Por lo general, a los perros se les dedican mensaje cuando mueren, o como mucho cuando hacen algo extraordinario. O si no, nos queda la otra vertiente: esos comentarios almibarados de las páginas de mascotas, en los que la gente habla de los perros de la forma más repugnante que uno pueda imaginarse. Para colmo, se entretienen en disfrazarlos con ropas, o ponerle gafas, o acercarles cigarrillos, o tirarlos desde los toboganes, o barbaridades de semejante jaez. Por lo que he podido encontrar, rara vez se les dedica un mensaje tranquilo que rinda homenaje a la relación de dos seres de distintas especies que viven juntos. Por tanto, no diré mucho o nada sorprendente.
El amigo King, este animal melenudo que ven en las imágenes, no parece para colmo el perro del que uno puede hablar acerca de estas cosas. De un mastín o de un pastor alemán se puede decir que es un compañero fiel; de un perro que compile infinidad de razas, que es más listo que el hambre. Sin embargo, de estos bravos terreros reformados y travestidos de peluquería, rara vez se dice más que el que son muy bonitos. Alejemos esa idea, y no por falta de belleza. King y yo nos llevamos bien; jugamos juntos en casa, salimos a pasear a la par (solemos coincidir en ello: o se lo sugiero yo, o me lo dice él), nos alimentamos de la misma cocina. Por estas cuestiones de las habilidades, hemos llegado a un pacto: ya que yo tengo pulgar prensil y eso me capacita para ciertas destrezas manuales, cada día salgo yo de casa para ganarme el pan de los dos. Él no lo tiene. y se queda holgando tranquilamente, durmiendo y bostezando adormilado el resto del día, evitando como al diablo el infamante sometimiento al trabajo. Es un pacto entre compañeros: ya que hay que trabajar, mejor que el mal recaiga en uno que en los dos. No creemos en esa clase de equitatividad.