Literatura, Quotidiana21/11 /2006 12:51 am

Al bajar del primero de los autobuses que tengo que tomar para llegar desde mi lugar de trabajo a casa, me he dado cuenta de un hecho fatal. ¡Había olvidado el libro sobre la mesa de la oficina! Pueden ustedes imaginar el cataclismo: por culpa de mi mala cabeza quedaba condenada a un trayecto de más de diez minutos (como lo oyen) sin una mala página que echarme a las manos. Felizmente, entrando a la estación de autobuses entre temblores y espasmos, un amabilísimo señor africano me ha resuelto el problema al entregarme un papelito. Decía lo siguiente:

Arrafan

¿Qué es lo que puede entenderse aquí? En el texto, asistimos a la presentación del magno e ilustre profesor Arrafán… pero no por él mismo, sino por otra persona (o, si nos vestimos de narratólogos, un narrador extradiegético-heterodiegético1), algo que no es de frecuente empleo en la publicidad directa escrita. Piénsese en el tipo más frecuente, donde el propio interesado es quien ofrece sus servicios: Arreglamos todo tipo de puertas o bien —algo más diluído por la atenuación de la impersonalización que no logra ocultar que, bajo esa misma impersonalización se esconde púdicamente el mismo profesional que se ofrece — Se arreglan todo tipo de puertas. Evidentemente, las puertas se arreglan, pero no se arreglan solas, sino que las arreglan (cuando ya no hay más remedio y el pobre propietario ha llegado al límite de sus exiguos conocimientos de carpintería o cerrajería) los profesionales que emiten tal información.

En cambio, en el caso que nos ocupa, es el profesor Arrafán, sus títulos y campos de acción quien es introducido por un tercero en liza, un fámulo publicitario que viene a atestiguar con su discurso la veracidad de sus habilidades (EL [sic] TIENE LOS ESPIRITUS [sic] MAGICOS [y de nuevo sic], etc).

La fórmula no es baladí. Cualquiera puede decir de sí que es un gran mago o un excelente medium, pero corre el evidente riesgo de ser tomado por un charlatán. Si embargo si hay un tercero que lo atestigua, que da prueba de fe de que el profesor Arrafán no es un gran mentiroso sino que realmente atesora todos esos poderes y guarda en el cajón de la mesilla espíritus de semejante diligencia, la capacidad de persuasión del discurso asciende. No ocurría otra cosa en aquellos entrañables anuncios de detergente donde un ama de casa se negaba a cambiar la caja de la marca acostumbrada por una cantidad doble de un producto similar. En su misma resistencia declaraba que aquel detergente que ella compraba era (al menos) más del doble de bueno que el de otro fabricante. La retórica publicitaria empleada era sencilla (o tan trivial, si me lo permiten) como efectivo —por sencillo y depurado— era el anuncio.

El caso que tenemos aquí simplifica la historia aún más si es posible. Aquí no tiene cabida el (falso) vendedor que inicia el discurso para persuadir al ama de casa, que era pieza clave en estos anuncios; ni aparece la tercera persona que, o bien trae el evangelio ante unos problemas irresolubles, o bien es convencida por el / la protagonista de la historia de las bondades de un producto. En el papelito arrafanesco la declaración es simple y llana. Roza el panegírico. Los mecanismos narrativo-culturales tienden a insertar información extratextual en una historia para completarla , y así otorgar al narrador el papel de cliente satisfecho en extremo con el poder mágico del Profesor. De este modo, no es el mismo mago chamán africano gran medium espiritual, etc, etc, quien se rebaja a la indigna tarea del alquiler de sus servicios (o los de sus colegas los espíritus), sino que de este modo indirecto, el buen Profesor puede tomar contacto con sus potenciales (y pacientes) pacientes esquivando la impureza del trato publicitario.

