San Agustín de Hipona, capturado en el momento de darle un eclesiástico galletazo al niño del lápizCuanto menos sorprendente es esa nueva fórmula de musicalidad que nos cuenta Agustín de Hipona en De civitate Dei, libro XIV, 24.2, donde se puede leer lo siguiente:

«Nam et hominum quorundam naturas nouimus multum ceteris dispares et ipsa raritate mirabiles nonnulla ut uolunt de corpore facientium, quae alii nullo modo possunt et audita uix credunt. Sunt enim, qui et aures moueant uel singulas uel ambas simul. Sunt qui totam caesariem capite inmoto, quantum capilli occupant, deponunt ad frontem reuocantque cum uolunt. Sunt qui eorum quae uorauerint incredibiliter plurima et uaria paululum praecordiis contrectatis tamquam de sacculo quod placuerit integerrimum proferunt. Quidam uoces auium pecorumque et aliorum quorumlibet hominum sic imitantur atque exprimunt, ut, nisi uideantur, discerni omnino non possint. Nonnulli ab imo sine paedore ullo ita numerosos pro arbitrio sonitus edunt, ut ex illa etiam parte cantare uideantur.»

Nada menos. En castellano diría lo siguiente:

«Conocidas nos son las naturalezas de algunos hombres, distintas de los demás y admirables por lo raras, que hacen con su cuerpo a placer cosas que otros no pueden hacer y que, oídas, apenas las creen. Hay quienes mueven las dos orejas a la vez o por separado; y otros que, sin mover la cabeza, echan sobre su frente la cabellera y la retiran cuando les place. Hay otros que, comprimiendo un poco los diafragmas, sacan como de una bolsa lo que quieren de la infinidad y variedad de cosas que han engullido. Otros hay que imitan y expresan tan a la perfección el canto de las aves y las voces de las bestias y de otros hombres, que, sino se les ve, es imposible distinguirlos. No faltan algunos que, sin fetidez, emiten por el fondo sonidos tan armoniosos, que se diría que cantan por esa boca. »

Pasen las primeras líneas. Concedamos que hay quienes pueden mover las orejas a voluntad o incluso vomitar cuando les place con unos movimientos del diafragma. Incluso que haya hábiles imitadores de las voces animales hasta el punto de que San Agustín u otras bestias sean incapaces de distinguirlos de los verdaderos. Lo que no sabemos realmente es de dónde sacó el bueno del obispo estas interesantes noticias de los cantores anales. Siempre que sea «sin fetidez» y con las partes punderas decorosamente cubiertas, convendrán conmigo en que se podría montar un orfeón que haría las delicias tanto de los curiosos como de los amantes de la música. No me digan ustedes que no…