Miguel García-Posada, hombre de letras, crítico y editor-paladín de Federico García Lorca, lleva cerca de un año escribiendo en su página La Alegría de las Musas.
He leído las críticas y los artículos de García-Posada con cierta asiduidad desde hace años, y coincido con cierta persona de severo juicio con los críticos españoles en que es uno de los verdaderamente interesantes. Yo padezco la enfermedad de no gustarme Lorca —defecto que para él supongo que será imperdonable—, mas eso no me exime de reconocer la valía de los trabajos que G-P le ha dedicado (tampoco soy adicto a Ortega, y eso no me va a hacer echar por tierra la labor de Juan Pablo Fusi, qué demonios). Hace poco terminé el segundo volumen de su autobiografía, ese género que no se prodiga mucho entre los hablantes de lengua castellana. Ahora, me encuentro en un espacio en el que puedo hablar con él con mediana comodidad. Digo solo mediana por dos motivos: primero, porque todavía no me gané el pie de igualdad para conversar con quien sabe tantísimo; segundo, porque el alojamiento de la página de Posada pertenece a Madrid I+D, que tiene una marcada vocación científico-tecnológico-educativa, y hay que cumplir con el ritual: uno no puede desviar en demasía hacia la Literatura, a no ser que sea para considerarla un caso de educación escolar. Una estrecha franja. Pero es la que hay, y por ella hay que transitar.
Durante algunos días, los muchachos de Blogsome, anfitriones de este cuaderno de bitácora perdido de la mano de Dios, han decidido mejorar la hospedería de la manera habitual: haciendo que todo intercambio entre ella y su autor sea imposible. La cosa no es, ni mucho menos, rara. Vivimos un mundo amigo de esas contradicciones, a las que todo ciudadano está acostumbrado. De un día para otro, le tuercen y enmarañan las carreteras, clausuran las líneas de Metro, cortan la línea de teléfono o le abren bajo su casa la Fragua de Hefesto. En pro de una mejora siempre-futura, el habitante del mundo civilizado (es decir, el mundo lleno de cacharros hasta los topes) regresa a una edad de piedra tecnológica: no puede emplear el teléfono, ha de caminar en sus desplazamientos largos o, inquieto en grado sumo, no pega ojo por el rugido de la maquinaria. La mejora, la siempre ideal imagen, se instala con la misma fuerza en el futuro que las incomodidades en el presente.