El dicho la moda no incomoda viene a decir que aquello que hacemos por gusto, aunque tenga ciertos inconvenientes, no nos es gravoso. Un adagio análogo podría ser aquel Sarna con gusto no pica, que al que suscribe siempre le pareció una verdadera aberración. En cualquier modo, supongo yo que los picores y las incomodeces han de tener sus límites razonables para que ambos adagios no terminen haciendo su apología del masoquismo. En lo relativo al vestir, si nos vistiésemos de cuello a tobillos de acero rígido no por estar de moda caminaríamos menos molestos. El sometimiento a esa prenda fatal, la corbata, trae no pequeñas molestias, por supuesto menores que las que trajo en su día el corsé de barbas de ballena, que oprimía tanto que apenas dejaba respirar. Ciertas ropas ceñidas (piénsese en los afortunadamente poco comunes pantalones de cuero) ofrecen también problemas. Y, por supuesto, todas aquellas piezas que, por la cualidad de sus telas, se muestran inapropiadas bien para protegernos del frío en invierno, bien para no darnos más calor en épocas de calima.
Me temo que decepcionaré a quienes crean que este va a ser un mensaje en contra de la (antiquísima) costumbre del piercing; quizás como su misma naturaleza lleva implícita la exhibición de la herida me hace pensar que queda fuera de este caso. Me parece bien, o mejor, no me preocupa en exceso que haya quienes quieran exhibir sus perforaciones haciendo de estos signos su particular seña de identidad, justo porque esa es la intención. En cambio, como el propósito del zapato es la protección del pie y no la escoriación, no lo trato de igual manera si se produce el hecho que a continuación trataré de explicar:
Este es el asunto de calzado: una pieza fabricada para protegernos de las inclemencias y hostilidades del suelo, ha acabado derivando en un cotidiano instrumento de tortura. En el Metro de mi ciudad, miro los pies de las viajeros —que es lo que más a la vista queda cuando se está leyendo o estudiando: si estos pies son de mujer —lo compruebo ahora, en la estación cálida—, es previsible que estén llenos de heridas. Y digo heridas y no rozaduras, porque entre ambas hay una cuestión de grado. Una rozadura es un enrojecimiento de la carne, un levantarse de la piel que la recubre (siempre, ay, demasiado fina), incluso un ampollarse. Cuando la carne llega a abrirse, a sangrar, o a presentar una zona de magulladura tumefacta, he de recurrir a la voz herida para no confundir a quien me lee. Veo pies con parches de gasa, veo pies con tiras sanitarias, veo pies con apósitos de esparadrapo, incluso veo pies que dejan a la pública vista la herida, sin nada que las oculte y las proteja. Las heridas son tales en ocasiones que no pueden provenir sino de la insistencia: algún calzado de esa mujer tiene que lacerarle durante días para producir tales efectos. ¿No sería más lógico buscar un zapato más adecuado?
Pero de nuevo miro y me desanimo: zapatos de tacón alto, de crueles tiras finas, de bordes afilados parecen estar por doquier. Han mutado de pieza de protección a aquella de la que se ha de proteger. Incómodos para el caminar, cortantes, estrechos, no pensados para otra cosa que ser lucidos. Ignoro el estado de los pies de los hombres porque suelen llevar calzado cerrado pero sospecho que la cosa rondará por los mismos senderos. Qué horror.