Esa misma vocación de pureza, esa misma modestia que demandaba el pudor de no hablar bien de sí fue la que yo siempre he pensado que llevó a las rameras pompeyanas y herculanas a escribir algunos textos curiosos que hoy pueden encontrarse en las antologías de grafitos amatorios latinos o —y esto queda para los más eruditos— en el tomo IV del C.I.L.. Escritos en público lugar, en muros bien visibles contra los que ejercían su sanísimo oficio, podía leerse:

ARPHOCRAS HIC CVM DRAVCA
BENE FVTVJT DIINARJO

(Algo así como, y para ponerlo en expresiones de nuestro tiempo Arphocras se folló de lujo aquí a Drauca por cuatro perras) , cosa que hablaba a las claras tanto de la calidad y baratura del servicio, como demostraba que las prostitutas, pese a las ideaciones que cada hijo de vecino tiene en la mollera, son propietarias de una delicadeza y un sentido del pudor mayúsculos en lo relativo a las cuestiones comerciales que su oficio lleva implícito.

Nota: 1. No es mi intención sin embargo hacer un análisis narratológico de lo que ocurre en el texto, sino demorarme en los entresijos de la historia.

Quotidiana09/11 /2006 11:47 pm

Cuando abrí este blog, que deriva del que tuve en Blogspot, me prometí a mí mismo que todo el trabajo que haría en él sería el relativo a los mensajes y no a su aspecto. Tomé una plantilla CSS preestablecida. Durante un año largo, he estado manteniendo ese aspecto sobrio, que no encajaba mal del todo con el austero contenido de este blog.

Hoy se ha cambiado la cabecera para que vaya más acorde con la heterodoxia de este blog. Se habla, ya saben ustedes, de Platón, de música clásica, de Hegel, de iconografía o de poesía; resumiendo, de elementos altamente subversivos que pueden constituir una amenaza contra el orden de las cosas.

No se extrañen, por tanto, si algún día se enteran que a su autor le han echado el guante las oscuras fuerzas del Poder, como en la ilustración de la cabecera. Hasta entonces, seguiré desgranando este Canzoniere, que no tiene más valor que el que le da su propia oposición a que el mundo siga empeñado en hacer las cosas de una manera ya no más idiota, sino palmariamente más fea.

Quotidiana07/11 /2006 12:47 am

Sadam Hussein en el juicio de condena a muerteEn derecho romano, mediante la fórmula caveant consules ne quid detrimenti res publica capiat, los cónsules quedaban investidos de poderes dictatoriales. Tales poderes sólo podían ser invocados por el Senado ante el extremo peligro de la República y para salvaguardar su plena integridad, alegando la presencia del tumultus. El nombre de este peligroso artilugio legal recibía el nombre de senatus consultum ultimum. El caso al que nos enfrentamos es justamente el contrario, pero tiene ciertos puntos en común que quizás sea interesante observar.

El tumultus en este caso no es el pueblo, ni una facción levantisca, ni la amenaza de fuerzas extranjeras que tratan de socavar el Estado y de hollar la patria en acción de guerra. La figura que lo provoca es la de Sadam Hussein, no ya como gobernante o como jefe de una facción insurgente, sino como ser vivo. Su misma vida encierra un considerable peligro para la patria —y esto es lo que, a todas luces, se debe colegir de la sentencia. Por tanto, no se ve otra salida que condenarlo a muerte (1).

Los diarios de hoy anunciaban la buena nueva: Sadam Hussein, asesino y dictador, ha sido condenado a muerte por los tribunales de un Estado autocalificado de democrático. Mediante el poder del tribunal y el beneplácito del juez, el Estado se ha arrogado el derecho de revocar los poderes dictatoriales de Hussein (lo que está muy bien), pero también de suprimir su vida (lo que es sencillamente pavoroso).

En medio de una invasión furibunda y criminal (para la población) y con las barreras del avispero echadas abajo, toda la confusión y las intrigas de un harén cuyos habitantes andan armados hasta los dientes han convergido en este punto del Oriente Medio. La guerra civil está en plena eferverscencia, con siete u ocho bandos distintos ametrallándose con alegría. Ya no son muertos por las fuerzas policiales o del ejército del dictador derrocado. Una vez abierto su puño de hierro, se abre a su vez la licencia para acabar con la vida de todos los rivales posibles.

