Vuelvo de la que fue por un tiempo mi casa cargado de cajas y bolsas repletas de discos compactos. La mudanza. Son ellos, mis pequeños momentos musicales, las horas sonoras que me han acompañado a lo largo de mi vida los que también regresan conmigo de nuevo a la vieja casa, peregrinos de ida y vuelta en un viaje de desolación. Con un ligero desánimo comienzo a colocarlos con cuidado en las estanterías: orden alfabético de los compositores con las obras en varias versiones agrupadas. Así, las sinfonías se acompañan de sinfonías, los conciertos con los conciertos, la música de cámara con sus iguales, las óperas al lado de otras óperas. En medio de la labor, en el fondo de una caja surge un compacto que ya casi no recordaba. Una pequeña fotografía en la portada reproduce las profundas arrugas, los profundos cristales engastados en gafas de pasta, la expresión entre seria y sardónica que configuran el rostro de Joonas Kokkonen. Kokkonen, el compositor, la figura más respetada de la vanguardia finesa, de quien nada sabía la primera (e intensísima) noche en la que lo escuche.
Posiblemente fue hace diez años. Yo caminaba montaña arriba con unos amigos. Era invierno, el frío se intensificaba y comenzaba a caer la noche sin que viésemos el albergue de altura. El camino se perdía por entre los pinares, casi desaparecido por la falta de uso. Atrás —demasiado atrás, demasiado abajo— también se había esfumado el pueblo más cercano. Estábamos en un camino sin extremos, cuyo inicio y cuyo final abrazaban el mismo vacío. Y yo había comenzado a sentirme mal, con una alarmante debilidad en las piernas que amenazaba extenderse por el resto del cuerpo. Callé, y nada dije a mis compañeros. Sólo dije que volvía al pueblo a hacer noche, puesto que pernoctar en la montaña no parecía una buena idea. Se despidieron de mí, y continuaron caminando, montaña arriba. Se perdieron entre la creciente oscuridad de los árboles y los densos matorrales.
Apenas quedaba —calculé— media hora de luz. Debía apresurarme para llegar al muro casi derruído que había visto mientras ascendíamos y refugiarme en su esquina de piedra. Extravié el camino, y casi me extravié a mí mismo; pero conseguí finalmente orientarme y, a punto de ser completa la penumbra, encontré (sintiendo un gran alivio) aquel muro. El frío era ya bastante intenso, y el viento soplaba a aullidos como una fiera. Recogí a punto de caer desmayado de debilidad, toda la leña que pude, pequeño Dersu Uzala urbano con un resto de memoria. Con ella, un maldito mechero eléctrico que apenas funcionaba y muchísima suerte, levanté una hoguera entre el muro y yo. Cubierto con el saco a modo de manta y sentado frente al fuego, me dispuse a pasar una noche que amenazaba ser terrible. Apenas tenía fuerzas suficientes como para mantenerme en pie. Las estrellas me lanzaban hielo, las nubes caminaban a toda prisa a lomos de imposibles vendavales, el flujo del tiempo se había congelado. Eran tiempos felices en los que el teléfono móvil no era disponible para los tipos de a pie. No había posibilidad de pedir auxilio, excepto prendiendo el monte y esperando que los forestales descubriesen su origen. Lamentablemente, elevar un Faro de Rodas en el monte tenía el ligero inconveniente de que abrasaría a mis amigos que estaban bastante más arriba. Lo pensé un par de veces sin embargo.
En una noche auténtica no violada por las luces humanas, enfermo y sin compañía, sentí la verdadera soledad del género humano. ¿Qué hacer frente a esa negrura impenetrable, frente a los grupos (no quería pensar jaurías) de perros asilvestrados cuyos rastros había visto por toda la zona, contra el frío y la ventisca? Aguzé un palo con el machete de campo y endurecí su punta al fuego, una protolanza que me hermanaba con los más antiguos seres humanos. Con tal juguete, lo que son las cosas, me sentí algo más confortado. Buscando por mis bolsillos, hallé una pequeña radio con auriculares. Conseguí sintonizar una emisora justo cuando se iniciaba un programa. Jamás podré describir la intensa emoción que sentí al escuchar, cuando tan desvalido estaba, otra voz humana. El locutor comenzó a hablar de los inicios en la composición de Joonas Kokkonen, afectos al neoclasicismo; los finales de los cincuenta marcan su evolución hacia el dodecafonismo que se desbordan hacia el tonalismo libre de sus años finales. Cada periodo, cada cambio en la concepción musical de Joonas Kokkonen venía ilustrado por una composición o por varias, por lo que podía hacerme una idea de qué era lo que realmente estaba diciendo el locutor. Por entonces yo era incluso más ignorante en música que ahora; pero la desmedida atención que me imponía el estar escuchando la vida sonora de otro hombre me hizo (o al menos eso creí en mi juvenil arrogancia) entender a la perfección el mensaje profundo de las obras de Kokkonen. Explicarlo sería caer en la sinestesia más empobrecedora, y ahora que vuelvo a escucharlo, ay, creo que soy incapaz de hilar el discurso que con tanto fulgor se produjo esa noche. De algún modo, la alta espiritualidad, el hermanamiento, la luz que emanan las arquitecturas lógicas y poéticas de las obras de Kokkonen, atravesaron el eterno frío blanco finés para llegar a un monte en el que pasaba su aterida noche un tipo cualquiera. Pocas veces he escuchado el mensaje de la música con tanta fuerza como en aquella ocasión.
