Literatura, Animalismo29/03 /2007 1:42 am

Para Diana, princesa de Lituania

Matecznik

«Je vous mène, monsieur le professeur, dans une forêt où, à cette heure, existe florissant l’empire des bêtes, la matecznik, la grande matrice, la grande fabrique des êtres. Oui, selon nos traditions nationales, personne n’en a sondé les profondeurs, personne n’a pu atteindre le centre de ces bois et de ces marécages, excepté, bien entendu, MM. les poètes et les sorciers, qui pénètrent partout. Là vivent en république les animaux… ou sous un gouvernement constitutionnel, je ne saurais dire lequel des deux. Les lions, les ours, les élans, les joubrs, ce sont nos urus, tout cela fait très bon ménage. Le mammouth, qui s’est conservé là, jouit d’une grande considération. Il est, je crois, maréchal de la diète. Ils ont une police très sévère, et, quand ils trouvent quelque bête vicieuse, ils la jugent et l’exilent. Elle tombe alors de fièvre en chaud mal. Elle est obligée de s’aventurer dans le pays des hommes. Peu en réchappent.»

«Le llevo, señor profesor, a un bosque en el que, a estas horas, existe florenciente el imperio de los animales, la matecznik, la gran matriz, la gran fábrica de seres. Sí, según nuestras tradiciones nacionales, ninguna persona ha sondeado sus profundidades, nadie ha podido alcanzar el centro de estos bosques y de estos pantanos, excepto, se comprende, los señores poetas y hechiceros, que penetran por todas partes. Allí viven en república los animales…o bajo un gobierno constitucional, no sabría decir cuál de las dos cosas. Los leones, los osos, los alces, los joubrs —éstos son nuestros uros—, todos se entienden muy bien. El mamut, que se ha conservado allí, goza de una gran consideración. Es, creo, mariscal furriel. Tienen una policía muy severa y, cuando hallan algún animal vicioso, lo juzgan y lo exilian. Éste entonces va de mal en peor. Queda obligado a aventurarse en el país de los hombres. Pocos se salvan.»

Prosper Mérimée: Lokis (1868). Traducción castellana de Susana Cantero

Me dicen que en lengua polaca la matecznik es tanto una matriz como la Naturaleza; ignoro si en dialecto samogitio o en lituano actual ocurre el mismo caso. El conde Szemioth, noble lituano predecesor de su primo de Transilvania y autor del discurso que he anotado, la incrusta en su discurso como perteneciente a su propio idioma. ¿Qué competencias tenía Mérimée, devoto de los idiomas y, hasta donde sé, estudioso de ruso, en lituano? ¿De dónde saca esa leyenda tan irresistible bella? ¿Es creación personal o préstamo del folklore? ¿Qué diferencias hay entre el vórtice de la matriz, esa turbina generadora de Vida (y la locución no es mía, sino de Rosana) y su contexto? Una matriz dentro de la Matriz; el centro poderoso de la Naturaleza.

Quotidiana, Animalismo07/03 /2007 9:00 am

PrunaNo sé qué nombre tenía en su infancia o juventud; seguramente no le traería buenos recuerdos siquiera que lo pronunciase. Ahora se llama de otro modo, con un nombre que inventó para sí misma y que no voy a escribir para evitar mancillarlo de literatura. Deduzco que su vida anterior fue dura y estuvo marcada por la violencia extrema y la exigencia. Hay ciertos gestos más o menos evidentes que así me lo muestran: si, a su lado, levanto una mano con rapidez, ella inclina casi impeceptiblemente la cabeza y un aleteo nervioso recorre sus párpados. Los repentinos picos sonoros la inquietan. Briznas de ansiedad recorren su cuerpo cuando brama por sorpresa un camión o un plato se estrella accidentalmente contra el suelo. Nunca puse el Mahler de Kondrashin estando con ella. Nunca Allan Pettersson.

