Desde el Tesoro de la Lengua Castellana o Española (1611) de Sebastián de Covarrubias, pedante era aquel maestro itinerante que enseñaba a los niños la Gramática por las casas. El Diccionario de Autoridades de 1737 conserva esa definición, mas incluye una nueva acepción que comienza a merodear el carácter peyorativo y burlesco que damos hoy a esta voz: «llaman también [pedante]», dice, «al que se precia de sabio, no teniendo más que unas cortas noticias de Latín». Pedantería (mismo diccionario) sería «ignorancia, torpeza, necedad, bobería, que particularmente se entiende del que se mete a hablar en Latín y dice desatinos o solecismos».
Estas líneas evidencian la relación directa entre sabiduría y conocimiento del latín que hubo en el XVIII entre las clases cultas. Pero por otro lado, sitúa el ámbito del delito de la pedantería en lugar muy distinto al de hoy en día: pedante es el falsario, aquel que se arroga conocimientos que no tiene y, al hacerlo, incurre en el babel gramatical, sobre todo en lengua latina. Lo censurable del caso es el hablar de lo que se ignora, jactarse de lo que se desconoce. La referencia al latín en la entrada pedante no varía en los subsiguientes diccionarios de la Academia de 1780, 1783, 1791 y 1803.
No es sino en la edición de 1817 cuando se acorta la definición, omitiendo mentar latines. De esta manera, pedante sería «el que se precia de sabio, no teniendo más que conocimientos cortos y superficiales». También la definición de pedantería sufre un ajuste, al desaparecer la mención al solecismo (quizás por redundante, porque los desatinos no son sólo semánticos, sino también gramáticos). Aquí se ha trocado la incompetencia lingüística por la falta de sabiduría en general. Sea en un ámbito particular o en el general, el pedante, empero, seguirá haciendo de las suyas durante los siguientes treinta y cinco años, sobreviviendo a cinco ediciones del diccionario de la docta casa (1817, 1822, 1832, 1837 y 1843).
En el diccionario de 1852 hay un singular cambio de redacción para las voces que nos ocupan. La primera acepción de pedante continúa siendo la dada por Covarrubias y que se ha mantenido invariable en todos los diccionarios anteriores. La segunda de ellas dice textualmente: «El que se precia de sabio no teniendo más que conocimientos ordinarios y superficiales» —hasta aquí, sigue el plan de 1817, pero añade a continuación, tras un punto y coma «y también el que hace vana e inoportuna ostentación de ellos, aunque sean sólidos o extensos». La pedantería, por su parte, se afronta de esta forma novedosa: «Vicio que consiste en afectar ciencia, vertiendo a cada paso especies recónditas, usando locuciones extrañas, sembrando citas y latines, y en especial delante de personas poco instruídas.»
Según esto, se entiende que pedante es tanto el que sabe como el que no, sin tener importancia en consecuencia el caudal de sus conocimientos, sino el ámbito donde los emplea y las intenciones que lo animan. Ocupando ambos lados de la puerta del conocimiento, se veda la entrada a la jactancia. Sorprende, por otra parte, que reaparezca el latín, pero justo con el uso contrario al que se le dio 115 años antes. Si en el pasado el delito era alardear de ser hombre de letras teniendo un latín endeble y garrafal, en 1852 importa bien poco que el dominio de esta lengua sea impecable con tal de que no se emplee ante personas carentes de instrucción. El delito se ha desplazado desde la impropiedad en el habla hasta la vanidad, el darse fuste, el alardear, etc., cosa que es calificada como viciosa. Aquí tengo mis dudas, que plantearé más adelante.
No debió quedar la Academia muy conforme con tal definición, que aguantó sólo las ediciones de 1852 y 1869. Quizás, teniendo tras la oreja el prurito de caer en la pedantería, no se estaba muy de acuerdo con unas locuciones («afectar ciencia, vertiendo a cada paso especies recónditas») que tendían al arcaísmo y que, como tal, podían ser señaladas como infectadas del mismo virus que denunciaban. Así, en su edición de 1884 se acometen importantes obras en esta entrada. Primero: por primera vez, la acepción del XVII, que siempre había estado en primer lugar («Maestro que enseña a los niños la Gramática, yendo a las casas»), cae al segundo lugar, ascendiendo ya la que hoy conocemos como primordial. La redacción es diferente: «Aplícase al que, por ridículo engreimiento, se complace en hacer inoportuno y vano alarde de erudición, téngala o no en realidad». Pedantería, entre tanto, queda reducida a su mínima expresión tautológica: es el «vicio del pedante» (y habría que pensar la importancia de que el delito quede definido por la actitud del delincuente, y no por la tipificación del delito en sí mismo). Queda claro por tanto que la inoportunidad del alarde no es sólo vana (y por ello, merecedora de una cierta censura o tironcillo de orejas), sino que además es ridícula: merece la risa, la presión popular a base de la carcajada o el terrible ataque de la burla social. Así, y no de otro modo, se ha de atacar a quienes ostenten de manera inapropiada su saber. De esta manera se define invariablemente en las siguientes ediciones de 1899, 1914, 1925, en la ilustrada de 1927 y en las del periodo franquista: 1936, 1939, 1947, 1950, 1956 y 1970. En las ediciones de años democráticos, 1980, 1984, 1985, 1989 y 1992, la acepción del maestro itinerante permanece, mas empleando el tiempo en pasado, demostrando con eso el desuso de la profesión. La definición lucubrada en 1884 hizo fortuna en todas ellas, aguantando un buen número de ediciones, y sufriendo apenas en 1992 un leve toque de redacción: «Dícese» —anota este diccionario—«de la persona engreída que hace inoportuno alarde de erudición, téngala o no en realidad», texto en el que cae la mención a lo ridículo. Algo es algo.
