Música25/11 /2005 6:51 am

James King  en su madurez

James King, uno de los más extraordinarios tenores heroico-dramáticos de los años 60-80 del pasado siglo, falleció el pasado 20 de Noviembre de 2005

James King había nacido en Dodge City, Kansas, el 22 de Mayo de 1925 en el seno de una familia sin orientación musical; no obstante, pronto se sintió atraído por el piano y el violín, hasta que sus cualidades vocales le llevaron hasta el coro escolar. Hasta 1955, su carrera no salió de los cauces de una (competente) diletancia. Profesor de canto en la Universidad de Kentucky, director del coro de voces masculinas, y cantante aficionado él mismo en el registro de barítono, a los treinta y cinco años se encontró con problemas al preparar las partes más profundas del papel de bajo de El Mesías de Haendel. Preso de la preocupación, acudió a un especialista. Curiosamente, en el lugar en el muchos cantantes encuentran la declaración del crepúsculo de su voz, James King encontró su luz en un insospechado Camino de Damasco. La revelación fue clara, directa, y ajena a la retórica: No hay duda —fue el dictamen profesional— de que usted no es un barítono, sino un tenor.

King llegó a la consulta con la oscura impresión de que sería desahuciado para el canto. Se encontró convertido en un verdadero cantante. Estudió su voz, aprendió a reforzar su registro alto hasta dotarlo de la consistencia necesaria, y tuvo el suficiente empeño y confianza en sí mismo (hoy nos puede parecer descabellado que no la tuviese el poseedor de un instrumento tan hermoso) como para perseverar por entre la falta de suerte y oportunidades. Sustituyó a Sándor Kónya en 1961 en Cincinatti en el papel de Bacchus, de la Ariadne auf Naxos (¡nada menos!). De allí, a la ópera de San Francisco (Don José, en Carmen), y el salto a Europa (el Cavaradossi de Tosca). A partir de este momento, la carrera de James King sufre una aceleración prodigiosa: canta en la Deutsche Oper, en Salzburgo, en Bayreuth. Su voz, de amplia seguridad en los tonos centrales y de hermoso metal en la superior, es emitida con natural musicalidad y buen sentido de la medida. Ello hace de él el ideal para los papeles wagnerianos más luminosos y ligeros. Sus condiciones dramáticas son excelentes, aunque con marcada tendencia a colorear sus personajes con una franca honestidad viril —e incapaz, por tanto, de hacer una lectura demoníaca de sus interpretaciones; tanto como de cantar mal. King brilla especialmente en tres papeles wagnerianos: Lohengrin como puede comprobarse en el extraordinario registro editado en Golden Melodram; Walther von Stolzing, de Los Maestros Cantores, y finalmente Parsifal. Tuvo pocas oportunidades, saboteadas por la mala suerte, de dar cuerpo a Sigfrido, y rehusó abiertamente a enfrentarse a Tristán por no parecerle adecuado a sus características. Una voz de heldentenor como la suya invita a examinarlo en las óperas de Strauss (si es que se duda de las capacidades de quien fue quizás el Bacchus más memorable y posíblemente prolífico de la Historia de la Ópera). Un somero vistazo nos revela que resulta indispensable, ineludible: no hay manera de esquivar su presencia clarificadora, bien sea en el rol previamente citado o en el Kaiser de Die Frau ohne schatten. Y no hay que olvidar su Beethoven (Florestan en Fidelio, de noble color, o un heroico Jesús en Cristo en el Monte de los Olivos). Finalmente, hay que destacar su dedicación a la ópera italiana en los papeles de más calado dramático (Radamés, Otelo).

Tras su retirada de la escena en 1989 (con 64 años, y con una merma apenas apreciable en sus cualidades canoras), James King vuelve a la enseñanza en su país de origen. Este año, como homenaje a su ochenta cumpleaños, el sello Orfeo le dedicó una extraordinaria retrospectiva en la que podemos encontrar a ese pletórico tenor capaz de fascinar a los auditorios de los más importantes teatros de ópera. Es una verdadera lástima que él no haya tenido tiempo de disfrutar de tan merecido homenaje durante algunos años más. En cuanto a nosotros, para quienes el tiempo de vida de un músico es siempre una medida demasiado pequeña, tendremos que consolarnos con las grabaciones de él tenemos. Que no es poca cosa. Ni mucho menos.

Literatura20/11 /2005 12:01 am

Farien y los hijos del rey Bohores en la iluminación del folio 5r, Manuscrits Français 111, BNF Richelieu La infancia de Lancelot se desarrolla dentro de los veinte primeros capítulos de la gran novela en prosa que nos ocupa y en ellos, Farien brilla con luz propia. Si bien representa el ideal de caballero intachable, maduro en el combate y mesurado en sus acciones, al tiempo es un personaje que se debate en las redes del doble vínculo de vasallaje. Al contrario que otros héroes a quienes constriñen las ataduras, habita en el cumplimiento de la palabra empeñada, y su singularidad reside en no quebrantar nunca su vínculo, por antagónico que sea a sus propios deseos. La verdad es que el conocimiento que tenemos de su mundo interior es exiguo y oportunamente circunstancial: los anhelos de Farien sólo aparecen en la narración para ser aplastados de inmediato por el desempeño del deber en el que reside la verdadera hidalguía. En el respeto reverencial a la propia palabra, Farien se revela como el servidor de la Ley y de la Ética: ilumina con sus actos y su discurso el sentido de la caballería y de la noblesse. Hasta esta cima ha dejado su marca. El lector ya es consciente de a qué alturas puede colocarse un verdadero caballero, bueno entre los buenos, hasta que llegue la inmediata medida del Lancelot adulto.