Cuando la conocí, se estaba recuperando de una doble intervención quirúrgica. Era valiente hasta el asombro. No había en sus ojos amargura alguna por el dolor, ni pude detectar el desánimo por no poder moverse como le hubiese gustado. ¿Qué vi en ellos? Pensé, sin mucha lógica, en el reflejo ambarino y dulce de las ciruelas cuando las ilumina el sol de la primavera. Fue muy fácil entablar contacto con ella. Fue muy fácil tomarle cariño. Fue casi inevitable quererla. Pruna (ciruela en català) fue desde entonces para mí.

Pruna, fuente de alegría y de ternura…¿dónde estás hoy? Te me has alejado, y de ti sólo me van quedando los elementos de la memoria: tu pelo castaño o de oro viejo irrandiando luz contra el cielo calcinado, el querer que tenías a tu amiga que ahora vive en Holanda, las plácidas tardes que pasábamos juntos entre caricias. Me dicen que ahora —mientras escribo—marchas por la carretera de Córdoba… y me asusta que poco a poco, la Pruneta que vive en mis recuerdos se me aleje de la misma manera. Se insertará el error en tu imagen; quizás no rescate bien tu expresión y la corrija inconscientemente con algún rasgo ajeno, o la mezcle con alguno de los de tus amigas. Temo que tu belleza se me desvíe por otros derroteros y termine pensando en una construcción que no eres tú. Qué escribirte en esta mañana en la que no estás cerca. Había tanto que decirte y que no te dije…

Literatura, Animalismo04/03 /2007 11:14 pm

Niña cabalgando un cerdo. Nada menos.Al contrario que la niña de la fotografía, que debía tener más o menos su edad, ella no cabalgó un gran cerdo. Era muy pequeña y un amigo de la familia le enseñaba las cochiqueras. El lugar emanaba el acre olor de la vida, tan distinto del de las granjas de crianza industriales. Dentro, había dos cerdas adultas de inmenso tamaño que examinaban con detención la paja vertida en el suelo. Una de ellas estaba recién parida y tenía a sus gurriatos en un rincón del recinto. A la niña le parecieron adorables y casi eliminó —quizás— la inquietud que le provocaban los adultos, diez veces más pesados que ella misma.

El granjero amigo la dejó sola un momento. La niña era intrépida como sólo puede serlo un niño. La niña amó inmediatamente a los cerditos con ese amor instantáneo e incondicional que yo siempre espero que no sea privativo de la infancia. Era lo suficientemente mayor como para saber abrir puertas. Abrió las de la cochiquera y entró. Las cerdas dejaron su actividad y ventearon a la niña con sus grandes hocicos oscuros, de bronce recién enfriado. Nada peligrosa debió parecerles, así que al cabo de unos instantes la dejaron tranquila y continuaron a lo suyo, que debía ser hozar el suelo a la búsqueda de algo que no encontrarían. Superado el ritual de saludo, la niña se acercó a los lechones. Se llenó los bracitos de ellos. Eran, a su juicio, bellísimos y estaban calientes, blanditos, carne viva y latiente, hermosa en su propia encarnación. Alguno, sedado por el calor de los brazos de la niña, quedó dormido, blandura con blandura. Así la encontró el porquero, casi muriéndose del susto. Podría haber sido devorada por las cerdas adultas, animales voraces donde los haya. Podrían haber atacado sintiéndola una amenaza contra sus crías. Pero lejos de la negligencia materna, los hocicos de las cerdas les habían dado la información correcta: nada malo para ellas y su camada cabía esperar de esa niña.

Llegó la hora de la mesa, quién sabe si la comida o la cena. A la niña le sirvieron, como al resto de los comensales, un platito de carne, finas láminas extendidas sobre el plato. Insisto en que era pequeña, pero no tanto como para no entender la conexión que había entre esa carne y los pequeños cerditos que habían dormido en sus brazos ese mismo día. Los vió asesinados entre gritos de dolor, abiertos en canal y desangrados aún vivos, cruelmente cortados y metidos en fuego para luego ser servidos en cerámica o cristal y atacados bárbaramente de nuevo con instrumentos cortantes y punzantes. Chilló angustiada al borde del delirio y lloró con total abandono por aquellos cerditos, que podrían ser otros, masacrados para satisfacer un capricho de mesa. Se negó a comer carne. Fue su primer día como vegetariana y su primer día en el que se negó a colaborar en un ritual de asesinato.

