Historia, Mensajes Antiguos08/01 /2006 10:25 pm

Leyendo unos artículos acerca de Johannes Malalas, el historiador bizantino, encuentro una cita del mito de Acca Laurentia (Lykaina, para él; Aca Larencia, diríamos nosotros). Malalas sigue la tradición que hace de Laurentia nodriza de Rómulo y Remo, pero de algún modo, no olvida la segunda forma del mito. Según aquella, un sirviente del templo de Hércules (en la versión de Malalas, es Ares) reta al dios a vencerle en una partida de dados, prometiendo, si es que él mismo pierde, pagar como tributo una hermosa mujer. Como es de esperar, pierde, e Acca Laurentia, por Jacopo della Quercia introduce a una mujer (se entiende: una esclava) en el templo para que mantenga amorosas relaciones con el dios.

Malalas incurre en una doble racionalización del mito: por un lado, explica que, siendo sacerdotisa de Ares, hubo de ser seducida (y preñada) por un soldado; por el otro, anuncia que esta mujer no era la misma Acca Laurentia, sino su madre (la de Acca, es obvio), quien atendía por el nombre de Ilia. Expulsada por la vergüenza pública a los bosques, tuvo allá su hogar y el de su hija, que terminaría por encontrar en tan desolado paraje los cuerpos de los dos bebés Rómulo y Remo. Así se explicaría la presencia de una moza joven en medio de los bosques.

Acca Laurentia es una figura curiosa dentro de la mitología romana, porque dejó pronto el estatus de nodriza o de hetaira (prostituta adscrita a un templo) para ascender al mundo de los dioses. Ciertas leyendas la hacen madre de doce hijos, que fue sacrificando uno por uno para conseguir la fertilidad de los campos. Por esto, es al tiempo señora de los cultivos y deidad matrona de los muertos. Su festividad se celebraba el 23 de diciembre: como el año romano concluía en ese día —hablo del calendario arcaico de 304 días— también estaba presente tanto en el advenimiento del año como en el funeral del anterior. La celebración de las fiestas en honor a Acca Laurentia (la fiesta se llamaba Laurentalia) fueron finalmente absorbidas por una celebración en honor a los Lares. Visto que las Laurentalias tenían un carácter fundamentalmente fúnebre, se les adscribó a los lares dicha labor, desconocida, por lo menos durante hasta más allá del siglo II ac. Las tradiciones explicativas posteriores, que quisieron hacerlos hijos de Laurentia (o de Mania) corresponde a la elaboración de un mitosobre-la-marcha, un modelo aclaratorio que lo único que consigue es embarrar más la ya de por sí confusa historia de Laurentia. En esta casa, son las únicas fiestas a celebrar: no sabemos de pesebres, ni de niños, ni de magos (naturalmente, orientales: en lengua pehlvi, mago vale por sacerdote), ni de nicolases allanadores de moradas.

Los lares, esos espíritus semidivinos, son los ejemplos más antiguos que tenemos de deidades en las fuentes arcaicas. Huyen de toda genealogía, y permanecen ligados por excelencia a las propiedades territoriales: la idea de que cada hombre, o cada gens (familia) tiene unos lares particulares, en tanto familia o individuo, es claramente posterior, posiblemente de época de Cicerón, quien en su traducción del Timeo platónico, vierte daemon por lar.