Estudiar el papel actual de Irak, las fuerzas, acciones e intenciones de todos los grupúsculos que operan en el país, sus cambiantes alianzas, sus desapariciones o las entradas en juego de nuevos poderes alentados por potencias vecinas o lejanas tendría que ser analizado en un espacio mayor que éste y por alguien mucho más competente en la materia. Aquí apenas hay espacio para tratar de entender cómo el terror no se produce tan solo en un ámbito punible, sino que es sancionado (aprobado) por las disposiciones de la Ley. Bien como ficción escénica o bien como juicio con garantes, no hay tribunal en el mundo capaz de defender con éxito que Sadam Hussein no ha sido culpable de un número de violencias aterrador, no se ha presentado como invasor de otros países o era inocente de ser genocida de su propio pueblo. La propia culpabilidad es tan flagrante que le precede como un estandarte. Otra cosa bien distinta, empero, es que el tribunal decida condenarle a la más incomprensible de todas las penas, que es la capital. No hay Dios ni Razón que conciba que, como medida de punición contra otro, tengamos que hermanarnos con él tintándonos las manos de sangre humana. No hay Estado que pueda defender (con éxito) que pueda aniquilar a sus integrantes para defender el conjunto de la sociedad que componen. Un Estado que asesina a sus ciudadanos queda automáticamente desacreditado en tanto Estado —y por eso no hay Estado al que se le pueda conceder el más mínimo crédito. Al matar a uno, fracasa en su misión de organizar y proteger a sus nacionales. Se revela igual que aquellas formas de gobierno contra las que dice luchar.

En este juicio se ha alegado el ejemplo de Mussolini, quien también fue muerto por sus propios compatriotas. Eluden decir que fue matado por venganza y no mediante un proceso judicial. Su imagen, colgando cabeza abajo como un puerco en compañía de su esposa es una de las fotografías de las que menos puede enorgullecerse quien sea contrario a los fascismos. Ahora, dicen, en Irak hay una democracia, frágil y provisional, mas democracia. Con este juicio y con semejante sentencia, el escaso crédito que tenía se ha desmoronado: queda inmediatamente convertida en facción, en interesado grupo de criminales. El fuerte foco —aunque con espejo deformante— apunta ahora a Irak, y por eso escribo sobre ello. La página de Amnistía Internacional da una prolífica lista de Estados que incurren en estas actividades repugnantes. En la práctica, coincide con la totalidad de los países conocidos. Va siendo hora de poner proa, con Horacio, a las Islas de los Bienaventurados.

Invocado el senatus consultum ultimum, las espadas de los líctores se teñían de sangre, suspendida ya la Ley para salvar a la República. Por las mismas razones, para limpiar la República pasada de sus escorias presentes, se derramará la de Hussein merced al derecho del Estado a mandar morir a sus ciudadanos. Atenas acecha la cabeza de un Sócrates culpable.

Nota:

  1. Este es un asunto endiablado en materia de Derecho. El juicio a Hussein, como ocurre con frecuencia en aquellos en los que los acusados pertenecen o han gobernado las áreas del Poder, está traspasado por lo político. Ha sido tan sucio, tan rastrero, tan teledirigido por organismos ajenos al tribunal (tanto políticos como militares, tanto patrios como extranacionales) que lo juzgaba que difícilmente puede calificarse de otra forma que no sea una representación teatral que preludiaba el cadalso. Los cargos que se le imputaban formalmente eran delitos de lesa humanidad, pero…¿cómo son entendidos en un país no irradiado por los postulados de la Revolución de las colonias americanas anglófonas o la subsiguiente Revolución Francesa? ¿Qué quiere decir este delito dentro de la jurisprudencia oriental? El entendimiento, la valoración que se hace entre los vínculos del Estado y sus nacionales parten de otros principios distintos; mejores o peores, mas distintos. Aun en la laica república de Hussein, la fuente de derecho emana de una tradición fuertemente islamizada.
Literatura, Pensamiento06/11 /2006 12:22 am
George Steiner: Lecciones de los maestros, ed. SiruelaDe aquí en adelante se entrelazan dos corrientes soberanas: cristianismo y neoplatonismo. La cristiandad reivindicará como suya el anima naturaliter christiana de Platón. Su propio simbolismo y sus abstracciones trascendentales son a menudo neoplatonismo teatralizado. La sinapsis es Plotino.