Ignoro lo que duró el programa. Sospecho que fueron bastantes horas. Sospecho que en mi recuerdo estiro la retransmisión para hacerla coincidir con la alborada. Mi memoria me dicta que cuando acabó su música me sentía confortado, había entrado en calor, y el ataque de enfermedad había remitido; al menos, lo suficiente como para que pudiese incorporarme, ya con la luz primera. Seguí el curso de un arroyo de deshielo—primero— y un camino más estable a continuación. Tras caminar una decena de kilómetros, divisé el pueblo y su estación. Las comodidades de esta última me parecieron inauditas, salidas un cuento oriental: había una estancia para esperar caldeada por un inmenso radiador y (parecerá increíble, lo sé) un banco de madera en el que poder descansar. Me senté allí, todavía trastornado, esperando la llegada del tren. Sólo varios días después me decidí a comprar un disco de Kokkonen, que compilaba sus sinfonías y el Requiem.
Ya he comentado que este disco se me ha aparecido de nuevo entre millares en un momento de desazón espiritual. Suena extraño que uno encuentre cierta conciliación espiritual en un autor dodecafonista del siglo XX y son pocas las razones que a uno se le ocurren para recomendar la prueba. Primero, porque no concibo la música como experiencia emocional transferible, y segundo, porque recelo profundamente de recomendar algo por motivos sentimentales, ni aun a mis personas más amadas. Quede pues yo con Kokkonen. Cada uno tendrá su particular autor al que se acercó de manera misteriosa en la situación que fuere.
Tres son las obras que presenta BBC (BBCL 4196) del gran maestro Sviatoslav Richter. La primera de ellas es la Introducción y allegro appasionato con Britten y la English Chamber en Aldeburgh (16 de Junio de 1965) ha conocido previas y merecidas ediciones en AS Disc (329), Notes PGP (11026), Stradivarius (10024) o Music & Arts (CD-776). Muy hermosa lectura, no por ser conocida menos interesante. Este pianista, que no daba lo mejor de sí en su faceta concertística («Tiende a aplastarte en lugar de a colaborar contigo», recordaba un divertido Gennadi Rozhdestvenski) tiene aquí su día lúcido, quizás por contar en el podio con un director de fuerte personalidad al tiempo que un amigo (Benjamin Britten, por supuesto). La interpretación de Richter no se desmanda, no dispara su potencia y se muestra, a despecho de los comentarios del director moscovita, perfectamente soldada con sus compañeros musicales. La English Chamber Orchestra, en los días en los que una orquesta británica era signo de seguridad, se muestra correcta y solvente, acompañando con seguridad al solista.
La Hammerklavier puede ser llamada la sonata de las sonatas: su abrumadora extensión —un brillante resumen de todas las renovadoras ideas que Beethoven había introducido en esta forma musical a la vez que una puerta abierta al futuro— no exenta de majestuosidad y nobleza la han convertido en uno de los puntales de la literatura para piano, en un pilar insoslayable dentro de la Historia de la Música.
Con Mari Kodama es sencillo caer en dos errores: primero, creer que es la esposa de Borges; segundo, pensar que es la típica pianista de formación asiática. Con respecto a Borges, baste leer con tranquilidad su nombre y entender que Mari no es diminutivo popular alguno. Pero para saber de donde proviene su manera de tocar, es totalmente necesario adentrarse en este compacto y escuchar el delicioso fraseo, el exquisito uso del pedal y, sobre todo, escuchar su fragante sonoridad para entender que no puede provenir de otro sitio de la Escuela Francesa. Kodama lleva en Francia desde los seis años (comenzó a estudiar en Osaka con tres años) y eso marca su pianismo, en modo alguno seco o descarnado, y sí preocupado por la emisión poética y noble y la variedad tonal. Si bien no estamos hoy en los tiempos de Cortot eso no lleva necesariamente a creer que el piano se tiene que tocar como quien golpea una piedra.
Quienes la conocieron dicen que era un volcán: una dama de fuego que, sentada al piano, podía provocar ondas de energía tales que abrasaban piano y partitura e iluminaban con sus llamas las salas de los auditorios. Que, desmintiendo sus plácidos retratos fotográficos, ese fuego envolvía un verdadera bestia musical, un espléndido animal de concierto creado para irradiar el feroz amor por la música y transmitirlo con una potencia inaudita. Que esa sorprendente potencia y el fragor técnico que exhibía no fueron justamente valorados en su Francia natal, pero que en Alemania ni el mismo Jean Casadesus, pianista sagrado y consagrado, podía hacerle sombra. Que el destino hizo caer sobre ella otra sombra tras matarle el brazo izquierdo en un accidente de tráfico -maldito sea mil veces el auto- en 1966. Que tuvo su otra muerte, la que computan, en 1972. Y que desde entonces casi se ha borrado su recuerdo.