Quotidiana16/03 /2006 10:52 pm

A veces, cuando estoy poco exigente conmigo mismo, me propongo un reto sencillo: buscar por el diario a ver donde me voy a encontrar con una cuchillada contra el buen sentido o contra el idioma —si es que ambas cosas son distintas. Repasando El Mundo, ese diario hostil, me encuentro, en el marco de una noticia dedicada al maltrato en la pareja, la siguiente frase:

Un hombre de 36 años ha sido detenido por un presunto delito de malos tratos hacia su marido, con quien estaba casado (…)

No se me ocurre otra manera de tener cónyuge que el haber contraído matrimonio previamente con él. Que la pareja era homosexual queda suficientemente aclarado cuando le adscriben un marido siendo él mismo hombre, como para que tenga que venir la impertinente aclaración (?) final a encenagarlo todo. La verdad es que uno no sabe ya qué pensar: si es que hay periodistas que escriben así de mal y han conseguido eludir tanto los controles universitarios como los laborales, o si es que tratan a sus lectores como subnormales que necesitan ser informados varias veces de lo mismo. Siguiendo por este camino, no sé a qué extremos vamos a llegar: ¿«Durante el partido de fútbol, los futbolistas, que jugaban al futbol los unos contra otros (…)»? o ¿«La viuda, cuyo marido (o esposa) había muerto, (…)»?. Esperen ustedes, que estos ejemplos de broma no tardarán en emborronar la sección correspondiente del periódico que compren.

Es acuciante la presencia de un ejército de correctores que revisen a fondo estos textos. Lo siguiente que se me está ocurriendo para solucionar estos desaguisados por la vía rápida no lo escribiré para que me sigan teniendo ustedes por alguien mejor de lo que soy.

Literatura 8:18 am

La tercera jornada: en la portada, Wolfgang Windgassen como Sigfrido

En los comentarios que llevo haciendo en Internet a lo largo de estos últimos (ay) siete años, llevo alabando, con mayor o menor constancia, las interpretaciones de las óperas de Wagner que se hicieron en la década de los cincuenta en el pasado siglo. Y aunque soy amante del sonido, aprendiz de audiófilo, para mí prima la excelencia artística frente a la calidad sonora: no hay comparación entre el Tristán dirigido por Furtwängler y ese desmayo que grabó Plácido Domingo hace poco, con todas las trampas y correcciones de los estudios (1). Así, me he remitido muchas veces a tomas borrosas, oscuras, en mal estado sonoro —pero con harta calidad musical— que a algunos ha disgustado. Les invito ahora a que escuchen la novedad discográfica que presenta el sello Testament para asombrarse al tiempo con el altísimo nivel de la representación grabada, y el buen, muy buen, buenísimo estado sonoro de estas grabaciones rescatadas por primera vez en la historia. Y, atención, ¡en estéreo!

Wolfgang Windgassen, encarnando a Siegfried, en la enorme soledad de la producción de Wieland Wagner para Bayreuth, año 1955

Los avatares del retraso de la publicación de esta grabación son enreversados y obedecen a múltiples razones. Michael Ashman lo explica con admirable claridad:

Ese año se dieron en Bayreuth dos ciclos completos de El Anillo, cada uno de los cuales presentaba diferentes cantantes para los papeles de Brünnhilde, Sigliende y Gunther. La intención de Decca era grabar el primer ciclo con Astrid Varnay, Gré Brouwenstijn y Hermann Uhde en esos papeles. Podía ser usado el material procedente del otro ciclo como cobertura, siempre que se evitaran esos tres personajes, pero en principio el equipo sólo podía contar con las tomas de los ensayos, tanto orquestales como de escena, de un ensayo general y de una representación completa para conseguir un master acabado de cada una de las cuatro óperas. El número sorprendentemente bajo de cortes en la edición para cada representación (sólo 21 en Siegfried, y la mayor parte por razones técnicas, como el enlace de las cintas provenientes de los dos aparatos, más que para corregir imperfecciones musicales) muestra lo ejemplar de su trabajo y el nivel de excelencia musical y dramática que alcanzó el fabuloso equipo artístico que estaban grabando. Era el cuarto año consecutivo que tanto Joseph Keilberth como la mayoría de los cantantes se enfrentaban con esa producción de Wieland Wagner.

Como el Ocaso de 1951, el Anillo de Decca de 1955 no había aparecido jamás —hasta ahora. «No hay duda de que estaba previsto publicarlo en una fecha posterior, porque desde el principio yo había realizado un primer montaje en bruto», añade Wallace [Roy Wallace, responsable de la toma estéreo, secluso de Robertokles]. «Sobre el porqué no fue así, creo que John Culshaw (que, en agosto de 1955 y tras veintiún meses con Capitol, se había reintegrado en Decca como productor senior) quería hacer una grabación en estudio del ciclo completo». Nada más exacto, así como que Culshaw, un hijo de la moderna tecnología de su tiempo, con su revolución del estéreo y la filosofía de “la ópera en casa”, no era, tal como lo observa Kenneth Wilkinson [ingeniero de sonido de Decca, responsable de algunas de las tomas pioneras en el Bayreuth de posguerra, secluso de Robertokles], ningún entusiasta de preservar en disco lo que él veía como desastradas e impredecibles interpretaciones en directo. Pero hubo también otras razones de índole legal.

La correspondencia conservada en los archivos de EMI en Hayes muestra que, a comienzos de los años cincuenta, Bayreuth fue escenario de encarnizadas batallas, tanto dentro como fuera de sus fronteras, entre Teldec/Decca y Columbia/EMI para grabar las producciones operísticas del Festival, de forma no muy diferente a como las compañías de televisión rivalizan por obtener los mejores emplazamientos durante los eventos deportivos. Formaban también parte de la ecuación los nuevos directores adjuntos del Festival, los nietos del compositor Wieland y Wolfgang Wagner.