No obstante, la presentación de Farien en el capítulo IV es ambigua. Figura aparecida de la espesura del sotobosque, su primera acción roza la felonía: prácticamente secuestra de los brazos de su madre, la reina de Benoic, a los hijos de su antiguo señor feudal, que en su huída de una guerra devastadora que ha consumido tanto su reino como a su marido trata de ponerse a salvo bosque a través. El narrador justifica tal acción porque el caballero había sido previamente desheredado (expulsado) de sus dominios por el rey en castigo por homicidio. Es imposible saber cual es la naturaleza jurídica de esta muerte, ya que no concuerda con la tipología de Farien un asesinato traicionero. En cualquier modo, aunque acate la decisión de su señor natural, el hecho de su destierro resquebraja de alguna manera el pacto de vasallaje, y le impulsa a ampararse en al antagonista de su señor, el anteriormente citado rey Claudas. De este modo, los senderos del bosque han llevado al caballero a toparse con la esposa del que, in tempori belli, es su enemigo. No obstante, se compromete a no entregarla a Claudas. Las razones que aduce a Farien son sospechosas en su misma franqueza:

—Señora, grandes males me produjísteis vos y el rey, que ha muerto, pero el corazón no me toleraría que os entregase a malas manos, pues en cierta ocasión me prestasteis un servicio que ahora os voy a recompensar: vos me salvasteis una vez de la muerte y sentisteis que yo fuera desheredado; os voy a devolver el favor sacándoos a salvo de este bosque, pero tenéis que dejarme a los dos niños: yo los protegeré y criaré hasta que sean mayores y si recobran la tierra, me beneficiará. Si no lo haceis así, seréis afrentada si caeis en manos de Claudas, el de la Tierra Desierta.
Si bien Farien se apiada de la comprometida situación de la reina, no lo hace ni por su condición de antigua señora, ni por la de dama desvalida. Es fiel a su naturaleza benigna al tiempo que a su mentalidad pactista (en cierta ocasión me prestasteis un servicio que ahora os voy a recompensar). Nada hay más grato para él que la cancelación de una deuda de honor o la devolución de los favores prestados; y sin embargo, confiesa con candidez que esa acción tampoco le va a ser gratuíta en el futuro: si recobran la tierra, me beneficiará. ¿De qué manera recibieron una declaración de este calibre sus receptores contemporáneos? ¿Acaso encendió en ellos la chispa del recelo? En el contexto de una novela escrita por una persona de una honda piedad religiosa (se ha especulado mucho tiempo si fue escrita por la larga mano de la Iglesia) la falta de desprendimiento en el discurso del caballero produce confusión. El lector no sabe a qué atenerse, necesita más datos para juzgar la identidad de un hombre armado que ha dado un firme paso al interior de la novela.

No es hasta varios capítulos más adelante cuando comenzamos a atisbar cuan escrupulosamente ha cumplido Farien su promesa hecha de cuidar a los niños, ya que los ha servido con todo tipo de honores (….) [procurando] que tuvieran todo lo necesario, y sólo deseaba honrarlos, y de qué manera ese estrecho ceñirse es la característica fundamental del personaje. La sombra que ha proyectado el propio provecho se va alejando de él cuando Claudas se entera de que su vasallo mantiene ocultos a los herederos legales del reino que él mismo usurpa. ¿Le es entonces Farién traidor? Lambegue, sobrino de Farién, que tantas veces es el contrapunto de su tío, lo explica sin rodeos
Señor, si los tuvo escondidos no fue para traicionaros (…) pues nunca abandonó el vasallaje que tenía con el rey Bohores: por mucho que su señor hubiese hecho contra él, él debía proteger a su señor mientras estuviera vivo, y a sus hijos.

Ateniéndose con minuciosidad al pacto, ni Farién ni su sobrino encuentran que estén obligados a entregar a los niños al oscuro poder de Claudas; pero sin embargo, de alguna manera —porque nunca llegó a quebrantarse el vasallaje con el rey Bohores— sí ha de proteger la vida de sus jóvenes señores. La telaraña de las relaciones feudales es intrincada, y para moverse por sus hilos se precisa de una gran sutileza para discriminar entre derechos y deberes. Envuelto circunstacialmente en la trama, Farién ha de responder a las reglas que le han colocado en una doble entrega de palabra, sin que el cumplimiento de una suponga el quebranto de la otra. Si esto fuera poco, su mirada está puesta en su futuro ascenso, porque concibe como un aumento de su valer (y del crecimiento de su patrimonio) el mantenerse firme ante los pactos.

Música10/11 /2005 8:53 pm

El asunto es relativo a Wagner. Como sé que muchos de vosotros no os conformareis con esas memas ideas de que fue una especie de orquestador de una banda sonora pre-nazi, o esas sandeces con las que Woody Allen (que no siempre es divertido) avivaba las hogueras antibayreuthianas, creo que es hora de ponernos oídos a la obra. Este ejemplo que dejo pertenece al tercer acto de Die Walküre. Perseguida por el terrible padre Wotan, Brünnhilde, la walkiria, trata de ocultarse entre sus hermanas para no responder ante él por el delito cometido: ha protegido en batalla, contra el dictamen del gran dios, a Sieglinde. Atrapada al fin, se enfrenta a la ira desatada de Wotan, que oscila entre el amor de padre y su temible voluntad regia de deidad suprema. He aquí parte de las explicaciones que la walkiria le da para haber obrado como hizo:

BRÜNNHILDE
Weil für dich im Auge
das eine ich hielt,
dem, im Zwange des andren
schmerzlich entzweit,
ratlos den Rücken du wandtest!
Die im Kampfe Wotan
den Rücken bewacht,
die sah nun das nur,
was du nicht sahst: -
Siegmund mußt’ ich sehn.
Tod kündend
trat ich vor ihn,
gewahrte sein Auge,
hörte sein Wort;
ich vernahm des Helden
heilige Not;
tönend erklang mir
des Tapfersten Klage:
freiester Liebe
furchtbares Leid,
traurigsten Mutes
mächtigster Trotz!
Meinem Ohr erscholl,
mein Aug’ erschaute,
was tief im Busen das Herz
zu heil’gem Beben mir traf.
Scheu und staunend
stand ich in Scham.
Ihm nur zu dienen
konnt’ ich noch denken:
Sieg oder Tod
mit Siegmund zu teilen:
dies nur erkannt’ ich
zu kiesen als Los! -
Der diese Liebe
mir ins Herz gehaucht,
dem Willen, der
dem Wälsung mich gesellt,
ihm innig vertraut,
trotzt’ ich deinem Gebot.
BRUNILDA
¡Porque yo sólo tenía
delante de los ojos
tu voluntad inicial,
aquella a la que,
forzado por otros,
debiste renunciar!
La que sigue en el combate
siendo escudo de Wotan,
vio lo que tú no viste:
únicamente veía a Siegmund.
Anunciándole la muerte,
comparecí ante él,
descubrí sus ojos,
oí sus palabras;
percibí la sagrada necesidad
del héroe;
escuché la queja del más bravo:
¡la terrible pena del más libre
de los enamorados,
el desafío
del más audaz desdichado!
Resonó en mis oídos,
mis ojos
vieron lo que hondo,
en el pecho,
me hizo temblar el corazón
con sagrado temor.
Tímida y asombrada,
estaba allí,
avergonzada.
En servirle pude
sólo ya pensar:
en compartir con Siegmund
la victoria o la muerte;
¡sólo esto podía yo elegir
como destino!
Por aquel que inspiró ese amor,
íntimamente fiel a la voluntad
que me unió al welsungo,
me opuse a tu orden.


