Criton, 43a (ti tênikade aphixai, ô Kritôn; ê ou prôi eti estin; [¿Por qué vienes a esta hora, Critón, no es pronto todavía?]). Con esta frase comienza una de las piezas dramáticas más impactantes de la Literatura Occidental. Sócrates acaba de despertar en la soledad de su celda donde espera para la orden de quitarse la vida. Frente al discurso público en el pórtico del Arconte Rey de la Apología , la puesta en escena que compone Platón es radicalmente distinta: lo público da paso a lo privado, aún a lo íntimo. El diálogo no se efectúa en las callejas y gimnasios, esos lugares tan queridos por Sócrates, sino en el espesor del corazón de la prisión. Critón, viejo amigo y uno de sus acompañantes habituales, se ha introducido en el calabozo sobornando previamente a los guardianes. Al encontrarlo dormido, renuncia a despertar a su amigo a fin de que pase sus últimas horas del modo más agradable posible (y el pasaje es de una delicadeza enternecedora). No sabemos el tiempo que Sócrates ha permanecido envuelto en sueños velado por la querida vigilancia de Critón; pero cuando despierta, lo hace con la serenidad y terrible lucidez a la que nos tiene acostumbrados.

Sócrates apurando la cicuta ante las multitudes congregadas en su celda. Grabado sobre el original de Jacques Louis David¿Por qué vienes a esta hora, Critón, no es pronto todavía?. La frase es incómoda en su misma trivialidad. En la postura del maestro ateniense no se detecta rastro alguno de descontrol o de pánico ante la muerte, sino una ligera curiosidad por si ha errado los cálculos horarios o —como veremos algo más adelante— si la interpretación de su sueño no ha sido todo lo correcta que debiera. Tal control de uno mismo, tal desapego hacia sí (algo que enojaba a Nietzsche) ha sido tan molesto, tan irritante para aquellos que viven en el seno de la Democracia que no se ha dudado en describir su conducta como la de un enajenado o como la de un fanático. Ese problema comienza desde el mismo inicio, desde la primera frase de lo que suponemos el primer diálogo propiamente dicho de Platón. Por tanto, parece que la tentación que sienten los lectores (o que sintieron sus contemporáneos) de desentenderse de su conducta, de no examinar su comportamiento con intenciones de imitación, sino de situarlo en las regiones de la anormalidad ha sido y es casi inevitable. Encierra una exigencia sobrehumana, empuja más allá de lo que se considera lícito y posible, pone el listón del autoejemplo demasiado elevado. El entendimiento de la conducta de Sócrates en prisión ha sido —pienso— muy deficiente porque el extraordinario texto platónico propone unas premisas dramáticas dignas de la propia Electra. Monstruosas y desmedidas en su misma dignidad.