Para reabrir un Festival Internacional de gran magnitud en la zona americana de un país ocupado que gozaba de paz desde hacía poco tiempo, los Wagner necesitaban de todos los recursos que pudiesen obtener por cualquier vía, y la captación de royalties podía significar una poderosa contribución al presupuesto general. Las disputas contractuales tras el primer año de representaciones (1951) habían dado como resultado la obtención por parte de EMI/Columbia de los derechos de embargo por siete años sobre cualquier otra firma que pretendiese editar grabaciones de El Anillo o Los Maestros Cantores. El arquitecto de esta situación fue Walter Legge, por entonces el principal director artístico de Columbia. Adicionalmente había reforzado la posición de EMI negociando contratos exclusivos con muchos de los principales cantantes que intervenían en la Tetralogía, incluyendo a Astrid Varnay y Hans Hotter. Por muy astutas que pareciesen sus maniobras, en la práctica dio como resultado el frustrar la realización en disco de un Anillo completo de Bayreuth en el momento en que allí cantaba el más grande conjunto de intérpretes conocido.

Además, tal y como el propio Legge predijo en una carta a Wieland fechada en 1950, suponía dejar campo libre a los piratas gracias a las grabaciones radiofónicas en directo que se hacían cada año en la primera noche de cada representación (y con cualquier ulterior cambio en el reparto) por la Radio de Baviera. La prohibición por parte de EMI sobre el Anillo completo se basaba en el hecho de que hasta entonces la firma británica había lanzado, en el marco de su contrato de exclusividad, tan sólo el acto tercero de La Valquiria (dirigida por Herbert von Karajan durante el Festival de 1951). La intención de Decca era grabar El oro del Rin (con Hans Hotter, artista de EMI, como Wotan) y un Ocaso de los dioses en el Festival de 1954. Consiguieron el apoyo de Wolfgang Wagner, quien inició una correspondencia con Walter Legge en marzo de 1954. Quizá molesto por las opiniones de Wolfgang acerca del tercer acto de Valquiria, “que no honraba artísticamente ni al Festival, ni a la firma, ni al propio Karajan”, además de la puntualización de que se vendía menos bien que otros registros del Festival, Legge no llegó a responderle directamente. Una segunda carta de Wolfgang (a John MacLeod, de EMI Internacional), haciendo referencia a la copia pirata publicada por Allegro del Anillo del 53, dirigido por Keilberth, como prueba del deseo real del público por una “grabación completa del Anillo efectuada en Bayreuth”, repitió los argumentos en contra de La Valquiria de EMI en términos más duros: “la publicación de este acto, tan impetuosamente solicitada por los señores Legge y von Karajan, nunca contó con nuestra aprobación. Se acabó editando para aplacar a esos señores, pero nunca llegará a ser, ni para ustedes ni para nosotros, un evento artístico!”. Pero EMI dio largas al asunto, proponiendo intercambios temporales a Hotter que nunca se llevaron a cabo -además de la grabación ese verano en Glyndebourne de un Don Giovanni con Solti, o proyectos con Rafael Kubelik- sin referirse nunca a la cuestión de sus derechos sobre El Anillo. Mientras tanto, el patrón de Telefunken Herbert Grenzebach había estado realizando hábiles presiones desde Berlin sobre Wolfgang Wagner, mientras se informaba desde el punto de vista jurídico sobre la cláusula de exclusividad de EMI. Finalmente aconsejó a Decca el aceptar tan solo El Holandés Errante para 1955 y esperar acontecimientos para El Anillo. Incluso durante el tiempo que el equipo de Decca pasó registrando en el Festpielhaus, las posibilidades de una publicación del proyecto en curso iban disminuyendo y el comienzo de la grabación en estudio del Anillo Solti/Culshaw en Viena cerró cualquier opción, al menos en un futuro previsible.

Con la recuperación de este Anillo procedente de las representaciones en Bayreuth del año 1955, y que se creyó perdido, acaba de caer la última barrera. El sonido estéreo es, para quien suscribe, quizás lo de menos: la frescura de la toma me hubiese hecho conformarme si se hubiese publicado en monoaural. Lo verdaderamente importante es leer el elenco que figura en la portadilla, capaz de hacer revivir a un muerto: Windgassen, Hotter, Kuen, ¡Varnay!. Es, para decirlo de una manera que suelo emplear, la plana mayor del wagnerianismo. Ninguna otra generación de cantantes ha llegado a ser tan excelsa, a rayar a tales alturas. Jamás hubo —ni por lo que llevamos visto, habrá— una conjunción tal. Si antes se pudo contar con algunas figuras sueltas (Melchior, Lehmann, la misma Flagstad) de indudable calidad y adecuación canora, hoy en día no tenemos ni tan siquiera uno que pueda acaso comparárseles. Hay una decadencia tremenda en la cosecha de voces wagnerianas que nos hace remitirnos, no sin cierta nostalgia, a esas grabaciones portentosas donde cada uno de los integrantes (cantantes, orquesta, director) dejaban muestras de su luminoso brillo. Joseph Keilberth, tanto tiempo minimizado (a ver quién no lo va a estar enfrentándose a Furtwängler, al joven Karajan de la primera mitad de los cincuenta o al mismísimo Hans Knapperstbusch) se revela un director enérgico, rápido en los tempi y siempre atento a ajustar la dirección al apartado vocal. Es ahora cuando estamos capacitados a desterrar por siempre los matices peyorativos que se le quiso adscribir con aquel repetidísimo kapellmeister con el que se quería expresar, con cierto desdén, que era poco menos que un director ortodoxo, cegato y afuncionariado (en el peor de los sentidos). El fuego, el arrojo, y su buen hacer ofrecen un justo contraste a las interpretaciones más meditadas, profundas, matizadas del incomparable Knappertsbusch (y decir que un director soporta el contraste con Kna es mucho decir, cuidado). Sólo hay que ver con qué frescura e intensidad responde Windgassen. ¡Qué magnífico Siegfried nos presenta Testament!

