Al bajar del primero de los autobuses que tengo que tomar para llegar desde mi lugar de trabajo a casa, me he dado cuenta de un hecho fatal. ¡Había olvidado el libro sobre la mesa de la oficina! Pueden ustedes imaginar el cataclismo: por culpa de mi mala cabeza quedaba condenada a un trayecto de más de diez minutos (como lo oyen) sin una mala página que echarme a las manos. Felizmente, entrando a la estación de autobuses entre temblores y espasmos, un amabilísimo señor africano me ha resuelto el problema al entregarme un papelito. Decía lo siguiente:

Arrafan

¿Qué es lo que puede entenderse aquí? En el texto, asistimos a la presentación del magno e ilustre profesor Arrafán… pero no por él mismo, sino por otra persona (o, si nos vestimos de narratólogos, un narrador extradiegético-heterodiegético1), algo que no es de frecuente empleo en la publicidad directa escrita. Piénsese en el tipo más frecuente, donde el propio interesado es quien ofrece sus servicios: Arreglamos todo tipo de puertas o bien —algo más diluído por la atenuación de la impersonalización que no logra ocultar que, bajo esa misma impersonalización se esconde púdicamente el mismo profesional que se ofrece — Se arreglan todo tipo de puertas. Evidentemente, las puertas se arreglan, pero no se arreglan solas, sino que las arreglan (cuando ya no hay más remedio y el pobre propietario ha llegado al límite de sus exiguos conocimientos de carpintería o cerrajería) los profesionales que emiten tal información.

En cambio, en el caso que nos ocupa, es el profesor Arrafán, sus títulos y campos de acción quien es introducido por un tercero en liza, un fámulo publicitario que viene a atestiguar con su discurso la veracidad de sus habilidades (EL [sic] TIENE LOS ESPIRITUS [sic] MAGICOS [y de nuevo sic], etc).

La fórmula no es baladí. Cualquiera puede decir de sí que es un gran mago o un excelente medium, pero corre el evidente riesgo de ser tomado por un charlatán. Si embargo si hay un tercero que lo atestigua, que da prueba de fe de que el profesor Arrafán no es un gran mentiroso sino que realmente atesora todos esos poderes y guarda en el cajón de la mesilla espíritus de semejante diligencia, la capacidad de persuasión del discurso asciende. No ocurría otra cosa en aquellos entrañables anuncios de detergente donde un ama de casa se negaba a cambiar la caja de la marca acostumbrada por una cantidad doble de un producto similar. En su misma resistencia declaraba que aquel detergente que ella compraba era (al menos) más del doble de bueno que el de otro fabricante. La retórica publicitaria empleada era sencilla (o tan trivial, si me lo permiten) como efectivo —por sencillo y depurado— era el anuncio.

El caso que tenemos aquí simplifica la historia aún más si es posible. Aquí no tiene cabida el (falso) vendedor que inicia el discurso para persuadir al ama de casa, que era pieza clave en estos anuncios; ni aparece la tercera persona que, o bien trae el evangelio ante unos problemas irresolubles, o bien es convencida por el / la protagonista de la historia de las bondades de un producto. En el papelito arrafanesco la declaración es simple y llana. Roza el panegírico. Los mecanismos narrativo-culturales tienden a insertar información extratextual en una historia para completarla , y así otorgar al narrador el papel de cliente satisfecho en extremo con el poder mágico del Profesor. De este modo, no es el mismo mago chamán africano gran medium espiritual, etc, etc, quien se rebaja a la indigna tarea del alquiler de sus servicios (o los de sus colegas los espíritus), sino que de este modo indirecto, el buen Profesor puede tomar contacto con sus potenciales (y pacientes) pacientes esquivando la impureza del trato publicitario.

Esa misma vocación de pureza, esa misma modestia que demandaba el pudor de no hablar bien de sí fue la que yo siempre he pensado que llevó a las rameras pompeyanas y herculanas a escribir algunos textos curiosos que hoy pueden encontrarse en las antologías de grafitos amatorios latinos o —y esto queda para los más eruditos— en el tomo IV del C.I.L.. Escritos en público lugar, en muros bien visibles contra los que ejercían su sanísimo oficio, podía leerse:

ARPHOCRAS HIC CVM DRAVCA
BENE FVTVJT DIINARJO

(Algo así como, y para ponerlo en expresiones de nuestro tiempo Arphocras se folló de lujo aquí a Drauca por cuatro perras) , cosa que hablaba a las claras tanto de la calidad y baratura del servicio, como demostraba que las prostitutas, pese a las ideaciones que cada hijo de vecino tiene en la mollera, son propietarias de una delicadeza y un sentido del pudor mayúsculos en lo relativo a las cuestiones comerciales que su oficio lleva implícito.

Nota: 1. No es mi intención sin embargo hacer un análisis narratológico de lo que ocurre en el texto, sino demorarme en los entresijos de la historia.