Atención, porque en la versión que dejo, es Astrid Varnay la que canta. Nada menos que La Inalcanzable, como se la llamó con justeza en su día. La grabación procede del Festival de Bayreuth (sacra patria para todo wagneriano) año 1956 y, por tanto, es en directo. A estas alturas de la ópera, la Varnay llevaba cantando cerca de tres horas un papel exigentísimo, y aún tiene fuerzas suficientes para enfrentarse a la parte final haciendo una messa di voce; es decir: empezando en pianissimo o piano subiendo a los medios, mezzo-forti, forti y fortissimos para luego volver al punto de volumen de partida (o lo que es lo mismo: un crescendo seguido de un decrescendo). Recuerdo a los que lo escuchen que este es un papel para soprano dramática, muy dramática, soprano wagneriana, que exige una voz grande, amplia en el volumen. Este tipo de voces, muy resistentes y capaces de imponerse a la tormenta de la gran orquesta de una ópera de Wagner, sufren mucho para cantar piano. No pueden con facilidad, lo suyo es el gran volumen, los anchos planos sonoros. Así se comprenderá lo portentoso de esta actuación. Varnay canta apenas en un susurro (Der Diese Lie…) y va subiendo el volumen en una pequeña messa que preludia la que hará pocos compases después. La inicia al cantar las palabras ihm innig vertra… para ir ascendiendo, ampliando la potencia, abriendo la voz en la a (es una a muy cerrada, casi una o) hasta abarcar todo el escenario de una manera que siempre me hace preguntarme (a pesar de haber escuchado ya el pasaje más de un centenar de veces) cuando diablos va a parar, dónde demonios está su límite. Vereis que la orquesta emerge de las profundidades para sonar en plenitud, y ni eso llega a tapar ni por un instante la emisión propia de diosas de Astrid Varnay.

Hechos estos comentarios, aquel que tenga Die Walküre a mano (la versión que sea), que se atreva a contrastarlo. En ninguna versión se hace nada similar. No hay soprano (ni la mismísima Birgit Nillsson, de agudos indestructibles) puede resistir la comparación. Es ésta la versión de referencia para todo aquel que quiera tener la mejor Walkiria de todas las que andan por el mercado (y no son pocas, como se entenderá). A ello pues. Empieza el minuto que dejo en Der diese Liebe y la messa citada está en la a de la palabra Vertraut (penúltimo verso del texto dejado más arriba)

Astrid Varnay: Brünnhilde (Die Walküre)

RICHARD WAGNER: El Anillo del Nibelungo / Windgassen, Hotter, Varnay, Greindl, Neidlinger, Brouwenstijn, Kuën, Uhde, Suthaus, Madeira, von Milinkovic, van Mill, Traxel. Orquesta y Coro del Festival de Bayreuth. Hans Knappertsbusch, dirección (Grabación en directo, Bayreuth 1956. Nueva remasterización sonora digital)

Literatura06/11 /2005 7:46 pm

Lancelot du LacDos reyes vecinos se encuentran en lo alto de una colina. El primero ha invadido los territorios del segundo aliándose con una tercera potencia militar: Roma. El segundo es vasallo de un rey allende los mares que ha causado graves perjuicios al primero por no querer someterse a vasallaje. Tras una dura batalla, el rey Ban de Benoic (el segundo de los citados), ha conseguido acabar con los aliados del rey Claudas, matando incluso en combate personal al legado romano, un ignoto Poncius Antonius. Pese a una victoria aparente, ha perdido numerosos caballeros y no ha conseguido liberar sus tierras. Ahora, sólo le queda una fortaleza en su territorio, rodeada de la marea de sus enemigos. Una vez concluídos los hechos bélicos, ambos reyes se disponen a parlamentar: en la particular retórica de la diplomacia de guerra, Claudas acusa a su enemigo de la muerte de Poncius; el rey Ban inmediatamente protesta ante una invasión sin motivo que le ha despojado de parte de su tierra. Pero a su vez, la réplica de Claudas no se hace esperar:

»— Yo no os la he quitado por el odio que os pueda tener, ni por nada que me hayais hecho, sino porque sois vasallo del rey Arturo, cuyo padre, Unterpandragón , me privó de mis posesiones. Si lo deseais, podemos llegar a un acuerdo: entregad el castillo y yo os lo devolveré al punto si os convertís en vasallo mío y aceptais que sea yo quien os invista con vuestras tierras.

Un oyente medieval no tendría dudas: romper el vínculo de vasallaje por semejantes razones es una felonía y, como tal, algo indigno de un rey que se precie. Mas el autor, hombre de grandes habilidades narrativas, no ha dejado la cosa tan clara. El Rey Arturo, señor natural de Ban de Benoic, no ha acudido en defensa de su vasallo cuando éste ha sido atacado por fuerzas extranjeras (entiéndase: más allá de sus vínculos feudales), y ese acto daría derecho a su subordinado para romper el pacto. De haberse planteado así la cosa, para los lectores la vindicaciones de Claudas, en el contexto de un mundo bravo en el que el derecho de conquista se justifica poco menos que por la valentía del invasor hubiesen tenido un sentido acorde a lo apropiado. No obstante, el carácter malévolo de Claudas se revela justamente por la proposición diplomática. Las armas dan derecho, pero las palabras son parte de un sinuoso sendero que con frecuencia llega a la traición. La sospecha del discurso es casi inmediata: sólo tiene derecho a hablar (a dictar) aquel que se niega valientemente, no el que otorga. La proposición del dar pone en guardia casi de manera instantánea.

Así, el rey Ban se negará a romper su vínculo de vasallaje con el rey Arturo y no reconoce como señor natural a sujeto tan artero como Claudas, por lo que las hostilidades entre ambos bandos proseguirán a lo largo de la novela.