El Maestro pasará veintiséis años enseñando en Roma, renovando el platonismo en una época de amenaza social y política. Como su propio maestro, Ammonio Sacas, Plotino no escribe, pero los discípulos, en la que Agustín denominará Plotini schola, toman nota de sus enseñanzas orales. Dan testimonio de una experiencia radicalmente carismática, aquello que Dante, indirectamente influido por Plotino, identifica en el Paraíso como una luce intelletual piena d’amore. Los supuestos novecientos libros de scholia [comentarios o anotaciones] de los que da constancia Amelio no han llegado hasta nosotros, pero las doctrinas y la pedagogía de Plotino han perdurado. El Maestro «parecía avergonzarse de estar en un cuerpo» (como veremos, esto es axiomático en Alain, maître a penser). Tomando como modelo los ideales de Pitágoras, propugna el ascetismo, una dieta vegetariana, la abstinencia de dormir en exceso y el celibato. Nuevamente, el estilo de Pitágoras y, según han sostenido algunos, del propio Platón, las enseñanzas de Plotino constan de dos niveles: la doxa esotérica se confía a una élite de iniciados; el discurso exotérico está dirigido al público en general. Los oyentes venían de muy lejos y de múltiples lugares. Entre ellos figuraban tres senadores, médicos, un poeta ilustrado, un retórico conocido por su avaricia y su práctica de la usura. Se recibía a las mujeres con talante de igualdad (es el cristianismo paulino, con sus antecedentes rabínicos, el que instituye la gran barrera). Asisten unos cuantos filósofos. Sabemos de discípulos que renuncian al mundo a imagen y semejanza del Maestro.


El suyo es un mensaje de concordancia armónica. Contra el gnosticismo existencial y su cosmología maniquea, Plotino exhorta al alma a que regrese al hogar, a que vuelva a la infinita unicidad. «Tal vez el Mal no sea más que un impedimento del alma, como algo que afectase a los ojos y de ese modo impidiese la visión.» Una máxima que inspirará a Spinoza, quien nos enseña que una indagación filosófica seria es la única vida auténtica; lo demás «es un juguete». Sin embargo, este ideal de armonía y la manifiesta luminosidad de la presencia del Maestro iban al parecer acompañados de una tensión psíquica extrema. Al menos un erudito hace alusión al nerviosismo, a los trastornos patológicos que ocasionaba a los discípulos de Plotino la infatigable tensión de la meditación metafísica. (El fenómeno se repetirá en el conventículo de Wittgenstein.).


Debemos lo que sabemos de las conferencias y seminarios de Plotino a un documento casi único en los textos clásicos: la vita biográfica y autobiográfica que utiliza Porfirio como prefacio a la redacción de las Enéadas. Son evidentes los elementos formales de hagiografía, como también lo son los antecedentes tanto porfirianos como socrático-platónicos. No obstante, la versión de Porfirio tiene un valor inmenso. Los seminarios se desarrollaban a la manera de una conversazione, de un libre intercambio al margen de toda «pompa profesional». Algunos de los pronunciamientos del Maestro eran tan elevados, tan exigentes ética o teóricamente que los oyentes no se atrevían a pedir esclarecimiento. En algunos momentos, Plotino parecía hallarse en diálogo «con su espíritu interior, un Ser de rango divino» (compárese con el daimonion de Sócrates). Normalmente, sin embargo, invitaba a formular objeciones y era lúcido y vigoroso en su forma de hacerles frente: Organizaba banquetes en honor de Sócrates y Platón, una costumbre que imitaría a su vez Stefan George. Se pronunciaban discursos rememorando el Banquete, pero Plotino condenaba absolutamente el papel de Alcibíades de sumisión carnal. Nadie, como atestigua Longino, había ilustrado con más claridad los principios de Pitágoras y Platón, traduciendo esos principios a preceptos de conducta personal, de confianza en la inmortalidad, si bien misteriosa, de la esencia humana. Fue a través de su estilo magisterial como Plotino dio cuerpo a su doctrina de las «emanaciones» divinas. La herencia plotiniana sería pródiga. Una selección latina de los tratados puso a san Agustín en el camino que habría de seguir. Boecio prepara la autoridad de Plotino en Giordano Bruno, en el neoplatonismo florentino de Marsilio Ficino. El «monismo» de Plotino inspira a Berkeley, a Schelling y a Hegel. Bergson, con sus enseñanzas vitalistas, es un discípulo lejano suyo. La rapsódica traducción de Stephen Mackenna y el preternaturalismo de Plotino reaparecen en Yeats.