La fotografía que ilustra este texto es, a todas luces, muy distinta en su naturaleza salvo en un punto: muestra, tan claro como en lo que contaba, la lección de coexistencia que los cerdos dan en ocasiones a los humanos. Aquellas cerdas que haciendo uso de su instinto detectaron a la niña como todo lo contrario a una amenaza enseñaron a los seres humanos un camino para hacer gala de su superioridad moral. ¿Quienes, de entre todos los que leerán este escrito, tomará ese guante arrojado? ¿Quién entenderán las profundas implicaciones de ese reto?

Pensamiento, Animalismo02/03 /2007 1:32 am
« (…) Tuve que liberarme de la delirante esquizofrenia de amar a los animales y seguir fomentando su tortura, mutilación, asesinato e incluso exterminio. Me costó entender hasta qué punto comer carne me implicaba en una red de crueldad sin límites. Es innegable que el filete de cerdo que está en el plato procede de un cerdo al que se ha matado. Todo el mundo lo sabe. Pero durante mucho tiempo, consideré el hecho como natural y poco relevante. Los cerdos se mataban para alimentarnos. Se criaban para eso. Era necesario. Si no, la gente enfermaría, pasaría hambre. Vivía (y vivo) en el seno de una cultura en la que este pensamiento está normalizado. Ni siquiera me parecía mal que esos animales —tan vilipendiados, tan estigmatizados— padeciesen una existencia sin ver la luz del sol, creciendo y engordando industrialmente entre barrotes que no les permitían siquiera darse la vuelta. Si estaban manchados por sus propias heces —creía— era porque eran sucios, no porque no se limpiasen sus espantosas celdas con la debida frecuencia. Si sus articulaciones estaban hinchadas por estar obligados a permanecer de pie de continuo, no me importaba. Las heridas que tenían del roce con sus aceradas celdas ceñidas, sus desmayos por falta de oxígeno en un ambiente enrarecido por la falta de ventilación y el exceso de metano, los alaridos de dolor, de terror, de angustia, los comportamientos neuróticos o erráticos, las enfermedades que sufrían por el hacinamiento, en definitiva, su existencia, que superaba en horror la del más desafortunado huésped de un campo nazi de exterminio, era para mí el natural reflejo de la vida porcina. Llegados a este punto, la cruenta matanza que se hacía con ellos —y es sarcástico que alguien piense aún que se los asesina humanamente— era pecata minuta 1 . ¡Tan propio de humanos! ¿Qué otro animal es capaz de planear con semejante minuciosidad la vida de otros seres y estar tan blindado a su sufrimiento? Esto en el mejor de los casos. Los hay que reconocen su calvario, pero afirman que no les importa en absoluto. La única preocupación que tenía una remota cercanía con ellos era si el filete estaba lo suficientemente hecho o si les había costado demasiado dinero. También yo pensaba igual.

Y sin embargo, veía sin rubor aquellos carteles publicitarios en los que unos cerdos de ficción correteaban por un prado que jamás habían visto en sus vidas. Un día, de golpe, conecté todo esa cadena de torturas con el filete que humeaba en mi plato listo para ser engullido. Quizás no podría eliminar, con mi negativa a comer carne, el ciclo de degradación (tanto humana, elegida, como animal, impuesta) y vileza que el hombre prodiga a los animales; pero podía negarme a ser parte activa de ese entramado, del mismo modo en el que me negaría si el Estado me quisiese obligar a torturar a otros seres humanos. Y también podría seguir haciendo música para denunciar la tarea más denigrante de todas las que comete el ser humano.»

Nota:
1. Así en el original

(Magnus Blackenheim, Memorias, sin título, original mecanografiado inédito. Traducción de Robertokles