Mari Kodama: no ser lo que se parece
Con Mari Kodama es sencillo caer en dos errores: primero, creer que es la esposa de Borges; segundo, pensar que es la típica pianista de formación asiática. Con respecto a Borges, baste leer con tranquilidad su nombre y entender que Mari no es diminutivo popular alguno. Pero para saber de donde proviene su manera de tocar, es totalmente necesario adentrarse en este compacto y escuchar el delicioso fraseo, el exquisito uso del pedal y, sobre todo, escuchar su fragante sonoridad para entender que no puede provenir de otro sitio de la Escuela Francesa. Kodama lleva en Francia desde los seis años (comenzó a estudiar en Osaka con tres años) y eso marca su pianismo, en modo alguno seco o descarnado, y sí preocupado por la emisión poética y noble y la variedad tonal. Si bien no estamos hoy en los tiempos de Cortot eso no lleva necesariamente a creer que el piano se tiene que tocar como quien golpea una piedra.
La demostración de que puede combinarse objetivismo con el adecuado grado de poesía queda suficientemente corroborada por esta interpretación de la pianista franco-japonesa. Escuchar las sonatas No. 16, Tempestad y La Caza por ella da así varias lecciones en un solo disco: el oyente aprende que no es imprescindible que le lances fortes como si fuesen yunques, y acaba persuadido con firmeza de que la casi infinita multiplicidad de tonos, acentos y colores son elementos constructivos más que necesarios para edificar una interpretación con una profunda coherencia interna. No pierdan de vista los vastos recursos expresivos que exhibe esta pianista: son de una exuberancia tal que, aunque parezca paradójico, acaban bordeando con el misticismo. Lo más alejado posible a un pianismo de papier couché.