Literatura23/04 /2006 9:27 pm
Soluitur acris hiems grata uice ueris et Fauoni
trahuntque siccas machinae carinas,
ac neque iam stabulis gaudet pecus aut arator igni
nec prata canis albicant pruinis.
Iam Cytherea choros ducit Venus imminente
iunctaeque Nymphis Gratiae decentes
alterno terram quatiunt pede, dum grauis Cyclopum
Volcanus ardens uisit officinas.
Nunc decet aut uiridi nitidum caput impedire myrto
aut flore, terrae quem ferunt solutae;
nunc et in umbrosis Fauno decet immolare lucis,
seu poscat agna siue malit haedo.
Pallida Mors aequo pulsat pede pauperum tabernas
regumque turris. O beate Sesti,
uitae summa breuis spem nos uetat inchoare longam.
Iam te premet nox fabulaeque Manes
et domus exilis Plutonia, quo simul mearis,
nec regna uini sortiere talis
nec tenerum Lycidan mirabere, quo calet iuuentus
nunc omnis et mox uirgines tepebunt.

Ya se deslíe el Ivierno a la vuelta de Abril y del Favonio
y arrastran grúas las varadas quillas;
ya ni al ganado da gozo el establo y al labrador la lumbre
ni albea el prado de canosa escarcha;
ya guía danza la Diosa de Amores al despuntar la luna,
y mientras enlazadas con las ninfas
baten las Gracias la tierra a compás, baja a ver Vulcano ardiente
a los Ciclopes en sus recias fraguas.
Bien es ahora de verde arrayán la aromada sien ceñirse
o flor que den las esponjadas tierras;
bueno también en bosques umbríos a Fauno hacer ofrenda,
o de cordera quiera, o chivo pida.
Pálida pisa de igual pie la muerte cabañas de mendigos,
torres de reyes. Sestio venturoso,
suma tan breve de días nos veda las largas esperanzas:
ya pronto noche y ánimas de cuento,
flaca mansión de Plutón, te tendrán; que la vez que allá te vayas,
ni a dados jugarás el vino en ronda
ni mirarás a Lícidas tierno, a quien siguen hoy los hombres
ya hará temblar mañana a las muchachas.

Virgen del Canciller Rolin (1435), de Jan van EyckDonante era aquella persona que, tras pagar un precio encargando una pintura, quería que su retrato fuese incluído dentro de la escena, sin confundir su figura entre el resto. Dado que la temática era con harta frecuencia religiosa, el donante conseguía así mostrar su devoción al aparecer arrodillado frente a escenas típicas (el Ecce homo, la Anunciación, el Descendimiento de la Cruz, etc), al tiempo que alimentaba su orgullo al incluirse entre los personajes más ilustres de la iconografía cristiana. El progresivo relajo del rigor medieval hizo posible que no se tachase tal comportamiento de impío, por lo que conocemos el avance de la posición del donante, desde una esquina miserable de la tabla hasta agrandar su postura al mismo nivel que los personajes principales. El ejemplo más claro que vendrá a la cabeza de todo hijo de vecino es aquella Virgen del Canciller Rolin, en donde las figuras de Donante y Virgen se enfrentan en un mudo y eterno contemplarse.

En Literatura, las donaciones no son desconocidas: los dedicatarios que aparecen en las primeras páginas de las obras, de manera externa a ella (El Duque de Lerma en el primer libro del Quijote, y todos aquellos dedicatarios situados en los liminares) o adentrándose decididamente en el interior de la acción (Cornelio, dentro del primer poema del libro de carmina de Catulo; o mejor aun, la traducción del Orlando furioso de Jerónimo de Urrea, que incluye en los ejércitos a la familia de su señor). Entre estas diferentes modalidades me parece curioso notar la de los versos que nos ocupan. La oda cuarta del libro primero de Carmina de Horacio es uno de los ejemplos temáticos del albor de la Primavera (1) con una segunda parte de corte anacreóntico. En la primera, las imágenes de la vida cotidiana campestre se unen con plena naturalidad con el mundo de los dioses, donde las ninfas danzan con la Gracias al ritmo marcado por Venus, la suprema maestra de ceremonias, Las carinas (las quillas de las naves), el ganado, el mismo pastor que ha permanecido en su choza refugiado es el trasundo de un mundo que despierta con un ligero desperazarse. Entre esa explosión de vida se tejen los sacrificios religiosos junto a las celebraciones festivas en un mundo que no había separado aun ambas cosas y que disfrutaba con natural alegría del placer inmenso de estar vivo. Y de pronto, en brusco giro de timón, aparece la tristeza digna de un Anacreonte: pronto llega la muerte, y con ella se desvanecerán los placeres de la siempre dulce vida.

