Música27/05 /2006 9:06 pm

XV Competición para piano Frédéric Chopin de Varsovia 2005Lev Oborin, el virtuoso Grigory Ginzburg, el compositor y pianista Dmitri Shostakovich, Bella Davidovich (la excelente pianista azerbayana), Barbara Hesse-Bukowska (quizás alguien haya escuchado su grabación de las Mazurkas), Vladimir Ashkenazy , el hoy no suficientemente recordado Adam Harasiewicz, Maurizio Pollini, Martita Argerich o Krystian Zimerman no tienen en común sólo ser pianistas de renombre: comparten también el haber participado y haber sido premiados en las sucesivas ediciones de la Competición para piano Frédéric Chopin de Varsovia. Un evento que puede jactarse de tales participantes, con tal ojo para descubrir la excelencia, puede muy justamente situarse a la cabeza de este tipo de celebraciones.

Desde sus inicios, la Competición para piano Frédéric Chopin ha estado ligada a Varsovia, ciudad que tanto ama a ese compositor casi francés pero de origen polaco que lanzó sus particulares piezas danzables (polonesas y mazurkas) al conocimiento de los parisinos y, por tanto, de todos los ciudadanos del mundo. Su primera edición se celebró en 1927, y se ha seguido celebrando con una periodicidad quinquenal hasta nuestros días, descontando el hiato que produjo la Segunda Guerra Mundial. La organización no sólo pretende servir de escenario y lanzadera para los pianistas jóvenes y no totalmente profesionales; rinde, como es obvio, tributo a Chopin, y refuerza en nuestra memoria la unión indisoluble que tiene todo gran pianista (romántico) con el compositor franco-polaco. Por ello, el concursante no tiene más remedio que optar por un programa que contenga obras de Chopin: bien en las libres, o sometiéndose al arbitrio de las que elige la organización. El jurado está formado exclusivamente por profesionales: grandes pianistas que salieron de pasadas ediciones (Martha Argerich presidía el jurado de la XV edición del 2005), profesores del Conservatorio Chopin de Varsovia, y destacados conocedores del mundo del piano que trabajan desde dentro de la organización. La dotación del premio es alta, lo suficiente como para atraer a los mejores, pero el prestigio de enfrentarse a un jurado tan competente como estricto (ha dejado varias veces desierto el primer premio al entender que el nivel de los participantes no era merecedor de premio) es incluso más importante que la cuantía.

XV Competición para piano Frédéric Chopin de Varsovia 2005;  Ganador: Rafal BlechaczAhora el sello por excelencia de música clásica de Polonia, DUX, presenta un cofre con quince discos que miran al interior de la competición. El lector se preguntará sin duda a qué adquirir una caja tan extensa que contiene música para piano de Chopin. Aducirá a buen seguro que, para eso, bien puede uno llevarse a casa las bien conocidas grabaciones de Artur Rubinstein, Claudio Arrau, Dinu Lipatti, Martha Argerich, Maurizio Pollini, Ivan Moravec, Elisabeth Leonskaya o Murray Perahia, por decir algunos entre los más conocidos. Sin embargo —a mi entender— no estaría juzgando correctamente el material discográfico que aquí se presenta. Lo que tenemos aquí es la más ambiciosa crónica de una competición pianística presentada en el mercado, que refleja no sólo una grabación del ganador ni tampoco los momentos estelares de las rondas finales, sino una completa panorámica incluso de las rondas preliminares. En ella —y al contrario que las grabaciones realizadas en los estudios o muchas en directo—, encontramos la tensión y la llama, la precisa voluntad de seducir a un público entendido y a un jurado experto con las diversas interpretaciones de cada competidor. El estilo flexible y cálido convive con la electricidad y el arrojo, cuando no con la aterradora precisión. Sin duda, los momentos más importantes corresponden a las finales, donde los participantes más dotados tienen la ocasión de medirse con las obras mayores de Chopin: la Sonata en Si menor, el Andante Spianato, y los inevitables Conciertos para piano. Frente a dos soberbios pianistas surcoreanos, el jurado premió a un joven pianista polaco llamado Rafal Blechacz. Blechacz tiene un estilo dúctil, un fraseo musical rítmico, y un contagioso y cegador entusiasmo a la hora de dar vida a las partituras a las que se enfrenta. Despliega a lo largo de la competición sus dotes de seducción con un franco interés en insuflar de vida la música del franco-polaco, lejos de la fría y mecánica asepsia con que se le contempla durante los últimos veinte años. En los tres discos (que también pueden adquirirse por separado) dedicados a Blechacz, nos encontramos con un pianista sorprendentemente maduro que arde en el fuego y la entrega de la juventud. Insisto en que la tensión, la energía canalizada en forma de música, y una decidida voluntad de gustar (que queda lejos de la superficialidad) es lo que el amante de la música puede encontrar en esta edición. Blechacz, posee estas cualidades en grado mayor que el resto de sus contrincantes. Habrá que estar atentos a este joven pianista: podemos estar ante la forja de un intérprete que dará que hablar en el futuro.