Nota:

  1. Aunque es bien conocido que Elisabeth Schwarzkopf prestó en dos ocasiones dos notas agudas que Kirsten Flasgtad, la Isolda de la grabación, tenía dificultades en dar. Por aquellas fechas, la soprano noruega rondaba ya los sesenta (!) años de carrera intensiva, y la región alta de su canto había perdido solidez.
Literatura, Mensajes Antiguos12/03 /2006 11:22 pm

En Anedotas Portuguesas e Memórias Biográficas da Corte Quinhentista – Istorias e ditos galantes que sucederaô e se disseraô no paço [contendo matéria bibliográfica inédita de Luís de Camões e outros escritores do século XVI], con lectura del texto, introducción notas e indices a cargo de Christopher C. Lund, y que está editado en Coimbra, Livraria Almedina, 1980., tenemos una colección de semblanzas biográficas, dichos y hechos de algunos de los más famosos cortesanos del siglo que fue compilada en 1644. De aquí extraigo esta sabrosa anecdotilla de don Simão. Atención, que van a comprobar ustedes como la atención a los libros de caballería no era privativa de Alonso Quijano:

«[…] cazou em fim D. Simão com sua Dama [D. Guiomar Henriques] e na primeira noite do día de suas vodas, em se lançando em cama ambos, pedio D. Simão huma vella e se pos a ler por Palmeirim de Inglaterra e gastou algum tempo na liçao, e parecendo aquilo despropósito a D. Guiomar, enfandada ja de tanto ler, lhe disse: Senhor, pera isso casastes, ao que D. Simão respondeo: e quem vos disse a vos, senhora que o cazar hera outra couza»

Yo creo que, aunque no se sepa portugués, si se lee en voz alta se entiende bastante bien.

Literatura, Mensajes Antiguos 11:14 pm

En un chat literario, declaro que ando leyendo a Pimentel y me lo confunden con un ministro. Santo país, siempre pensando en la zahurda, siempre de espaldas a la belleza, al ritmo, a la hermosa forma del verso. Quizás por eso, Luis Pimentel no nos suene demasiado; despierta algunos equillos a los lectores de veras, a no ser que estos sean lectores en lengua gallega: en ese caso, se invierten las proporciones, y si bien es cierto que la figura de Pimentel no se agiganta (es demasiado próximo, permanece agradablemente cercano), sí que se definen sus contornos, sí que se contrasta más en el horizonte literario.

Dámaso Alonso no lo olvidó, y le dedica un excelente (y prematuro; Alonso lo escribe en 1952, y no es hasta 1960 cuando Pimentel consigue editarlo) prólogo a su Barco Sin Luces, en el que se puede leer:

«No toquéis a este libro. Podría deshacerse, porque es todo de rosas ceniza, de cristal, de hundidas sombras de aire, quizá mejor que no entréis en este misterio. Tiene difícil la entrada. Está en los extremos del sueño, cerca del centro obsesionante. Es un reino sin banderas, enlutado de blanco.

En los antípodas del énfasis: ni polifonía ni orquesta. Es una voz sencilla, son mucho súbito Fading, entrecortada por la emoción y el misterio, la que canta. Con esta prohibitiva complicación de lo más sencillo, de lo más desnudo. No busquéis halagos: ni juegos de agua, ni la ilusión de los coloreados Focos: ni rima ni exactas estrofas.

En este libro —tan pequeño— Luis Pimentel nos da generosa y auténtica poesía. Hablo por mi experiencia personal. No creo que los dominios de este poeta sean para todos. Ya he dicho que es un reino sin banderas ni ritmos orquestados. Yo sólo puedo decir cuánto bien me ha hecho su lectura. Ya sólo mido el valor de los libros y su originalidad por lo que me ausentan, por lo que me transportan. Y este libro me llevó muy lejos, allá donde se abre en playas la ternura, donde los miedos se adelgazan sin llama, junto al presentimiento de los aljibes, donde el dolor se ahonda en silencio y el mundo ya es silencio, allí donde la sensibilidad ya es música o perfume. Allí es el reino extraño y original de Luis Pimentel»


El prefacio continúa, mas supongo que con esto será suficiente. Leí, como todo hijo de vecino, los Poetas españoles contemporáneos de Alonso, donde se aloja este texto, y siempre me he preguntado si las alabanzas no serían desmedidas. He leído poemas sueltos de Pimentel, y la sensación era pendular: tan pronto me parecía que era merecedor de ellas como de que se le retiraran. No ha sido hasta hoy, día de domingo, cuando leo poemas de Sombra do aire na herba (no hay que ser un genio de la traducción para verterlo por Sombra del aire en la hierba), cuando me topo con estos versos. Juzguen ustedes. Yo ya lo he hecho


¿TÚ QUÉ SABES…?

¿Tú qué sabes dos milleiros de horas,
dos séculos que fixeron falla
par que os teus seos soporten agora a luz
nun equilibrio perfeito,
pra que iluminen esta milagrosa estancia?

¿E ise gran esforzo de infinitos instantes
par pulir o marfil da túas coxas
e pra que a túa frente
pida ser coroada polas rosas?

Milleiros de días e de noites
pra que o seixo dos teus pés
seña case lenes alas.
Pra que a túa voz non pese no aire,
cántas ferramentas se teñen cegado.
Cántos silencios
pra que agora poidan as túas maos
cortar unha rosa da noite.
Cánto tempo ollando ó ceo i á terra.
cántas olladas perdidas
pra que agora
poidas bagoar docemente.
¿TÚ QUÉ SABES…?