El final de Plotino fue trágico. Aquejado de alguna enfermedad (¿lepra?), se retiró a la Campania, donde antaño había albergado esperanzas de fundar una ciudad regida de acuerdo con las Leyes de Platón. La muerte lo sorprendió en un aislamiento casi total. En el año 268 d. C., el asesinato del emperador Galiano, su patrono y amigo, desencadenó un reinado de terror. Los discípulos se dispersaron (Platón no asiste a la última hora de Sócrates, Pedro niega a Jesús). En Roma, el mundo del espíritu y del intelecto se ha extinguido. Da la impresión de que Plotino se vio acosado por el sino de Príamo. Algunos de sus discípulos trataron de continuar en Siria. ¿No había enseñado su Maestro que «el infortunio estimula las investigaciones filosóficas»? El oráculo de Delfos había proclamado la sabiduría de Sócrates. Ahora, según Porfirio, Apolo elevó «un canto imperecedero» a la memoria de «un gentil amigo, Plotino […] El sueño jamás cerró aquellos ojos […] tú contemplaste muchas y bellas cosas cuya visión no es concedida a todos los que se esfuerzan en la búsqueda de la sabiduría». El «alma santificada» de Plotino «se había elevado por encima de las amargas olas de esta vida empapada de sangre».


Jámblico se había separado de él. Le pareció inaceptable el racionalismo subyacente en las interpretaciones plotinianas de Platón. Sus inclinaciones eran las de un mistagogo. Su De vita Pythagorica liber, sin embargo, ilustra una pedagogía próxima a la del Maestro. Los alumnos vivían con Jámblico o cerca de él. Se reunían con él todos los días y comían juntos. Se designaban textos de Platón y Aristóteles para el estudio pormenorizado y el debate. Aunque seguía habiendo, ocho siglos después, un sabor a teúrgia y a mística pitagórica, los métodos de Jámblico eran también filológicos. Estaba defendiendo los derechos de la especulación inmanente, si bien inspirada, contrarios al dogmatismo de las iglesias cristianas. Así pues, es en las catastróficas circunstancias de los siglos III y IV donde tienen su origen las técnicas filosófico-académicas aún vigentes.


(George Steiner: Lecciones de los maestros)

Música, Historia05/11 /2006 3:35 am

San Agustín de Hipona, capturado en el momento de darle un eclesiástico galletazo al niño del lápizCuanto menos sorprendente es esa nueva fórmula de musicalidad que nos cuenta Agustín de Hipona en De civitate Dei, libro XIV, 24.2, donde se puede leer lo siguiente:

«Nam et hominum quorundam naturas nouimus multum ceteris dispares et ipsa raritate mirabiles nonnulla ut uolunt de corpore facientium, quae alii nullo modo possunt et audita uix credunt. Sunt enim, qui et aures moueant uel singulas uel ambas simul. Sunt qui totam caesariem capite inmoto, quantum capilli occupant, deponunt ad frontem reuocantque cum uolunt. Sunt qui eorum quae uorauerint incredibiliter plurima et uaria paululum praecordiis contrectatis tamquam de sacculo quod placuerit integerrimum proferunt. Quidam uoces auium pecorumque et aliorum quorumlibet hominum sic imitantur atque exprimunt, ut, nisi uideantur, discerni omnino non possint. Nonnulli ab imo sine paedore ullo ita numerosos pro arbitrio sonitus edunt, ut ex illa etiam parte cantare uideantur.»