Así, los lares más antiguos muestran su tutela en los cruces de caminos o en las lindes de los terrenos. Sus festividades más importantes, los Ludi Compitali, homenajeaban a estos ancianos lares desde tiempos remotos: fueron instaurados ya por mano de Tarquinio Prisco, como reconocimiento y veneración de los ascendientes de Servio Tulio, que tuvieron que ver con los lares. Algo después del solsticio de invierno, los paterfamilias vecinos se reunían en la convergencia de sus terrenos para honrar juntos a los lares compitales. En tiempos de Dionisio de Halicarnaso (IV, 27) se les ofrendaban tortas de miel; el historiador se complace narrando que eran los esclavos los encargados directos de la ofrenda, quedando además durante el tiempo de la Compitalia en libertad para hacer lo que se les diese en gana. Menos satisfecho y más tenebroso escribe Macrobio, quizás porque recuerda que la vinculación de los esclavos a esos juegos tenía origen en una costumbre pretérita. En el periodo de la Monarquía, durante las Compitalias, los árboles que se hallaban en los limes (en este caso, «linderos de los terrenos») eran adornados con las cabezas de esclavos sacrificados colgando de sus ramas. Con la caída de la monarquía, se acabó una costumbre tan violenta, sustituyendo las ofrendas humanas por ajos y amapolas (hoy hablamos de cabezas de ajo o de cabezas de amapola. No hay que insistir más en su papel simbólico). También terminaron por prenderse de las ramas figuritas de lana, tantas como hombres y mujeres hubiese en la casa. Este primitivo árbol navideño protegía a los habitantes de un lugar dado de todo mal por obra y gracia de los lares praestistes, o daba testimonio de las propiedades a la manera de un arcaico Registro Civil. Qué más se puede pedir. Hoy en día, ahorcamos imágenes de Papá Noel (o Santa Claus, o san Nicolás, o Viejitos Pascueros, lo mismo da) o (en España) figuras de chocolate recubierto con papeles dorados en forma de los Reyes Magos de Oriente sin esperar ninguna respuesta, sin oir otra cosa que el atroz silencio de unas festividades muertas. Al lado de estas figuras contemporáneas, penden esferas balanceándose, como un día lo hicieron las cabezas de los esclavos romanos que honraban con su movimiento pendular a los dioses lares.

De fruta de cabecitas
vereis los árboles llenos.
Nos deseamos, con la mejor de las voluntades (pero con la misma incertidumbre de dejarlo en manos del Azar) un buen año. Los terribles paterfamilias de antaño se garantizaban la tranquilidad con el precio de la sangre vertida para saciar la sed anual de los lares. Y dicen que hoy dominamos el curso de nuestras vidas. Pamplinas.

Arte, Mensajes Antiguos 9:23 pm

Hasta donde llego, el extraño Evangelio de Juan, en la versión de la Vulgata, es el único que ofrece las aprensiones del Noli me Tangere. Veamos el contexto (empleo la versión castellana clásica de Reina-Valera) en Juan, 20:

Y el primer día de la semana, María Magdalena vino de mañana, siendo aún obscuro, al sepulcro; y vió la piedra quitada del sepulcro.
Entonces corrió, y vino á Simón Pedro, y al otro discípulo, al cual amaba Jesús, y les dice: Han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde le han puesto.
Y salió Pedro, y el otro discípulo, y vinieron al sepulcro.
Y corrían los dos juntos; mas el otro discípulo corrió más presto que Pedro, y llegó primero al sepulcro.
Y bajándose á mirar, vió los lienzos echados; mas no entró.
Llegó luego Simón Pedro siguiéndole, y entró en el sepulcro, y vió los lienzos echados,
Y el sudario, que había estado sobre su cabeza, no puesto con los lienzos, sino envuelto en un lugar aparte.
Y entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro, y vió, y creyó.
Porque aun no sabían la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos.
Y volvieron los discípulos á los suyos
Empero María estaba fuera llorando junto al sepulcro: y estando llorando, bajóse á mirar el sepulcro;
Y vió dos ángeles en ropas blancas que estaban sentados, el uno á la cabecera, y el otro á los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.
Y dijéronle: Mujer, ¿por qué lloras? Díceles: Porque se han llevado á mi Señor, y no sé dónde le han puesto.
Y como hubo dicho esto, volvióse atrás, y vió á Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús.
Dícele Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿á quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, dícele: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.
Dícele Jesús: ¡María! Volviéndose ella, dícele: ¡Rabboni! [que quiere decir Maestro].
Dícele Jesús: No me toques: porque aun no he subido á mi Padre: mas ve á mis hermanos, y diles: Subo á mi Padre y á vuestro Padre, á mi Dios y á vuestro Dios.
Aquí nos quedan dos cosas bastante claras: primero, que María de Magdala marcha sola a visitar la tumba del rabboni (¡arrea!), y segundo, que sin hacer gesto alguno, el resucitado la amonesta ya de antemano para que no lo toque de ninguna de las maneras.

