Con la mirada baja centrada en la lectura, me sorprendo de pronto ante mi compañera de vagón. Calza sandalias con unos pies impólutos, ajeno a las heridas (ya mostré mi preocupación acerca de ese asunto en La moda que hiere), pero también exentos de la más mínima mota de suciedad. Ella ha subido en la estación de Mahadahonda. ¿Qué tipo de enlosados hay en las calles de esa población que no dejan ni la más leve marca de polvo? Suelos quizás barnizados o cubiertos de pétalos de rosa, o sobre los que se tienden mullidas alfombras granates para que el pie del viadante no se vea mancillado por la hostilidad del suelo…
En el otro extremo: una vagabunda (y siempre pensamos en aquellos que no han comprado techo bajo el que cobijarse como envueltos en una perenne itinerancia) duerme la mañana bajo la marquesina de un cine de la Gran Vía. Sus pies desnudos parecen llevar todo el hollín del mundo, como si hubiese caminado por entre terrones de carbón. La cantidad de polvo oscuro que los recubre es prodigiosa, inaudita; y quizás por esa libertad del caminar, veo sus pies poderosos, de una salud insultante. Se me ocurre una idea enloquecida: quizás, de no lavarlos en más tiempo, terminen tomando la forma de zapatos.
Trato de hacer memoria para recordar lo que ocurre en mi barrio. Para llegar a la estación próxima, uno ha de atravesar los eriales de dorada y prieta tierra castellana que dejan un polvo fino y brillante que se adhiere al zapato o, en el caso de llevarlo semidescubierto, al pie. Ahora que las sandalias parecen las que en tiempos llevase la cortesana Lais, los pequeños cristales luminosos que se adhieren a los pies de las muchachas de mi barrio se unen para remarcar la tonalidad. El sol, cayendo sobre el anden, sacan de ellos centelleos cegadores. Algunas retiran el exceso con un pañuelito humedecido.
Regreso pensativo a casa de Isa, que protege sus piececitos lindísimos con leves sandalias, mientras las gotas de agua del césped se le suben jugando por encima la suela. Ya se ha hundido el sol. Veo todo esto con una luz mezclada que proviene tanto de las farolas como de su figura. Isa pasa como un sueño en la noche con el dulce vuelo de su vestido que llena el aire de frescura. Jamás vi nada más puro.
Presenta Agustín García Calvo una traducción de 47 de los 2269 (!) sonetos que Giuseppe Francesco Antonio Maria Gioachino Raimondo (Giuseppe Gioachino, para los amigos literarios) Belli (1791-1863) escribiera en su particular dialecto romano. Durante veinte años de su vida, este bon vivant con vocación de poeta, protegido por la capacidad económica de su esposa, estuvo en relación con las fuerzas vivas del Romanticismo italiano radicado en Milán. Quizás de Carlo Porta, atento al dialetto de su tierra, tomó la idea de hacer un monumento di quello che oggi è la plebe de Roma. Aquí tenemos la primera muestra de la consciencia de Belli acerca de la naturaleza proteica de los dialetti italianos; no vigilados entonces (ni ahora, por las noticias que tengo) por ninguna Accademia superior con intenciones normativas o reguladoras, mostraron tal feracidad y tal viveza en su devenir, que el poeta sólo puede decir oggi (hoy).
Desde luego, por lo que puedo comprobar a la vista de estos sonetos, el oído de Belli tendía a lo sobrehumano. Captar los casi infinitos modi di dire e di pensiero que el pueblo de Roma tenía en el siglo XIX se transformó en su tarea fundamental, a la que se dedicó con ahínco. ¿Es eso? ¿Es sociológico el interés de Belli por reflejar en sus versos el habla inculta de sus conciudadanos? ¿Hemos de entender la desvinculación de su pensamiento con los (divertidísimos) ataques que contienen sus sonetos, que arremeten contra el Poder, contra el Papado o incluso contra Dios? Tradicionalmente se ha entendido así. Giuseppe Gioachino Belli, el censor artístico que prohibió la difusión de las obras de Shakespeare por razones morales, el reaccionario colaborador con un gobierno que dejaba al de Metternich a la altura del zapato no podía padecer semejante esquizofrenia. Desde aquí, la cosa no me parece ni tan clara ni tan evidente. Dos mil sonetos son dos mil sonetos; extraña parece una capacidad semejante para versificar las ideas del enemigo.
