Literatura, Quotidiana14/09 /2011 11:05 am

Baroja Obras Completas volumen IV

El volumen IV de las Obras completas de Pío Baroja en la editorial Biblioteca Nueva (en su 3ª edición) contiene la última parte de las veintidós novelas que configuran el ciclo de las Memorias de un hombre de acción (desde la decimotercera a la vigésimosegunda), amén del estudio biográfico que el autor hizo sobre su incierto pariente, Eugenio de Aviraneta. Es sabido que la edición es torpe hasta la desesperación, sobre todo para una obra de semejantes características y alcance: está sembrada de erratas hasta el prodigio, numerosas frases se cortan por la mala composición (y uno no tiene manera de saber qué es lo que quería decirse) y podría servir de ejemplo, en los cursos de composición y edición, como compendio de todo lo que un editor no debería permitirle a un corrector de textos (en el caso de que tenga alguno en nómina).

Hay, no obstante, casos textuales más graves que otros, pero cuando se juntan las erratas con los errores del autor (Baroja no era un caso paradigmático de novelista que cuidase sus textos), la cosa puede tornarse delirante. Si aquellos que me lean tienen algo de paciencia (al menos, la que a mí me falta cuando me enfrento a estos hechos, para mí merecedores de que quienes los cometen sean guillotinados como poco), verán este ejemplillo que entresaco de El amor, el dandismo y la intriga, en el que comenzaremos a entender lo que pudo ser el fracaso de la Torre de Babel en su día y la cantidad de insatisfacciones, frustraciones, sudores, ardores e ira que ocasionó a sus constructores. Reproduzco, tal cual está en la edición, el texto con sus particularidades gráficas:

A la mañana siguiente tomé un coche y fui a Ategorrieta. Llevaba en aquel punto mucho tiempo acantonada la Legión inglesa. A la entrada del barrio había un letrero con pintura negra en una pared: Westminster Square, y en otra esquina, ponía Constitution Mill (colina o cuesta de la Constitución). Este segundo letrero duró mucho tiempo; yo lo vi quince años después. Algunos supusieron que quedaba porque Hill, en vascuence, quiere decir muerto, y los campesinos vascos, en su mayoría carlistas, al leer Constituion Hill, suponían que decía Constitución muerta.

Nótese que la primera de las veces en que es nombrado el segundo de los letreros, dice por obra y gracia de la errata (o la enmienda del cajista) Constitution Mill, con lo que la traducción parentética de colina o cuesta (debería valer por cuesta, ya que es una calle dentro del barrio de Ategorrieta, y no un espacio a campo abierto) queda imediatamente carente de sentido. El más torpe de los estudiantes de inglés sabe que Mill vale por molino, por almirez, o aún por factoría (como en el caso de steel mill [acería o fundición] o sawmill [serrería, aserradero]), y por poco avezado que tenga el ojo crítico de la lectura, empezará a sospechar que hay gato encerrado. No es sino más adelante, en la segunda mención, cuando constatamos nuestras sospechas y entendemos que, en efecto, tal y como nos temíamos, quería decir Hill, y que, con esto, el paréntesis recobra al fin su sentido. Sin embargo, el lector viene a ser bombardeado una vez más por otra nueva errata que convierte la voz Constitution en un rarísimo Constituion) y que posiblemente haga que implore a los Cielos vox clamanti para que encarcele al corrector de pruebas y se contrate esta vez a alguien a quien le suene algo la lengua inglesa o que, al menos, tenga un cuidado a la hora de revisar los textos.

No acaban aquí las desdichas del sufrido lector, porque estando así las cosas, aunque lo anterior ya es suficiente como para descorazonarlo y hacerle dudar mucho de si ha de continuar la lectura, es el mismo autor el que ahora se anima alegremente a colaborar en el desaguisado. Explica ahora el narrador que, en vascuence, hill quiere decir muerto (¡toma castaña!). La palabra que realmente significa lo que dice el autor es hil (con una ele) y no hill (con elle) — y por cierto, en euzkera, la palabra hil ha de pronunciarse sin aspirar la hache, al contrario de cómo ocurriría en inglés con hill.— con lo que el fenomenal galimatías que ha sido capaz de formarse deja al lector con la extraña obligación de haberse transformado por unos momentos en un filólogo experto en proponer enmiendas textuales ad sensum a cada paso para tratar de enterarse algo de lo que lee.

Si con esto no sufre un infarto cerebral o, al menos, se agarra un berrinche volcánico, es que estamos por el buen camino y el ser humano, al final de miles de años de evolución, va consiguiendo alcanzar la divina ataraxia que propicia el Nirvana. Mucho me temo, sin embargo, que no sea así, y que los lectores acaben por visitar las salas de urgencia de los hospitales (en el peor de los casos) o tomando las aguas en un balneario (perdón: spa. Uno es de otro tiempo) para bajar los elevadísimos niveles de stress que ha podido causarle un párrafo aparentemente tan inocuo. Para que se fíe usted de los libros.

Pensamiento, Quotidiana01/09 /2011 4:57 pm

Firma Cervantes

Firma Shakespeare

Einstein

Es asombroso el particular ejercitamiento que sufrimos para aprender a hacer una firma. Qué cantidad de tiempo perdido en una acción tan reprobable. Horas y horas de prácticas, escribiendo una y otra vez nuestro propio nombre, bien completo, bien con iniciales, bien sólo el apellido, bien —esto es propio de las firmas menos serias o más juveniles— empleando el nombre de pila, bien con una combinación babélica de las anteriores. Adornamos —somos adoctrinados en el adorno— con las mil maneras de la rúbrica: líneas que se entrelazan o que parten rectas como flechas, o que serpentean bajo la línea de escritura, la cortan, zigzaguean sobre la caja, se asientan en los laterales, o que giran en torno a sí mismas en un loco movimiento a ninguna parte. También, cómo no, se emplean los signos, más o menos mistéricos, que la acompañan en ocasiones: las cruces, las estrellas de cinco puntas (o de cuatro, o de seis) las coronas, los círculos, los asteriscos, los cuadradillos. El particular ductus, que puede ser registrado, escrutado, estudiado, comparado, autentificado. Toda una serie de elementos gráficos que se orientan a tratar de hacer de la firma una marca personal, un sello característico y único (sin apercibirse quien la traza que está atrapado en un repertorio escaso, mil veces repetido).

No es inocente: Ésta es una enseñanza que recibimos en la infancia. Como en los cilindros-sello de Uruk, aprendemos a grabar en nuestros libros y cuadernos para dar fe de que son nuestra pequeña e inicial propiedad. El libro es de Pedrito (o de María), y no de ningún otro. El cuadernito de ejercicios lleva (a veces muchas veces) la firma que nos han dicho que tenemos que hacer y cómo tenemos que hacer. Nos instigan a aprender a firmar para poseer, y éste es su primer uso, maligno y capitalista. Lo mío, lo que ha de distinguirse del resto de las cosas. En esto somos ejercitados.

Pero si no fuese suficientemente maligno que el ejercicio de la firma tenga como objetivo el crear un marchamo personal que pueda certificar la propiedad privada, incluso sirve para dar testimonio de nuestra conformidad (¡El nombre personal como una muestra de asentimiento!), en un retorcimiento lingüístico que encuentra pocos parangones. Cuando nos preguntan si estamos de acuerdo con algo, respondemos con una afirmación, con una negación, con las decenas de matices de la atenuación, de la duda o de la condicionalidad: jamás con nuestro propio nombre… excepto en el caso de los documentos firmados. Yo, o el nombre de Yo, o mejor, la personal manera de la escritura de nuestro nombre propio se transforma de pronto en , en de acuerdo, en me parece bien, en estoy dispuesto, en estoy de acuerdo. La elipsis brutal que se ejerce difumina su sentido. ¿Qué manera hay de entender que una firma en realidad quiere decir que la persona que es autora de la firma y que escribe su propio nombre con una serie de garabatos accede a algo…? ¿Cómo se entiende semejante mensaje mistérico…? ¿En qué cabeza cabe semejante cadena de sobreentendidos…? ¿De qué manera explicarlo, por ejemplo, a una persona desconocedora de nuestra cultura e inmersa en una sociedad ágrafa…?

