En un chat literario, declaro que ando leyendo a Pimentel y me lo confunden con un ministro. Santo país, siempre pensando en la zahurda, siempre de espaldas a la belleza, al ritmo, a la hermosa forma del verso. Quizás por eso, Luis Pimentel no nos suene demasiado; despierta algunos equillos a los lectores de veras, a no ser que estos sean lectores en lengua gallega: en ese caso, se invierten las proporciones, y si bien es cierto que la figura de Pimentel no se agiganta (es demasiado próximo, permanece agradablemente cercano), sí que se definen sus contornos, sí que se contrasta más en el horizonte literario.
Dámaso Alonso no lo olvidó, y le dedica un excelente (y prematuro; Alonso lo escribe en 1952, y no es hasta 1960 cuando Pimentel consigue editarlo) prólogo a su Barco Sin Luces, en el que se puede leer:
«No toquéis a este libro. Podría deshacerse, porque es todo de rosas ceniza, de cristal, de hundidas sombras de aire, quizá mejor que no entréis en este misterio. Tiene difícil la entrada. Está en los extremos del sueño, cerca del centro obsesionante. Es un reino sin banderas, enlutado de blanco.
En los antípodas del énfasis: ni polifonía ni orquesta. Es una voz sencilla, son mucho súbito Fading, entrecortada por la emoción y el misterio, la que canta. Con esta prohibitiva complicación de lo más sencillo, de lo más desnudo. No busquéis halagos: ni juegos de agua, ni la ilusión de los coloreados Focos: ni rima ni exactas estrofas.
En este libro —tan pequeño— Luis Pimentel nos da generosa y auténtica poesía. Hablo por mi experiencia personal. No creo que los dominios de este poeta sean para todos. Ya he dicho que es un reino sin banderas ni ritmos orquestados. Yo sólo puedo decir cuánto bien me ha hecho su lectura. Ya sólo mido el valor de los libros y su originalidad por lo que me ausentan, por lo que me transportan. Y este libro me llevó muy lejos, allá donde se abre en playas la ternura, donde los miedos se adelgazan sin llama, junto al presentimiento de los aljibes, donde el dolor se ahonda en silencio y el mundo ya es silencio, allí donde la sensibilidad ya es música o perfume. Allí es el reino extraño y original de Luis Pimentel»
El prefacio continúa, mas supongo que con esto será suficiente. Leí, como todo hijo de vecino, los Poetas españoles contemporáneos de Alonso, donde se aloja este texto, y siempre me he preguntado si las alabanzas no serían desmedidas. He leído poemas sueltos de Pimentel, y la sensación era pendular: tan pronto me parecía que era merecedor de ellas como de que se le retiraran. No ha sido hasta hoy, día de domingo, cuando leo poemas de Sombra do aire na herba (no hay que ser un genio de la traducción para verterlo por Sombra del aire en la hierba), cuando me topo con estos versos. Juzguen ustedes. Yo ya lo he hecho
| ¿TÚ QUÉ SABES…? ¿Tú qué sabes dos milleiros de horas, dos séculos que fixeron falla par que os teus seos soporten agora a luz nun equilibrio perfeito, pra que iluminen esta milagrosa estancia? ¿E ise gran esforzo de infinitos instantes par pulir o marfil da túas coxas e pra que a túa frente pida ser coroada polas rosas? Milleiros de días e de noites pra que o seixo dos teus pés seña case lenes alas. Pra que a túa voz non pese no aire, cántas ferramentas se teñen cegado. Cántos silencios pra que agora poidan as túas maos cortar unha rosa da noite. Cánto tempo ollando ó ceo i á terra. cántas olladas perdidas pra que agora poidas bagoar docemente. | ¿TÚ QUÉ SABES…? ¿Tú qué sabes de los miles de horas, de los siglos que fueron necesarios para que tus senos soporten ahora la luz en perfecto equilibrio, para que iluminen esta milagrosa estancia? ¿Y ese gran esfuerzo de infinitos instantes para pulir el marfil de tus muslos y para que tu frente pueda ser coronada por las rosas? Millares de días y de noches para que el cuarzo de tus pies sea casi leves alas. Para que tu voz no pese en el aire, cuántas herramientas han tenido que cegarse. Cuántos silencios para que ahora tus manos puedan cortar una rosa en la noche. Cuánto tiempo mirando al cielo y a la tierra, cuántas miradas perdidas para que ahora puedas llorar dulcemente. |
En http://members.fortunecity.com/mundopoesia2/autores/luis_pimentel.htm está la traducción al completo que M. González Garcés compiló para la Antoloxía que publicó el nº 238 de la colección Visor de Poesía (pero sin las correspondientes poesías en gallego). Uno se puede apañar con eso, supongo. La página web de Visor me informa de que el precio del librito no supera los 5 € (a mi me ha costado 0.50 € esta mañana, lo mismo que el volumen, en la misma editorial, de Villangómez Llobet, pero es que soy un pirata de los que ya no quedan). No sé. Si os gustan los poemas de la página, a lo mejor podríais bajar volando a la librería. Vamos, digo.