He repasado con cierta prolijidad las acepciones del Diccionario de la Real Academia Española porque me encuentro con que el campo semántico de la voz es cada vez más amplio y por tanto, más impreciso. Se viene acusando de pedante de unos años a esta parte a todo aquel que conversa y escribe sobre Humanidades, independientemente de su falta de voluntad de lucimiento y sin tener en cuenta ante quién se habla o en el lugar donde se escribe. En un giro espectacular, la pedantería se detecta por la misma materia del discurso y no las intenciones jactanciosas o la calidad del auditorio. ¿Quién —parece decirse— puede querer hablar del Nuevo Historicismo, de pianofortes del siglo XVIII, del concepto de negatividad en Hegel, o de una figura integrante del Cortejo de Dionisos, que tallada en amatista, previene contra la embriaguez? ¿Quien tiene en boca tales paparruchas inservibles más que para alardear de vanos conocimientos?. La propiedad en la expresión; determinados modos del discurso que no dan pábulo a esa terrible tendencia de validar de igual modo la opinión y la verdad, siendo su fórmula extrema ese nihilismo de patio de colegio que niega que pueda haber dicha verdad; la defensa de que un comentario atinado, centrado, profundo, y vasto no tiene la misma categoría que cualquier chalanería que se le enfrente, provoca de inmediato el calificativo de pedante. Se relaciona con una defensa jerárquica que ataca —piensan ellos— la democracia en el discurso. De la misma manera, un congreso sobre la literatura medieval danesa se torna un nido de pedantes; una clase magistral donde se versa sobre el estado actual de indoeuropeo es viciosa, ridícula, y afectada, cuando no engreída. Una conversación entre dos personas que aman el ático coloquial del siglo IV y que discuten animadamente sobre la vigencia del aoristo en una frase conservada de Platón, será objeto del público escarnio, sólo porque cierta parte del público que ha pegado ilícitamente la oreja no comprende de la misa la media. El arco traza así un círculo completo englobando todas las posibilidades del conocimiento humano. Si en el principio lo reprobable fue hablar de lo que no se sabe, ahora lo es hablar de lo que se sabe: en ninguno de los casos importa el contexto, que para estos adalides del concepto de pedantería tiene que sonar como un atenuante. Vicio a fustigar con el mismo empleo de la palabra, con la chacota a destiempo, con la carcajada tosca y bárbara.
De pedantes tilda René Wellek, el extraordinario estudioso praguense, a numerosos críticos literarios neoclásicos en el volumen I de su Historia de la Crítica Moderna (1750-1950). No da, empero, ejemplos de su pedantería, por lo que hemos de entender que, para él, el término agota toda explicación ulterior. Nos quedamos también sin saber a qué forma de pedantería se refería, y si el desplazamiento semántico de la palabra sufrió el mismo trayecto en inglés (W. escribe su obra en esta lengua) que en castellano. Quizás se refería a que tenían un mal latín jactándose de lo contrario y que, como corresponde a su época, eran pedantes de 1737.

Durante algunos días, los muchachos de Blogsome, anfitriones de este cuaderno de bitácora perdido de la mano de Dios, han decidido mejorar la hospedería de la manera habitual: haciendo que todo intercambio entre ella y su autor sea imposible. La cosa no es, ni mucho menos, rara. Vivimos un mundo amigo de esas contradicciones, a las que todo ciudadano está acostumbrado. De un día para otro, le tuercen y enmarañan las carreteras, clausuran las líneas de Metro, cortan la línea de teléfono o le abren bajo su casa la Fragua de Hefesto. En pro de una mejora siempre-futura, el habitante del mundo civilizado (es decir, el mundo lleno de cacharros hasta los topes) regresa a una edad de piedra tecnológica: no puede emplear el teléfono, ha de caminar en sus desplazamientos largos o, inquieto en grado sumo, no pega ojo por el rugido de la maquinaria. La mejora, la siempre ideal imagen, se instala con la misma fuerza en el futuro que las incomodidades en el presente.
