Soluitur acris hiems grata uice ueris et Fauoni
trahuntque siccas machinae carinas,
ac neque iam stabulis gaudet pecus aut arator igni
nec prata canis albicant pruinis.
Iam Cytherea choros ducit Venus imminente
iunctaeque Nymphis Gratiae decentes
alterno terram quatiunt pede, dum grauis Cyclopum
Volcanus ardens uisit officinas.
Nunc decet aut uiridi nitidum caput impedire myrto
aut flore, terrae quem ferunt solutae;
nunc et in umbrosis Fauno decet immolare lucis,
seu poscat agna siue malit haedo.
Pallida Mors aequo pulsat pede pauperum tabernas
regumque turris. O beate Sesti,
uitae summa breuis spem nos uetat inchoare longam.
Iam te premet nox fabulaeque Manes
et domus exilis Plutonia, quo simul mearis,
nec regna uini sortiere talis
nec tenerum Lycidan mirabere, quo calet iuuentus
nunc omnis et mox uirgines tepebunt.
Ya se deslíe el Ivierno a la vuelta de Abril y del Favonio
y arrastran grúas las varadas quillas;
ya ni al ganado da gozo el establo y al labrador la lumbre
ni albea el prado de canosa escarcha;
ya guía danza la Diosa de Amores al despuntar la luna,
y mientras enlazadas con las ninfas
baten las Gracias la tierra a compás, baja a ver Vulcano ardiente
a los Ciclopes en sus recias fraguas.
Bien es ahora de verde arrayán la aromada sien ceñirse
o flor que den las esponjadas tierras;
bueno también en bosques umbríos a Fauno hacer ofrenda,
o de cordera quiera, o chivo pida.
Pálida pisa de igual pie la muerte cabañas de mendigos,
torres de reyes. Sestio venturoso,
suma tan breve de días nos veda las largas esperanzas:
ya pronto noche y ánimas de cuento,
flaca mansión de Plutón, te tendrán; que la vez que allá te vayas,
ni a dados jugarás el vino en ronda
ni mirarás a Lícidas tierno, a quien siguen hoy los hombres
ya hará temblar mañana a las muchachas.
Donante era aquella persona que, tras pagar un precio encargando una pintura, quería que su retrato fuese incluído dentro de la escena, sin confundir su figura entre el resto. Dado que la temática era con harta frecuencia religiosa, el donante conseguía así mostrar su devoción al aparecer arrodillado frente a escenas típicas (el Ecce homo, la Anunciación, el Descendimiento de la Cruz, etc), al tiempo que alimentaba su orgullo al incluirse entre los personajes más ilustres de la iconografía cristiana. El progresivo relajo del rigor medieval hizo posible que no se tachase tal comportamiento de impío, por lo que conocemos el avance de la posición del donante, desde una esquina miserable de la tabla hasta agrandar su postura al mismo nivel que los personajes principales. El ejemplo más claro que vendrá a la cabeza de todo hijo de vecino es aquella Virgen del Canciller Rolin, en donde las figuras de Donante y Virgen se enfrentan en un mudo y eterno contemplarse.
En Literatura, las donaciones no son desconocidas: los dedicatarios que aparecen en las primeras páginas de las obras, de manera externa a ella (El Duque de Lerma en el primer libro del Quijote, y todos aquellos dedicatarios situados en los liminares) o adentrándose decididamente en el interior de la acción (Cornelio, dentro del primer poema del libro de carmina de Catulo; o mejor aun, la traducción del Orlando furioso de Jerónimo de Urrea, que incluye en los ejércitos a la familia de su señor). Entre estas diferentes modalidades me parece curioso notar la de los versos que nos ocupan. La oda cuarta del libro primero de Carmina de Horacio es uno de los ejemplos temáticos del albor de la Primavera (1) con una segunda parte de corte anacreóntico. En la primera, las imágenes de la vida cotidiana campestre se unen con plena naturalidad con el mundo de los dioses, donde las ninfas danzan con la Gracias al ritmo marcado por Venus, la suprema maestra de ceremonias, Las carinas (las quillas de las naves), el ganado, el mismo pastor que ha permanecido en su choza refugiado es el trasundo de un mundo que despierta con un ligero desperazarse. Entre esa explosión de vida se tejen los sacrificios religiosos junto a las celebraciones festivas en un mundo que no había separado aun ambas cosas y que disfrutaba con natural alegría del placer inmenso de estar vivo. Y de pronto, en brusco giro de timón, aparece la tristeza digna de un Anacreonte: pronto llega la muerte, y con ella se desvanecerán los placeres de la siempre dulce vida.
Lo que nos importa es lo que media entre esa primavera florenciente y el lóbrego anticipar lo que será la muerte. Entre ambas, se coloca Sestio. Tradicionalmente se identifica a este personaje, tan loado en el vocativo (a pocos se les puede llamar con justeza ‘beatus’, es decir, ‘dichoso’), con Lucio Sestio, que fue consul en el 23 ac. ¿Con qué intenciones? No consigue Horacio el tono del sermón, ni tampoco el de la advertencia. La presencia de Sestio es poco menos que la de una figura conversacional, un amigo al que se introduce en el discurso en verso del carmen.
Nota:
- Un tema querido para Horacio, que también aparece en el tardío libro cuarto, oda 7
¿No funcionan los comentarios?
Comment de S — 19/05 /2006 @ 8:35 am