Pensamiento, Animalismo02/03 /2007 1:32 am
Un pasaje de las Memorias de Magnus Blackenheim
« (…) Tuve que liberarme de la delirante esquizofrenia de amar a los animales y seguir fomentando su tortura, mutilación, asesinato e incluso exterminio. Me costó entender hasta qué punto comer carne me implicaba en una red de crueldad sin límites. Es innegable que el filete de cerdo que está en el plato procede de un cerdo al que se ha matado. Todo el mundo lo sabe. Pero durante mucho tiempo, consideré el hecho como natural y poco relevante. Los cerdos se mataban para alimentarnos. Se criaban para eso. Era necesario. Si no, la gente enfermaría, pasaría hambre. Vivía (y vivo) en el seno de una cultura en la que este pensamiento está normalizado. Ni siquiera me parecía mal que esos animales —tan vilipendiados, tan estigmatizados— padeciesen una existencia sin ver la luz del sol, creciendo y engordando industrialmente entre barrotes que no les permitían siquiera darse la vuelta. Si estaban manchados por sus propias heces —creía— era porque eran sucios, no porque no se limpiasen sus espantosas celdas con la debida frecuencia. Si sus articulaciones estaban hinchadas por estar obligados a permanecer de pie de continuo, no me importaba. Las heridas que tenían del roce con sus aceradas celdas ceñidas, sus desmayos por falta de oxígeno en un ambiente enrarecido por la falta de ventilación y el exceso de metano, los alaridos de dolor, de terror, de angustia, los comportamientos neuróticos o erráticos, las enfermedades que sufrían por el hacinamiento, en definitiva, su existencia, que superaba en horror la del más desafortunado huésped de un campo nazi de exterminio, era para mí el natural reflejo de la vida porcina. Llegados a este punto, la cruenta matanza que se hacía con ellos —y es sarcástico que alguien piense aún que se los asesina humanamente— era pecata minuta 1 . ¡Tan propio de humanos! ¿Qué otro animal es capaz de planear con semejante minuciosidad la vida de otros seres y estar tan blindado a su sufrimiento? Esto en el mejor de los casos. Los hay que reconocen su calvario, pero afirman que no les importa en absoluto. La única preocupación que tenía una remota cercanía con ellos era si el filete estaba lo suficientemente hecho o si les había costado demasiado dinero. También yo pensaba igual.
Y sin embargo, veía sin rubor aquellos carteles publicitarios en los que unos cerdos de ficción correteaban por un prado que jamás habían visto en sus vidas. Un día, de golpe, conecté todo esa cadena de torturas con el filete que humeaba en mi plato listo para ser engullido. Quizás no podría eliminar, con mi negativa a comer carne, el ciclo de degradación (tanto humana, elegida, como animal, impuesta) y vileza que el hombre prodiga a los animales; pero podía negarme a ser parte activa de ese entramado, del mismo modo en el que me negaría si el Estado me quisiese obligar a torturar a otros seres humanos. Y también podría seguir haciendo música para denunciar la tarea más denigrante de todas las que comete el ser humano.»
Nota:
1. Así en el original
(Magnus Blackenheim, Memorias, sin título, original mecanografiado inédito. Traducción de Robertokles
¿Elisabeth Costello?
¿Melampigo Heracleida?
Comment de Portnoy — 02/03 /2007 @ 9:52 pm