Lo que nos importa es lo que media entre esa primavera florenciente y el lóbrego anticipar lo que será la muerte. Entre ambas, se coloca Sestio. Tradicionalmente se identifica a este personaje, tan loado en el vocativo (a pocos se les puede llamar con justeza ‘beatus’, es decir, ‘dichoso’), con Lucio Sestio, que fue consul en el 23 ac. ¿Con qué intenciones? No consigue Horacio el tono del sermón, ni tampoco el de la advertencia. La presencia de Sestio es poco menos que la de una figura conversacional, un amigo al que se introduce en el discurso en verso del carmen.

Nota:

  1. Un tema querido para Horacio, que también aparece en el tardío libro cuarto, oda 7
Música16/04 /2006 9:31 am

La Bella Noeva: Marco Beasley & Guido Morini

Marco Beasley es uno de los contratenores más interesantes que he escuchado en los últimos tiempos. Junto a Guido Morini llevan algunos años firmando unos discos extraordinarios, que no caen en la facilidad del cross-over, ni tampoco se pueden encuadrar dentro de la ortodoxia de la interpretación de música renacentista. Beasley es extremadamente técnico en su canto, y posee una voz que difícilmente podría ser calificada de otra forma que de bellísima. En la plena naturalidad de la emisión, no imposta, no proyecta como estamos habituados a encontrar en gran parte de los cantantes dedicados a la música antigua (Scholl incluído); el resultado es de una sorprendente cercanía. Miguel Ángel González Barrio, wagneriano de pro, me lo descubrió un viernes por la tarde, y desde entonces no he dejado de maravillarme. Paso el regalo a mi amiga San para que alivie un poco la soledad de aquello que Dostoyevski llamó sus Noches blancas


Claudio Monteverdi: Si dolce è ‘l tormento

Si dolce è’l tormento
Ch’in seno mi sta,
Ch’io vivo contento
Per cruda beltà.
Nel ciel di bellezza
S’accreschi fierezza
Et manchi pietà:
Che sempre qual scoglio
All’onda d’orgoglio
Mia fede sarà

La speme fallace
Rivolgam’ il piè.
Diletto ne pace
Non scendano a me.
E l’empia ch’adoro
Mi nieghi ristoro
Di buona mercè:
Tra doglia infinita,
Tra speme tradita
Vivrà la mia fè.

Se fiamma d’amore
Già mai non sentì
Quel riggido core
Ch’il cor mi rapì,
Se nega pietate
La cruda beltate
Che l’alma invaghì:
Ben fia che dolente,
Pentita e languente
Sospirimi un dì.


Historia, Mensajes Antiguos13/04 /2006 9:47 pm



El texto más extenso que tenemos acerca de Pandora son los sesenta y cinco versos que le dedica Hesiodo, en Trabajos y días, (vv. 42- 107): Higinio y Apolodoro no hacen sino glosar la fuente, sin apartarse de ella, y Plinio, por su parte, en NH XXXVI, 19 apenas se detiene a mentarla. Por tanto, aquel que quiera entender el caso de Pandora, tendrá que remitirse a Hesiodo como fuente principal y fundamental, tanto en razón de antigüedad como de extensión. Me parece conveniente anotar la fuente originaria a fin de no perdernos demasiado. Ofrezco, por aquello de la comodidad de lectura, una versión prosada (aun sabiendo que no es lo mejor), tomándola de la que vertió Aurelio Pérez Jiménez para la editorial Gredos, Biblioteca Clásica nº 13:

Y es que oculto tienen los dioses el sustento a los hombres; pues de otro modo fácilmente trabajarías un solo día y tendrías para un año sin ocuparte en nada. Al punto podrías colocar el timón sobre el humo del hogar y cesarían las faenas de los bueyes y de los sufridos mulos. Pero Zeus lo escondió irritado en su corazón por las burlas de que le hizo objeto el astuto Prometeo; por ello entonces urdió lamentables inquietudes para los hombres y ocultó el fuego. Mas he aquí que el buen hijo de Jápeto lo robó al providente Zeus para bien de los hombres en el hueco de una cañaheja a escondidas de Zeus que se goza con el rayo. Y lleno de cólera díjole Zeus amontonador de nubes: «¡Japetónida conocedor de los designios sobre todas las cosas! Te alegras de que me has robado el fuego y has conseguido engañar mi inteligencia, enorme desgracia para ti en particular y para los hombres futuros. Yo a cambio del fuego les daré un mal con el que todos se alegren de corazón acariciando con cariño su propia desgracia.» Así dijo y rompió en carcajadas el padre de hombres y dioses; ordenó al muy ilustre Hefesto mezclar cuanto antes tierra con agua, infundirle voz y vida humana y hacer una linda y encantadora figura de doncella semejante en rostro a las diosas inmortales. Luego encargó a Atenea que le enseñara sus labores, a tejer la tela de finos encajes. A la dorada Afrodita le mandó rodear su cabeza de gracia, irresistible sensualidad y halagos cautivadores; y a Hermes, el mensajero Argifonte, le encargó dotarle de una mente cínica y un carácter voluble. Dio estas órdenes y aquéllos obedecieron al soberano Zeus Crónida. [Inmediatamente modeló de tierra el ilustre patizambo una imagen con apariencia de casta doncella por voluntad del Crónida. La diosa Atenea de ojos glaucos le dio ceñidor y la engalanó. Las divinas Gracias y la augusta Persuasión colocaron en su cuello dorados collares y las Horas de hermosos cabellos la coronaron con flores de primavera. Palas Atenea ajustó a su cuerpo todo tipo de aderezos]; y el mensajero Argifonte configuró en su pecho mentiras, palabras seductoras y un carácter voluble por voluntad de Zeus gravisonante. Le infundió habla el heraldo de los dioses y puso a esta mujer el nombre de Pandora porque todos los que poseen las mansiones olímpicas le concedieron un regalo, perdición para los hombres que se alimentan de pan. Luego que remató su espinoso e irresistible engaño, el Padre despachó hacia Epimeteo al ilustre Argifonte con el regalo de los dioses, rápido mensajero. Y no se cuidó Epimeteo de que le había advertido Prometeo no aceptar jamás un regalo de manos de Zeus Olímpico, sino devolverlo acto seguido para que nunca sobreviniera una desgracia a los mortales. Luego cayó en la cuenta el que lo aceptó, cuando ya era desgraciado. En efecto, antes vivían sobre la tierra las tribus de hombres libres de males y exentas de la dura fatiga y las penosas enfermedades que acarrean la muerte a los hombres. Pero aquella mujer, al quitar con sus manos la enorme tapa de una jarra los dejó diseminarse y procuró a los hombres lamentables inquietudes. Sólo permaneció allí dentro la Espera, aprisionada entre infrangibles muros bajo los bordes de la jarra, y no pudo volar hacia la puerta; pues antes cayó la tapa de la jarra [por voluntad de Zeus portador de la égida y amontonador de nubes]. Mil diversas amarguras deambulan entre los hombres: repleta de males está la tierra y repleto el mar. Las enfermedades ya de día ya de noche van y vienen a su capricho entre los hombres acarreando penas a los mortales en silencio, puesto que el providente Zeus les negó el habla. Y así no es posible en ninguna parte escapar a la voluntad de Zeus.