¿Tú qué sabes de los miles de horas,
de los siglos que fueron necesarios
para que tus senos soporten ahora la luz
en perfecto equilibrio,
para que iluminen esta milagrosa estancia?

¿Y ese gran esfuerzo de infinitos instantes
para pulir el marfil de tus muslos
y para que tu frente
pueda ser coronada por las rosas?

Millares de días y de noches
para que el cuarzo de tus pies
sea casi leves alas.
Para que tu voz no pese en el aire,
cuántas herramientas han tenido que cegarse.
Cuántos silencios
para que ahora tus manos puedan
cortar una rosa en la noche.
Cuánto tiempo mirando al cielo y a la tierra,
cuántas miradas perdidas
para que ahora
puedas llorar dulcemente.





En http://members.fortunecity.com/mundopoesia2/autores/luis_pimentel.htm está la traducción al completo que M. González Garcés compiló para la Antoloxía que publicó el nº 238 de la colección Visor de Poesía (pero sin las correspondientes poesías en gallego). Uno se puede apañar con eso, supongo. La página web de Visor me informa de que el precio del librito no supera los 5 € (a mi me ha costado 0.50 € esta mañana, lo mismo que el volumen, en la misma editorial, de Villangómez Llobet, pero es que soy un pirata de los que ya no quedan). No sé. Si os gustan los poemas de la página, a lo mejor podríais bajar volando a la librería. Vamos, digo.

Literatura, Mensajes Antiguos 10:52 pm



Recomendar (acaso tan solo escribir) acerca de una obra de título tan endiablado es o un ejercicio de ingenuidad, o un medidor de la paciencia de los lectores. La Bósa saga ok Herrauðs (Saga de Bósi y Herrauðr o, como está traducida en castellano: la Saga de Bósi) forma parte de lo que se conoce como las Fornaldarsögur norðurlanda o Sagas de los tiempos antiguos de las tierras del norte. Estas sagas, por lo que ha podido leer el que suscribe, suelen ser narraciones dedicadas a contar las glorias y hazañas de personajes individuales (los que conocemos con el incorrecto nombre de vikingos), y se remiten a los tiempos anteriores a la colonización de Islandia (en el 870). Ya que la época en la que se escribían va desde el siglo XIII al XV, se entenderá bien porqué son apellidadas de los tiempos antiguos. Constan de 25 sagas, más ocho narraciones breves.



  • Af Upplendinga konungum (De los Reyes de los upplandeses)
  • Áns saga bogsveigis (Saga de Ann el Arquero)
  • Ásmundar saga kappabana (Saga de Ásmundr Matador-de-Campeones)
  • Bósa saga ok Herrauðs (Saga de Bosi y Herrauðr)
  • Egils saga einhenda ok Ásmundar berserkjabana (Saga de Egill el Manco y Ásmundr Matador-de-Berserkir)
  • Frá Fornjóti ok hans ættmönnum (Saga de Fornjot y sus parientes)
  • Friðþjós saga ins frækna (Saga de Friðþjófr el Valiente)
  • Gautreks saga (Saga de Gautrek)
  • Gríms saga loðinkinna (Saga de Grímr Barbilla-Peluda)
  • Göngu-Hrólfs saga (Saga de Hrólfr el Caminante)
  • Hálfdanar saga Brönufóstra (Saga de Hálfdan, hijo adoptivo de Brana)
  • Hálfdanar saga Eysteinssonar (Saga de Hálfdan hijo de Eysteinn) - y no es el mismo Einstein en el que estais pensando
  • Hálfs saga og Hálfsrekka (Saga de Hálfr y sus campeones)
  • Helga þáttr Þórissonar (Relato de Helgi hijo de Þorinn)
  • Hervarar saga og Heiðreks (Saga de Herðr y Heiðreks)
  • Hjálmþés saga ok Ölvis (Saga de Hjámþér y Ölvir)
  • Hrólfs saga Gautrekssonar (Saga de Hrólfr, hijo de Gautrek)
  • Hrólfs saga kraka ok kappa hans (Saga de Hrolf Kraki)
  • Hrómundar saga Gripssonar (Safa de Hrómundr hijo de Gripr)
  • Illuga saga Gríðarfóstra (Saga de Illugi, hijo adoptivo de Griðr)
  • Ketils saga hængs (Saga de Ketill el Trucha)
  • Norna-Gests þáttur (Relato de Gestr el de las Nornas)
  • Ragnars saga loðbrókar (Saga de Ragnar Calzas-Peludas)
  • Sturlaugs saga starfsama (Saga de Sturlaugr el Laborioso)
  • Sögubrot af nokkrum fornkonungum í Dana ok Svíaveldi
  • Sörla saga sterka (Saga de Sörli el Fuerte)
  • Sörla þáttur eða Héðins saga ok Högna (Relato de Sörli o Saga de Héðinn y Högni)
  • Tóka þáttur Tókasonar (Realto de Tóki hijo de Tóki)
  • Völsunga saga (Saga de los Volsungos)
  • Yngvars saga víðförla (Saga de Yngsvar el Viajero)
  • Þáttur af Ragnars sonum (Relato de los hijos de Ragnar)
  • Þorsteins saga Víkingssonar (Saga de Þorsteinn hijo de Viking)
  • Þorsteins þáttr bæjarmagns (Relato de de Þorsteinn el de la Magnitud de una Granja)
  • Örvar-Odds saga (Saga de Odrr Flechas)

    Saliendo ya del catálogo, volvamos a la Saga de Bósi. Parece (según nos cuenta Mariano González Campo) que hay dos textos fundamentales que difieren bastante entre sí. La versión más antigua (que es la traducida al castellano) procede de una serie de códices del XV, en pergamino, que reunen varias sagas. Los más importantes son los catalogados como AM 586 4to, AM 343 4to, AM 510 4to, AM 510 4to, y AM 577 4to, alojados (naturalmente) en el Instituto Árni Magnússon de Reykiavik.

    folio 1, vuelto del pergamino AM 586 4to, con el catálogo de obras que comprende el códice: puede verse el título de nuestra saga

    Borges, en el (como todas los libros de Borges lo son, evitaré decir que éste en particular es famoso) prólogo de «Elogio de la Sombra» nos escribe lo siguiente:

    «Deliberadamente escribo psalmos. Los individuos de la Real Academia Española quieren imponer a este continente sus incapacidades fonéticas; nos aconsejan el empleo de formas rústicas: neuma, sicología, síquico. Últimamente se les ha ocurrido escribir vikingo por viking. Sospecho que muy pronto oiremos hablar de la obra de Kiplingo».