Aquel que guste de las novelas de caballerías difícilmente podrá soslayar la ordenanza de las costumbres en la guerra en el medievo (y lo digo de esta manera para evitar de plano hablar de un Derecho de Guerra que aún no estaría desarrollado), y cómo los autores de estas novelas construían episodios basándose en sobreentendidos que sus lectores (o sus audiencias) eran capaces de captar con naturalidad. La lectura de pasajes como este exige del lector el reconocimiento de ciertas reglas y la capacidad de categorizar inmediatamente un hecho o un discurso como justo o injusto. No es que sea indispensable por fines extraliterarios (la formación del lector en los valores de una sociedad dada), sino que lo es para poder captar de inmediato en qué bando militan los personajes, porqué las malas acciones devendrán en justas (y complicadísimas) venganzas ulteriores. Es decir, y aún cuando no me guste hablar en estos términos, que son del todo punto necesarias para captar la psicología y la ideología de todo personaje que se pasea por el mapa de la novela.

Literatura, Música04/11 /2005 9:59 pm

En la introducción Xavier Roca-Ferrer a la edición de la editorial Destino de La Novela de Genji se explica que las mujeres del periodo Heian escribían en kanas porque se suponía que no conocían los kanji (hanzi) chinos, ni, por supuesto, la lengua china, verdadera lengua de la cultivada clase palaciega de la ciudad de colinas púrpura y corrientes de cristal (o, para ser más breve, Heian Kyo).

Genji [está] escrito en su integridad en hiragana. (…) Por curioso que pueda parecernos, las mujeres dominaban esta lengua coloquial —y su plasmación por escrito en el kanabun— mucho mejor que los hombres, porque ellos estaban obligados, cuando querían hacer «literatura», a escribir en chino para demostrar que eran personas auténticamente cultas (el chino era, para los japoneses, el equivalente del griego para los romanos, o del latín para los hombres del Renacimiento). (…) No faltaban damas cultas como la misma Murasaki o Sei Shonagon que también conocían el chino, pero se consideraba algo excesivo que las convertía en algo así como las ridículas femmes savantes de Molière. Resultaba significativo que en la época, se refiriesen a la literatura escrita en kanabun o hiragana como «literatura femenina»

Por tanto, escribir en kana era al tiempo mujeril e inculto, aunque con una autora de la extensión cultural de Murasaki, tales prejuicios pierden su sentido. Murasaki debió conocer el chino con solvencia suficiente, según nos enteramos por el fragmento del diario que tan oportunamente inserta Harold Bloom en su prólogo a la novela:

Hay, también, dos armarios más grandes llenos hasta los topes. (…) El otro está lleno de libros chinos olvidados desde que aquél que los atesoró pasó a mejor vida. Cuando la soledad amenaza con abrumarme, saco uno o dos libros para ojearlos; pero mis sirvientas se reúnen a mi espalda para murmurar. «¿Qué clase de mujer lee libros chinos? ¡Ahí está la causa de sus desgracias!», repiten. «Antes ni siquiera parecía leer bien los sutras.» «Sí», quisiera replicarles, «¡pero no he conocido nunca a nadie que viviera más años por creer en tantas supersticiones como vosotras!» De todos modos, sería desconsiderado por mi parte, pues algo hay de verdad en lo que dicen.

El párrafo es interesante y habrá que estudiar hasta qué punto revelador, porque nos ofrece un laberinto de opciones por el que hemos de movernos con sumo cuidado. Si depositamos en el texto una mediana confianza, partir de que M. tenía libros en chino parece poco discutible. Tampoco nos causa problema asegurar su origen: los heredó de alguien que debió de tener la suficiente formación intelectual para leerlos (su padre, o una persona cercana en la familia). La ausencia de crítica ante este hecho (la autora no parece guiarnos a sus habituales consideraciones morales) apunta a que fue un varón, aunque no podamos afirmarlo con total seguridad. En la siguiente línea, M. afirma que saca en particulares situaciones de ánimo, algún libro del mueble para ojearlos (es el verbo que ha introducido el traductor, y que al contrario que el homófono hojear, carece del matiz distractivo, ocioso, superficial; antes, lo contrario: ojear es examinar con atención y detenimiento). Acto seguido, saltan las críticas oblicuas, en baja voz pero no lo suficiente para que la sensible escritora lo adivine o lo escuche. Murmuran las sirvientas que antes ni siquiera parecía (y quizás estoy siendo demasiado puntilloso) «leer bien los sutras». La referencia a los sutras budistas tiene el halo de ser la lectura más básica, aquella que todo lector de lengua china debe conocer: y quizás no por ser más fácil, sino por ser a la primera que se recurría (bien por su extensión editorial, bien por su importancia social) a la hora de conocer las letras chinas. ¿Qué hemos de deducir de ese parecía, siendo sobre todo M. una persona tan preocupada por las cuestiones de rango, por las directrices sociales y por su censura? La elocuencia del pasaje es engañosamente sencilla, porque M. no nos transmite qué es lo que es, sino qué es lo que piensan. Podemos estar —¿Es descabalado suponerlo?— ante una ocultación. Perfectamente pudo una mujer ocultar ante los otros aquellos conocimientos que la convertirían en objeto risible, y mostrarse abiertamente poco diestra frente a lo que manejaba con facilidad; o bien que las razones fuesen de atenuación, y no quisiese escribir sin ambajes que era ducha en la lectura de obras escritas en chino. Otra posibilidad pasa por que la percepción de las sirvientas fuese inadecuada, y que M. leyese los sutras con corrección y fluidez pese a que las sirvientas, bien por malevolencia, bien por desconocimiento, negasen este hecho. Finalmente, debemos admitir que el conocimiento de M. del chino fuese reciente en las fechas en las que escribió el texto, lo que nos haría alejarlo considerablemente de la escritura de su novela, porque en ellas hay pruebas de que conocía bien la poesía china.