Belli ha de crear, para trasladar las burlas de la plebe al refinado marco del soneto, toda una ortografía romanesca a fin de adecuarla a su realidad sonora. Así, las reduplicaciones (il raddoppiamento) consonánticas iniciales exceden las prescritas para el romanesco. Las oclusivas bilabiales (/p/ y /b/) reduplicadas se acompañan ahora de los sonidos dobles /c/, /d/, /n/, /g/ o incluso /z/ (1). Pueden convivir algunas formas duplicadas con las más habituales en el italiano oficial, a veces en el mismo verso (sora y ssora) Las deformaciones gráficas, que tratan de captar la deficiente (en este caso, peculiar) emisión popular muestran retuercen las palabras (cuscina por cucina; nun concrude por non conclude; faccenna por faccenda, etc), o emplean variantes privativas del romanesco (pupo por puttino —niñito—; côrto por colpito —golpe—).
Ante la pobreza dialectal del castellano, el traductor ha de buscar una manera de trasladar al español estas variantes con respecto al italiano oficial. Visto que, como confiesa, ninguna de nuestras regionalidades peninsulares o insulares tiene la divergencia suficiente, opta por emplear un lenguaje popular, hasta populachero que en gran parte de las ocasiones consigue el propósito de conferir a los versos un sentido similar al que tuvieron tanto en su día como en la actualidad. Claro que en ocasiones, y tal como reconoce el propio Agustín, (…) en muchos casos la versión se aparta tanto del original (…) que nadie la llamaría una traducción, llegando a decir, con una divertida inocencia que esas mismas divergencias han hecho que la formulación ha salido más graciosa o justa que la del propio Belli, porque malilla ha de ser un traducción de versos que no resulte en alguno que otro mejor que el original. Son esas cosas del Calvo .
| La vita de cane | Una vida perra |
| Ah sse chiam’ ozzio er zuo, bbrutte marmotte? | ¿Conque un holgazán él, mala ralea? |
| Nun fa mmai ggnente er Papa, eh?, nun fa ggnente? | ¿Que no hace nada el Papa, eh? ¿No hace nada? |
| Accusí vve pijjassi un accidente | ¡Así se os atragante la tajada |
| come lui se strapazza e ggiorn’ e notte. | Como él de día y noche azacanea! |
| Chi pparla co Ddio padr’ onnipotente? | ¿Quién habla con Dios Padre? ¿Quién blanquea |
| Chi assorve tanti fijji de miggnotte? | tanto hijoputa echando arsoluciones? |
| Chi mmanna in giro l’innurgenze a bbotte? | ¿Quién despacha endulgencias a montones? |
| Chi vva in carrozza a bbinidì la ggente? | ¿Quién, bendiciendo, en coche se ajetrea? |
| Chi jje li conta li quadrini sui? | ¿Quién le lleva las cuentas de la bula? |
| Chi l’ajjuta a ccreà li cardinali? | ¿Quién le ayuda a buscar más cardenales? |
| Le gabbelle, pe ddio, nnu le fa llui? | ¿No es él, ¡sandiós!, quien crea cada impuesto? |
| Sortanto la fatica da facchino | ¡Sólo que fuera esa labor de mula |
| de strappà ttutto l’anno momoriali | de andar tò el año abriendo memoriales |
| e bbuttalli a ppezzetti in ner cestìno! | y, hecho trizas, tirándolos al cesto! |
Nota:
- De todos estos raddoppiamenti se puede tener ejemplo en Er Pupo (El niño pequeño), una auténtico tesoro hechos a base de onomatopeyas inverosímiles y términos infantiles de casi imposible traducción:
Che bber ttruttrù! Oh ddio mio che cciammellóna!
No, pprima fate servo a nnonno e zzio:
Fateje servo, via, sciumàco mio,
E ppoi sc’è la bbebbella e la bbobbôna.
Bbravo Pietruccio! E ccome fa er giudìo?
Fa aèo? bbravo Pietruccio! E la miscióna?
Fa ggnào? bbravo Pietruccio! E cquanno sona?
Fa ddindì? bbravo! E mmo, ddove sta Iddio?
Sta llassù? bbravo! Ebbè? e la pecorella?
Fate la pecorella a zzio e nnonno,
Eppoi sc’è la bbobbôna e la bbebbella.
Oh, zzitto, zzitto, via: nòo, nnu’ la vônno.
Eccolo er cavalluccio e la sciammella…
Eh, sse stranissce un po’, mma è ttutto sonno.