    Dejando de lado el divertido —y arbitrario, por no decir ignorante— comentario de Borges (puestos a pronunciar, el nominativo de ese sustantivo se escribe «víkingr»), no me estaba refiiendo a eso. Parece que su radical se relaciona con «vík» (bahía, fiordo), o puede que de «víg» (batalla), o entroncar incluso con el verbo «víkja» (desplazarse). Sea como sea su inicial formación (que nos daría algo parecido a «hombres de las bahías», «guerreros», o «nómadas»), el término ha quedado en el lenguaje coloquial justo de la misma forma que lo entendieron los islandeses del XIII: como sinónimo de «pirata medieval de los países escandinavos», por no decir «pirata» a secas. Ahora, nos encontramos con el problema de nombrar con este nombre tanto a señores que se embarcaban para empeñarse en acciones piráticas (como el propio Bósi), o para otros sujetos que asaltan, con toda la implementaria de la poliorcética (esto es, con máquinas de asedio en toda regla) las murallas de París (como se cuenta que hizo Ragnar, o quizás la comunidad de sus hijos Ívar, Björn, Hvítserk y Sirgud), o incluso sujetos que no hicieron una expedición guerrera jamás (si pensamos en los integrantes de esa «sociedad vikinga» que todos tenemos en la cabeza). No sé. A mi el término me parece muy vago, muy general, y que engloba a tipos que podían ir en barco o por tierra, combatir o quedarse en casa, tramar acciones de pillaje o vivir pacíficamente en un monasterio.

    Por otro lado: sí, parece que la Saga de Bósi es la única de las de la Fornaldarsögur que tiene motivos eróticos o aún pornográficos. Y esto habría que matizarlo mucho, porque no sé yo hasta qué punto la intencionalidad de las escenas es sensual o pretende llevar a la risa a los oyentes y lectores de la obra, antes que dar cuenta de las proezas sexuales del héroe a tratar.

    En la Saga de Bósi hay un triple episodio erótico realizado con un mismo modelo: en los prolegómenos de una expedición, Bósi y Herrauðr llegan a un bosque, se separan de la tropa, y se encaminan a una granja, donde son atendidos por los viejos propietarios, que siempre tienen una hermosa hija (cap. VII, pág. 50 en casa de Hóketill; cap. XI, pág. 61, en los bosques de Glæisvellir; cap. XIII, pág. 69, en tierras de Bjarmaland). Tras haber sido atendidos, se quedan a dormir. En medio de la noche, Bósi se acerca a la hija del campesino, se mete en su cama, y tras un breve diálogo procaz, copulan. En el primero de los casos, antes de la sesión amatoria, Bósi le entrega un anillo de oro para persuadirla (pág. 51); en el tercero de ellos, le regala «tres nueces que parecían de oro» (pág. 71), que aún cuando sirven a un propósito muy diferente (en principio), es altamente sospechoso que se relacione oro y amor en la misma escena.

    [Anticipo, a modo de glosa, que no estamos hablando de un caso de prostitución, sino de una costumbre muy extendida en la Edad Media: hacer regalos a la mujer antes o después de hacer el amor con ella, incluso siendo la propia esposa.]



    Capítulo VII
    Capítulo XI
    Capítulo XIII

    Bósi y Herrauðr en el bosque de Vínuskógr

    Bósi y Herrauðr en Glæisvellir

    Bósi y Herrauðr en Bjarmaland

    Encuentran una granja habitada por tres personas: viejos padres y bella hija
    Encuentran una granja habitada por tres personas: viejos padres y bella hija
    Encuentran una granja habitada por tres personas: viejos padres y bella hija
    Bósi y Herrauðr son invitados a dormir (en la misma cama)
    Bósi y Herrauðr son invitados a dormir (en la misma cama)
    Bósi y Herrauðr son invitados a dormir (en la misma cama)
    Bósi se introduce en la cama de la muchacha, quien le pregunta qué es lo que hace allí
    Bósi se introduce en la cama de la muchacha, quien le pregunta qué es lo que hace allí
    Bósi se introduce en la cama de la muchacha, quien le pregunta qué es lo que hace allí
    Metáfora de la explicación: el «Guerrero» (pene) ha de ser «templado» (cópula) en la «Fragua» (vagina)
    Metáfora de la explicación: el «Potro» (pene) ha de «abrevar» (cópula) en la «Fuente de vino» (vagina)
    Metáfora de la explicación: el «Palo» (pene) ha de ser «deslizado» en el «Anillo» (vagina)
    Regalo: un anillo de oro
    Regalo: Tres nueces de aspecto similar al oro
    Información de la hija del granjero: acerca de Kolfrosta y el buitre que custodia los «huevos de oro»
    Información de la hija del granjero: noticias del rapto de Hleiðr por Hærekr y Siggeir
    Información de la hija del granjero: noticias acerca de la hija del rey y colaboración en la conjura para el rapto de la novia


  • Literatura, Mensajes Antiguos 1:50 pm

    Galdós, algo más joven de lo que estábamos acostumbrados a verle en los billetesInmediatamente después de publicar La Fontana de Oro, el joven Benito Pérez Galdós consigue publicar La Sombra por entregas en La Revista de España. Pese a que editorialmente es posterior a La Fontana, Galdós la escribió posiblemente uno o dos años antes de ésta. Y esto se nota, en cierta medida, en la soltura y maestría del escritor.