La respuesta que M. consigna habita en el plano desiderativo: es la frase definitiva que se siente tentada a decir para concluir con un asunto desagradable pero que no da sean las razones cual sean (el decoro que una persona de rango ha de mantener frente a sus inferiores es la solución más probable): «¡pero no he conocido nunca a nadie que viviera más años por creer en tantas supersticiones como vosotras!». Esto merodea la crítica social y el ataque a las creencias de las sirvientas, y creo que no es casual que sean ellas las que ocupan menor rango. ¿Qué entiende M. por supersticiones? ¿Qué término se está vertiendo? ¿Son acaso creencias propias de gente sin cultura? ¿Ilogismos? ¿Tonterías? ¿Qué es lo que determina lo que es supersticioso —la palabra no tendrá el mismo campo semántico para una japonesa del X que para nosotros, pobres occidentales perdidos en el oscuro albor del siglo XXI— cuando el que los personajes eviten ir a casa por una señal de las estrellas se escribe con total naturalidad ?). Siempre que M. quiera decirnos que la relación entre el conocimiento del chino por parte de una mujer y la desgracia que la invade es infundada, hemos de restar a una crítica liberadora de este jaez la frase final, esté ésta barnizada de ironía o no, máxime cuando todo el párrafo anterior está construido sobre una acción habitual. Aquí se establece un juego de tensiones entre lo dicho y lo matizado, entre la atenuación y lo vuelto a confirmar. M. no escribe como si el recurrir a los volúmenes (rollos) de literatura china fuese cosa que hizo una vez, sino que por el contrario, se nos presenta como una acción que realiza con cierta periodicidad. De esta manera, aun cuando ese algo de verdad nos lleve a pensar que, en cierto modo, M. acepta la censura, la rebeldía de incurrir en su pequeño delito social con habitualidad nos conduce al punto contrario. Ambos platillos de la balanza contienen elementos, y entre ellos existe una confrontación directa.

La cosa no se detiene aquí. Releeamos el famoso pasaje del capítulo 2 dedicado al ejemplo de una mujer cuyos conocimientos no estarían tan alejados de los de la propia M.:

Si de mujeres se trata (y lo mismo podría afirmarse de los hombres), no hay nada peor que la que, con cuatro conocimientos a cuestas, pretende lucirlos a todas horas. Nunca tuve por recomendable una mujer empapada de las Tres Historias y los Cinco Clásicos, aunque he de confesar que la ausencia total de cultura tampoco me atrae. Una mujer sensata y despierta puede saber y entender muchas cosas aunque no sea una erudita. ¡Las hay que emborronan sus cartas con letras chinas hasta el extremo de que parecen escritas por un hombre! Me temo que entre las damas de primer rango de nuestra corte encontrareis más de dos o tres de esta clase… Luego están las que se creen poetas, y aprenden de memoria antologías enteras…Cuando redactan sus cartitas, son incapaces de escribir una frase sin aludir a los clásicos, venga o no a cuento. (…) Las listas se fingen más ignorantes de lo que son, y dicen la mitad de lo que podrían decir.

En parte, el pasaje teje un complicado motivo de autoironía, tristeza y muestra de las creencias habituales, creencias a las que la propia autora no era ajena en absoluto. Quizás por condesar tal número de facetas en un texto tan breve, su superficie se hace resbaladiza y difícil de aprehender. La definición del discurso de Una No Kami apunta tanto a la pedantería como al mero conocimiento. Siendo más exacto: no distingue entre ambas cosas, como si la sed de aprendizaje (y su culminación exitosa: la sabiduría) llevase aparejada la autoexhibición. Ni por un momento contempla la posibilidad de que el saber en la cabeza de una mujer pueda no adquirirse para ser lucido como si fuese bellas ropas. Así, recomienda a la mujer que «se finja más ignorante de lo que es», a fin de no ser apabullante, humillante para los varones circundantes, una idea que parece traspasar tiempo y culturas para erigirse como uno de los pilares más socorridos de la misoginia.

Pero sería erróneo querer ver a M. como una figura en rebelión contra los dictados más bajos de su cultura o como una feminista avant la lettre. Prácticamente el mismo discurso se traslada de la ficción a la diarística, para poder leerse en su diario:

Sei Shônagon, por ejemplo, es terriblemente engreída. Se juzga tan aguda, que hasta esparce en sus escritos caracteres chinos, pero si uno los examina con atención, dejan mucho que desear. Alguien que hace un esfuerzo tal para diferenciarse de los otros está condenado a perder la estima de la gente, y sólo puede augurársele un futuro infausto
Una de dos: o permanece la ambigüedad de la que antes hablábamos, o bien no hay distinción entre las ideas esbozadas, como si estuviesen firmemente encadenadas por una casuística de acero. Que Sei Shônagon sea engreída puede venir, por tanto, por escribir caracteres chinos, o por escribirlos de manera inapropiada, o por hacerlo dentro de un texto que no precisa tales aditamentos, o por no precisarlos justamente porque ella es mujer, o por su intención de distinguirse del común (¿de las mujeres?) empleándolos. O todo al tiempo.

Creo que las ideas fundamentales y las preguntas que suscitan quedan suficientemente remachadas. Estaba pensando en todo ello y ayer me encontré con un motivo parecido. Escuchaba la ópera bufa de Giovanni Paisiello Gli Astrologi Immaginari para dar una respuesta lateral al mensaje de Laura Sotomayor y decir que, al menos, la astrología había servido para que los Ilustrados compusiesen óperas para burlarse de ella. Resumo brevemente el libretto hasta el punto en el me saltó la referencia. Clarice es hija de Petronio Sciatica, persona privada cautivada por la Astrología en particular y por las ciencias ocultas en general. Petronio tiene otra hija, Cassandra, amiga del estudio de la Astrología; al contrario que su hermana, se nos presenta pretenciosa, vacua, y firmemente refractaria al punto que más debe interesar a toda muchachita: el matrimonio. Clarice no piensa de esa manera, y está firmemente decidida a casarse con su prometido, que lleva el curioso nombre de Giuliano Tiburla. Cuando el bueno de Giuliano, haciendo honor a su apellido, se troncha de risa ante el discurso astrológico-ocultista del padre de su amada, éste le prohibe que se case con ella. En la escena siguiente, Clarice habla con su hermana Cassandra, quien se muestra horrorizada de que su hermana quiera casarse antes que dedicarse al estudio de las Ciencias. La irónica (y esperanzada al tiempo) respuesta de Clarice es que ella no es tan profunda como su hermana, y que lo único que entiende es que:

Una donna letterata Una mujer de letras
Che parlar voglia il latino Que quiere hablar latín,
Sia di scienza un calepino, Que sabe tanto como el diccionario,
Parli come un Cicerone, Que habla como Cicerón,
Farà rider le persone Hará reir a las personas
Ed ognum la burlerà. Y todo el mundo la tomará el pelo.

Cambiando el chino por el latín, y sumándole el resto de los conocimientos (el saber tanto como el calepino, y tener una elocuencia ciceroniana), el asunto es el mismo. Ocho siglos más tarde se repite el mismo motivo que hemos estado siguiendo en las letras de Murasaki. Burla y escarnio social para toda mujer que se atreva a aprender.