Lo que hemos de ver en este texto es, ante todo, cómo se elabora el plan de los dioses, y a causa de qué ocurre. Por el robo del fuego de Prometeo, que era un bien que los olímpicos se reservaban, y que no pretendían compartir con los hombres, se elabora todo el plan de la creación de Pandora. Lo primero que tenemos que concretar es cual era realmente el mal del que Zeus se jacta en 55 – 58:

¿Ries del hurto del fuego y de habérmela dado de mano?:
maldición sobre ti, para ti, y para los hombres que vengan:
ya les daré yo en pago del fuego un mal de que a todos
se les alegre el alma, y con su mal se encariñen.

Así, vemos que el mal concedido a los hombres es realmente la misma presencia de Pandora, que será desencadenante de nuevos (y terribles) males. Quizás por esas características que le insufla el mensajero Argifonte (obviamente, Hermes)

Mas alentarle un alma de perra y mañas ladinas. (v. 67)

En aquellos tiempos, parece que vivían los hombres, todos varones, en lo que conocemos por Hesiodo como la Edad de Oro: es decir, que los hombres estaban libres de enfermedad, de trabajo, vivían banqueteando con los dioses, y morían una muerte indolora y plácida. En esta pequeña parte del mito alfarero de Pandora, que tanto nos recuerda a otros próximorientales (el mismo Génesis, el mito de Anubis y Bata, y esa profusión de ceramistas creadores que nos han dejado los textos babilonios, con sus Anu, Kulla y Ea creando las cosas a partir de los materiales arcilla-agua, cuya misma separación o correcta proporción es, en sí, un hecho creacionista) hace difícil la afirmación de esa autoridad de a pie de calle, Robert Graves de que el mito de Pandora es nada menos que una invención del propio Hesiodo. Pero sigamos con lo nuestro.

La segunda cuestión en la que quería detenerme es en la espantosa interpretación que hace Graves del nombre parlante de Pan-dora: aquí, es él quien tuerce, y no Hesiodo. Pandora viene a significar “el regalo de todos” (que tiene sentido si vemos que es un proyecto de muchas deidades para configurarlo) y no “aquella que lo da todo”. Verdenius postulaba esta solución, defendiendo que el causante de su creación, como verdadero ideador, es Zeus. Supongo que son estas cosas que intrigan tanto a filólogos y mitólogos, que es bien sabido que son unos señores a los que no les gusta el futbol y se aburren como ostras. Vuelvo a decir: Graves era un helenista aficionado, con el pesado freno de ser un frazeriano con ribetes jungianos (algo que es esencialmente malo, aviso) y aparte, estar siempre buscando una peregrina teoría de la poética griega como un corpus de canto a la mujer-diosa. Las numerosas veces que se daba con el muro en las narices no fue obstáculo para que tramase esos tendenciosos y enloquecidos Mitos Griegos que andan por casa de todo hijo de vecino. Y así nos luce el pelo.

Hemos de puntualizar: lo que Pandora abre no es caja alguna, sino una jarra de gran tamaño (pithos) sellada. Ya Panofsky, en el proemio de su ensayo La caja de Pandora nos habla de la filiación renacentista de la transformación de un ánfora para guardar grano (pithos) en cajas. Ahora, su origen nos es complicado. O bien está en casa de Epimeteo, guardada por alguna razón, o la trae Pandora consigo, o, por último, es un envenenado regalo de bodas o dote de la novia. Hay quien ha entendido que los regalos de los dioses son los males encerrados en la jarra, pero a poco que leamos el texto, la cosa parece carente de sentido.