Échale guindas al pavo (versión explicada)
Me dicen que echarle guindas al pavo es lo mismo que decir echar margaritas a los cerdos (desperdiciar algo con alguien que no lo aprecia). Debían de ser tiempos duros aquellos en los que los pavos se valoraban menos que las guindillas, cuando los mineros asturianos tenían firmado en convenio que el patrón -que debía facilitarles la comida- no les daría salmón para comer más de tres veces por semana. Hoy, vistos los precios del mercado, me parece que no tenemos la misma escala de valores.
Ya que Settembrini nos dejó la inquietud por la muerte de Imperio Argentina en Dos señoras, quiero recordar aquella infausta canción con que se me torturaba de pequeño, y que se llama del mismo modo que el refrán. Con música (es un decir) de Juan Mostazo y letra de Ramón Perelló, la canción viene a jugar con el sentido de las “guindas” como alimento, y el sustantivo derivado del verbo “guindar” (en caló, “robar”).
Sin embargo, parece que Perelló no conocía las acepciones clásicas que recogen los viejos diccionarios de germanía (o habla de los bajos fondos desde el XV en adelante). Según Hidalgo, en su obra Poesías de germanía, “guindar” vale por “aquejar o maltratar”, que también compulsan las viejas ediciones de el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE); Añadir que, como se ve en el Buscón de Quevedo, se puede verter por “izar”, y metafóricamente, por “ahorcar”. Pero aquello que cité en primer lugar (lo de robar) parece ser la única gracia de esta canción hecha para los españoles, que por lo general, son sujetos bastante sosos, y muy dados a atribuir todos los desmanes sociales a los extranjeros o a otros pueblos. La letra es la que sigue:
Huyendo de los civiles (1),
Un gitano del Perchel (2),
Sin cálculo ni combina (3),
¡Que donde vino a caer!
En un corral de gallinas,
¿Y qué es lo que allí encontró?,
Pues una pavita fina
Que a un pavo le hacía el amor.
Saltó la tapia el gitano,
Con muchísimo talento
Y cuando se vino a dar cuenta,
Con un saco estaba dentro.
A los dos los cogió,
Con los dos se najó (4),
Y el gitano a su gitana
De esta manera le habló:
Échale guindas al pavo,
Échale guindas al pavo,
Que yo le echaré a la pava,
Azúcar, canela y clavo,
Que yo le echaré a la pava,
Azúcar, canela y clavo.
Estaba ya el pavo asao,
La pava en el asador
Y llamaron a la puerta,
Verá usted lo que pasó
Entró un civil con bigote (5),
¡Ozú, que miedo, chavo! (6)
Se echó el fusil a la cara
Y de esta manera habló:
A ver donde está ese pavo,
a ver donde está esa pava
porque tiene mucha guasa (7)
Que yo no pruebe ni un ala.
Con los dos se sentó,
Con los dos trajeló (8)
Y el gitano a la gitana
De esta manera le habló:
Échale guindas al pavo,
Échale guindas al pavo,
Que yo le echaré a la pava,
Azúcar, canela y clavo,
Que yo le echaré a la pava,
Azúcar, canela y clavo.
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Notas:
1. Civiles. La Guardia Civil. En origen, un cuerpo de orden rural con particular afición por maltratar a los gitanos.
2. El Perchel o los Percheles es una reunión de malhechores, pero en este caso, hace referencia a un barrio de pescadores en Málaga, situado fuera de las murallas, y más allá del Guadalmediana. Sus habitantes tenían fama de bravos y de vivir fuera de la ley.
3. Sin haberlo premeditado.
4. Najarse, o Salir de najas es huir corriendo.
5. Parece que la iconografía popular suele pensar a los guardias civiles como hombres con bigote. El bigote, al menos en España, está asociado al autoritarismo más rancio.
6. “¡Ozú!” o “¡Osú!” son interjecciones andaluzas que suelen expresar sorpresa. Chavo es muchacho, joven: se emplea actualmente en algunos países de Hispanoamérica (al menos, que yo sepa, en Venezuela era común no hace mucho).
7. Tener mucha guasa: de nuevo, es andalucismo. Quiere decir que algo es muy gracioso, pero se emplea con frecuencia con ironía para significar lo contrario.
8. Trajelar: Hartarse de comer y, muy frecuentemente, de beber. Traer traje de uvas es ir embriagado. No sé si sería correcto derivar la primera de la segunda.