Nada menos. En castellano diría lo siguiente:

«Conocidas nos son las naturalezas de algunos hombres, distintas de los demás y admirables por lo raras, que hacen con su cuerpo a placer cosas que otros no pueden hacer y que, oídas, apenas las creen. Hay quienes mueven las dos orejas a la vez o por separado; y otros que, sin mover la cabeza, echan sobre su frente la cabellera y la retiran cuando les place. Hay otros que, comprimiendo un poco los diafragmas, sacan como de una bolsa lo que quieren de la infinidad y variedad de cosas que han engullido. Otros hay que imitan y expresan tan a la perfección el canto de las aves y las voces de las bestias y de otros hombres, que, sino se les ve, es imposible distinguirlos. No faltan algunos que, sin fetidez, emiten por el fondo sonidos tan armoniosos, que se diría que cantan por esa boca. »

Pasen las primeras líneas. Concedamos que hay quienes pueden mover las orejas a voluntad o incluso vomitar cuando les place con unos movimientos del diafragma. Incluso que haya hábiles imitadores de las voces animales hasta el punto de que San Agustín u otras bestias sean incapaces de distinguirlos de los verdaderos. Lo que no sabemos realmente es de dónde sacó el bueno del obispo estas interesantes noticias de los cantores anales. Siempre que sea «sin fetidez» y con las partes punderas decorosamente cubiertas, convendrán conmigo en que se podría montar un orfeón que haría las delicias tanto de los curiosos como de los amantes de la música. No me digan ustedes que no…

Literatura, Pensamiento 2:21 am

Criton, 43a (ti tênikade aphixai, ô Kritôn; ê ou prôi eti estin; [¿Por qué vienes a esta hora, Critón, no es pronto todavía?]). Con esta frase comienza una de las piezas dramáticas más impactantes de la Literatura Occidental. Sócrates acaba de despertar en la soledad de su celda donde espera para la orden de quitarse la vida. Frente al discurso público en el pórtico del Arconte Rey de la Apología , la puesta en escena que compone Platón es radicalmente distinta: lo público da paso a lo privado, aún a lo íntimo. El diálogo no se efectúa en las callejas y gimnasios, esos lugares tan queridos por Sócrates, sino en el espesor del corazón de la prisión. Critón, viejo amigo y uno de sus acompañantes habituales, se ha introducido en el calabozo sobornando previamente a los guardianes. Al encontrarlo dormido, renuncia a despertar a su amigo a fin de que pase sus últimas horas del modo más agradable posible (y el pasaje es de una delicadeza enternecedora). No sabemos el tiempo que Sócrates ha permanecido envuelto en sueños velado por la querida vigilancia de Critón; pero cuando despierta, lo hace con la serenidad y terrible lucidez a la que nos tiene acostumbrados.

Sócrates apurando la cicuta ante las multitudes congregadas en su celda. Grabado sobre el original de Jacques Louis David¿Por qué vienes a esta hora, Critón, no es pronto todavía?. La frase es incómoda en su misma trivialidad. En la postura del maestro ateniense no se detecta rastro alguno de descontrol o de pánico ante la muerte, sino una ligera curiosidad por si ha errado los cálculos horarios o —como veremos algo más adelante— si la interpretación de su sueño no ha sido todo lo correcta que debiera. Tal control de uno mismo, tal desapego hacia sí (algo que enojaba a Nietzsche) ha sido tan molesto, tan irritante para aquellos que viven en el seno de la Democracia que no se ha dudado en describir su conducta como la de un enajenado o como la de un fanático. Ese problema comienza desde el mismo inicio, desde la primera frase de lo que suponemos el primer diálogo propiamente dicho de Platón. Por tanto, parece que la tentación que sienten los lectores (o que sintieron sus contemporáneos) de desentenderse de su conducta, de no examinar su comportamiento con intenciones de imitación, sino de situarlo en las regiones de la anormalidad ha sido y es casi inevitable. Encierra una exigencia sobrehumana, empuja más allá de lo que se considera lícito y posible, pone el listón del autoejemplo demasiado elevado. El entendimiento de la conducta de Sócrates en prisión ha sido —pienso— muy deficiente porque el extraordinario texto platónico propone unas premisas dramáticas dignas de la propia Electra. Monstruosas y desmedidas en su misma dignidad.