Tenemos que padecer un último mal, además de su vinculación con la propiedad privada y con la validación de acuerdos: que se constituya como una eficacísima práctica de la formación del yo, del proceso de individuación, de la construcción de una cansina autoafirmación. La marca de yo tiende poderosamente a construir nuestra presencia en el mundo. Somos tanto (o tantas veces) como firmamos, en una tediosa y obsesiva manera de ser. Ya que tenemos firma, ya que somos seres intelectivamente válidos como para crear y repetir miles de veces nuestro propio nombre rubricado y que pensamos que eso está íntimamente relacionado con el yo que somos, podemos reafirmarnos una y mil veces en lo que somos, como malos entendedores de Spinoza. Gritamos a los demás, a lo demás, muy posiblemente de manera innecesaria, que somos, que estamos, que no somos uno de tantos, sino uno concreto, irrepetible, original. Todo ello, porque tenemos firma. De ahí, las centenares, miles de veces que vemos en los cuadernos de los adolescentes (alfabetizados, escolarizados) su nombre escrito (firmado) en las páginas traseras (Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda, Yolanda. O Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo, Pablo) en un tartamudeo intelectual sin final. Tantas horas sumidos en la terrible evidencia de que somos, como para colmo tener que repetírnoslo secretamente (o en público; darle importancia al ámbito es trivial) tan desorbitado número de veces.

Es desolador tener que vivir en el monótono cacareo del Yo. Ya, de por sí, molesta el narcisismo necio de estar pensando tanto tiempo en uno mismo, teniendo como tenemos los ojos apuntando hacia afuera, hacia el mundo, hacia los demás (que ofrecen tantas cosas que ver) y no hacia nosotros mismos. Aún así tratamos desesperadamente de dejar nuestra firma en el mundo para disfrutar del (ahora) muy confesable placer de constatar nuestra presencia. Algo tan innecesario como cretino.

Pensamiento, Quotidiana15/07 /2011 2:28 am

No a todo el mundo parece quedarle claro la gran diferencia que hay entre placar y aplacar. Para los redactores de la cuarta edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, editado en 1803, placar y aplacar venía a ser la misma cosa, con la salvedad de que la primera de las voces estaba en desuso ya por aquellos días. Ambas provienen del verbo latino placāre, que vale por suavizar o atemperar y que es el significado que ha pasado al español. Sin embargo, la forma triunfante en castellano no ha sido la más cercana al latín, sino aquella a la que se le ha unido una particula a- de dirección. Aplacar es, para nosotros, amansar, mitigar o calmar los ánimos soliviantados de alguien.

No es hasta tiempos muy modernos cuando se recoge en los diccionarios de la RAE (en concreto, en la edición de 1985) una segunda acepción del verbo placar, o mejor dicho, otro verbo que tiene exactamente la misma forma. Esta voz, homófona y homógrafa de la anterior, proviene de una fuente totalmente distinta y, por tanto, su significado nada tiene que ver con la precedente: es una importación, un galicismo a partir del verbo francés plaquer que en la terminología del rugby designa aquella acción que consiste en sujetar a un jugador del equipo contrario o aún derribarlo para que no prosiga su avance. En la actualidad, es la acepción de uso mayoritario en los hablantes de lengua castellana y que ha saltado desde el campo especializado del deporte a los sucesos más elementales (por desgracia) de la vida cotidiana. Placar, para un hablante de castellano, ya no es solo sujetar con las manos a un jugador de rugby, sino que pasa a designar cualquier acción de derribo a otra persona de manera ostentosamente física y violenta.

Estando así las cosas, se entenderá que el usar en un texto un verbo u otro puede variar de manera evidente el mensaje que se pretenda enviar. Vean si no cómo cambia un texto según se emplee el verbo placar y aplacar. Obtengo esta imagen de el diario El País, a la que acompañaba el siguiente pie de foto:

Un policía intenta aplacar a un joven durante las protestas estudiantiles contra la nueva ley de educación propuesta por el Gobierno de Sebastián Piñera, cerca de la plaza de La Moneda, en Santiago de Chile.

Chile. Protestas frente al Palacio de la Moneda por la reforma de la Ley de Educación. Julio de 2011

No sé cómo lo verá aquel que me lea, pero al primero que veo con un ánimo que bien merecería ser atemperado o aplacado es al carabinero; esto es, al que le hace un placaje en toda regla al ciudadano que intenta evitarlo.

A estas alturas, ya dudo de si es una errata, un uso impropio del verbo aplacar o bien una particular percepción de las situaciones que es cada vez más preocupante. Cada vez que la gente se levanta (porque no nos dejan ni respirar, porque no hay canales establecidos más que la protesta en la calle para contactar con unos grupos de poder aislados, encastillados), los medios de comunicación establecidos tienen que tildar su comportamiento de barbárico, de violento, de peligrosísimo, cuando lo único que hacen es ser depositarios de los porrazos (en el mejor de los casos) o de las balas (y no es el peor de los casos). Será como aquello que me contaron hace unos días sobre los furibundos monjes tibetanos que, enloquecidos de odio y de rabia, se lanzaron contra los pobres soldados chinos (quienes supongo que se tendrían que refugiar en sus tanques y abrir fuego con una inocente salva de disparos para evitar ser masacrados por los rosarios de los monjes).

Literatura14/05 /2011 9:11 pm

Amadís de Gaula

En castellano, el adjetivo perdido, aparte de significar extraviado o sin rumbo aparente, tiene también un valor de cualificación suprema o de refuerzo absoluto. La vigesimosegunda edición del diccionario de la RAE apunta que ha de emplearse

unido a ciertos adjetivos, para aumentar y reforzar el sentido de estos.

y da los ejemplos:

Tonto perdido. Histérica perdida. Enamorado perdido.

No se pronuncia la Academia acerca del valor que tienen los sustantivos a los que acompaña, aunque los ejemplos que brinda son claros: Tonto o histérica son adjetivos sustantivados palmariamente negativos, y cuando decimos de alguien que está enamorado perdido, parecemos estar señalando que está en las más bobas (y para los demás, risibles) mieles del amor1. De esta manera, uniendo lo censurable con la amplificación tonto perdido, histérica perdida o borracho perdido valen respectivamente por totalmente tonto, histérica sin remisión o borracho a más no poder.

Insisto en que el uso parece ser siempre magnificar lo que ya es previamente malo, y que no parece propio de nuestra lengua, tan salvaje y mordaz como aquellos que la hablan, el empleo del perdido en algo que tenga cualidades positivas: no se puede decir que alguien es bello perdido, o inteligente perdido. Al menos, en nuestro siglo. Pero encuentro en un texto del XV un caso que me hace dudar. En el famoso Amadís de Gaula podemos leer:

La otra hija, que Elisena fue llamada, en gran cantidad mucho más hermosa que la primera fue; y comoquiera que de muy grandes príncipes en casamiento demandada fuese, nunca con ninguna de ellos casar le plugo, antes su retraimiento y santa vida dieron causa a que todos beata perdida la llamasen, considerando que persona de tan gran guisa, dotada de tanta hermosura, de tantos grandes por matrimonio demandada, no le era conveniente tal estilo de vida tomar.

En el texto latinizante de Garci Rodríguez de Montalbo, es complicado establecer qué es lo que está ocurriendo. Está claro, por un lado, que tanto hermosura como castidad y retraimiento (de las cosas de este mundo) eran cualidades altamente apreciadas y propias de las grandes damas de la idealizada literatura caballeresca. Del mismo modo, los hablantes del particular castellano (o castellanos) del siglo XV no le daban el mismo sentido a la palabra beato que nosotros. En este amargo siglo XXI, beato bien es la persona que está siguiendo los procesos y trámites de canonización (algo así como quien habita la antesala de la santidad), o bien es aquella que cumple de manera exagerada los procesos cultuales de la religión cristiana (aquella que no sacan de misa ni a tiros). En una escritura tan vocacionalmente cercana al latín como la que emplea Rodríguez de Montalbo, beato conserva el sentido latino de feliz, alegre, contento, con el matiz de que lo es aquella persona que, apartándose de las pompas de este mundo, que sólo crean insatisfacciones, vive su vida con recogimiento y satisfacción en el sentido que promocionaba Tomás de Kempis.

Examinado hasta aquí, podríamos pensar en un uso del castellano para la palabra perdido que no es necesariamente el del aumento y refuerzo de una cualidad negativa. Que, merced a la hibridación con el latín, se ha creado un uso bastardo del adjetivo perdido y que, finalmente, algo puede ser bueno en grado máximo al ir acompañado de esta voz. Sin embargo, ay, hay un matiz final en el que las cosas terminan por imponerse y deslizarse a la verdadera naturaleza del castellano: si era una dama de tal guisa (es decir, de condición noble e incluso real), si atesoraba tal hermosura y tan grandes hombres (de nuevo, en el sentido de clase) la pretendían, no le era conveniente tal estilo de vida tomar: es decir, que las obligaciones de clase se imponen y que lo que podría ser celebrado en una dama perteneciente a un estrato más bajo, en la princesa Elisena (o Helisena, hay variaciones textuales) no era admisible, con lo que el valor positivo del beata termina por torcerse y por alcanzar un sorprendente sentido negativo.