    Se dice, equivocadamente a mi juicio, que todas las virtudes y defectos de Dickens están ya presentes en The Posthumous Papers Of The Pickwick Club (olvidando que tuvo una dura escuela como periodista cuando publicaba sus semblanzas con el nombre de Boz); del mismo modo, al enfrentarnos a La Fontana de Oro, tenemos la sensación de haber topado con un escritor fresco, pero maduro. Quizás leer La Sombra sirva para entender algo mejor el proceso de aprendizaje de novelista de don Benito.

    La Sombra es una obra atípica dentro de la literatura galdosiana, porque entronca con una corriente anterior; rompiendo la tradición, en los confines marginales de la novela, esplendieron las obras de E.T.A. Hoffman, de Mary Shelley, de Emily Brönte, de Walter Scott, o de Charles Maturin. La opresiva domesticación del mundo que se siente a partir del siglo XIX se plasma en esas novelas habitadas por criaturas sobrenaturales o seres humanos sacudidos por las descargas eléctricas de sus propios nervios, más o menos estacionados en escenarios tan estáticos como lóbregos. La historia de la novela es pródiga en esos vaivenes, que siempre terminan por devolverla a su indiscutible vocación de Realidad. Entre el irracionalismo y la serena contemplación del mundo como es (como se nos enseña que es), hay épocas de tránsito; las fantasías de Dostoyevski solo pueblan los ensueños de sus personajes enloquecidos: no hay más infierno en Los Demonios que el que arde dentro del alma de Stavrogin. Con frecuencia, la hipersensibilidad o el remordimiento son los verdaderos elementos terroríficos en los mejores relatos de un escritor tan inteligente como fue Poe. La voz en la nieve que oye Heathcliff (¿la oye de veras?) suena solo en su conciencia: un análisis materialista de las obras nos deja en el mudo asombro de comprobar que, realmente, no hay más fantasmas que los equívocos de unos personajes torturados.

    Henry James o Dostoyevski han sido dos de los autores que con mayor habilidad han descrito personajes que padecían lo que lo que en terminología clínica se llaman psicosis postictales, en las que a una crisis sucede largos periodos de lucidez. Los episodios de alucinaciones visuales complejas que se sufren en tales crisis o la sensación de paranoia pueden ser explicadas en categorías psiquiátricas o neurológicas. Veamos como el joven Galdós consigue algo más que todo esto en La Sombra.

    El protagonista de la obra, el doctor Anselmo es uno de esos personajes extravagantes que indefectiblemente acaban por ser registrados por Galdós. Alejado del aprecio social, del trato de los seres humanos, vivía como un ermitaño entre sus libros y aparatos de química. En la extrema soledad de la vejez terminó por habitar una buhardilla destartalada y por vestir unas ropas que más bien podrían llamarse disfraz; así, andaba de continuo embebido en sus propios pensamientos y extraordinarias fantasías, con lo que su fama de chalado aumentó entre su vecindario. Hijo de una familia adinerada, pero víctima de su extremo carácter, que tan pronto le hacían pasar de la intensa alegría a la más honda de las penurias, no supo o no pudo conservar su posición, y vivía de una pensión mísera para ser naúfrago de si mismo.

    Inicialmente, parece que nos las vamos a haber con un Quijote decimonónico por esos inequívocos inicios que describen con tanto primor la variedad de libros

    «Esto provenía de que después de su pobreza se había remontado a las alturas del bohardillón, donde encendió una lámpara y se puso a devorar libros noche tras noche sin darse reposo. Pero viendo todos la ninguna substancia de aquel trabajo incesante, encontrábanle cada vez más loco.»

    como la proliferación de inutilidades.

    «En el principal testero veíase un esqueleto que no había perdido el buen humor del sepulcro, de tal modo se rasgaban en espantosa risa sus desdentadas mandíbulas, y aumentaba la singularidad de su aspecto el caldero que el doctor le había puesto en el cráneo, sin duda por no tener sitio mejor donde colocarlo. Al lado había un estante de madera con innumerables baratijas, entre las cuales no hacían el peor papel algunos votos vasos de inestimable mérito, y piezas del más tosco barro doméstico. Algún ave disecada y medio podrida daba realce con el brillante color de sus últimas plumas a este armatoste, junto al cual una culebra llena de paja se extendía dibujando sobre la pared las curvas de su cuerpo, en cuyas escamas quedaba un débil tornasol. No lejos de esto pendía una armadura tan roñosa como si desde el tiempo de Roldán (su dueño tal vez) no se hubiera limpiado. Algunas otras armas blancas y de fuego colgaban por allí en unión con gran sartén…»

    No es sino tras la pormenorizada descripción del habitáculo y su ocupante cuando hace entrada el narrador: lo imaginamos joven como debió serlo el autor por aquellos días: un jovenzuelo que oscila entre el respeto debido a las canas del doctor y las innegables ganas de tomárselas; así, decide sonsacarle acerca de la historia de su mujer (fallecida en los primeros años del matrimonio), que el descabellado doctor augura como «el más extraño fenómeno que se ha ofrecido a la observación humana». Narra el doctor su vida, su castigo por sufrir de una imaginación y fantasía galopantes, que le hace obsesionarse con el adulterio de su esposa, una joven bellísima llamada Elena (una prefiguración de don Jose Ido, de Fortunata y Jacinta, tan monomaniaco con el asunto del adulterio). Al recibir la visita de determinado joven petimetre y calavera, quien para colmo de la casualidad respondía al nombre de Alejandro, la imaginación del doctor Anselmo se dispara: cree que es el mismo Paris de la Iliada, y que como tal, está destinado a cortejarla, encarnando el espíritu del deshonor matrimonial.