En los Evangelios Sinópticos, la cosa cambia bastante en estos dos puntos: Después del sábado, al apuntar la luz del primer día de la semana (obviamente, el domingo) vinieron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro , dice Mateo (28:2). La cosa sigue, porque tras ver el sepulcro vacío y que un señor que tenia un aspecto como un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve (indudablemente era un guardiamarina español) les dice que Jesús se ha ido a dar una vuelta. Salen alborozadísimas, y en el camino, se topan con el mismo Jesús y ellas le cogieron los pies y lo adoraron. Nada de decir que no le toquen, sino que les manda recado para los apóstoles.

En el breviario de Marcos (16), se les une una señora más: Y pasado el sábado, María Magdalena y María la de Jacobo, y Salomé, compraron ungüento… , etc. Otra más que se une a la fiesta. Esto es como cuando se corre la voz de que los tomates han bajado, y primero hay una persona en el puesto de las verduras, luego un par, llega una tercera, y tras ellas, la tropilla de los compradores. Ya tenemos a tres.

Prosigue el bueno de Marcos contando que en el primer día de la semana mostrose primero a María Magdalena, de la que había expulsado a siete demonios. . No entiendo demasiado bien el texto: no estoy tan versado como para saber si los expulsa antes o en el momento de encontrarla. No dice, empero, nada de que no le toque, sino que parece bastante amistoso, prestándose incluso a barrerle el espíritu de porquerías.

Con Lucas, llega el desmontón; la imagen del puesto de verduras cobra su sentido: Ya están Magdalena y María la de Jacobo , dice Lucas; pero para él, fueron las mujeres que habían venido con Jesús desde Galilea , y debieron ser, a su entender, más que estas dos, porque dice claramente que estaban entre ellas María Magdalena, Juana, y María la de Jacobo; y también las otras que las acompañaban referían estas cosas a los apóstoles. (Lucas, 24:10-11). La tropilla de mujeres no ve a Cristo por el camino, con lo cual no tienen que ser reprendidas de nada raro, ni tampoco pueden tirarse de cabeza a los tomates…digo a los pies. Para compensar, en lugar de ver un guardiamarina español, ven a dos. Lo comido por lo servido.

Resumiendo:

Juan: 2 Guardiamarinas, 1 mujer, 1 bronca.
Mateo: 1 Guardiamarina, 2 mujeres, sin bronca.
Marcos: 1 Guardiamarina, 3 mujeres, 7 demonios menos, sin bronca.
Lucas: 2 Guardiamarinas, avanzadilla de mujeres, ni ven a Cristo.

Cristo —o Frascuelo, según se vea— en la plenitud de su faenaLa balumba es tan fenomenal que no son extrañas las variaciones del Noli me tangere entre nuestros pintores. Para ilustrar lo que comento, véase tan solo la sorprendente pintura de Tiziano. Según Tiziano, Magdalena venía a a cuatro patas, y Cristo, queriendo ser Frascuelo le mete una verónica de esas que levanta a los del tendido 7. Es sorprendente lo que se aprende de la vida de los pintores observando con detenimiento sus obras. De ésta, podemos colegir sin posibilidad de equivocarnos que Tiziano era todo un entendido del abominable espectáculo del toreo (púlsese la imagen para agrandarla).

Jesús regulando el tráficoPara el Bronzino, el Noli me tangere ofrece la posibilidad de la descortesía, por no decir que vive en animado contubernio con lo grosero. Hay que ver con qué alegría —casi a la carrera— viene María Magdalena para darle un achuchón… sólo para encontrarse a su amigo Jesús marcándole un stop digno del más avezado de los guardias urbanos. Realmente, la divinidad es fértil en desplantes y comportamientos descorteses, pero esto roza ya el límite. Primero le desaloja los demonios del cuerpo, y luego, si te he visto, no me acuerdo. No sé cómo los creyentes pueden sufrir este comportamiento escandaloso por parte de su Señor. Así les irá, digo. Por decirlo en palabras de De Quincey:

Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo, ya no se sabe dónde podrá detenerse.
Literatura 1:39 pm