Nota:

  1. No confundir con uso adverbial de perdidamente, que este caso quiere decir con abandono o sin mesura, antes atento a la manera en la que se hace que al grado al que se refiere, y al que no hay que adscribir una valoración negativa.
Música04/04 /2011 6:10 pm
Música02/04 /2011 3:24 am

Elisabeth-Claude Jacquet de la Guerre (1665-1729): Sonata I en Re menor para violín y bajo continuo: I. [Adagio] II. Presto III. Adagio - Presto - Adagio IV. Presto

Pensamiento27/03 /2011 10:40 pm

Trato de entender el Pasado con el sorprendente fin de entender el Pasado. Sería una completa estupidez querer descifrar el Presente con las claves que funcionaron hace tiempo. Como si la misma llave valiese para abrir todas las puertas.

Literatura26/03 /2011 1:03 am

Tumbas

Yo, que juré un día no saber vivir sin la persona que amaba, ahora que habito en un mundo en el que ella ya no está, vivo y sigo viviendo. Como si yo tuviese vidas de recambio o quizás muertes de sobra, o como si pudiese prometer hasta el infinito con la secreta intención de no cumplir jamás lo prometido. Hacer tal promesa —para mí mismo, con cierto fervor, con completo convencimiento—fue obsceno (o ingenuo) e incumplirla escandaloso: roza la tahuría insoportable, inadmisible, imperdonable. Dije Sin ti mi vida no tiene sentido o Sin ti, me moriría. Creí ciertamente que sin ella, la vida no sería digna de ser vivida: pero no he muerto y sigo viviendo sin pudor, sigo viviendo una prórroga inmerecida e injusta, una coda de la vida, un sucedáneo de la vida que se extiende a través de las llanuras de la infamia. Le soy traidor, hago traición a su ausencia. Es ahora cuando descubro que hacía trampa, que estaba mintiendo descaradamente, mintiendo como un griego o un cretense, mintiendo como si me fuese la vida en ello (cuando en realidad, me iba la vida en no mentir). Soy cicatero con mis juramentos, mal cumplidor de mi propia y vocacional promesa, perjuro de mí mismo. Soy mi peor y más verdadero apóstata. Seguir respirando es la prueba de mi traición flagrante, recurrente, cotidiana, repetida una y mil veces, a cada minuto sigo traicionando y volviendo a traicionar. Vivo, sigo viviendo como si no hubiese pasado nada. Como si no se hubiese dicho nada.

Quotidiana23/03 /2011 12:31 am

Manuel Lozano Leyva

Menos mal que los profesores saltan a la palestra para ilustrarnos a nosotros, tontos, subnormales y payasos antinucleares, catastrofistas y naúfragos en los procelosos mares del delirio. No todo iba a ser consultas a páginas y articularia de marcado carácter antinuclear. ¿Qué creían? ¿Que no íbamos a leer con atención la apaciguadora voz de los contrarios, de los adalides del plutonio y el torio, de los amantes de los reactores y la fisión, los moderadores nucleares y los isótopos de uranio? Pues nada de eso. Aquí estamos dispuestos hasta a escuchar los aleluyas que emitan estos señores que, dicho sea de paso, están enrabietados con que se les haya fastidiado el juguetito nuclear por culpa de un tsunami impredecible e inesperado. Los japoneses, coreanos, chinos, estadounidenses o quien fuere que vayan a cascar por estos incidentes parecen traerles sin cuidado (bueno, un poco de cuidado ponen cuando son estadounidenses, no difamemos), con tal de que no dejar de emitir el analgésico mensaje de siempre: la energía nuclear es buena, barata, segura y da de comer a muchos. Y quien negue este dogma de Fe, al Infierno de cabeza: por rojo y por estar en contra del Progreso de los millones de las compañías eléctricas (amén de por payasos, tontos y subnormales).

La misma idea ha debido de tener el diario Público al dar cabida en sus tertulias cibernéticas a Don Manuel Lozano Leyva, catedrático del departamento de Física Atómica, Molecular y Nuclear de la Universidad de Sevilla, quien en un estilo ameno y agradable de leer, ha tenido a bien de ilustrarnos e iluminar el oscuro camino por el que transitábamos. Ante la pregunta de los innegables riesgos que los reactores de energía nuclear pueden tener en situaciones críticas, nos aclara lo siguiente:

La historia ha demostrado, incluidos Chernóbil, que la energía nuclear ha producido infinitamente menos víctimas (Fukushima puede que ninguna) e incluso simple afectados que el carbón, el gas y el petróleo. Incluso las hidroeléctricas han producido muchísimos más muertos, por ejemplo, cuando se destruyó la presa de Ribadelago en 1959 murieron 147 personas; en la explosión de Chernóbil, 57. Los afectados posteriores tampoco alcazaron los números que cuentan las leyendas (teclee en Google OMS Chernóbil, porque quedará sorprendido).

Por fortuna, como somos buenos escolares, atentos con nuestros profesores, no vamos a decirle nada acerca de las supuestas demostraciones de la Historia a quien no parece estar muy ducho en ella, absorto como está en las contemplaciones de neutrinos y elementos de similar jaez. Somos, repito, buenos chicos, en absoluto alarmistas ni conspi-paranoicos, y hacemos caso a las recomendaciones de quienes saben más que nosotros, por lo que nos vamos a ir a la página de la OMS a ver lo que nos dicen.

Notamos, para empezar, vemos que la hermosa cifra que el profesor Lozano Leyva nos ofrece no coincide con la del informe, que dice claramente que

A mediados del año 2005, sin embargo, no llegan a 50 las defunciones atribuidas directamente a la radiación liberada por el desastre; casi todas esas muertes fueron de trabajadores de servicios de emergencia que sufrieron una exposición intensa y fallecieron a los pocos meses del accidente, pero otras se produjeron más tarde, algunas incluso en 2004.

Visto así y pese al pequeño desliz en la cifra, nuestro profesor podría tranquilamente ponerse los pulgares en los tirantes y estirarlos ufanamente, pues se habría cumplido su quod erat demonstrandum, esto es: que la energía nuclear es muy limpia y menos arriesgada que otro tipo de producciones de energía (por ejemplo, la petrolífera). Dejando de lado la minúscula cuestión de que aún no nos transformado de repente en los adalides de las petroleras o de formas de producción de energía contaminantes y peligrosas, vamos a hacer dos cosas que me parecen metodológicamente procedentes:

Primero, para centrarnos en el asunto de Chernobil, vamos a seguir leyendo el artículo, a ver qué más datos nos ofrecen, porque, sospechamos, las muertes de la catástrofe de Ribadelago fueron directas, y las de Chernobil tienen la particularidad de prolongarse en el tiempo o no ser totalmente detectables (si es que se usan ciertos métodos para computarlas). Vamos a ello.

En las conclusiones del informe, vemos que en el primer apartado se dice lo siguiente:

Aproximadamente 1 000 personas, entre los empleados del reactor que se encontraban en el emplazamiento y los trabajadores de servicios de emergencia, sufrieron una exposición intensa a altos niveles de radiación el primer día del accidente; de los más de 200 000 trabajadores de servicios de emergencia y de operaciones de recuperación que estuvieron expuestos a la radiación durante el período 1986-1987, se estima que unos 2.200 morirán por una causa relacionada con esa exposición

Vaya. 2. 200 personas que van a morir por la exposición radiactiva. Y no se refiere a 2.200 personas del total de la población afectada, sino a una parte, realmente pequeña si se compara con el conjunto de la población del área afectada, que fue la que hizo los trabajos de emergencia y de operaciones de recuperación, estimada en 200.000 personas. Es decir, algo más de una de cada 100. Que ya es. Pero sigamos.

Según las estimaciones, cinco millones de personas viven actualmente en zonas de Belarús, Rusia y Ucrania que están contaminadas con radionucleidos debido al accidente.

Parece claro que vivir en una zona que contiene altos niveles de radiación (el informe emplea una palabra bastante clara: contaminada) no es exactamente lo mismo que hacerlo en una que fue asolada y anegada en el pasado. Ni creo tampoco que el profesor Lozano Leyva quiera decirnos que vivir en un lugar así sea exactamente igual de saludable que hacerlo en uno no contaminado. Por otra parte, quede claro que no quiero minimizar los daños causados por semejante desastre, fruto de las deficiencias en la construcción de la presa y que provocó 144 víctimas mortales (y no 147, como cita nuestro profesor). En cualquier modo, parece que 52 años más tarde, los niños de la zona no tienen estos problemas que el informe de la OMS concluye a continuación:

La contaminación provocada por el accidente ha causado alrededor de 4.000 casos de cáncer de tiroides, principalmente en personas que eran niños o adolescentes en el momento del accidente, y al menos nueve niños han muerto de cáncer de tiroides; con todo, la tasa de supervivencia entre las víctimas del cáncer, a juzgar por la experiencia en Belarús, ha sido de casi el 99%.