Aria de Clarice ‘Una donna letterata’, de la ópera bufa de Giovanni Paisiello (1741-1816) ‘Gli Astrologi Immaginari’, acto primero. Stefania Donzelli, soprano. Orchestra da Camera e Artisti del Coro Giovanni Paisiello Festival. Lorenzo Fico, dirección (Grabación en directo, Festivale Giovanni Paisiello, 10 de Noviembre de 2004 en el Teatro Orfeo de Tarento)

Historia02/11 /2005 1:05 am

Estatua del gran almirante Tourville, en Tourville-sur-Sienne Una gran armada, la más grande que había cruzado el canal de la Mancha, compuesta por cien navíos de la coalición anglo-holandesa y a las órdenes del almirante Edward Russell, más tarde primer Conde (Earl) de Oxford, buscó con denuedo enfrentarse a las fuerzas marítimas francesas en una acción mayúscula y definitiva. Sin embargo, el almirante francés, a la sazón Anne Hilarion de Costentin, Comte de Tourville, uno de los mejores estrategas navales con que ha contado Francia, y a buen seguro, uno de los más hábiles de todo el siglo, quien sólo contaba con setenta y dos navíos de línea, evitó hábilmente el enfrentamiento, barloventeando, navegando en bolina para escaparse siempre con genial habilidad de los intentos de celada de la armada enemiga, pero tratando al tiempo de atraerlo para que las rápidas naves de los corsarios franceses pudiesen dar golpes de mano en el caso de que la flota enemiga perdiese la formación. Corría el año 1691. Russell, frustrado por no poder imponer su neta superioridad y viendo cómo el enemigo, aun siendo inferior en número, era capaz de decidir tanto el escenario como el modo de combate y crearle insospechados aprietos, terminó por retirarse a los puertos ingleses.

Llegó el invierno, y pasó el año, regresando la armada holandesa a sus propios puertos. Durante todo ese tiempo, Louis XIV había estado meditando la idea de desembarcar en el Sur de Inglaterra con un gran ejército que diese el trono inglés al pretendiente James Francis Edward II Stuart. El temerario proyecto galo estaba alentado por los apoyos que en suelo británico decía tener el pretendiente, a todas luces exagerados. Según James Stuart, tenía incluso la promesa de defección de un buen número de capitanes de la Armada, quienes, en el momento de la batalla, desertarían para apoyar ya abiertamente a su persona. Las perspectivas de éxito parecieron tan buenas al Rey Sol que movilizó su flota atlántica, al mando del ya conocido Tourville, mandando levar anclas también a la flota del Mediterraneo, que fondeaba en Tolón, dirigida por D’Estrées. El proyecto incluía la unión de ambas flotas para atacar en combate frontal a las fuerzas navales inglesas antes de que pudiesen reunirse con sus aliados. En total, el monarca francés pensaba movilizar de sesenta a setenta navíos (la suma de las dos flotas) para enfrentarse a un número similar de barcos ingleses, a los que habría que restar aquellos que eran secretamente partidarios del pretendiente.

El primer contratiempo para los franceses surgió con el retraso de la flota mediterránea, que aun no daba señales de aparecer. Bien porque D’Estrées, pese a su nombre, no padecía el mal del apresuramiento, o bien porque los vientos del Golfo de Vizcaya eran contrarios al rumbo deseado, Louis XIV, impaciente, ordenó al gran Tourville adelantarse y enfrentarse a las fuerzas inglesas sin temor a la aparente superioridad con que iba a encontrarse. Así, el almirante abandonó su fondeadero de Brest, con cuarenta y cuatro naves de línea, dieciseis de ellas de tres puentes y apoyado por un cierto número de navíos de menor calado, contando en total sus fuerzas con 3.140 cañones y una suma total de 21.000 hombres. Era el 25 de Abril de 1692.

En tanto Tourville luchaba con vientos contrarios que demoraban su avance, y la flota de D’Estrées seguía sin tomar contacto con sus compatriotas, el viento, que tanto impedía a los franceses, fue favorable a la flota holandesa, que consiguió unirse con sus aliados el 17 de Mayo, antes de la llegada de cualquier navío francés. Para colmo de las desgracias que se iban a conjurar contra Tourville, los ingleses desarticularon la conjura urdida por Jacobo II Estuardo, con lo que el peligro de una traición desapareció. Habiendo jurado fidelidad a William III de Orange, la gran coalición se dispuso a esperar a Tourville. Presentaban los angloholandeses la muy estimable cifra de noventa y nueve navíos de línea, siendo veintisiete de ellos de tres puentes (las máquinas navales más destructoras de la época), a los que había que sumar setenta y una fragatas y brulotes de diverso desplazamiento: en total, podían abrir fuego con 6.994 cañones y contar con 43.500 tripulantes. Es decir, que contaban con un número de efectivos humanos, navales, y de artillería ligeramente superior al doble del de sus enemigos.

Cuando se descubrió que tanto la flota holandesa había sido tan veloz para reunirse con sus aliados y que, por otro lado, la esperada traición por parte de los capitanes conjurados había sido detectada y sofocada, la Corte francesa envió recado a Tourville para suspender ese ataque suicida, virar hacia el Golfo de Vizcaya, reunirse con D’Estrées, y aguardar nuevas órdenes. Mas el correo no consiguió llegar a tiempo al almirante, quien, ignorante de las oscuras circunstancias y con la orden que le conminaba a enfrentarse a toda costa al enemigo sin condicionantes que la aplazasen, proseguía su singladura buscando a sus adversarios. El drama de La Hogue se habia desplegado para Tourville y la Armada de Brest.

Las armadas rivales se avistaron en el amanecer brumoso del 19 de Mayo. La mar estaba en calma y el viento, que tantos impedimentos había puesto a los franceses, comenzó a soplar del suroeste. Una larguísima línea, que corría de nordeste a suroeste amenazaba con envolver a la Marina gala al menor movimiento de ataque. Teniendo el viento a favor, Tourville podía haber evitado con facilidad el ataque, sacando todo el partido a su inferioridad numérica, como en la pasada campaña. Sin embargo, tenía órdenes precisas de atacar a toda costa; y reuniendo a sus capitanes en cónclave, les mostró la real misiva. Como entre los franceses no había ninguna prefiguración de Horace Nelson, famoso por su desobediencia y por fiar sólo del propio criterio en batalla, ninguno osó desobedecer instrucciones tan claras, aprestándose por el contrario para el combate.