    Balanceándose entre las carcajadas apenas contenidas (al inicio) y la historia de misterio o de paranormalidad, Galdós entreteje un tapiz sutil con unos elementos groseros, manipulados hasta la saciedad por el folletín o el drama gótico. La explicación clínica, según la cual el doctor Anselmo había sufrido un episodio paranoico-alucinatorio es bastante similar a la empleada por Henry James en The Turn of the Screw (aunque sin explicitar); si el segundo leyó la obra de su hermano William, donde se compendian las alucinaciones y su estudio, Galdós pone en boca de su narrador intradiegético – autor el siguiente parlamento:

    «-Yo no entiendo de medicina -dije-, pero que se trata aquí de un estado morboso, no puede dudarse. Yo he leído en el prólogo de un libro de Neuropatía, que cayó al azar en mis manos, consideraciones muy razonables sobre los efectos de las ideas fijas en nuestro organismo. Aquel autor disertaba sobre las aprensiones de los enfermos, de un modo raro, pero a mi ver no destituido de fundamento. Decía que la atención, fija constantemente [136] en una parte del cuerpo, producía en ella la alteración del tejido; y de este modo explicaba las célebres llagas de San Francisco, las cuales no eran otra cosa, según él, que una lesión producida por la convergencia de todas las facultades, de todas las fuerzas del espíritu hacia el punto en que aparecieron. Si estos efectos tan palpables producen las ideas fijas en la economía animal, si tienen poder bastante para alterar los tejidos, para trastornar lo que les es menos afine, la materia, ¿qué no harán en la vida espiritual, donde todas las facultades están en perpetuo y estrechísimo enlace? Yo me explico la obsesión de usted, y sus diálogos ser incomprensible; me explico el duelo, que fue el último grado de la alucinación. Todo lo comprendo menos la falta de antecedentes reales, de hechos que favorecieran esa predisposición de usted, determinando la serie de fenómenos psicológicos que ha referido.»

    Naturalmente, de esto no se puede colegir que Galdós fuese un estudioso de la neurología, pero sí que acertó a describir con mediana solvencia y claridad un episodio patológico en su novelilla.

    Los precedentes son los siguientes: ya desde joven, don Anselmo daba pruebas de ser un individuo de imaginación alborotada, y que pasaba con presteza de la alegría desaforada a la melancolía más profunda:

    «desde su primera edad se notó en él gran violencia de sentimientos, desbarajuste en la imaginación, mucha veleidad en su conducta, y alternativas de marasmo y actividad que le dieron fama de hombre destartalado y de poco seso. Cuentan que se pasaba semanas enteras retirado de las gentes, triste, aburrido como un santo, perdido en vanos éxtasis, de que no salía ni aun solicitado por sus amigos: otras veces era tal su animación y alegría, que rayaba en delirio, siendo difícil sustraerse a sus travesuras. Pero esto duraba poco, y a lo mejor le veían otra vez solitario y abstraído, hecho un santo de palo, de esos que miran al cielo y estiran un dedo como en expectación de alguna voz de arriba.»

    Las imágenes extáticas, que prefigura el posterior aunamiento en los desmayos místicos que aparecen en Miau, son repetidas con insistencia. El Doctor Anselmo es como un místico sin dios, como un pensador sin objeto cabal en sus pensamientos, y víctima, por tanto, de su propia imaginación. Al derroche fantástico de su cerebro, une la afición a la narración de su propia vida, adornada con toda serie de exageraciones, y a la falta de rubor de que se le tome por mentiroso. No puede sustraerse a la lalía, a su propia incontinencia verbal por narrar los hechos más fabulosos y desmedidos. Así, al describir la residencia paterna, Galdós hace pasar inmediatamente de casa magnífica (como la describe el narrador) a palacio (como aparece en boca del protagonista). El catálogo y proliferación de obras de arte recuerda a una Domus Aurea comprimida: la morosa descripción de las obras de arte y la suntuosidad de los materiales parece el inventario de la misma Roma. De nada sirven las protestas del narrador intradiegético o sus más o menos descaradas burlas: el doctor Anselmo está disparado y no le detiene ni un muro de un metro de espesor.

    Descrito ya el espacio, que nada tiene de fantasmagórico, una obra merece la atención del doctor:

    «Entre estas pinturas había una que sobresalía y cautivaba la atención más que las otras; representaba a Paris y Elena reposando en una fresca gruta de la isla de Cranaé. Hermoso era el rostro de la mujer de Menelao; pero el del joven troyano era más hermoso aún: habíale dado tal animación el pincel, que parecía que hablaba y que infundía a Elena sus pérfidos pensamientos. Siempre creí ver algo de viviente aquella figura, que a veces por una ilusión inexplicable parecía moverse y reír. A todos impresionaba, y especialmente a mí. Recuerde usted bien esto, para que no lo sea difícil comprender la narración que va a seguir. Voy a contar la espantosa historia.»

    A la enumeración de beldades sigue la espantosa historia: el doctor contrae matrimonio concertado con una muchacha bella y discreta llamada Elena; apenas es una sombra en la obra. Rápidamente, se apodera del joven esposo la obsesión de que su esposa le engaña. La obsesión paranoide torna misterioso lo habitual:

    «Aún recuerdo su alcoba, iluminada por misteriosa luz. Entro y veo allí sus ropas arrojadas en desorden, sus joyas… Presto atención y siento el ruido de su aliento: me acerco, tomo con trémula mano la cortina del lecho, la levanto, la veo… Me siento junto a la cama… sus labios se mueven, me parece que va a hablar… no dice nada, nada; pero a mí me parece que sus labios han articulado silenciosamente una palabra que no llega a mi oído… me acerco más… me parece que frunce las cejas y que después las dilata… fijo más la atención… me parece que se sonríe.»