Parece que, tal y como está redactado el texto, los 4.000 casos de cáncer de tiroides son aquellos en los que se ha podido constatar (y esta es una constatación compleja) que vienen originados por la contaminación radiactiva. Quizás, se presume, haya habido más casos de cáncer de tiroides en los que no se haya comprobado una relación directa con la radiactividad (digamos, por estar en zonas más alejadas o menos contaminadas). En cualquier modo, 4.000 parece un número lo suficientemente alarmante, aún incluso cuando su tasa de mortalidad haya sido algo superior al 1%. Queda sin explicar los daños que han sufrido los supervivientes del cáncer de tiroides, en qué estado han quedado estando vivos, etc.

Concluye el resumen del informe que

Aún no se ha definido un plan completo para deshacerse, respetando las normas de seguridad vigentes, de las toneladas de desechos radiactivos de actividad alta que se encuentran dentro y alrededor del emplazamiento de la central nuclear de Chernóbil.

… con lo que seguimos teniendo un problema sostenido, con elementos radiactivos que continuarán siéndolo durante miles de años hasta que descienda el nivel de sus emisiones. Cosa que no es ni comparable con el derrumbe de la presa de la Vega del Tera (esto es, la de la catástrofe de Ribadelago).

Pese a que empleamos la palabra catástrofe para hablar de lo ocurrido en Ribadelago que, insisto, provocó 144 muertos, parece que es de subnormales o de payasos hablar de apocalipsis con algo que, posiblemente, causará tantos o más muertos que Chernobil. Pero a lo peor esta es una afirmación demasiado aventurada para nuestro profesor.

En fin, y para acabar con esta primera parte, hacemos repaso: ha habido, según el resumen de un informe poco dado al alarmismo, unos 2250 muertos, 4.000 afectados de cáncer de tiroides, y 5.000.000 seres humanos viviendo en áreas contaminadas que siguen y seguirán siéndolo durante milenios. Pues vale. Entendido. Leídos los números, una vez tecleada la cadena propuesta por el profesor Lozano Leyva, tenemos forzosamente que concluir que es cierto: no alcanzan números legendarios y la energía nuclear es una bendición para la humanidad. Salvo para los que resultan afectados.
Vistos estos datos tan clarificadores, tenemos que entrar en la segunda de las cuestiones metodológicas que queríamos resolver, y que ha sido señalada ya por al menos uno de los comentaristas de la página del diario Público (en el comentario número 11). Nota nuestro comentarista, muy acertadamente, que el profesor Lozano Leyva incurre en una falacia del discurso, sin distinguir entre el peligro potencial y latente y el hecho fáctico. Así, se queda tan tranquilo diciendo que las hidroeléctricas han producido más muertos que las energías nucleares. La respuesta del comentarista, empleando el mismo argumento formal, muestra lo absurdo de la afirmación:

Menuda falacia. También las bombas nucleares han matado a menos gente en la historia de la humanidad que las espadas, así que prohibamos la fabricación de armas blancas y potenciemos la de bombas atómicas.

Tras semejante coloquio, tan acertado y lleno de mesura, me va quedando más y más claras las cosas. Así, a partir de ahora, me bañaré en las templadas termas de Vandellòs y disfrutaré de las praderas de Chernobil, por no decir de las costas (ajenas a ningún tipo de peligro) de Fukushima, y dejaré de hacer caso a esos engañabobos que me tenían el seso tan sorbido. Eso sí: a alejarme lo más que pueda de salto eléctrico alguno (a ver si se va a fastidiar la cosa y terminamos en el agua como atacados por anguilas), y ni acercarme a los peligrosísimos molinos eólicos, que son capaces de liarme la del Quijote. Qué descansado se queda uno, oye…

Quotidiana22/03 /2011 4:15 pm

Cuesta de Claudo Moyano

Salía de la Estación de Atocha y me encaminaba hacia el Paseo del Prado. Era una mañana aún invernal, azotada por el viento y no demasiado apacible. Como era (y es) harto complicado para mí, que sin duda soy torpe, caminar y liar un cigarrillo en una mañana en la que corre un vendaval de mil diablos, me detuve en la Cuesta de Claudio Moyano, protegida entre el Ministerio de Agricultura y el Jardín Botánico, con la peligrosa intención de proceder a mi labor sentado en uno de los grandes bloques de piedra que, a modo de bancos, hay distribuidos por la calle. Calculo (por encima) que tendrán unos dos metros de lado, y dejo a mis científicos lectores el cálculo de su área. En uno de ellos, el más cercano al Paseo del Prado (esto es, en la parte inferior de la foto, a la izquierda), había una mujer sentada en una de sus esquinas. Bastante joven, según mis parámetros actuales que, ay, ya no son los mismos que antes. Es posible que mediase entre los treinta y los treinta y cinco años. Pulcramente peinada y más que correctamente vestida (la vi de espaldas, con su abrigo de paño de buen corte). Maquillada (de todo esto me di cuenta después), sin que faltasen los (inevitables, exasperantes) pendientes de perlas (ignoro si verdaderas o falsas, ojalá que falsas) y el pañuelo con estampaciones de Cachemira. Esto es: un clon de los muchos que pueden encontrarse saliendo y entrando en las oficinas de la calle Génova o paseando a lo largo y ancho de Serrano y sus tiendas imposibles, da igual si les corresponde estar allí o no por nivel socioeconómico o no. Lo que en España llamamos una pija redomada, en la Argentina una cheta (con altas posibilidades de no tener el dinero que sustente sus pretensiones) y los anglosajones del otro lado del Atlántico, con mayor realismo y más atentos a la realidad económica, llamarían una wannabe 1.

Perteneciese o no a un estrato social elevado, fuese wannabe o real preppy, pretendida o verdadera cheta, falsa pija o una con todas las de la ley, pelolais, fresa, sifrina, pituca, gomela, cuica, creída, delicada, plástica, jailona, jailaife, garca de veras o fingida, quedaba claro que el lugar donde estábamos —lo pensé fugazmente— no era el más adecuado para alguien como ella: la Cuesta de Moyano es frecuentada bien por vagabundos y traperos, bien por compradores de libros usados, si es que hay distinción entre ellos (entre nosotros, sería mejor decir), pero desde luego no es el lugar apropiado para aparentar ni tampoco para esperar a alguien. Alguien de esas características que tuviese una cita con otra persona, esperaría en la cafetería del Hotel Ritz (o en la del Palace), a no demasiados metros de allí, que es donde se adocenan algunos de sus huéspedes y todos los que quieren ser confundidos con ellos. En cualquier modo, nadie se llegue a error, me parecería perfecto que el Rey (o sus suspirantes subditos), lo más granado de la Grandeza de España (o sus aturdidos émulos), o la cúpula financiera del país (o sus acólitos de ojos soñadores) hagan uso del mobiliario urbano. No tengo nada que objetar salvo la extrañeza de encontrármelos en lugares semejantes y, por qué no decirlo, sus improcedencias en el comportamiento. Lo barriobajero o lo perteneciente al lumpemproletariat tiene sus particulares códigos, no menos complejos que los rituales que las clases altas efectúan en la mesa, y mucho me temo que haya quienes no han sido capaces de descifrarlos, de comprenderlos o de imaginar siquiera su existencia.

Pero volvamos: si hubiese sido un banco público quizás, por cortesía, por mero formalismo (y también por proximidad) habría pedido permiso para sentarme2, mas dado que era un bloque inmenso, amplísimo, por las dimensiones del área me pareció innecesario preguntar si me daban venia para estar en la esquina opuesta. Así, me senté y empecé con mi labor. No me llevaría más allá de un minuto y medio en sacar el librillo de papel, el paquete de tabaco de liar y la bolsita de filtros, colocar un filtro y unas briznas de tabaco en un papelillo de fumar, rodarlo un poco con los dedos, enrollarlo, pegarlo, para finalmente llevármelo a la boca; durante el transcurso de la operación, la mujer se volvió no menos de tres veces para mirarme con una mezcla de aprensión, desagrado y miedo. Y aunque antes he dicho que hay ciertas diferencias entre los códigos de conducta del patíbulo y del palacio, sospecho que tienen también sus partes comunes. Si acudo, por ejemplo, a una cafetería (de barrio o de postín), al teatro o al museo, a un concierto de rock o a una discoteca, a una recepción diplomática o a un burdel, a la iglesia o al conciliábulo revolucionario, mirar con recelo y desconfianza, descaradamente, sin disimulo, con insistencia, a la persona que está a mi lado puede depararme una respuesta que vaya desde la reconvención a la cuchillada. No creo que sea muy difícil de comprender la escasísima pertinencia del acto. Sea universal o no, privativo de Occidente o extensivo a todo lugar y cultura, la mujer parecía no comprenderlo. O mejor, demostraba no importarle, anteponiendo groseramente su inquietud a la agresión que se ejerce sobre la persona a la que se mira.

