Fagin, esperando en la celda su condena. Ilustración de la primera edición de 'Oliver Twist' debida a Cruikshank En el capítulo VIII, Oliver Twist sufre la conmocionante experiencia del trato con Fagin. Brillante y miserable, el capítulo lanza fuegos artificiales que reflejan sus destellos en el cieno: la descripción de las calles, repletas de public houses (un verdadero false friend en español, idioma en el que una casa pública es, por volver de nuevo al inglés, a brothel), y por donde merodean the lowest orders of Irish, es de espanto; del mismo modo, el slang empleado por los personajes salvo Oliver Twist (hecho a partir de inverosímiles contracciones y vocablos trabucados), se halla sencillamente fuera de toda descripción. Modelando a partir de la más infrahumana de las miserias, Dickens crea un pasaje de maravillosa literatura en la que el esplendor literario devuelve sus reflejos sobre la basura y la mugre. Es el submundo de Londres, en el que Fagin se mueve como el silencioso Rey de la Escoria. Maestro de rateros, sucio, desgarbado, tacaño, ruín, traidor y zalamero, su carácter queda a la altura de los que ya trazaron sus precursores: el judío maltés de Marlowe, o el famoso ejemplo de Shylock burlado y rabiante por una decisión salomónica le preceden en la Literatura Inglesa (por no comenzar a enumerar la rica literatura del medievo que no ha dejado moro ni judío sin su castigo). Su descripción física, para Dickens, es la siguiente:

“In a frying-pan, which was on the fire, and which was secured to the mantelshelf by a string, some sausages were cooking; and standing over them, with a toasting-fork in his hand, was a very old shrivelled Jew, whose villainous-looking and repulsive face was obscured by a quantity of matted red hair. He was dressed in a greasy flannel gown, with his throat bare; and seemed to be dividing his attention between the frying-pan and the clothes-horse, over which a great number of silk handkerchiefsl were hanging.”

Jamás cinco líneas fueron más provechosas. Creo que la traducción española jamás podrá ser tan descarnada como la que Dickens ejecuta en este párrafo; podemos verter sin problemas greasy flannel gown, por mugrienta bata de franela, pero la dejadez, suciedad típica del (que se me perdone el periodo) judío queda dibujada a las claras con ese throat bare (muy escotada, que es la traducción española más aproximada, define el asunto por el contorno, y no puede adentrarse en ese mundo decimonónico inglés del cuello vestido, de la obligatoriedad de la corbata y el abotonamiento hasta el mentón propio de la sociedad victoriana). Del mismo modo, es cualitativamente más hiriente un villanous-looking que un ruín, y el repulsive posee connotaciones que superan a las de su homónimo castellano.

Iluminado por la luz vacilante del fuego de la cocina, el anciano Fagin fríe sus salchichas (supondremos que son kosher) ayudado por un tenedor, en una habitación situada al final de unas escaleras en tinieblas; es como el ascenso al revés, como si para alcanzar los pudrideros del Infierno hubiese que subir. Ante los asombrados ojos de Oliver Twist, la mugre y la miseria del habitáculo solo está quebrada por un alto número de pañuelos de seda, la “colada”, según le explica el burlón ingenio de Fagin. Agotado y rendido, la encarnación de la inocencia infantil duerme su bendito sueño sin preocuparse más de su entorno hasta la mañana siguiente. En el aturdimiento del recién despertar, es capaz de alcanzar a ver al judío deleitarse con las joyas producto de las andanzas de sus pupilos. El deleite abstraído del judío en la contemplación, tan solo roto por las carcajadas malévolas de quien sabe que no será traicionado es solo explicable por la maldad secular y solapada que se atribuye a los judíos. Ni siquiera Dickens es capaz de iluminar la escena con un foco directo que muestre a Fagin al desnudo, sin la máscara de amabilidad y untosidad con la que se recubre de ordinario, y tiene que mostrarlo a través de la tela translucida de quien no sabe aún si ha despertado; cuando sospecha que ha podido ser sorprendido por Oliver (con su intuición animal de bestia acorralada), le amenaza con un cuchillo como un demonio enfurecido, para, al instante siguiente, volver a convertirse en un anciano atento y obsequioso. Los fogonazos con que el personaje muestra una cosa u otra son una de las características del submundo, donde nada es lo que parece y en el que la terrible verdad está oculta bajo las junturas. A través de la novela, veremos a Fagin, el anciano judío de pelo y barba roja, sucio y encorvado, entrenar a los jovenes ladrones, vivir del producto de sus robos, y manejarse como una araña en la que convergen todos los hilos de los bajos fondos; rico en recursos, amo de las intrigas, cruel cuando es necesario, demonio tentador de los perdidos (arrojados) en la ciudad, tiene que caer, curiosamente, por la delación, que es tanto como decir por la traición. En el juicio, su mente atenta y despierta pugna por mantenerse alerta, por no dejar escapar ninguna de las sílabas pronunciadas por si pudiesen servirle de ayuda para obtener su libertad. Fuera del movimiento nervioso de sus ojos, conserva el absoluto y total autodominio de su persona.

But in no one face—not even among the women, of whom there were many there—could he read the faintest sympathy with himself, or any feeling but one of all-absorbing interest that he should be condemned.

[ Más en ningún rostro –ni aún entre las mujeres, de las que había muchas- pudo leer la más leve simpatía hacia él ni ningún otro sentimiento que no fuese el de un absorbente interés en que le condenasen.]

En unos momentos, la Justicia, esa que para Dickens en tantas otras novelas ha sido fuente inagotable de errores y condenas de exagerada dureza, adopta otro papel para juzgar al judío. Ningún rostro, como dice el texto, tiene compasión de su destino, que no es otro que el balanceo inmisericorde en la cuerda. En los momentos finales, morosamente recreados, Fagin espera en su celda el escarnio subsiguiente; para ahondar el momento dramático y buscar un paralismo con los sacerdotes cristianos, Dickens introduce en la celda a venerable men of his own persuasion had come to pray beside him (hombres venerables de su propia fe que vienen a rezar junto a él), que son esperablemente rechazados a patadas. Es mejor encontrar al judío en sus aspectos reconocibles: blasfemando, arrancándose los cabellos de rabia, o semienloquecido, intentando desesperadamente que su salvación venga en el último momento. El destino al que Dickens condena a Fagin, en tanto es el personaje judío que con más detenimiento ha insertado en sus novelas, es brutal.