En el canto X (en otras ediciones, misteriosamente, es el IX) del Orlando Furioso, la pobre Angélica, en pelota picada, está atada a una roca por la que se apresta a subir una bestia marina con la sana intención de desayunársela. Las stanzas 92 a 115 nos describen como Ruggiero interfiere en el plan y le da una paliza casi letal. Esta prefiguración moderna de Perseo y Andrómeda no elide del todo el papel civilizador que los anteriores matadores de bestias, que van desde Gilgamesh a San Jorge pasando por Heracles; con todo, Ruggiero, que ha cumplido su papel de salvador de la doncella, no consigue acabar con la bestia, e irónicamente, en el canto siguiente, tampoco Orlando, que la mata, no puede con la luminosa tarea de hacer de los isleños unos nuevos devotos a la Luz de Cristo, y se queda contemplando, un tanto confundido, como éstos sienten más pena que alivio por la muerte del monstruo.
En 1819, Jean-Auguste-Dominique Ingres pintó su particular visión del episodio (Roger délivrant Angélique). Ajeno a las ironías del texto de Ariosto, la composición es una escena en la que las reminiscencias del Paolo Ucello de La Batalla de San Romano se entrecruzan con el motivo de la donna gentile: en el lienzo, la bestia tremenda y devoradora de Ariosto ha terminado por tomar el aire de un perro de aguas o de un gran danés indefenso y chapoteante en medio del mar. Refrenado por la lanza del inalcanzable Ruggiero, que a lomos de su hipogrifo más bien parece adoptar la pose -y la lejanía- de un moderno picador de toros, sus fauces abiertas nos parecen mas bien poca cosa, minimizando con ello la acción heroica.
Sea como fuere, más o menos treinta años después impresionaría fuertemente a dos recien desembarcados al continente: tanto Whistler como Dante Gabriel Rossetti se sintieron inmediata, automáticamente subyugados. El primero llegó a hacer una copia de la figura femenina (como se ve en la imagen de la derecha) unos cinco años antes, Rossetti, que pudo verla en el Museo de Luxemburgo (el cuadro estuvo allí hasta 1878), se sintió impelido a elaborar un par de poemas para describirla, incluídos en sus (el título es significativo) Sonnets for Pictures de 1850. La versión que dejo corresponde a la que el autor enmendó en 1870.
Angelica rescued by the Sea- Monster, by Ingres; in the LuxembourgA remote sky, prolonged to the sea’s brim:
One rock-point standing buffeted alone,
Vexed at its base with a foul beast unknown,
Hell-birth of geomaunt and teraphim:
A knight, and a winged creature bearing him,
Reared at the rock: a woman fettered there,
Leaning into the hollow with loose hair
And throat let back and heartsick trail of limb.
The sky is harsh, and the sea shrewd and salt:
Under his lord the griffin-horse ramps blind
With rigid wings and tail. The spear’s lithe stem
Thrills in the roaring of those jaws: behind,
That evil length of body chafes at fault.
She does not hear nor see — she knows of them.
Confesó en su día Rossetti que estos versos are merely picturesque; ¿Han de ser juzgados como una impresión visual ante una obra pictórica, o como la descripción misma del lienzo? Ya, para comenzar, el esquema abba-acca-def-edf y su ritmo yámbico no se aparta mucho de la lírica tradicional: no hacía falta ser un vigoroso prerrafaelita para tramar tal estructura formal. Sin embargo, es en la particular selección de términos empleada donde comprobamos las coordenadas por las que los prerrafaelistas quisieron que discurriesen sus obras. Así: Hell- birth of geomaunt and theraphin (linaje infernal del ídolo mágico y el geomante), o ese caballero y criatura alada reared at the Rock (que hace referencia tanto al vigor del encabritamiento como a la parte de atrás,al vistazo trasero al que nos mueve la firme diagonal de Ingres hacia la izquierda) nos resultan recargados o huecos: poseen una fanfarria que adjudicamos hoy al personaje vacío y lleno de una falsa grandilocuencia. Harsh (duro, riguroso), y Shrewd (en este caso, vivo, de gran agudeza) son tan extraños semánticamente (hemos de elaborar una larga metáfora para explicarlos) como apropiados en el sentido meramente musical, con esa facilidad para el sustantivo áspero que tiene el inglés; y al tiempo, sentimos que se nos saca de esa pictoricidad de la que hablaba Rossetti al inicio. ¿Hasta qué punto los atributos empleados son más gráficos que representaciones oralizadas de unas sensaciones particulares? ¿Hemos perdido acaso, como nos interroga Steiner, toda capacidad para integrar las resonancias del poema dentro de una estética válida?