Ahora, pido un poco de paciencia con las disposiciones tácticas. La magnífica flota aliada estaba dispuesta en tres cuerpos, con las alas internas bien pegadas al cuerpo aledaño. Al nordeste, veinteseis navíos de línea formaban la vanguardia holandesa (la llamada «escuadra blanca»), al mando del almirante Van Almonde, y al suroeste, se aprestaba la retaguardia aliada, de treinta y tres navíos ingleses con distintivo azul, a las órdenes del almirante Ashby, protegiendo ambos los flancos del centro aliado, una escuadra de treinta y siete naves con pabellón rojo que dirigía el propio Edward Russell. Tourville por su parte, dividió sus fuerzas en nueve pequeñas divisiones: de nordeste a suroeste, se alineaba la división Nesmond (cinco navíos), Amfreville (seis), y Relingues (tres), que se desplazaron para enfrentarse a la vanguardia holandesa; las divisiones Villette Murçay, la comandada por el propio Tourville, y la de Langeron, de seis, seis y cuatro navíos arrostraban al centro inglés; finalmente, las divisiones de Coetlogon, Gabaret y Pannetier, que contaban con seis,cinco, y tres navíos respectivamente, maniobraron en dirección a la retaguardia británica. Todo ello, queda recogido en el gráfico que adjunto ( Véase)

A las diez de la mañana, los almirantes ingleses comprobaron con creciente asombro como su manifiesta superioridad no disuadía a los franceses. Tourville, al mando del buque insignia, la Soleil Royal, un magnífico navío de tres puentes con ciento cuatro cañones, navegaba con su división en forma de cuña contra el centro enemigo. Corría el extraordinario riesgo de que el frente aliado, mucho más largo y cuantioso, lo envolviese, atacándole por la retaguardia; mas con la excelente coreografía de su Armada, ayudada por la indecisión y conservadurismo táctico británico, no sufrió el encierro, marchando directo hacia la Britannia, centro de mando de Russell, en un saliente del centro. Los movimientos de apertura de sus divisiones en vanguardia (Nesmond, Amfreville y Relingues, nºs 1, 2 y 3 en el gráfico) se dirigieron directos contra el frente holandés. Las cinco embarcaciones de la división de Nesmond, que iba en vanguardia destacada, aprovechando el fuerte viento favorable, se abrió en línea, para impedir que el extremo del ala de la armada holandesa lo doblase; pero un súbito cambio en el viento, que había sido favorable a los franceses a partir del avistamiento, le jugó una mala pasada a Nesmond porque, impulsado por una ráfaga violenta, rebasó la línea holandesa, dejando a su paso un espacio que los holandeses trataron de aprovechar para entrar por él y, maniobrando, conseguir doblar y rodear a los franceses. Mas Nesmond, que había vuelto a recuperar barlovento orzando con dificultad, espació sus navíos para cubrir el hueco dejado y poner así en compromiso a la armada holandesa. Su almirante, Van Almonde, quien debía recordar aun la amargura la batalla de Beachy, donde los navíos de Tourville rodearon su línea recibiendo poca ayuda de sus aliados, no supo decidir a tiempo si aquel (aparentemente) descabellado plan de lanzarse contra ellos a toda vela y el que una división rebasase la línea era una trampa o una serie de despropósitos sin igual. Cuando quiso reaccionar, ya era tarde, porque las hábiles maniobras de las divisiones de Relingues y Amfreville habían conseguido eludir el cerco, y Nesmond amenazaba al suroeste con sus barcos.

Mientras, las divisiones francesas que se habían puesto en marcha para enfrentarse a la retaguardia aliada se vieron en problemas, pues la división de Pannetier (nº 9)fue incapaz de maniobrar a la suficiente velocidad, quedando descolgada pese a forzar vela al máximo. Antes de poder situarse en línea con ellas, al igual que había ocurrido en la aproximación de Nesmond, el cambio de viento desplazó sus tres naves, quedando separadas del resto de las divisiones. Este hecho desafortunado, sin embargo, se tornó en una gran suerte, y a buen seguro de ello dependió la salvación del resto de la flota de retaguardia, puesto que Ashby, viendo presa en tres navíos descolgados, maniobró codiciosamente para aplastarlos con nada menos que veinticinco de los treinta y tres navíos de que constaba su armada. Pannetier, por su parte, se percató de que aquella era su ocasión, ganó barlovento, y durante cuatro horas sirvió de cebo a la armada de Ashby, haciéndole dar un gran círculo y descomponiendo totalmente la escuadra azul sin sufrir percance alguno, con lo que se muestra que el éxito de una batalla naval no sólo depende de un valor propio de leones, sino que volviendo las popas y las espaldas, Pannetier hizo más por Francia aquel día que el resto de sus esforzados compatriotas. Al fin, los veinticinco barcos de Ashby, parado el viento, quedaron a gran distancia a la altura de las fuerzas de Nesmond, pero sin posibilidad alguna de intervenir en el conflicto.

Russell se había quedado en el centro sin la posibilidad de emplear sus alas para rodear y envolver al enemigo entre dos fuegos (véanse los gráficos dos y tres). La batalla se desarrollaba torpemente por el lado aliado, sin que pudiese aprovechar su enorme superioridad numérica. Tourville y Villette Murçay, en tanto, se enfrentaban en combate directo en el centro mientras las divisiones suroeste y noeste tejían sus complicadas maniobras, tratando de abrirse paso por entre los navíos que rodeaban la Britannia, insignia de la coalición, un soberbio buque de tres puentes armado con cien cañones. Siete de los navíos franceses (con cuatro naves de primera clase, es decir, buques de tres puentes con más de ochenta cañones Saint Philippe, de 84 piezas; Conquérant, de 86, Ambitieux, de 92, y el mismo Soleil Royal) traban un furioso combate con la docena de navíos que rodean al dicho Britannia y al Royal Sovereign, espléndido navío que capitanea Deravall, entre los que hay cinco de tres puentes: el London y el Saint Andrew, que cuentan con 96 piezas artilleras; el Devonshire, que tiene 80, y la Royal Catherine y Saint-Michael, ambos con 90. La arremetida gala es desesperada; bien sabe Tourville que no puede vencer, y sólo le mantiene el temor de la deshonra y el deseo de causar al enemigo el mayor daño posible. El empuje francés era tal que hubo momentos en los que el centro enemigo tembló, y tenemos testimonios de que Russell, que no era precisamente hombre timorato, así lo creyó. Finalmente, el mayor número de navíos terminó por imponerse, la línea se sostuvo, y los buques de Tourville pasaron de dar golpes a defenderse de los del rival, cuyo fuego se concentraba el fuego sobre el buque insignia francés, recorrido el rumor por entre los aliados de que en él viajaba el pretendiente estuardo.

