La Hammerklavier puede ser llamada la sonata de las sonatas: su abrumadora extensión —un brillante resumen de todas las renovadoras ideas que Beethoven había introducido en esta forma musical a la vez que una puerta abierta al futuro— no exenta de majestuosidad y nobleza la han convertido en uno de los puntales de la literatura para piano, en un pilar insoslayable dentro de la Historia de la Música.
Pese al lugar que ocupa, o quizás por ello, presenta eternos problemas que cada ejecutante ha de resolver por sí mismo. No es un capítulo cerrado, sino una pregunta siempre abierta; y no me refiero ya a la elección del tempo, a solventar las dificultades mecánicas de ejecución, a separar con claridad las distintas voces o —simplemente— a resistir el esfuerzo (físico y psíquico) de interpretar una sonata que supera con facilidad los cuarenta minutos. Carl Czerny ya anotaba en los cuadernos de conversación de Beethoven que cierta dama, suficientemente hábil como músico, no había podido pasar de las primeras páginas pese a llevar meses tratando de interpretarla. El pianista contemporáneo, que cuenta con estudios técnicos suficientes como para llevarla a buen puerto en este aspecto, se sigue enfrentando aquí a un discurso tan ciclópeo, tan inmenso y brillante, que puede perderse entre selvas de pasajes y reelaboraciones entre obsesivas nubes de terceras descendentes y colisiones rítmico-sonoras.
La dificultad no es sólo estructural, sino expresiva. Se debe integrar, por así decirlo, historia y discurso, forma y fondo para la elaboración de un discurso comprensible e inteligible. Su variado origen (algunos movimientos fueron concebidos como elementos autónomos e incluso pensados para otros instrumentos, como no era raro en el continuo repensar del maestro de Bonn) tiene un riesgo tan evidente para la dispersión que marca toda la historia de la interpretación de una obra tan apabullantemente grabada e interpretada.
Estas complicaciones son las que forman la génesis de este disco que el sello NAÏVE nos presenta con el segundo acercamiento de François-Frédéric Guy a la Hammerklavier, nueve años después de la grabación para Harmonia Mundi. Guy se ha consolidado durante estos años como un intérprete cada vez más interesante, formado y maduro desde su explosivo debut. Esta nueva reflexión en torno a la Hammerklavier nos permite apreciar el grado de su evolución pianística en general, y en particular el cambio en la ejecución de esta sonata. Hay una progresiva intelectualización, una ejecución de mayor madurez y una lógica discursiva superior a la mostrada en el registro inicial. Se sacrifica la fogosa y contrastada visión de entonces, con la característica heterodoxia del pianista inicial que pretende marcar distancias con el resto. La Hammerklavier se aloja en el centro del repertorio de François-Frédéric Guy; no en vano la ha llevado en programa durante estos años, interpretándola no menos de sesenta veces. Esta familiaridad ha permitido que dejemos de verlo como intérprete de brillantes pasajes para adentrarse en la verdadero arte de elaborar un discurso pianístico en que la propia obra tenga sentido como unidad y donde la presencia del pianista se difumine, se disuelva, se aparte para dar paso a la música.
Curiosamente, en este apartarse, en esta retirada o emboscarse (Jünger) es donde la figura de François-Frédéric Guy adopta una posición autónoma. No se produce una versión de exquisitez refinada a lo Brendel, y en ocasiones carece de la fogosidad y el poderío con que la exhibía Richter, del hondo aliento poético de Sokolov o del frío equilibrio polliniano. Unos ecos de los anteriores han sido adaptados a la propia voz para vindicar (aunque parezca contradictorio) su independencia sonora y expresiva. Estamos ante una versión nueva, entendiendo la frase en su más amplio y profundo sentido.
“La sonata de las sonatas….”: afirmación tan absoluta como resbaladiza; frente a tal opinión no son - somos - pocos quienes creemos en la Hamerklavier como una obra algo salida de madre en su desequilibrio, con un allegro inicial que palidece ante el apabullante adagio - ¿scherzo? ¿hay un scherzo en medio
? - y una demencial fuga que bien podría haberse desgajado como obra independiente del mismo modo que ocurrió con la Gran Fuga para cuarteto de cuerda (por ciero ¡qué interesante experiencia escuchar ambas obras concatenadas, o incluso insertar la fuga para cuerteto entre el adagio y el finale!)
¿Contraejemplo de sonata absoluta…? Pues voy a ser no menos provocador: quizás no tan rotunda en sus formas pero desde luego más redonda en su concepción, unidad, equilibrio ¡y con la gran virtud de su incompletitud! me parece la número 32 en do menor - y aquí podríamos seguir hablando de Richter….
Comment de Jose Angel F. — 13/10 /2006 @ 11:32 am
gracias por comentar este notable lanzamiento de Membran, además me he animado a comprarlo, por ahí me han dicho que el sonido es muy bueno. saludos
Comment de luis diaz — 29/10 /2006 @ 2:36 pm