En el capítulo XXI, al Pinocchio le va cada vez peor: ha sido perseguido por una zorra y un gato travestidos de filántropos o de asesinos, estafado, burlado y, finalmemente, encarcelado. Habita ahora en tierra extraña, en los alrededores de la ignota ciudad de Acchiappa-citrulli (algo así como Atrapa-memos; y me pregunto si en realidad no es el nombre de toda ciudad), lejos del amor de su querido babbo y de la ayuda providencial de la Fata. Como tantas otras veces —y ésta es una novela escrita en tiempos durísimos—, siente la llamada acuciante del hambre; pero se ha quedado sin las cinco monedas de oro que el buen Mangiafoco (Tragafuegos) le había dado. Ante él sólo se abren las vastas tierras agrarias italianas. ¿Qué hacer cuando le está acometiendo il morsi terribili della fame (la terrible dentellada del hambre)? Pinocchio, que es al al tiempo niño y burattino, se muestra incapaz de sobrevivir en el interior de un mundo hostil sin la ayuda de los adultos. Sus pensamientos de madera infantil le dirigen presto a unos campos de cultivo aledaños, que aparecían cubiertos d’uva moscadella (de uva moscatel). Pero al avanzar al interior del cultivo, la terrible dentellada de un cepo de dientes metálicos le atrapa las piernas.
Retirada Kirsten Flagstad de los escenarios, la corona de soprano wagneriana recayó sobre dos figuras majestuosas: La primera de ellas fue Astrid Varnay —la Inalcanzable—, de quien se ha hablado con frecuencia en estas páginas; la segunda, no menos grande, fue la soprano sueca Birgit Nilsson, quien murió en una fecha indeterminada anterior al nueve de Enero de 2006. Aunque por razón de edad hacía tiempo que estaba fuera del mundo musical, la pérdida sigue siendo dificilmente cuantificable. Se apaga una luz, el reino se angosta, y la noche se hace más evidente en el País de la Ópera Wagneriana.
Artífice infatigable de su propia carrera directorial, el moravo oriundo de Kromeríz Václav Talich (1883-1961) fue forjándola con tenaz laboriosidad, sin precipitación ni fluctuaciones, esforzadamente consolidada al punto de irradiar un prestigio refulgente, hasta que resultó infamada por el arbitrario desvarío de la política. Mediante una recomendación de Dvorák estudió con Otakar Sevcík y Jan Marák en el Conservatorio de Praga, adquiriendo una formación de violinista de 1897 a 1903; lo cual le permitió ese año ser violín solista de la Filarmónica de Berlín. Una repentina enfermedad suspendió en 1904 su contrato berlinés, lo que le llevó a aceptar sucesivas ocupaciones como director en la Ópera de Odesa, profesor de violín en Tbilisi, regidor de la Filarmónica y la Ópera de Ljubljana, cursar breves estudios en Leipzig (con Max Reger y Arthur Nikisch) y Milán, y guiar de 1912 a 1915 a la Ópera de Plzen. El 12 de diciembre de 1917 tuvo Talich la oportunidad de dirigir su primer concierto con la Orquesta Filarmónica Checa, en sustitución del indispuesto Karel Kovarovic, integrado por un programa con obras de Ostrcil, Novák y Dvorák. También le llegó la ocasión de dirigir por vez primera la Ópera del Národní Divadlo (Teatro Nacional) el ulterior 3 de julio, que regentaría en calidad de director artístico desde 1935 hasta que los nazis lo cerrasen en 1944. Mientras tenía lugar el ensayo general de Zrání (”Maduración”), obra inédita de Josef Suk estrenada el 30 de octubre de 1918, acaeció la caída de la monarquía austrohúngara el 28 de octubre y el consiguiente advenimiento de la libertad para el pueblo checo. Finalmente, en septiembre de 1919 Talich adquirió el rango de director principal de la Filarmónica Checa. Se enfrentaba al desafío de transformar una orquesta de calibre provinciano, carente de tradición, repertorio establecido y constituida por miembros mediocres, en otra de calidad y envergadura internacionales. Asumió el reto con tal entusiasmo que pronto la acreditó como una de las formaciones más apreciadas del mundo, merced a concentrar en su seno a los mejores instrumentistas nacionales y dotarla, metódica y sistemáticamente, de un peculiar estilo interpretativo y una distintiva sonoridad basada en el conjuntado equilibrio entre la belleza de las cuerdas y la precisa afinación de las demás secciones. Consagró y difundió Talich el merecido renombre de su orquesta en el transcurso de numerosas giras por el extranjero (Italia, Suecia, Inglaterra), atrayendo a la vez la atención sobre sus propias aptitudes personales. Desde su primera grabación de Ma Vlast (”Mi Patria”), de Smetana, efectuada en Praga en 1929 por la británica H.M.V., logró imprimir su signatura de inconfundibles trazos personales a su posterior legado discográfico: autocontrol del ego a fin de servir y no ensombrecer al compositor, pulso fluyente, dominio dinámico, pujanza rítmica y ductilidad melodiosa y cantable; cualidades transferidas a sus discípulos Krombholc, Ancerl y Mackerras, entre otros, y por ellos diferentemente asimiladas.



Aquellos que compren el diario El País y sean (o quieran ser) amantes de la bella música, están de enhorabuena. El domingo 8 de Enero de 2006 comienza una colección discográfica de Mozart en 30 volúmenes excelentemente presentados y muy bien seleccionados. Por 2.95 el disco, creo que merece la pena hacerse con unas grabaciones de primera que suelen estar a un precio muy, pero que muy superior.