Hayy a punto de hacer su viaje marítimo. Grabado para la edición londinense de Ockey, 1708 El filósofo autodidacto es el título que ha pervivido de la obra de ese médico medieval que la tradición cristiana conoce con el nombre de Abentofail y que más apropiadamente llevó el nombre de Ibn Tufail. Nació en Granada en 1110, muriendo en Marraquech cerca de 1185. Conoció el esplendor granadino de los reinos de Taifas: es, por tanto, hijo de esa luz del pensamiento y la tolerancia que ardía en la península ibérica frente al tosco fundamentalismo cristiano, y que los historiadores medievalistas han tratado tradicionalmente de hurtar a los estudiantes. En el recuerdo histórico, fue eclipsado durante largos siglos por la tremenda fama del más dotado de sus alumnos —quien para nosotros se llama Averroes—, condicionando por tanto su ulterior fortuna editorial. En nuestro país —como, ay, viene siendo la costumbre— es, a lo sumo, discreta. Al menos, tenemos la edición (casi misteriosa) que Cándido Ángel González Palencia publicó en 1948, por no hablar de la (inencontrable) versión de Pons Bohigues. Mejor suerte ha corrido en Inglaterra: la obra que citamos es famosa por servir como fuente y génesis del (nada menos) Robinson Crusoe, de Defoe, y quizás por eso, se le ha prestado más atención. Es ciertamente lastimoso que siendo estas las tierras de nacimiento de Abentofail lo tengamos sometido a la condena del olvido.

Tiene esta obra como punto central la naturaleza del conocimiento extático, tan querido para los heterodoxos sufíes, y que tan excelente fruto ha dado en las letras arábigas. Pero, de manera curva, Abentofail prefiere explicar el tema mediante la narración de la vida (absolutamente ficticia) de Hayy Ibn Yaqzan de una manera tan deliciosa, que el lector queda de inmediato encantado con el devenir de la historia. El comienzo de su vida es ya todo un locus communis que, por el reconocimiento, proporciona un vivo placer. Dice así:

Dicen que enfrente de esta isla en la que Hayy vivió, había otra, más grande, de playas extensas, de muchas riquezas y muy populosa, en la cual reinaba un hombre de carácter altanero y orgulloso. Este rey tenía una hermana, a quien impedía contraer matrimonio. Rechazaba todos los pretendientes, por no encontrar ninguno que le pareciera digno de ella. La joven tenía un vecino, llamado Yaqzan, con quien casó secretamente, según uso permitido por la religión dominante entonces en aquel país. Ella concibió de él y parió un niño. Y temiendo que se descubriese su deshonor y se revelase su secreto, colocó al niño (después de haberle dado el pecho) en una caja, cuya cerradura aseguró; salió con su preciosa carga al principio de la noche, acompañada de sus esclavas y personas de confianza, hacia la orilla del mar, llevando su corazón abrasado de amor hacia el niño y lleno de temor por su causa. Luego, se despidió de él diciendo: «¡Oh, Dios! Tú eres quien ha creado este niño, que no era nada ; Tú lo has alimentado en lo profundo de mis entrañas y Tú te has cuidado de él hasta que ha estado acabado y perfecto. Temerosa de este rey violento, orgulloso y terco, yo lo confío a tu bondad, y espero que le concederás tu favor. Está a su lado y no lo abandones, ¡oh, el más piadoso de los piadosos!». Después arrojó la caja al agua. Una ola impetuosa la arrastró y la llevó, durante la noche, a la playa de la vecina isla, anteriormente citada.
Este es un motivo recurrente en la Literatura, que marca por completo el devenir del personaje. Abandonado por los suyos, siendo con frecuencia de alto linaje, el joven aprendiz de viviente va a partir en sus primeros años de un estado de indefensión social contrario a su rango. El motivo del destierro toma una forma casi criminal: de bien niño, sólo o en compañía, es lanzado a las aguas en una embarcación precaria. Con Hayy, un nuevo nauta infantil viene a sumarse a las huestes de la marinería temprana, haciendo causa común con Perseo, el Sinuhé de la dinastía XII (no me refiero a la novela de Waltari, sino al relato egipcio antiguo, que es infinitamente más rico), y el mismo Moisés. Del mismo modo que Simbad el marino recorre las mismas desventuras que Odiseo, Hayy se nos revela un nuevo Perseo, hijo de vecino y no de dios, pero seguidor de las mismas huellas.

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