Historia de las revoluciones americanas en 13 imágenes (I)
En agosto de 1962, la imaginación del guionista Stan Lee y los lápices de Jack Kirkby habían creado, dentro de la serie Journey into Mistery nada menos que al dios Thor (Þorr). Ya desde su primera aparición, Thor muestra su vocación por resolver las cosas a guantazo limpio liándose a tortazos con unos extraterrestres deseosos de dominar el planeta Tierra. En el siguiente número (Journey into Mistery, vol. 1, No. 84, septiembre de 1962) iban a tratar de continuar las aventuras de este personaje, metido ahora nada menos que a resolver conflictos internacionales.
Manteniendo esa dualidad ya clásica desde los tiempos de Superman o Batman, Thor también tiene un perfil humano. En la vida cotidiana, es un médico cojo llamado Donald Blake, poco atlético y no demasiado expresivo pero que, tal y como se explica en el número anterior, tras encontrar un bastón en una cueva en Europa y golpearlo contra el suelo, puede transmutarse en una deidad nórdica, alto, rubio, melenudo, valeroso hasta la exageración y armado de un martillo cargado de poderes. Ahí es nada.

Como vemos, Blake ha regresado de Europa y viaja en compañía de su enfermera. Ni que decir tiene que Blake está enamorado de ella, pero acogiéndose a una puerilidad adolescente, no confiesa su amor por temor a ser rechazado. Tal y como se explica con cansina prolijidad a lo largo de la serie, él es un tullido, alguien que por el mero hecho de padecer cojera queda inmediatamente excluído del circuito de las relaciones sentimentales. La idea es en sí ya significativa de qué es lo que uno puede encontrarse dentro de estas páginas. Por su parte, la enfermera, que también lo ama en secreto (y viva el melodrama), no concibe que Blake, tan distante y callado, pueda estar enamorado de ella.
Pero volvamos a la ilustración: en la primera de las viñetas mostradas, un vendedor callejero anuncia la noticia principal. En un país latinoamericano imaginario, prosigue el conflicto armado. Nótese el nombre de la población, que es nada menos que San Diablo. Está claro que Los Ángeles no es que estén en Estados Unidos, sino que necesariamente han de estar enclavados ahí, y que, en la inversión de Estados Unidos que para la mente conservadora de Stan Lee es todo lo que está más al sur de su país (en el idiolecto estadounidense, América del Sur, aunque geográficamente México o Cuba no lo estén), el lugar latinoamericano no puede llamarse de otro modo que San Diablo.
Claro que el conflicto ha estallado mientras Donald Blake estaba en Europa tocándose las narices, que es lo único que un estadounidense puede hacer en Europa, salvo cuando les ayuda a ganar la guerra. Ya se sabe que, si los dejas solos, los latinoamericanos te montan una guerrilla en menos que canta un gallo.
El conflicto, como vemos, tiene dos facciones: la democrática y otra procomunista. Aquí empezamos con las dualidades tan queridas dentro del Universo Marvel, que por estos años no se acogía ni a medias tintas ni a zonas de transición. O eres bueno, o eres más malo que la piel de Barrabás. Por decirlo de otro modo: o eres yankee (es decir, demócrata, alto, joven, rubio, guapo y con honestos sentimientos), o eres una de las cabezas visibles del Mal (es decir, extranjero y antiestadounidense, feo, barbudo, moreno, vil, traicionero, despiadado… y comunista). Cuánto ha aprendido George Bush Jr. de todo esto.

¿Qué es lo que hace el gobierno de Estados Unidos cada vez que ha podido meter mano en Centroamérica o Sudamérica? ¿Apoyar a los dictadores más opresivos, siempre y cuando fuesen de derechas? ¿Promover y armar ejércitos para que derrocasen los gobiernos democráticamente elegidos, si es que los electores tenían la mala cabeza de escoger un gobierno de izquierda? ¿Defender a sus empresas que expoliaban injustamente o que sometían a la población a la miseria o el desamparo? Nada de esto, por supuesto. Cada vez que hay un conflicto, y que quede muy claro, Estados Unidos se apresta a enviar ayuda humanitaria. Y en este caso —como en tantos otros—, a la par de la ayuda humanitaria que Donald Blake y su enfermera Jane van a prestar de manera altruísta, cuelan subrepticiamente un arma de guerra de primer orden, que es el mismo Thor. Van a «ayudar a los enfermos», como bien dice la enfermera. Nada hay que temer de la presencia yankee en San Diablo.

Pero… ¡ay!, ya se sabe cómo son los comunistas. Quieren atacar el barco porque… ¡Quieren que los campesinos estén enfermos! ¡Habráse visto lo malvados que pueden ser! Y eso que el lector ve bien claro que en el costado del barco hay pintado un cruz (se supone que roja, con perdón) y que no llevan armas. El lector también ve bien claro que, aunque la cruz estuviese también pintada en el otro costado, no detendría en absoluto a los rojos. ¿No lo ha mandado el Lider? ¡Pues a hundirlo se ha dicho!






Ha tenido que atravesar medio mundo para llegar a mis manos la edición del Cántico cósmico publicado en Editorial Nueva Nicaragua, Managua, en 1989 (pero impreso en el DF en la Imprenta Madero con una tirada de… ¡10.000 ejemplares!).
La Revolución perdida, publicada en 2004 como la tercera parte de las memorias de Ernesto Cardenal, se cierra con este pasaje espectacular que tanto escoció a las instancias vaticanas (y que ha sobrecogido el corazón de este ateo que os escribe). Quienes están en sintonía con las fuerzas más conservadoras del planeta sentirán a buen seguro escalofríos al leer a un sacerdote expresarse de forma tan libérrima y pura. No cabe duda de que en muchos aspectos, Cardenal puede ser un hombre equivocado1 (y por ende, un sacerdote equivocado), pero difícilmente puede decirse que en estos párrafos esté expresándose de una forma corrupta, falsaria o equivocada desde el punto de vista cristiano. El Cristianismo tiene todavía en su seno, como una semilla dormida que apenas se despereza de cuando en cuando, el pensamiento radical de Minucio Felix o de Tertuliano o de un Francisco de Asís.
Pero también es verdad que siglos enteros de dominación, de poder, de boato y de haberse convertido en un formidable poder temporal, hace que el Cristianismo suscriba con demasiada frecuencia pensamientos como los que hace poco vomitaban en público los obispos Rouco Varela, Cañizares o García-Gascó. Aquí se acabó la preocupación por la fraternidad o el amor, ni se ve la presencia de los pobres en su discurso: los puntos a discutir son, como se ve, si el Estado debe o no ampliar los supuestos por los que una mujer está autorizada a abortar; las facilidades concedidas para que los matrimonios civiles puedan disolverse civilmente; la inclusión de una asignatura que enseñaría que hay una Ética universal que no se pronuncia sobre la existencia o no de Dios; y finalmente, la composición de una pareja para que pueda ser reconocida civilmente como matrimonio. A decir de estos señores, estas disposiciones legales atentan contra la democracia, contra la libertad, extienden el miasma del laicismo y provocan el adoctrinamiento de los escolares en una materia en la que, hasta la fecha, ellos han sido los únicos autorizados a adoctrinar.


Thomas Merton se escandalizaba a mediados de los sesenta de los seglares que habitaban más allá de su retiro monástico. «Son como autómatas», le escribía a Ernesto Cardenal. 