El asunto de la Espera o la Esperanza: Ya que el término es tan complicado (hace referencia a una ilusión puesta en el futuro, y a la que hay que aguardar) debemos entenderlo de una de las siguientes maneras que consigna la edición de Gredos. Resumo brevemente:

a) Si la Esperanza queda atrapada en la jarra, es un bien que se conserva para el hombre. Pero curiosamente, pese a ser un bien, convive en una jarra en la que solo hay males, por lo que parece. Lesky, en su voluminosa y excelente Historia de la Literatura Griega (edición Gredos, pág. 125), identifica a Pandora (de nuevo, no tenemos pruebas para ello) con una antigua deidad, y anticipa que hay dos versiones entremezcladas, en la que el mito de Pandora se confunde con los dos toneles que están en la mansión de Zeus y que contienen respectivamente, lo bueno y lo malo (Iliada, XXIV, 527). Considera Lesky que, al contrario que los males, la conservación de los bienes es lo que los hace estar disponible para los hombres. Si bien la solución tiene cierta lógica, lleva en sí una complicación desmesurada que parece que no está acorde con el resto de la versión.

b) La esperanza es un mal que se conserva para los hombres: supone la vuelta de lo dicho anteriormente, pero no se entiende como los males operan en contra del hombre al andar libres por el mundo, y también al estar en la pithos. De esta manera, el gesto de Pandora al abrirla es ocioso y superficial.

c) La esperanza es un bien negado al hombre, que queda a merced del desespero. Este coup de grâce final de Zeus, que no le permite salir para aliviar al hombre, nos entronca con el problema anterior, en el que un único bien convive con un ejército de males dentro del mismo recipiente.

d) La esperanza es un mal negado al hombre: aparte que ad-sensum es ridículo (si queremos hacer de la esperanza un vecino de la miseria y las calamidades), no se entiende para nada porqué precisamente es éste mal el que queda dentro.

d) Hay quienes sugieren que debemos verter el término por espera en lugar de esperanza (vid. supra), dándole el sentido de “advertencia”. De esta manera, sería un heraldo de los males que sucederán, y uno diferente a todos ellos. Al estar los hombres sin aviso de lo que les va a ocurrir, los males caen sobre ellos con mayor fiereza. Engloba parte del problema anterior: no explica porqué los males precisan de un heraldo que los preceda, ni tampoco cómo su presencia es un mal en sí mismo. Parece razonable pensar que los hombres, estando sobre aviso de que tal mal se le va a venir encima, se prepararían para minimizar su impacto, convirtiéndose por tanto esta advertencia en algo positivo. También puede interpretarse de una forma más perversa, cómo no: que la misma advertencia sea causante de la desesperación de quien la recibe. En caso de ser una admonición benigna para los hombres, la decisión del dios queda clara entonces al dejarla encerrada. Y al tiempo, no contempla el ilogismo de ese heraldo que llega antes que el mal que fuere, pero que se retrasa inexplicablemente para escapar del pithos.

Con respecto al significado del mito y su situación en la obra es múltiple: Perses, hermano de Hesiodo, es advertido de que no obre descuidadamente como Epimeteo desoyendo los consejos de su hermano mayor (Prometeo-Hesiodo) y aventure males sobre males. El origen de los males del hombre sirven para explicar el paso de una edad a otra: de Oro hasta la de Hierro, que es la que considera el autor que es en la que vive. Anticipa la muerte dolorosa y breve, las desdichas y sinsabores, y el castigo del trabajo. Sirve, además, como advertencia, si no contra todas las mujeres, sí contra las volubles y curiosas. Epimeteo no debiera haber hecho entrar en su casa a esta mujer atolondrada (no mala en si, véase claramente: no obra por malicia, sino al parecer, por un impulso voluble). Desde luego, es ocioso plantearse si el mito de Pandora es un mito misógino, porque está encuadrado dentro de un mundo en el que la mujer no tiene, o rara vez tiene (pienso en Lais, Aspasia, y otros ejemplos de excepciones) representación en la vida pública, está privada de voz y de acción, y en general, es un ser que se mueve por el interior de la casa. Visto a ojos del siglo XXI, muy posiblemente es intolerable. Ahora, que empezar a despotricar contra Hesiodo (si hubiese alguien tentado a ello: Graves, el helenista de pacotilla, lo hace; y sin embargo no acusa al resto de los mitos, por poner un caso, de no ser pacíficos, de representar la opresiva realeza, y algunas cosas más que de ellos podrían decirse) por narrar (aún “inventar”: poco sabe de la formación de mitos quien diga semejante cosa) un mito en el que la mujer no sale bien parada. Pero en fin: vivimos en un mundo tan desatinado, que llega a decir que Aristófanes era un señor progresista que da primordial importancia a las mujeres. Dios nos coja confesados.