El poema de Rossetti, hoy es ilegible a no ser que hagamos un sensacional ejercicio de abstracción para sumirnos en la mitad del XIX y en su particular estética: ya en principio, es rarísimo ya que haya alguien interesado en la misma referencia de los versos (el óleo de Ingres), o incluso en Ariosto, a quien sentimos hoy demasiado florido en referencias. De la línea de influencia, el único eslabón ante el que no sentimos reparos es seguramente, el inicial (siempre que lo textualicemos, y concedamos la primacía a Ovidio –las referencias en Homero, Hesiodo o Píndaro son poco menos que casuales. En cualquier modo, el mito de Perseo y Andrómeda es un hecho narrativo que puede prescindir de la Literatura sin problemas), decididamente fantástico y glorioso al tiempo. Es de ese brillo sobrenatural del que se rie por lo bajo Ariosto; aunque Ingres lo ignore en sus aceites, no así su público, que detecta la escena tratada alejada del campo mítico puro, atravesada como está de interferencias, de relaciones pictórico-literarias por doquiera. El soneto de Rossetti cae en esa falta de movilidad, de aprehensión de instante que tanto molestaba a Lessing: la escena es la misma en el verso primero o en el catorceavo: perenne en la posición, el Ruggiero sin nombre del poema (Knight, Lord) permanece tan rígido como las alas y la cola de su cabalgadura; el animal marino, con las fauces abiertas tanto en la vida como en la muerte, sigue con su eterna cautela, sin avanzar, sin decidirse a ser atravesado por su oponente o lanzar las prometidas dentelladas a las redondeces comatosas de Angélica. Y al tiempo, constreñido en el espacio de la descripción de un detenimiento, es esta misma limitación la que libera al poema de la persuasión de plasmar la escena inverosimil (desde el punto de vista que está describiendo un cuadro anteriormente prefigurado, no construyendo la realidad). Así, son las propias cadenas de la descripción de un espacio físico y contenido por las cuatro esquinas del lienzo las que dan alas a estos versos para volver a la imagen mítica del inicio.
Con los distanciamientos de concepción, los albores de Después de Babel de George Steiner analizan el poema precedente; el resultado es tanto más diferente cuanto alejadas están las preguntas que nos formulamos. Steiner habla de una dificultad (cuando no una imposibilidad) por recuperar la clave del idioma poético del Pasado, en tanto que por mi parte estoy más interesado en un viaje funcionalista, para detallar cómo el mismo motivo es interpretado de uno u otro modo a través del tiempo. Los estudios de Ingres acerca de esta obra están ya más preocupados en la figura femenina –en la nula actriz en la dinámica teatral-,en su sensualidad o en los tonos de luz que recaen sobre sus formas que en la vorágine de la súbita irrupción de Ruggiero: desde la mitología, pasamos del horror y el alivio al detenimiento mórbido y sensual de la carne. La situación textual de las referencias a Angélica en el poema de Rossetti también es clarificadora, porque le reserva la parte fundamental del poema: el final de los cuartetos y el del último terceto: Los términos empleados, ladeada, garganta expuesta, cabellera suelta, miembros sin consuelo, y el desvanecimiento final que nos legan las últimas palabras nos revelan que para el poeta también primaba sobre todas las cosas estas referencias sensuales de las que me ocupo: ajena al movimiento aún dentro de la escena estática, remarca con más fuerza aún si cabe su contenido sexual.
Sospecho que en los albores del mito no tuvo estas connotaciones, y que pese a que ahora es parte integrante de nuestra cultura (posiblemente, a nadie le es ajeno, a todo el mundo le suena) y que no lo hemos relegado al olvido, hemos forzado sus ejes para entender algo totalmente diferente: de la acción heroica que libera al mundo del pavor de los monstruos, de ese alivio que nos demuestra que todavía hay solución, que siempre puede irrumpir por los aires un guerrero de sandalias aladas (o cabalgando un hipogrifo, para el caso lo mismo da) hemos construído una filigrana erótica. Quizás en medio de un mundo domesticado, en el que los monstruos son objeto de piedad (Ariosto) o de burla (Ingres), el mito ha tenido que trocar su funcionalidad para subsistir.




La primera de ellas está dedicada a Myra Hess, que fue la discípula más importante de la escuela que en Londres creó Tobias Matthay. Pese a que su carrera se inició en 1907, adquiere su verdadera importancia durante la Segunda Guerra Mundial, cuando, a despecho de los bombardeos alemanes, interpreta regulares conciertos en la National Gallery. Es en ese momento adopta la forma de héroe nacional, teniendo como repertorio -y es curioso notarlo- las grandes obras de la música alemana. Siendo tan excelente traductora de Beethoven e intérprete indispensable de Schumann, BBC LEGENDS nos da una muestra de la altura artística que alcanzó la pianista londinense con un Concierto para piano No. 2 del músico de Bonn y el indispensable Concierto para piano en La del autor de la Renana. Ambas grabaciones son tardías y marcan el final de la carrera de Hess como pianista de concierto antes de retirarse de la escena. Permiten no obstante apreciar un pianismo sin decadencia, preocupado por la sonoridad y que, al igual que el disco precedente, se aleja de una lectura brillante y exhibicionista. De control no tan exquisito como Curzon, no tan extremadamente musical, carece de la ágil lectura de otras pianistas de su generación (Haskil) o de la seducción del color de la escuela francesa (Marcelle Meyer), superando a ambas en hondura y en variedad de ataque. Es, qué duda cabe, indispensable en su repertorio. Atención a su magisterio con Schumann.
