobre los efectos de la publicidad sobre este hombre nuevo, que llamó con tan mala leche como buen tino, homo emptor (hombre comprador).

Pero realmente es lo mismo que suene el son de la danza de la compra o el de la guerra, en tanto todos bailen por decisión ajena. Vengo de las calles heladas, donde he tratado de entender (creo que inutilmente) a qué estaba asistiendo. Hoy es la noche en la que cada uno ha de cenar a lo grande, hinchándose hasta reventar porque así lo dicta la costumbre. Tiene que salir de casa después y agarrarse la gran tajada a base de beber escondido, en locales oscuros, y al compás de una música elemental que todo lo confunde.

La misma coincidencia, es decir, que todos hagan lo mismo, que cada uno por libre decisión decida hacer lo que le mandan encierra una paradoja, cuando no una aporía irresoluble para la sociedad que hemos levantado. Somos, como Merton ve con sus ojos limpios, verdaderos autómatas. Quizás sea hora de dejar de serlo.

Bienaventurado aquel que no sigue las consignas del Partido.