Quotidiana12/04 /2006 7:11 pm

Dos casos no son suficientes como para trazar una sociología del gesto; no obstante, que los dos ocurran en el transcurso de unas pocas horas da inevitablemente que pensar. Me desplazo a ciudad ajena, a un lugar de provincias que, a buen seguro, carece de la hosca frialdad del sitio donde habito. En el Auditorio de esta ciudad, cuando todo se prepara para la actuación, hablo con una chica de unos veinticinco años para que me habilite una sala que necesito. Converso con ella sobre cuestiones laborales; ella posa varias veces su mano en mi antebrazo mientras me habla.

Salgo a comer, y en un restaurante, me atiende una muchacha del Este, que por cierto era bellísima. Le pregunto algo, ella no me entiende y me da una respuesta sorprendente. Sonriendo, le digo que no me he explicado bien, y que lo que quería era otra cosa. Ella ríe, levantando un poco la cabeza, y me responde, ahora sí, correctamente. El gesto aparece de nuevo: apoya su mano en mi antebrazo.

Quienes me lean quizás no encuentren nada extraño en todo lo que cuento. Es una actitud normal—se dirá— que nada tiene de particular. Posiblemente lo sea en sus respectivas localidades, y piensen que notarlo es fruto de un sensualismo innecesario. Pero también es cierto que todo apoyo y toda actitud en el discurso está sujeta a múltiples variaciones que dependen del particular contexto donde se esté. Se ha de tener en cuenta la edad, el sexo, el nivel cultural de los hablantes, la relación que los una y, por supuesto, la cultura en que se inscriban. Analizar esto en profundidad queda al alcance de los semiólogos o de los antropólogos, que nos han provisto de páginas tan interesantes como divertidas. Desde luego, lo que escribo tiene un alcance más trivial y una superficialidad que no por serlo nos resulta menos útil. Yo estoy firmemente persuadido de que allá la gente no se comporta como en mi ciudad.

Madrid tiene algo de sequedad castellana, y aquí se ahorran los gestos y las pruebas de cercanía; algo que, por descontado, no he dejado de notar yo mismo, que ahorro con la misma avaricia. Tratamos de no tocar a los nuevos conocidos, como si padeciesen enfermedades contagiosas, bajo riesgo que se molesten; no sonreímos con demasiado frecuencia para no ser malinterpretados. No besamos a los niños siquiera, no vaya a ser que tomen nuestra conducta por delictiva. El pasar por la vida con pies de plomo se ha convertido en nuestra norma: lo hacemos sin tomarnos el trabajo que exige la precaución.

Una persona mexicana que tiene un establecimiento a escasos metros del lugar donde trabajo me dijo esta mañana que era uno de sus pocos clientes que daba el dinero en la mano. El resto lo esparce por el mostrador, no sé si para sembrarlo o para evitar de raíz todo contacto con carne ajena. Y luego dicen que somos una ciudad de libertinos.

Cuenca, la ciudad en la que he estado, está a escasos ciento cincuenta kilómetros de este Madrid que habito. Allá la gente se comporta diferente, trabaja de modo distinto (carecen del ritmo frenético capitalino), se permiten gestos que acá están casi vedados a no ser para ser empleados en la seducción. Quizás por eso me extrañaron y quizás por eso estoy escribiendo estas líneas. Para quienes viven en sitios más cordiales, este texto será incomprensible.