El segundo registro está dedicada al inmenso Clifford Curzon. Curzon fue al tiempo que un intérprete extraordinario, un músico al que le costaba horrores meterse en el estudio de grabación. Por esto es una noticia de singular relevancia que BBC presente estas grabaciones que, aparte de ampliar nuestro conocimiento del artista, incluyen para colmo de bienes dos obras que nunca habían sido por él grabadas: se trata de una Fantasía coral beethoveniana del año 70 y -algo que a quien suscribe le parece más interesante aun si cabe- un extraordinario Concierto para piano de Delius, grabado en Londres un año antes de su muerte. En ambas obras podemos apreciar las particulares virtudes que animaron la carrera de Clifford Curzon: claridad de articulación, fraseo elegante y poético, soberbia tímbrica, exactitud acompañada de equilibrio, y una rara habilidad para presentar las soluciones como las más adecuadas. Sólo puede ser comparado con dos colegas contemporáneos, Arthur Schnabel, a quien superó, y el gran maestro moravo Alfred Brendel: los tres muestran ese in media virtus que parece inalcanzable en un instrumento que ofrece la posibilidad de los extremos. No pierda de vista este disco aquel que desee entender porqué Clifford Curzon es un intérprete tan admirado (cierto: escribo bajo su influjo). El anciano Curzon, el pianista maduro, tiene un mensaje estético que transmitirnos que habla del más alto compromiso con el Arte: algo que no es poco en los tiempos que corren. 
Una solución tradicional no es en absoluto una mala solución, y así lo debió de pensar Pier Paolo Rubens, príncipe de los pintores y pintor de los príncipes, como se le llamó en su tiempo. En su versión de 1610, Rubens acepta la convención dictada por el italiano, depurando la escena para adaptarla al estilo abigarrado y amante de la torsión que le caracterizaba. Adicto confeso a la inclusión de figuras, obsesionado por la textura de las telas, Rubens comprime la escena en un espacio mínimo, como si la cena ocurriese en un baldosín. La figura en escorzo ha desplazado su tensión desde los hombros a la cadera (y obsérvese de qué manera magistral ha trasladado el arrebato de la sorpresa a una pierna). La mano ha cambiado de posición: desde la silla, va ahora a la mesa, en un intento desesperado por conservar el equilibrio. La sorpresa lo ha hecho incorporarse de golpe, en un movimiento que Rubens pudo haber observado a los tahures de taberna cuando son inesperadamente derrotados. La silla, que para Caravaggio fue antes un bastión de solidez, ahora se tambalea y está próxima a caer por los suelos. Pero el detalle más interesante parte del rostro de Cristo, porque Rubens cambia la mirada serena y baja de la obra de Caravaggio por una expresión de beatitud celestial. Se ha pasado del Poder al éxtasis. Un pintor erudito como el de Amberes no desconocía, ni mucho menos, las representaciones iconográficas de Cristo —o de santos o vírgenes—con la vista puesta en lo alto. Él mismo las llevaba pintando con cierto celo contrarreformista desde sus obras tempranas, empleando una retórica bien divulgada y que aquellos que interrogaban las pinturas religiosas conocían a la perfección. Un personaje envuelto en santidad o que querían marcar su religiosidad, dejan de mirar de frente o a tierra y vuelve sus ojos a la contemplación celestial. Los mártires (San Sebastian, San Esteban) soportan sus martirios con una expresión de beatitud que los ha sacado ya de todo sufrimiento, y que se caracteriza por la visión de las alturas. Pero en esta obra que nos atañe, Rubens da su particular vuelta de tuerca. En medio de la tensión dramática de sus comensales, la mirada del nazareno se vuelve hacia los Cielos. Como San Esteban, deja de estar en la Tierra para elevarse a las regiones celestes; abandona momentáneamente el mundo de los vivos en una 
En 1957, un joven húngaro consigue llegar a París para estudiar durante un año. Pianista dotado y compositor en ciernes, no ha conseguido acceder a las obras del Círculo de Viena, que el régimen comunista de su país había calificado de degeneradas, de enfermas y de formalistas en una curiosa correspondencia terminológica con el caído régimen nazi. Conoce a Olivier Messiaen y al famosísimo Darius Milhaud, que marcarán su impronta definitiva en el músico. Para adquirir un conocimiento que su patria le veda, copia las obras de Anton Webern, que le fascinan. He aquí la triple influencia sobre el joven pianista: Béla Bartók, la vanguardia francesa, y el Círculo de Viena. Sería tan injusto no mentarlas como pensar que limitaron el vuelo libérrimo de Gÿorgÿ Kurtág.