El barrio tiene su propia manera de transmitir noticias: no se edita un diario ni se radia la vida cotidiana, aunque pocas cosas de las que ocurren quedan fuera del alcance de su red de captación de información. Fuente inagotable de noticias, generador y propagador de los sucesos de su territorio, esta semana ha dejado a mi alcance dos novedades: me da cuenta de que el Chumi ha muerto («de SIDA, creo», me dijeron). No sé hasta qué punto es cierta la causa de la muerte del Chumi. Desde hace muchos años, tenía el aspecto castigado del ex-yonki. Como en tantas otras ocasiones, se sospechaba SIDA, y puede que fuese cierto, habiendo estado tantos años militando en un grupo con mayor riesgo si cabe que el resto de la población; pero también recuerdo a amigos mío muriendo de cáncer mientras el rumor periférico apuntaba que ese era el efecto del SIDA o de la heroína.
No sé tampoco a qué se dedicaba. Siempre lo vi en el parque o en los garitos, yendo ya para viejo, fumando sus petillas o tomando alguna copa. Formaba parte de una generación maldita, aquella que se desliza ahora por los cuarenta años y que se vió envuelta en la turbulencia de las drogas de los primeros ochenta. El Chumi no fue —según creo, porque yo lo conocí tarde— una excepción. La heroína, aun de manera indirecta, que mató a la mitad de sus (y de mis) amigos, sigue haciendo estragos.
Me entero además de que el Carlos ha conseguido la libertad después de unos años de prisión. El Carlos, de sangre caliente y bravo tras toda una vida en la calle, cayó en la provocación de un vecino suyo guardia civil que se entretenía amenazándole casi a diario con el arresto . «Tú eres un chorizo y un día se te va a caer el pelo», parece que le decía. El Carlos, que pese a que no es un ángel no era ni mucho menos un delincuente, iba cargando sus días de rabia. Finalmente, una noche el guardia civil traspasó la (todo hay que decirlo: escasa) paciencia del Carlos . Se citaron y bajaron a la calle a pelear. El Carlos contaba con que el guardia civil fuese armado con su pistola. El guardia civil no supuso que el Carlos iba a portar un cuchillo. Se inició la reyerta, y el resultado fue el imaginable con estas premisas. Tras propinarle algunos cortes, el Carlos se dio a la fuga. Fue el mismo Chumi el que le aconsejó que se entregase. El resto es sencillo de colegir: intento frustrado de homicidio.
Ahora el Carlos vive fuera del barrio. Herir con un cuchillo a un vecino que trabaja con armas de fuego no es la mejor manera de llevar una vida ni tranquila ni larga. Es mejor poner distancia por en medio.
Tras recibir la información viene el proceso reflexivo del antes y el ahora. ¿Qué tiene que ver un tipo sumido en sus libros y la Bella Música con estas andanzas marginales? Hace ya algunos años, era raro el mes en el que no moría alguno de mis conocidos: muerte violenta, o repentina, o accidental. Ahora, la muerte va golpeando alrededor de otro modo, no con esa siega de cosecha temprana que hacía en mi adolescencia (no me es dificil recordar una treintena de muertos con quince, dieciseis, veinte años a lo sumo). El salir de prisión —mucho menos el entrar— no era tampoco un suceso extraordinario. Era algo vagamente cotidiano que aparejaba una ligera sensación de fastidio. No hubiese merecido ni una entrada en mi diario, de la misma manera que no la tenía el comprar un paquete de tabaco o beberse una cerveza. Hoy me inquieta tanto que incluso le he tenido que dar salida en este rincón perdido de la mano de Dios. Veo a los muchachos del barrio enredados en sus trapicheos y tanto el material como el lenguaje me resulta casi desconocido: hielo (metanfetamina), las ks - ketas (ketamina), o el éxtasis líquido (gammahidroxibutirato, GHB) se me alejan cada vez más. Los años conllevan sus extrañas evoluciones.