La primera de las veces, en mi supina ignorancia ante el abanico de razones por las que me miraba de semejante manera, concluí benévolamente (con particular benevolencia hacia ella, quiero decir) que era una persona que militaba en ese grupo tan extendido de gente que, no siendo fumadora, aborrece a aquellos que sí lo son. No pretendía encenderme el cigarrillo en el banco, así que lo dejé pasar sin darle mayor importancia. A la segunda vez, me percaté de que no era mi actitud pre-fumadora lo que inquietaba a la mujer, sino mi mera presencia o mi misma existencia. Yo comprendo que un anacoreta de la Tebaida pudiese sentirse incómodo con la presencia de un ser humano a menos de un metro de él, o que quien haya padecido aislamiento penintenciario durante años tenga extrañas sensaciones con la presencia de otra persona; incluso que los moradores del desierto o de inmensos espacios abiertos tengan ciertos recelos de la proximidad de aquellos hombres que no pertenezcan a su grupo inmediato: pero estando en una gran ciudad como Madrid y separados por una distancia pitagórica, situado casi de espaldas a ella, con las manos ocupadas en mi labor y la vista vigilando el proceso (sólo la veía a ella en la periferia de la visión, con aquello que se llama el rabillo del ojo) el recelo de la mujer era poco menos que absurdo. Entiendo que cada uno es muy dueño de sentir lo que prefiera y que, incluso, es libre de hacerse esclavo de sus sentimientos o pensamientos incontrolados, aunque ello no justifique que, por esta causa, se haga pasar un mal rato a los demás. Y no obstante y por segunda vez, no dije nada, no hice el menor movimiento de reproche, pese a que estaba recibiendo toda una andanada de algo que no tenía mucho que ver con la amabilidad.

A la tercera de las veces, ante ese volverse categóricamente, sin disimulo ni tacto, como si no le importase que su lenguaje gestual le estuviese diciendo al otro, sin lugar a equívocos, que se piensa de él que es, no sé, un indeseable, un delincuente, un ladrón de bolsos, un atracador a mano armada, un violador diurno y público, un asesino afectado por las psicopatías o un rojo mesiánico, no tuve más remedio que levantarme pausadamente y, con la más educada de las voces, decirle:

— Perdone… espero que me disculpe si me levanto y voy a terminar de liar el cigarrillo a otro lugar. Veo que le estoy causando cierta… hmmm… (y la pausa era meditada) inquietud al hacerlo, y no deseo molestar a nadie tanto como para que tenga que volverse varias veces para vigilarme.

Como es natural, era la vigilancia policial lo que le estaba reprochando, y pedirle disculpas por haber tenido que vigilarme era una muestra de sarcasmo particular, indetectable en el tono de la voz pero perfectamente clara en el discurso. Una pequeña malevolencia por mi parte, lo confieso. Además, y también lo confieso, el ritmo del discurso y las inflexiones de la voz denotaban a las claras que yo no era (presumiblemente) nada de lo que ella temía o esperaba. Una treta bastante común que se apoya en la más tonta de las presunciones, y que aún así, sigue funcionando, sigue vigente, continúa siendo capaz de nublar el juicio de las personas. No hay nada que nos haga suponer que el asesinato, la violación, el atraco, el robo de bolsos, la delincuencia de baja estofa o la mendicidad están exclusivamente en manos de personas que no son capaces de expresarse de una manera apropiada o que andan ayunos de referentes culturales. Es como si pensásemos que (aparentemente) no hay mendigo capaz de medir los yambos de Hiponacte (Ἰππῶναξ), o atracador que conozca la obra de Capote, o ladrón de bolsos a quien le suene el nombre de Genet, o violador que pueda declamar el Rape of Lucrece de memoria (by heart) o asesino devoto de Thomas de Quincey, cuando el delincuente se define por sus actos, y no por sus conocimientos culturales. Nada impide a un catedrático asesinar, violar o robar, salvo el torpor o la edad, que bien mirado también es una forma de torpeza. Como el lager enseña, la persona culta puede ser víctima o verdugo, y el jerarca nazi que admira los Préludes de Debussy y los lied de Schubert puede llevar al campo de exterminio a aquellos con quien compartía sala de conciertos. Pese a eso, se insiste en la tipología, en la caracterización, en la monigotización y, como aquellos criminalistas italianos de principios de siglo XX, que aún nadaban en las confusas charcas de la Fisiognomía, se piensa que hay maneras de detectar al delincuente antes incluso de que cometa su delito en razón de ciertas señas de identidad que, bien miradas, son harto caprichosas (e ineficaces). Se sigue creyendo con fervor que todos y cada uno de los delincuentes deben ser ignorantes, zafios en su expresión, incompetentes en la dicción (llena de metátesis, de trabucamientos, de elisiones), e inquietantes en el contenido de su discurso. En cualquier modo, es obvio, con la palabra o sin ella, yo no había hecho el mínimo signo o la menor señal que pudiese revelar intenciones hostiles, y en cambio era premiado, merced a no sé qué colegimientos, con la vigilancia extrema y la desconfianza absoluta con que los policías premian a los presidiarios o los militares a su enemigo capturado.

Como era esperable, la mujer, azorada, balbució sus disculpas: Que yo no le molestaba (cómo no), que no me había mirado (increíble, hubiese negado a Cristo catorce veces de haberse llamado Pedro), que podía seguir (¡qué generosa!) sentado donde estaba, a lo que yo me negué con el mismo alegre sarcasmo como antes. Faltaría más —dije yo, sonriendo—, lo primero es su tranquilidad.

Hay que ver cómo son los vericuetos de la educación: hasta los barriobajeros de extrarradio tienen que enseñarles formas de civilidad a estas pijas de los diablos. Y así seguimos.

Notas:

  1. Volviendo a España, hay una palabra hecha a partir de la sustantivación de verbos conjugados para referirse a este caso. Es parte de la burla hecha desde abajo a aquellas personas que, en lo socioeconómico, quieren aparentar ser lo que no son: una quiero-y-no-puedo, diciendo a las claras esa estupidez que pretende que los miembros de la clase alta lo son algo más que por motivos de dinero, y se espera de ellos un natural refinamiento en el comportamiento. No cabe duda alguna que éste es un pensamiento pavorosamente clasista, además de estar equivocado a más no poder: si algo he aprendido en mi casual trato con personas que ocupan una elevada posición en la sociedad es que no son ni más inteligentes, ni más cultos, ni emplean las formas de cortesía de una manera más apropiada que el resto. En estas sociedades capitalistas en las que vivimos, cualquier tonto puede tener millones, con tal de que su padre (o su abuelo) los haya acumulado previamente en actividades que rayan el delito (o que caen de cabeza en él).

  2. Algo ciertamente ocioso, porque un banco público es justamente eso, de uso público y, en tanto no se uno no se siente encima de sus transitorios ocupantes, tiene todo el derecho a ocupar su parte. Las fórmulas de la educación nos llevan por extraños senderos. No parece de recibo que haya que pedir permiso para sentarse a quien ya está previamente sentado en él, como si el llegar antes a sentarse le hubiese transformado en su dueño. En cualquier modo, por seguir unos modos elementales de educación y civismo, es algo que sigo haciendo.

Quotidiana20/03 /2011 4:53 pm

Las últimas noticias emitidas desde Japón son esperanzadoras y tranquilizadoras: podemos volver a empezar.

Mientras, desde la alarmista Europa, se hacen modelos de dispersión radiológica del siguiente calibre.

Pensamiento18/03 /2011 3:51 pm

Guerrillero anónimo. Managua

Escribo para intentar destruir aquello contra lo que mi natural cobardía me impide luchar por otros medios.