CANCIONES DEL ALMA
En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquésta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!
En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
Comment de pinguina — 03/04 /2006 @ 1:28 am
MORIR NO DUELE MUCHO
Morir no duele mucho:
nos duele más la vida.
Pero el morir es cosa diferente,
tras la puerta escondida:
la costumbre del sur, cuando los pájaros
antes que el hielo venga,
van a un clima mejor. Nosotros somos
pájaros que se quedan:
los temblorosos junto al umbral campesino,
que la migaja buscan,
brindada avaramente, hasta que ya la nieve
piadosa hacia el hogar nos empuja las plumas.
Comment de pinguina — 24/04 /2006 @ 12:03 am
I
El hombre que me ame
deberá saber descorrer las cortinas de la piel,
encontrar la profundidad de mis ojos
y conocer la que anida en mí,
la golondrina
transparente de la ternura.
II
El hombre que me ame
no querrá poseerme como una mercancía,
ni exhibirme como un trofeo de caza,
sabrá estar a mi lado
con el mismo amor
con que yo estaré al lado suyo.
III
El amor del hombre que me ame
será fuerte como los árboles de ceibo,
protector y seguro como ellos,
limpio como una mañana de diciembre.
IV
El hombre que me ame
no dudará de mi sonrisa
ni temerá la abundancia de mi pelo
respetará la tristeza, el silencio
y con caricias tocará mi vientre como guitarra
para que brote música y alegría
desde el fondo de mi cuerpo.
V
El hombre que me ame
podrá encontrar en mí
la hamaca para descansar
el pesado fardo de sus preocupaciones
la amiga con quien compartir sus íntimos secretos,
el lago donde flotar
sin miedo de que el ancla del compromiso
le impida volar cuando se le ocurra ser pájaro.
VI
El hombre que me ame
hará poesía con su vida,
construyendo cada día
con la mirada puesta en el futuro.
VII
Por sobre todas las cosas,
el hombre que me ame
deberá amar al pueblo
no como una abstracta palabra
sacada de la manga,
sino como algo real, concreto,
ante quien rendir homenaje con acciones
y dar la vida si necesario.
VIII
El hombre que me ame
reconocerá mi rostro en la trinchera
rodilla en tierra me amará
mientras los dos disparamos juntos
contra el enemigo.
IX
El amor de mi hombre
no conocerá el miedo a la entrega,
ni temerá descubrirse ante la magia del
enamoramiento
en una plaza pública llena de multitudes
Podra gritar —te quiero—
o hacer rótulos en lo alto de los edificios
proclamando su derecho a sentir
el más hermoso y humano de los sentimientos.
X
El amor de mi hombre
no le huirá a las cocinas
ni a los pañales del hijo,
será como un viento fresco
llevándose entre nubes de sueño y de pasado
las debilidades que, por siglos, nos mantuvieron
separados
como seres de distinta estatura
XI
El amor de mi hombre
no querrá rotularme o etiquetarme,
me dará aire, espacio,
alimento para crecer y ser mejor,
como una Revolución
que hace de cada día
el comienzo de una nueva victoria.
Comment de pinguina — 25/04 /2006 @ 6:01 pm