Frédéric Chopin (1810-1849): Concierto para piano en Mi menor, op. 11 - I Allegro Maestoso.
Rafal Blechacz, piano. Wasaw Philharmonic Symphony Orchestra. Anton Witt, dirección

Literatura, Arte 9:42 am

(A la manera de Muxarra, pero sin su talento)
Para Ana



Tiziano: 'Ofrenda a Venus' (también conocido como 'Ofrenda a la Fecundidad' u 'Ofrenda a la Diosa de Amores'), (1519). Museo del Prado, nº cat. 419

El salón de casa con aspecto de vergel. A la derecha de la escena, dos mujeres jóvenes. Una de ellas, Ana, viste de azul, mira a su alrededor con una mezcla de incredulidad y complacencia. La otra, su compañera de piso, Mayte, se afana de acá para allá incapaz de entender lo que ocurre

MAYTE.— ¡Mare meua!, pero…¿Qué ha pasado aquí? Ana…¿Dónde está el salón de casa? Acabo de entrar por la puerta, y donde debía estar, ahora se ve esto…

ANA.— Pues…

MAYTE.— ¿Has visto que han salido árboles? ¡Con lo que limpiamos nosotras, qué dirán las vecinas! El suelo parece cubierto de césped, como si los baldosines se hubiesen transformado en una pradera….Y se ve el horizonte y todo, con Villafranqueza a la derecha y, al fondo, casi se llega a ver Muchamiel…incluso aquí al lado ha salido una estatua enorme…¿No sueño?

ANA.— Me parece que no, a no ser que compartamos el mismo sueño…

MAYTE.— Eso debe de ser, porque no hay Dios ni Razón que entienda esta locura….por no hablar ya de los niños…¿te has dado cuenta de cuantos hay? Deben de ser todos de la misma edad, y se parecen los unos a los otros como si fuesen hermanos. ¡Están armando un jaleo de mil diablos!

ANA.— (Sin apenas oir a Mayte entre la algarabía) Sí.. ¿No te parecen deliciosos?

MAYTE.— ¿Deliciosos dices? ¿Deliciosos? Pues sí, claro… deliciosos… si fuesen unos pocos menos… ¡Es como un ejército! ¡Pero si son los menos cien! ¿De dónde han salido tantos? ¿Es que hemos montado una guardería en casa y no lo recuerdo?

ANA.— (sonrojándose) No, verás…

MAYTE.— Dime, Ana: ¿Qué ha pasado?

ANA.— (acentuando su rubor) Ocurre que…he estado soñando antes de este sueño, y en él deseaba con fuerza tener un hijo…¿sabes? Uno pequeñito, de un añito pasado, que es cuando empiezan a hacer sus primeras travesuras…Pero creo que algo se ha desmandado, y en lugar de tener un hijo (que es algo que pasa algunas veces), me he encontrado con todos estos en el salón. Míralos, qué guapos son…

MAYTE.— No, si yo no te niego que sean guapos ni mucho menos…lo que ocurre es que así, tan de sorpresa…¿A ti te parece normal?

ANA.— No sé si es normal…cuentan los libros que en cierta ocasión, una mujer tuvo un niño de una manera aun más extraña.

MAYTE.— Bueno, eso es cierto…

ANA.— Al parecer esta mujer, que era casada, se lió con un tal Santos Espriù (o Espriù Santos, ahora no recuerdo bien) que venía de lejos, y tuvo un hijo con él.

MAYTE.— ¡Menudo ejemplo que te buscas? ¿Y así es cómo lo has tenido?

ANA.— No, no, qué dices…yo sólo lo he deseado. Esta chica de la que te hablo fue más lejos. Según algunos cuadros, el tal Santos era un rayo de luz.

MAYTE.— Un tipo veloz, vaya: visto y no visto…

ANA.— Quizás. Los pintores tienen formas muy extravagantes de contar las cosas. Algunos han llegado a pintar, en la orejita de María (así se llamaba la chica) unos pequeños piececitos que se introducían por ella a través del oído. Es posible que el Santos éste no fuese muy convencional a la hora de…bueno, ya me entiendes…

MAYTE.— Y diminuto. Debía ser un enano para meterse por la oreja de María

ANA.— Sí, supongo que era una manera de decir que no lo hizo de manera pecaminosa…

MAYTE.— Tanto como pecado no sé yo, pero a su marido no le debió de hacer mucha gracia en cualquier modo…

ANA.— Pues hay incluso quienes pintan que Santos era una paloma, a la que se puede ver en el regazo de María en muchas imágenes.

MAYTE.— ¿Una paloma? ¡Jesús, qué cosas! …¡Anda!…ahora que me fijo…¡ay! ¡A lo peor te ha venido el palomo ese mientras dormías! ¿Te has fijado que esos niños tienen alitas en la espalda?

ANA.— Sí…¡Qué bonitos quedan con ellas! ¿No te parece?

MAYTE.— Sí, menudos pájaros de cuenta están hechos…¡Anda! ¡Mira ese, Ana! ¡Ha cogido la tortilla que tenía en el plato y ha echado a volar como un gorrioncillo! (Mayte agita el plato ya vacío amenazando con él a un angelote) ¡Eh, tú, arrapiezo! ¡Ven para acá, gavilán ladronzuelo y comilón! ¡Y no vueles tan alto, que te vas a pegar la costalada cuando aterrices! ¡Mira que acabas de nacer hoy y no sabes de estas cosas!…¡Ana, vigila a los nenes! ¡Y ese otro diablillo, que ha cogido un arco y va a desgraciar a alguno…! ¡Eh, nene, eh! ¡Eso no! ¡Pupa, pupa! ¡Ay, la que nos espera con tanto niño suelto…!