Quotidiana 1:16 am

Fukushima

La impresión que me dejan los artículos que he leído hasta la fecha es que no se enteran de lo que ha ocurrido, aún no se han enterado. En el punto en el que nos encontramos, temer que los niveles radiactivos aumenten en Tokyo es temer que, una vez tirada una piedra hacia arriba, termine por bajar (y siento si soy ruralmente newtoniano al escribir esto). Ciertamente, van a aumentar y no es cuestión de probabilidades, de vientos milagrosos y salvadores o de esperar una solución maravillosa a última hora. Para nuestra desgracia, ni hay superheroes, ni hay magia. Van a aumentar ocurra lo que ocurra, y la radiactividad azotará (está ya azotando, según escribo este artículo) un área urbana en la que viven (al menos) treinta y cinco millones de personas. Contaminará (está contaminando) el suelo, penetrando profundamente en él y así permanecerá durante un plazo largo, que puede medirse en décadas o incluso en siglos. El agua, el mismo aire quedarán (están quedando) contaminados. Contaminará (está contaminando) a las plantas, y los efectos a la exposición serán (y son) terribles. Contaminará a los animales no humanos y también a los humanos, y muchos de ellos morirán y todavía aún más quedarán gravemente afectados por la exposición continua a una radiactividad creciente y perdurable. Y, qué decir tiene, no se va a detener en Tokyo. Ojalá se frenase ahí. Durante la catástrofe de Chernobil, tras la explosión inicial, se detectaron aumentos en los niveles de radiactividad en Noruega, Moldavia, Italia o Grecia. La distribución y el alcance de la contaminación radiactiva es compleja y azarosa: depende del viento, del curso de las aguas, y fuera de un epicentro radial, todo es sumamente improbable, por lo que las afirmaciones de Obama de que la nube radiactiva no va a llegar a Estados Unidos es, una vez más, una afirmación que se basa en la esperanza en lugar de en una realidad incontrolable. Qué será de Japón es una pregunta que ya tiene su respuesta: se está destruyendo, o mejor, ha sido ya destruído, irremediablemente destruído, y nada puede salvarlo excepto una máquina de desradioactivizar (que, para nuestra desdicha, aún no ha sido inventada). Estamos hablando de la muerte de un territorio (hablar de países sería ridículo: la ola radiactiva no respeta fronteras) inmenso, que se extiende por gran parte de lo que conocemos como Extremo Oriente. Habrá (está habiendo) millones (!!!) de seres afectados por haber empleado una forma de producción de energía peligrosísima, ingobernable en los incidentes, que nos condenaba de antemano al desastre.

Teniendo encima este presente, hacer un debate sobre el futuro de las nucleares resulta tan fútil como glosar un coloquio de monos. A riesgo de parecer vagamente nihilista, como un punk recién aterrizado en el siglo XXI, no hay futuro posible ni que valga. Cueste lo que cueste, hay que cerrar las centrales nucleares, apagar sus reactores, y poner todos nuestros esfuerzos investigadores en resolver el horrible problema de los residuos radiactivos. Hemos matado ya demasiado y no quedan alternativas.

Quotidiana16/03 /2011 9:23 pm

Está claro que el tratamiento que desde Occidente se está dando al asunto nuclear de Fukushima es tan alarmista como sensacionalista, y que lo hacemos para vender más periódicos (o para aumentar las visitas en un blog casi secreto, perdido en los oscuros confines de la Red). En Japón, se ve, al menos en el Japón oficial, gubernamental, empresarial y mediático, todo es mucho más mesurado y se trabaja, tal y como se ha podido comprobar, con la moderación y la ecuanimidad que procede en una situación como esta, donde millones de seres vivos están en serio riesgo de enfermar y/o morir por la imbecilidad nuclearizante a la que algunos llevamos décadas oponiéndonos. Por ejemplo, en la NHK se nos informa, de manera sosegadísima, eso sí, de lo siguiente:

Shigenobu Nagataki, ex-director de la Fundación de Investigaciones sobre los Efectos de la Radiación, dijo que la radiación a ese nivel [hasta 0,33 milisieverts por hora en áreas a aproximadamente 20 kilómetros al noroeste de la central nuclear Fukushima No. 1] no afecta de inmediato la salud humana. Sin embargo, agregó que si se continúan observando esos niveles, las autoridades deben someter a revisión las medidas para evacuar a la gente.

Qué respiro saberlo y qué alivio comprobar que un investigador nos cuenta estas cosas. Dado que la OMS recomienda no estar expuesto a más de un milisievert al año por razones no naturales (y no de 50, como he leído en algún comentario en prensa), parece que el de inmediato dado por el doctor Nagataki se reduce a tres horas. Así que el comunicado es ciento por ciento veraz, no incurre en ninguna falacia del discurso y se ajusta a la verdad pura y dura.

Pues eso. Tranquilos, que no pasa nada. Ya podemos respirar.

Quotidiana 2:56 pm

Con cuatro reactores implicados (el número 4 ardiendo, el 1 y el 2 fuera de control, el 3 emitiendo vapor radiactivo a todo trapo), el incidente nuclear de Fukushima va desvelándose (y así lo temía) como infinitamente más grave que el de Chernobil. Eso que tanto se empeñaban en negar, haciendo hincapié en el supuesto buen hacer y respeto a la normativa nuclear de las empresas japonesas, tan responsables ellas. Pues bien: ahora resulta que son tan negligentes, tan chapuceras y tan irresponsables como el resto: al parecer, en 2007, la central nuclear de Kashiwazaki-Kariwa tuvo otro incidente nuclear por obra y gracia de un terremoto menor que el del pasado día 11 de marzo, que provocó que una cantidad indeterminada de agua radiactiva acabase vertida en el mar que baña las costas japonesas. El alcance es aún un misterio y las cifras permanecen todavía sumidas en el oscuro baile entre la conjetura y la mentira. Tepco (Tokyo Electric Power Company, que casualmente es también la empresa encargada de los destinos de las dos centrales de Fukushima) emitió notas minimizando el impacto del incidente (como viene siendo habitual en el opaco mundo de las comunicaciones sobre asuntos nucleares), y fue aumentando progresivamente el alcance del daño causado. Pese a que no sabemos si la cifra final dada (1.300 litros con un grado de contaminación de 90.000 becquerelios) tiene algo que ver con la realidad, lo que sí sabemos es que la empresa no fue clausurada, su cúpula directiva no está en prisión ni los responsables han sido deportados a una isla desierta (hasta la fecha). El Gobierno expresó su malestar por la cantidad de tiempo que habían tardado en comunicar el episodio. Es decir, no se culpaba al asesino del crimen, sino de haberlo comunicado con demora. Así que finalmente, para el caso, lo mismo da que hayan sido 10.000 litros contaminados con 109 bqs. La suprema irresponsabilidad mostrada por Tepco, el alto grado de falsedad de sus comunicados y los daños causados justamente por esas mentiras son realmente el punto importante. Ahora, a ver quién les cree cuando dicen por activa y por pasiva que todo está bajo control, que no pasa nada, que las emisiones de radiactividad son bajas y que todo se pasa cerrando puertas y ventanas y sin salir a la calle. Todo, por no hablar de esa supuesta, famosa, mítica (y ahora, según vemos, falsa) arquitectura de las centrales nucleares japonesas, indestructibles, invulnerables a los terremotos. Con las estructuras de contención dañadas en tres reactores diferentes (el complejo de Fukushima alberga diez reactores), ahora resulta que alegan que el terremoto / tsunami del día 11 de marzo era tan impredecible como inusual en su potencia, lo que nos hace sospechar que, en lo relativo a las centrales nucleares, nada es asunto de magia, y que cuando tiembla la tierra y ruge el mar, se derrumban con el resto de los edificios, con la salvedad de que los edificios de viviendas, las fábricas y los almacenes no suelen albergar dos, tres, siete o diez reactores nucleares en su interior.

Por lo demás, seguimos en lo mismo: admirando el heroico comportamiento de la ciudadanía japonesa, que —por lo que sabemos—ni se ha fugado despavorida de Tokyo, como razonablemente cabía esperarse, ni ha salido a la calle a colgar de las farolas a los directivos, propietarios y accionistas de Tepco, amén de echar al mar (o al reactor) al equipo de gobierno al completo. Semejante conformismo ante las informaciones gubernamentales tendrá, es esperable y una apuesta casi segura, sus consecuencias. No sé a quién pensarán reclamar después, cuando el uso de las centrales nucleares comience a afectar en sus vidas algo más allá que en tener una moderada factura eléctrica: cuando desarrollen cánceres y mueran a millones a velocidades asombrosas, tal vez . ¿Qué dirán entonces a sus gobernantes por haberles puesto en semejante situación? ¿Nos dijísteis que estaba controlado, que no pasaba nada, que era bueno tener energía nuclear para uso civil, que eran seguras, que estaban diseñadas para aguantar terremotos, que podíamos tener tranquilamente hijos aunque estuviésemos cerca, que si no salíamos de casa no iba a pasarnos nada, que lo peor que podía ocurrir es que cundiese el pánico y que por eso nos dábais esos mensajes? ¿Qué va a ocurrir con un panorama tal, con una central emitiendo radioactividad incontroladamente a menos de trescientos kilómetros de una ciudad de treinta y cinco millones de habitantes? O mejor: ¿Qué ha ocurrido ya…?