    Ante la imagen de su esposa dormida, todo parece paranormal: hay un secreto que esconde. Siente el ruido de su aliento (por otro lado, normal: lo grave iba a ser que no lo sintiese); los breves movimientos de los labios en el sueño no obedecen a otra cosa que a un fatal misterio (no a un sueño ordinario). Prosiguen las alucinaciones auditivas:

    «Un día entraba yo -escuche usted bien-, entraba yo en mi casa, dominado por estos pensamientos: cuando me acerqué a la habitación de Elena, creí sentir una voz de hombre que hablaba muy quedo allí dentro; la voz calló de pronto.»

    Que se producen justo cuando está dominado por esos pensamientos. El doctor entra en la habitación, sobresaltando a su mujer, ya en pleno delirio. Buscando como loco por su casa, encuentra que

    «(…) pasé por aquella sala que eh descrito, donde se hallaba el cuadro de Paris y Elena, y me helé de asombro al ver… Es el fenómeno más estupendo que puede concebirse. La figura de Paris no estaba en el lienzo. Creí equivocarme, me acerqué, toqué la tela, encendí muchas luces, miré, remiré… La figura de Paris ¡ay! había desaparecido.»

    A partir de aquí, los episodios se repiten de una manera periódica, mediados por espacios de calma. Las alucinaciones son más reales, más corpóreas: llega a encontrarse con Paris, que le habla para burlarse de él. Su mujer está aterrorizada, los criados le toman por loco, los rumores de los vecinos comienzan a ser atronadores. El mismo Paris, la misma proyección de su mente llega a decírselo bien claro: yo estoy aquí porque tú me has creado, y a donde vayas, iré contigo. Su obsesión, su delirio y su paranoia se han encarnado en una alucinación tremendamente vívida para el enfermo.

    Lo que para el doctor Anselmo, inicialmente, pasa por ser un episodio fantasmagórico, es para su contertulio el producto de una mente desordenada: le pregunta si le tocó, si no sería parte de un sueño, o incluso un fenómeno óptico, y algo más adelante, ya va a calificarlo sin tapujos de la siguiente manera:

    «-En verdad, es cosa inaudita -apunté yo-, que la imaginación, sin ninguna influencia externa, pueda dar vida y cuerpo a seres como ese diablo de Paris que a usted se le presentó tan a deshora. Es indudable que ese caballero no era otra cosa que la personificación de una idea, de aquella idea constante, tenaz, que usted desde tiempo atrás, y principalmente desde su boda, tenía encajada en el cerebro. Lo que no puedo explicarme es cómo adquirió existencia material y corpórea esa idea: ni sé a qué clase de generaciones espontáneas se debió ese fenómeno sin precedente en la historia de las alucinaciones. Pero siga contando a ver en qué para eso.»

    En la casa (en el ‘palacio’) del señor Anselmo, el desenlace no se hace esperar: acosada por su marido enloquecido que la aterroriza de continuo con sus delirios, la joven esposa muere en breve de una rápida enfermedad. No es hasta entonces cuando Anselmo comienza a desliar la tremenda maraña de su mente. Al parecer, tiene un amigo llamado Alejandro, hombre de particular apostura y con fama de calavera y deshonrador de matrimonios. El estado del doctor Anselmo hace que sufra una amnesia selectiva tan poderosa, que ni en los periodos menos efervescente de su manía es capaz de recordar nada acerca de su amigo. Su presencia queda solo explicada por la proyección de Paris-Alejandro: tan pronto es alucinación como es proyectada hacia la figura de su amigo. A la muerte de su esposa, los episodios remiten, hasta quedar una persona trastornada, pero sin picos de delirio significativos.

    En los episodios neurológicos, Galdós nos habla de episodios sintomáticos previos, que toman forma de pensamientos compulsivos y recurrentes. Los episodios de delirio suelen ser nocturnos, pero no exclusivamente (en una de las ocasiones, pasa la tarde caminando al lado de la figura de Paris, hasta que ésta se desvanece de improviso); tras el cuadro alucinatorio y el trastocamiento emocional consiguiente (rabia furibunda, actividad desenfrenada), se cae en un profundo abatimiento o sopor invencible (estados confusionales o crepusculares). Los cambios emocionales ante situaciones que no revisten anormalidad (la luz misteriosa, los movimientos de los labios) que he anotado, son también reveladores del inicio de la manifestación.

    Con frecuencia se ha hablado que estos cuadros de alucinaciones visuales complejas pueden ser de origen epiléptico, y producto de lesiones en los lóbulos frontales u occipitales. Un neurólogo buscaría expresar la manifestación fenomenológica como dependiente del girus fusiforme (memoria de representación perceptual) o del sulcus temporal para explicar los trastornos de percepción en la audición; no creo que sea necesario trazar la cartografía del cerebro en estos momentos: yo me escaparé por la escotilla para seguir hablando de Literatura.

    Lo curioso de La Sombra es el avance del folletín gótico hasta la novela psicológica (psiquiátrica), apenas aderezado por su habitual madrileñismo. Para Federico Carlos Sainz de Robles esta novela introduce la novela freudiana en éste país. Difícil decirlo; no tengo nada para contradecir a una persona tan leída, pero como le he pillado un par de renuncios, tampoco voy a afirmar que no errase nunca. Desde luego, puede ofrecerse como una curiosidad (dentro de la producción galdosiana) y como una honesta novelette, donde el lector no saldrá saciado, pero sí satisfecho.


    (Supongo que hoy en día hubiese escrito este artículo de manera radicalmente distinta)