Con la mirada baja centrada en la lectura, me sorprendo de pronto ante mi compañera de vagón. Calza sandalias con unos pies impólutos, ajeno a las heridas (ya mostré mi preocupación acerca de ese asunto en La moda que hiere), pero también exentos de la más mínima mota de suciedad. Ella ha subido en la estación de Mahadahonda. ¿Qué tipo de enlosados hay en las calles de esa población que no dejan ni la más leve marca de polvo? Suelos quizás barnizados o cubiertos de pétalos de rosa, o sobre los que se tienden mullidas alfombras granates para que el pie del viadante no se vea mancillado por la hostilidad del suelo…
En el otro extremo: una vagabunda (y siempre pensamos en aquellos que no han comprado techo bajo el que cobijarse como envueltos en una perenne itinerancia) duerme la mañana bajo la marquesina de un cine de la Gran Vía. Sus pies desnudos parecen llevar todo el hollín del mundo, como si hubiese caminado por entre terrones de carbón. La cantidad de polvo oscuro que los recubre es prodigiosa, inaudita; y quizás por esa libertad del caminar, veo sus pies poderosos, de una salud insultante. Se me ocurre una idea enloquecida: quizás, de no lavarlos en más tiempo, terminen tomando la forma de zapatos.
Trato de hacer memoria para recordar lo que ocurre en mi barrio. Para llegar a la estación próxima, uno ha de atravesar los eriales de dorada y prieta tierra castellana que dejan un polvo fino y brillante que se adhiere al zapato o, en el caso de llevarlo semidescubierto, al pie. Ahora que las sandalias parecen las que en tiempos llevase la cortesana Lais, los pequeños cristales luminosos que se adhieren a los pies de las muchachas de mi barrio se unen para remarcar la tonalidad. El sol, cayendo sobre el anden, sacan de ellos centelleos cegadores. Algunas retiran el exceso con un pañuelito humedecido.
Regreso pensativo a casa de Isa, que protege sus piececitos lindísimos con leves sandalias, mientras las gotas de agua del césped se le suben jugando por encima la suela. Ya se ha hundido el sol. Veo todo esto con una luz mezclada que proviene tanto de las farolas como de su figura. Isa pasa como un sueño en la noche con el dulce vuelo de su vestido que llena el aire de frescura. Jamás vi nada más puro.
Quotidiana11/07 /2006 4:31 pm