Pero, claro, ya sabéis: estas son las consideraciones de un fanático alarmista que está en contra del Progreso, la Ciencia y el Bienestar de los millonarios. Un antinuclear retrógrado, vaya.

Quotidiana15/03 /2011 11:53 am

Central nuclear de Fukushima. Segunda explosiónDespués de lo ocurrido en Japón, probablemente los defensores del uso de la energía nuclear y sus centrales van a tener que silenciar sus vindicaciones durante unos cuantas semanas, hasta que en Occidente se nos olvide esta catástrofe (y quizás estoy siendo muy generoso con nuestra capacidad de memoria). Tras la tercera explosión en la planta nuclear de Fukushima, es ya demasiado evidente que los niveles de radiactividad se han disparado y se han lanzado sobre Tokyo. Los comunicados del gobierno japonés han seguido, hasta la fecha, dos líneas fundamentales, que supongo yo que no abandonarán hasta que se declare el Fin de los Tiempos, a saber: a) Que es mejor que la gente no salga de casa. ; y b) Que esto no va a ser un nuevo Chernobil. No hace falta observar la terrible estupidez de lo primero (como si la radiactividad fuesen cuatro ladrones fugitivos a quienes les disuadiesen las puertas cerradas y ventanas bloqueadas), pero sí señalar lo segundo, porque yo tampoco creo que vaya a ser como Chernobil, sino mucho peor, infinitamente peor: Tenemos ya (en esta planta: se sospecha que hay otras tres centrales implicadas) dos reactores que ya han rebasado el simple umbral del peligro, en tanto que en Chernobil fue sólo uno; el incidente (que no accidente) se ha desarrollado en medio de un terremoto más un tsunami que ha arrasado la zona, cosa que no tiene que facilitar las labores; y en último lugar, todo ello ha ocurrido en un área inmensamente más poblada que la de Chernobil, y junto a una de las ciudades más grandes del mundo. Ya se han detectado altos niveles de contaminación radioactiva en el aire de Tokyo. A partir de aquí, ya no quedan rezos, esperanzas ni plegarias que lo resuelvan: sólo el reconocimiento explícito de lo que ha ocurrido. Una catástrofe, un desastre que no se podrá paliar. Ni con cucharaditas de yodo.

Dicen que las condiciones de Fukushima diferían mucho de las de Chernobil. Mientras que la ucraniana parece que incumplía todas y cada una de las normativas de seguridad y fue escenario de una cadena de negligencias asombrosas, no puede hablarse precisamente bien de la suprema irresponsabilidad que es plantar algo tan peligroso en medio del área sísmica más activa del planeta. ¿A quién diablos se le ocurrió sembrar el paisaje japonés de centrales nucleares? ¿Cómo demonios no pensar que en cualquier (predecible, esperable) terremoto no se iba a ir todo al garete? ¿En qué estaban pensando? ¿Qué tipo de gobierno(s) responsable(s) ha(n) sido eso(s)?

Este paisaje del que hablaba, tan extremadamente bello, que tanto me impactaba cuando lo visitaba, de esa manera tan superficial como negligente, a través de las imágenes dinámicas de las aplicaciones de Google, ha quedado irremediablemente dañado. Las plantas han quedado dañadas. O muertas. Los animales no humanos han quedado dañados. O muertos. La gente ha quedado dañada. O muerta. Lo sabíamos, y no tenemos excusa por haber mirado hacia otro lado. Ahora, poco a poco, el mundo se está yendo al Infierno. Se está acabando. Escribir (o decir) esto ya no puede ser considerado como fruto de una manía milenarista. Explota la central y Fukushima, Tokyo, Honshū, Extremo Oriente está ya inmensamente afectado. Medio mundo, como quien dice. A ver qué es lo siguiente.

Literatura 12:55 am

Adaptación castellana —con ligeras variantes— de la estructura métrica que aparece en Aristophanes: Wasps D. MacDowell (ed), Oxford University Press 1971. Con la inestimable ayuda de Rosana.

Ahora puede verse en el artículo (que iré reformando progresivamente) de Las avispas en Wikipedia.

Estructura métrica
Clave: Los corchetes [ ] enmarcan la estructura de sílabas largas (-), sílabas breves (.) y sílabas largas / breves (o). De esta manera, el esquema métrico no incluye sustituciones tales como verter el tribráquico (…) por un yambo (.-).
Elementos Versos Metro Contenido Comentario
Prólogo 1-229 Trímetros yámbicos. Diálogo de presentación de la escena. Inicio convencional [o-.-][o-.-][o-.-] verso 5
Párodos 230-47 Tetrámetros yámbicos catalécticos. Entra el coro acompañado de muchachos. [o-.-][o-.-][o-.-][o–] (troqueos habituales en las obras tempranas, como Los acarnienses, Los caballeros, La Paz) verso 230
248-72 Verso euripídeo de 14 sílabas. Diálogo entre los jueces y el muchacho. Forma más rápida de ritmo yámbico [o-.-][o-.-][-.-.–] verso 245
273-89 Metro variado. El coro se pregunta por Filocleón. Pareja estrofa / antístrofa basada en metro jónico [..–] con numerosas variaciones. verso 270
290-316 Como los anteriores, pero más simple. Diálogo entre los jueces y el muchacho. ‘Pareja estrofa / antístrofa basada en metro jónico [..–] con menores variaciones. verso 290
Canción 317-33 Metro variado. Lamentaciones de Filocleón. Fundamentalmente coriambos [-..-] hasta el verso 323; a partir de entonces, anapestos [..-], que reflejan el cambio de tono en la escena. verso 315
Escena simétrica (posiblemente un agón) 334-64 & 365-402 Tetrámetros trocaicos y anapésticos catalécticos. Discusión entre personajes y coro. Cada primera parte, en tetrámetros trocaicos [-.-o][-.-o][-.-o][-.-], ej. 334-45 acabando en tetrámetros anapésticos [..-..-][..-..-][..-..-][..–] , ej. 346-57 con un anapesto añadido en la pnigos (358-64) verso 334
Escena simétrica 403-460 & 461-525 Tetrámetros trocaicos catalécticos en su mayor parte. Acusaciones y refriega. Tetrámetros trocaicos [-.-o][-.-o][-.-o][-.-] con dímetros trocaicos añadidos. verso 403
Agón 526-630 & 631-724 Canciones y tetrámetros anapésticos catalécticos. Exposición de razones de Filocleón y Bdelicleón. Estrofa (526-45) y antístrofa (631-47) con metro yámbico [.-] y coriámbico [-..-]; secciones declamadas en tetrámetros anapésticos que acaban en pnigoi anapéstico. (546-630 y 648-724) verso 526
Canción 725-59 Anapestos, yambos y docmíacos. Reflexión sobre las exposiciones. Versos anapésticos 725-8, 736-42, 750-9, también yambos y docmíacos [o–.-] or [o..-.-] verso 725
Episodio 760-862 Trímetro yámbico. Puesta en marcha del tribunal en casa. Diálogo en trímetros yámbicos [o-.-][o-.-][o-.-] verso 760
Canción 863-90 Anapestos en su mayor parte. Oración de consagración del tribunal. Trímetro yámbico en vv. 868-9 y 885-6; Estrofa corta (vv. 870-4) y antístrofa (vv. 887-90) en yambos; anapestos en vv. 863-7 y 875-84 verso 863
Episodio 891-1008 Trímetro yámbico. Juicio de los perros. Dialogo en trímetros yámbicos [o-.-][o-.-][o-.-] verso 890
Parábasis 1009-14 Metro variado. Kommation. Anapestos (vv. 1009–10), yambos (vv. 1011–12) y trocaicos (vv. 1013–14) - modo métrico poco habitual para el inicio de la parábasis verso 1009
1015-59 Anapestos. Parábasis en sí con pnigos (ahogo). Tetrámetro anapéstico cataléctico [..-..-][..-..-][..-..-][..–] acabado en pnigos anapéstico verso 1015
1060–1121 Troqueos. Escena simétrica. Estrofa troquea (vv. 1060–70) y antístrofa (vv. 1091–1101); epírrema (vv. 1071–90) y antepirrema (vv. 1102–21) en tetrámetros trocaicos catalécticos [-.-o][-.-o][-.-o][-.-] verso 1060
Episodio 1122–1264 Trímetro yámbico. Preparaciones para la cena. Dialogo entre los personajes en trímetro yámbico [o-.-][o-.-][o-.-] verso 1120
Segunda parábasis 1265–1291 Troqueos. Escena simétrica. Estrofa en troqueos (vv. 1265–74) pero sin antístrofa; epirrema (vv. 1275–83) y antepirrema (vv. 1284–91) incluyendo una variación del tetrámetro trocaico cataléctico [-…][-…][-…][-.-] (tetrámetro peónico) verso 1265
Episodio 1292–1449 Trímetros yámbicos en su mayor parte. Resultados absurdos de la cena. Dialogo in trímetro yámbico con pasajes en troqueos (vv. 1326–31, vv. 1335–40) por parte de Filocleón ebrio verso 1292
Canción 1450-73 En yambos y coriambos en su mayor parte. El coro felicita a Filocleón y Bdelicleón. La primera mitad de la estrofa y antístrofa en coriambos yámbicos [o-.-][-..-] (vv. 1450–56, 1462–68); las segundas partes de ambas, en metros variados verso 1450
Éxodo 1474–1537 Yambos y arquiloquios. Danza de Filocleón. Dialogo in trímetro yámbico acabando en la danza (vv. 1518–37) en arquiloquios ([o-..-..-o][-.-.–]) verso 1470
Literatura05/03 /2011 11:23 am

