Al contrario que la niña de la fotografía, que debía tener más o menos su edad, ella no cabalgó un gran cerdo. Era muy pequeña y un amigo de la familia le enseñaba las cochiqueras. El lugar emanaba el acre olor de la vida, tan distinto del de las granjas de crianza industriales. Dentro, había dos cerdas adultas de inmenso tamaño que examinaban con detención la paja vertida en el suelo. Una de ellas estaba recién parida y tenía a sus gurriatos en un rincón del recinto. A la niña le parecieron adorables y casi eliminó —quizás— la inquietud que le provocaban los adultos, diez veces más pesados que ella misma.
El granjero amigo la dejó sola un momento. La niña era intrépida como sólo puede serlo un niño. La niña amó inmediatamente a los cerditos con ese amor instantáneo e incondicional que yo siempre espero que no sea privativo de la infancia. Era lo suficientemente mayor como para saber abrir puertas. Abrió las de la cochiquera y entró. Las cerdas dejaron su actividad y ventearon a la niña con sus grandes hocicos oscuros, de bronce recién enfriado. Nada peligrosa debió parecerles, así que al cabo de unos instantes la dejaron tranquila y continuaron a lo suyo, que debía ser hozar el suelo a la búsqueda de algo que no encontrarían. Superado el ritual de saludo, la niña se acercó a los lechones. Se llenó los bracitos de ellos. Eran, a su juicio, bellísimos y estaban calientes, blanditos, carne viva y latiente, hermosa en su propia encarnación. Alguno, sedado por el calor de los brazos de la niña, quedó dormido, blandura con blandura. Así la encontró el porquero, casi muriéndose del susto. Podría haber sido devorada por las cerdas adultas, animales voraces donde los haya. Podrían haber atacado sintiéndola una amenaza contra sus crías. Pero lejos de la negligencia materna, los hocicos de las cerdas les habían dado la información correcta: nada malo para ellas y su camada cabía esperar de esa niña.
Llegó la hora de la mesa, quién sabe si la comida o la cena. A la niña le sirvieron, como al resto de los comensales, un platito de carne, finas láminas extendidas sobre el plato. Insisto en que era pequeña, pero no tanto como para no entender la conexión que había entre esa carne y los pequeños cerditos que habían dormido en sus brazos ese mismo día. Los vió asesinados entre gritos de dolor, abiertos en canal y desangrados aún vivos, cruelmente cortados y metidos en fuego para luego ser servidos en cerámica o cristal y atacados bárbaramente de nuevo con instrumentos cortantes y punzantes. Chilló angustiada al borde del delirio y lloró con total abandono por aquellos cerditos, que podrían ser otros, masacrados para satisfacer un capricho de mesa. Se negó a comer carne. Fue su primer día como vegetariana y su primer día en el que se negó a colaborar en un ritual de asesinato.
La fotografía que ilustra este texto es, a todas luces, muy distinta en su naturaleza salvo en un punto: muestra, tan claro como en lo que contaba, la lección de coexistencia que los cerdos dan en ocasiones a los humanos. Aquellas cerdas que haciendo uso de su instinto detectaron a la niña como todo lo contrario a una amenaza enseñaron a los seres humanos un camino para hacer gala de su superioridad moral. ¿Quienes, de entre todos los que leerán este escrito, tomará ese guante arrojado? ¿Quién entenderán las profundas implicaciones de ese reto?
Qué relato mas hermoso y la estupenda fotografía.
Saludos.
Comment de pisos barcelona — 05/03 /2007 @ 9:37 am
Veo que está usted en plena campaña. Y lo hace muy bien, aunque es una tarea difícil.
(Qué susto, creí que iba a contar que se habían comido a la niña; con el miedo que me dan los cerdos, precisamente por su voracidad.)
Comment de Portorosa — 05/03 /2007 @ 11:44 am
Bonito relato. Estás en forma, Tockles.
Comment de Alejandrina — 24/04 /2007 @ 8:38 pm