Música, Quotidiana02/11 /2006 10:48 pm

Michel Bernstein, productor del sello Arcana

Cara a cara, sólo lo vi una vez. Me lo presentaron: anciano que se apoyaba con ternura en el hombro de su nieto y con unos deslumbrantes ojos azules, vivos, inteligentes, absueltos de cualquier edad. Por supuesto, yo ya sabía que estaba ante una leyenda del mundo fonográfico, y la impresión fue similar que si me hubiesen presentado a Walter Legge o a John Culshaw; es decir, mayúscula. Quizás mayor todavía, porque la figura de ese pequeño judío parisino repelía las partes de suciedad que todo negocio tiene. Era, como sus grabaciones, impecable de aspecto y de fondo, un hombre admirable en su pasión por la música, en la firme decisión de continuar en este asunto moribundo más allá de toda expectativa de lucro, en los conocimientos que le prestaban medio siglo de dedicación a la grabación y distribución discográfica. Aquellos que alardean de no lucrarse cuando hacen sus numeritos piráticos por internet, aprendan lo que es de verdad un hombre íntegro.

Tengo como motivo de orgullo ser parte implicada en la edición de sus memorias. Cuando periódicamente llegaban a mis manos las entregas, corregía el texto más que para sorprender las erratas, para poder deleitarme leyendo aquellos fragmentos de recuerdos tan interesantes para el correcto entendimiento del panorama fonográfico francés desde los años 50 hasta la actualidad. Michel escribía bien, aunque escribiese como un anciano: sin demasiado rigor en lo estructural y dejándose abandonar por el río de la memoria, tan caudaloso y bravío en su cabeza. Era un buen comunicador al que se le perdonaba, por lo atrayente de su historia, los peligros de la digresión. Posteriormente, formateaba el texto y lo colgaba (qué verbo más indigno, que vale tanto para los pollos destripados como para el mejor de los textos) en la página que me ocupa las horas. Mes tras mes. Así, durante algo más de un año. Al alcance del curioso está ahora, si es que no lo ha visitado todavía.

Michel Bernstein era respetadísimo en Europa, Su talento ojeador (fue él quien estuvo al frente de los discos del Savall inicial, de los Kuijken, de Ton Koopman o de Hoppie Smith) era sólo comparable a su legendaria capacidad de construir sonidos transparentes, modélicos. Cuando tenía 18 años (harto ha llovido desde entonces, como llueve hoy) cayó en mis manos un disco de obras de piano para cuatro manos de Schubert, interpretada por Badura-Skoda y Demus. Tocaban un Bösendorfer imperial, modelo 290. Jamás —y no caigo en la exageración— he escuchado una producción semejante. El piano conserva perfectamente su homogeneidad tanto en tonos graves como en agudos. No hay esa famosa disociación que parece situar las diversas notas en planos distintos, como si estuviese siendo emitida por varios instrumentos diferentes. Aquí, la misma textura sonora, el mismo color, el terciopelo tímbrico, el mismo olor de la madera y el acero se mantiene indisolublemente unido. La nitidez estaba a la par de la naturalidad. Porque Michel Bernstein no fue un ingeniero amigo de los trucos sorprendentes o un adicto a mejorar las posibles deficiencias acústicas que toda producción sonora lleva aparejada. Más bien trataba, con la mayor humildad y modestia, de tratar de captar de la manera más natural posible, con el menor número de interferencias o mejoras, lo que se estaba produciendo en la sala de estudio, en la iglesia, o en el espacio que emplease para grabar. No hay que entender con esto que era un naturalista a ultranza. El trabajo de verificación tiene tanta parte técnica como artística. Y Michel era —como afirman aquellos que le conocieron bien— un verdadero enamorado del Arte de los pies a la cabeza.

Ahora los azulísimos ojos de Michel se han cerrado para siempre, y se cierra un capítulo más, uno de los más hermosos, en la producción discográfica. Uno teme por su legado y no sabe si Charlotte Bernstein continuará la labor que ambos hacían en su sello Arcana ¿Quién captará las bellísimas voces de La Reverdie? ¿Qué ocurrirá con los fondos grabados, el verdadero tesoro que durante toda una vida Bernstein estuvo guardando para nosotros y para las generaciones venideras?