Dos casos no son suficientes como para trazar una sociología del gesto; no obstante, que los dos ocurran en el transcurso de unas pocas horas da inevitablemente que pensar. Me desplazo a ciudad ajena, a un lugar de provincias que, a buen seguro, carece de la hosca frialdad del sitio donde habito. En el Auditorio de esta ciudad, cuando todo se prepara para la actuación, hablo con una chica de unos veinticinco años para que me habilite una sala que necesito. Converso con ella sobre cuestiones laborales; ella posa varias veces su mano en mi antebrazo mientras me habla.
Salgo a comer, y en un restaurante, me atiende una muchacha del Este, que por cierto era bellísima. Le pregunto algo, ella no me entiende y me da una respuesta sorprendente. Sonriendo, le digo que no me he explicado bien, y que lo que quería era otra cosa. Ella ríe, levantando un poco la cabeza, y me responde, ahora sí, correctamente. El gesto aparece de nuevo: apoya su mano en mi antebrazo.
Quienes me lean quizás no encuentren nada extraño en todo lo que cuento. Es una actitud normal—se dirá— que nada tiene de particular. Posiblemente lo sea en sus respectivas localidades, y piensen que notarlo es fruto de un sensualismo innecesario. Pero también es cierto que todo apoyo y toda actitud en el discurso está sujeta a múltiples variaciones que dependen del particular contexto donde se esté. Se ha de tener en cuenta la edad, el sexo, el nivel cultural de los hablantes, la relación que los una y, por supuesto, la cultura en que se inscriban. Analizar esto en profundidad queda al alcance de los semiólogos o de los antropólogos, que nos han provisto de páginas tan interesantes como divertidas. Desde luego, lo que escribo tiene un alcance más trivial y una superficialidad que no por serlo nos resulta menos útil. Yo estoy firmemente persuadido de que allá la gente no se comporta como en mi ciudad.
Madrid tiene algo de sequedad castellana, y aquí se ahorran los gestos y las pruebas de cercanía; algo que, por descontado, no he dejado de notar yo mismo, que ahorro con la misma avaricia. Tratamos de no tocar a los nuevos conocidos, como si padeciesen enfermedades contagiosas, bajo riesgo que se molesten; no sonreímos con demasiado frecuencia para no ser malinterpretados. No besamos a los niños siquiera, no vaya a ser que tomen nuestra conducta por delictiva. El pasar por la vida con pies de plomo se ha convertido en nuestra norma: lo hacemos sin tomarnos el trabajo que exige la precaución.
Una persona mexicana que tiene un establecimiento a escasos metros del lugar donde trabajo me dijo esta mañana que era uno de sus pocos clientes que daba el dinero en la mano. El resto lo esparce por el mostrador, no sé si para sembrarlo o para evitar de raíz todo contacto con carne ajena. Y luego dicen que somos una ciudad de libertinos.
Cuenca, la ciudad en la que he estado, está a escasos ciento cincuenta kilómetros de este Madrid que habito. Allá la gente se comporta diferente, trabaja de modo distinto (carecen del ritmo frenético capitalino), se permiten gestos que acá están casi vedados a no ser para ser empleados en la seducción. Quizás por eso me extrañaron y quizás por eso estoy escribiendo estas líneas. Para quienes viven en sitios más cordiales, este texto será incomprensible.