Vista de la popa del Soeil RoyalEl fuego británico se concentraba en el Soleil Royal, que se defendía con bravura, rechazando los intentos de abordaje de las naves rivales, dos de ellos con brulotes de asalto. Tras haber desarbolado al Royal Sovereign, el Ambitieux se sitúa en posición de ayuda de su buque capitán; mal lo pasan el Henry y el Fort, acosados por dos tres puentes aliado (los ya conocidos Royal Catherine y Saint-Michael) y tres grandes navíos de segunda clase, hasta que son socorridos por sus fuerzas. A partir de las dos y media el viento se desplaza hasta el noroeste (véase), y la bruma comienza a levantarse hacia las cuatro, sin que por ello disminuya la intensidad de los combates, que prosiguen enconadísimos hasta las siete de la tarde. A partir de la siete, el viento se desplaza hacia el noroeste, con lo que las naves de Ashby, que hasta el momento habían estado separadas por la acción de Pannetier, comienzan a moverse en dirección al frente, barloventeando para coger a la línea francesa entre dos fuegos. También la división de Coetlogon, que manda la Magnifique (nº 7 en el primer gráfico) se desplaza hacia el centro para socorrer la apuradísima situación de la Soleil Royal y el Ambitieux, que soportan el peso de la batalla. La ayuda de Coetlogon resulta providencial, y ambas naves se salvan, mas estando ya desarboladas y profundamente dañadas, habiendo soportado por ambas bordas el fuego de un enemigo muy superior.

Anochecido ya, comienzan a sentirse los efectos de la marea, por lo que Tourville, acertadamente (¡de nuevo!) da la orden de fondear para no perder la formación y no verse arrastrado por el reflujo, con la consiguiente dispersión de sus naves y ruptura de la formación, en tanto que Russell, quien no lo hace adecuadamente, es impulsado a sotavento de los franceses, perdiendo contacto con sus enemigos en el arrastre. En tanto, Nesmond y Pannetier, ya unidas sus fuerzas y noticias de la suerte de Tourville, deciden navegar a contramarea en su busca, arrastrados a golpe de boga de sus chalupas en medio de la densa bruma; tropezando con los navíos de Ashby, que se habían desperdigado y estaban ya anclados, creen los ingleses ser atacados por divisiones de refresco venidas de Francia, levan anclas precipitadamente y tratan de unirse a sus fuerzas, pasando por el hueco que deja Tourville. Al pasar perseguidos por las dos divisiones y topándose de costado con los navíos de Tourville, son fuertemente cañoneados en la travesía, recibiendo terribles andanadas por proa y popa, para llegar con graves daños donde fondeaba el grueso de la flota de Russell. Acaban así los combates del día 19, en torno a las diez de la noche, donde el pundonor francés, el valor desmedido y el correcto aprovechamiento de sus movimientos, amén de los golpes de fortuna y el error táctico de sus adversarios permiten salvar el grueso de su flota sin sufrir el aplastamiento que el número rival pronosticaba. A estas horas, tras doce de batalla, los franceses no han perdido un solo navío (eso sí, con buena parte de ellos en mal estado), y han tenido unas 2.000 bajas, frente a las cerca de 5.000 de sus enemigos.

El honor de la Armada francesa estaba a salvo, y bien podía considerarse su almirante vencedor del enfrentamiento. Ahora que sabe el estado de su flota y el estado en el que se encuentra (se duda si muchos de los barcos, entre los que el Soleil Royal no es una excepción, conseguirán llegar a puerto), cree conveniente aprovechar la anochecida para aparejar, y parte a la una madrugada del día 2O partir aprovechando los vientos favorables del Oeste, teniendo al amanecer dos millas de ventaja sobre sus enemigos. La armada aliada, en tanto, ya sabiendo la debilidad y lo dañado de la flota francesa, leva en masa y se dispone a perseguirla con el grueso de sus navíos. Rumbo a los puertos de Saint-Maló y Brest, la marcha de Tourville es penosa y lenta. Durante la noche del 20 al 21, pasa por entre la península de Contentin y las islas Guernesey, tratando de remontar los Casquets aprovechando la marea. Veintidos de los navíos franceses consiguen ganarla, poniendo ocho millas de distancia entre ellos y las fuerzas aliadas; mas los trece restantes, entre los que se encontraban los tres puentes que habían soportado lo más duro del combate y que estaban, por tanto, más dañados que el resto, no pueden seguirlos. Tratan de fondear, mas la falta de calado del lugar les hace garrear y comienzan a derivar hacia el enemigo. La flota, dándose por perdida, se disgrega entre Chesburgo (donde marchan tres navíos), y otros diez, siguiendo a Tourville, intentan ganar La Hogue. El 23 de mayo, divididas las fuerzas aliadas, Delavall llega a Chesburgo, donde tras un intenso cañoneo defensivo y el asalto por medio de brulotes, consigue incendiar el Soleil Royal, junto al Admirable y la Triomphant. Russell, en tanto, arriba en La Hogue, puerto también mal defendido como el de Chesburgo, y abate, sin dejar espacio para la maniobra o la huída, con sus cuarenta naves, a los ya maltratados Foudroyant, Ambitieux, Merveilleux, Magnifique, Saint-Philippe, Terrible, Tonant y Fier, mas otros cuatro navíos de menor cuantía: en total, las pérdidas francesas se cifraron en quince navíos, muchos de ellos de primera clase.

Si bien el enfrentamiento inicial del día 19 fue netamente favorable al bando francés, la resolución final el día 23 da la victoria final a las fuerzas aliadas, que con su tenacidad en la persecución, ayudada por los errores de pilotaje de la flota de Tourville que le impidieron alcanzar la marea en la hora adecuada, haciéndola refugiarse en puertos poco protegidos y de escaso calado, dió un duro golpe a las aspiraciones borbónicas por la supremacía naval. Y aun cuando al año siguiente, Tourville, que se había puesto a salvo, pudiese tener bajo su mando una flota renovada de noventa navíos, siempre contó a partir de entonces con una inferioridad manifiesta frente a los británicos. El posterior desgaste de las arcas reales por las guerras continentales no permitió su recuperación, estando a lo largo del siglo XVIII y XIX a la estela del poderío naval británico.