(Para Rosana)

Jacopo Bassano: Animales entrando en el Arca de Noé (década de 1570)

Auto sacramental para dos actrices adultas, una niña, cinco figurones y doscientos cincuenta animales no humanos.

(Sobre la pintura de Jacopo Bassano Animales entrando en el Arca de Noé (1569) y Génesis 6-10)

Dramatis personae

NOÉ, patriarca y capitán de navío (figurón inmóvil y silente)
SEM, hijo y bracero ocioso (figurón silente)
JAFET, hijo y bracero ocioso (figurón silente)
CAM, hijo y bracero ocioso (figurón silente)
MARI, mujer de SEM y trabajadora
MARI, mujer de JAFET y trabajadora
MARI, mujer de CAM y trabajadora silente
NIÑA

A la izquierda de la escena, Mari (con tocado blanco) y Mari (sin él y agachada). En torno a ellas, sus respectivos maridos. A la derecha de la escena, Cam y Mari , también con tocado blanco. En un piso superior se situará a la niña, animando a pasar al jabalí, que podrá ser sustituido por un marrano de buen tamaño. En el centro, en posición de éxtasis y cara de arrobo, sin moverse un milímetro, Noé. La escena se complementará con los animales no humanos tanto terrestres como alados que quieran participar, sin ser en momento alguno coaccionados por el director de escena, actores o parte alguna del público. Tanto actores como director tendrán en cuenta que de algunos figurantes no puede esperarse una colaboración atenta a las normas de distribución de los cuadros vivientes.

Dado que las tres mujeres tienen el mismo nombre y sufren la misma situación, se podrán intercambiar de lugar, postura y marido a conveniencia del director, quien se atendrá a las razones de crear la máxima confusión en las identidades para mostrar que, al fin y al cabo y sumidas en un mundo de hombres, realmente todas las mujeres son iguales.


MARI - Tres años llevamos ya rompiéndonos la espalda por orden de este viejo enloquecido, sin observar el día del Señor, sin día de descanso, sin vacaciones y apenas pagándonos nuestros esfuerzos y desvelos. ¿Hasta cuándo va a durar esto? Y él continúa de pie, sin hacer nada, estorbando siempre, habitando en el punto en el que más obstaculiza, moviendo las manos como un director de orquesta bobo que no se da cuenta de que los músicos se le han fugado, mirando al Poniente y pretendiendo estar de cháchara con un Dios de cuatro cuartos.

MARI - Menos místicismo, que a éste me lo conozco yo; los beatos y los santos ven mejor a Dios y sus designios con la ayuda del alcohol. Míralo, Mari: tiene tanto mejillas como nariz coloradas, y eso que hoy no ha catado el vino de añada que tenemos guardado… ¡Bien que me he asegurado! Hemos tenido que escondérselo porque, imagina, a la mínima que nos descuidamos, ¡zas! se amorra al cántaro como un babuíno. Pero… ¿Lo habrá encontrado? ¿Será más listo que yo, más hábil que yo? ¿O es que tendrá algunas botellas por ahí, escondidas para los momentos de escasez? Qué espectáculos nos da en cuanto consigue un par de litros… que bien mirado, es la mayor parte de los días… No sé cómo los alcohólicos son capaces de aguzar tanto el ingenio para conseguir la bebida que los atonta y embrutece, chica: y acto seguido, venga a babear, a reir…

MARI - ¡Y tanto babear!: Le da por tentarme el culo con sus dedos artríticos y sus manos de azada cada vez que, por pena o por miramientos, le limpio la carota de vómito… ¡Será cochino…!

MARI - … y sin parar de delirar al tiempo, sobre todo cuando le da la manía obsesiva del Diluvio.

MARI - El Diluvio… sí, claro.. no me hables del Diluvio. Siempre la maldita lluvia y las conversaciones con Dios. Dios es sólo el invento de unos hombres que se han convencido de su propia mentira. Por qué rayos le habrá dado a nuestro suegro con la lluvia, no soy capaz de saberlo. Eso sí, que no es normal, te lo digo, no es natural.

MARI - Menos miedo tendría si en lugar de agua, lloviese vino. Entonces sería más difícil meterlo en el Arca cuando llueve de lo que ahora es desalojarlo de ella tras llover.

MARI - A eso iba. Al resto de los viejos, ya sabes, les desagrada bañarse, temiendo quizás deshacerse y escurrirse por el desagüe. Engañan, protestan, bufan y patalean hasta el punto de que casi hay que meterlos en la tina a la fuerza. Pero a éste le ha dado la ventolera de decir que va a llover cuarenta noches y días seguidos. ¡Qué miedo le tiene! ¡Habráse visto cosa igual!… Si se aproximan nubes, palidece; y nada te digo si empiezan a caer cuatro gotas: en seguida se lanza a dar alaridos, a persignarse, a caer de rodillas metiendo la cabeza en tierra, a golpearse el pecho con los puños entonando el Yo, pecador, a pedir perdón por sus pecados… y a esconderse en lo más profundo del Arca, cómo no… Viejo bribón y gallina… Hay que sacarlo cuando ya ha escampado, bien lo sabes, meado y cagado como un bebé y en un estado tal que cuesta calmarlo tantas horas como tranquimazines. ¡Todo para que se convenza de que el mundo sigue girando…!

(Risas tan malignas como compasivas)

MARI - Teme, ha dicho, que el mundo se vaya a ir al carajo.

MARI - Momia beata y desequilibrada… Al parecer, Dios le ha dado la bendición de decirle que va a anegar el mundo, pero lo ha maldecido al no decirle cuándo. Así que ahí está, a la espera, parado como un poste o como un semáforo roto, esperando, siempre esperando…

MARI - Eso es. Esperando y sin trabajar, que eso ya lo hacemos nosotras. Y para que él no se ahogue —porque no sabe nadar y empieza a temblar si el agua le sube por encima de los tobillos—, dice que hay que construir, fíjate, no una barca o un buque… ¡Sino un arca!

MARI - Que no lo dice él, sino Dios…

MARI - Eso, eso… su dios de engañifa, el coco de los niños chicos…

(Ríen sofocadamente las dos)

MARI - ¡Qué desatino! ¿A qué Dios enfermo se le ocurriría semejante idiotez? ¡Una caja inmensa de tres pisos con sus respectivas puertas! ¿Por qué ya no un ánfora, o una cuna ciclópea, o una alpargata de trescientos metros de eslora…? ¡Ya puestos a pedir estupideces…! Pero no, que tenía que ser un arca, y con unas medidas así y asá… ¡Y se empeñaba en darlas en codos! ¡En codos! ¡Qué extravagancia! Hubo que pasarlo todo a metros, porque con aquello de los codos, los carpinteros se negaban a trabajar… No tengo dudas, ha perdido la cabeza y todos nos perderemos con ella… En cualquier modo, nada de lo que extrañarse, porque tiene ya la friolera de 600 años.

MARI - Demasiado bien está después de tanto tiempo dando por el saco sin que a nadie se le haya ocurrido la idea de encerrarlo en el Psiquiátrico…

MARI - Y lo que queda. Mejor dicho, lo que nos queda. Porque pese al amor que le tiene al vino, está como un roble. Toda la maquinaria le funciona perfectamente, pese a que el que la gobierna se ha ido de paseo…

MARI - ¿Cómo…?

MARI - Que está loco, mujer. Que no rige…

MARI - Ah, sí. En eso estamos de acuerdo. Como una regadera. Y bien que estamos pagando haber entrado en esta familia de dementes…

MARI - El padre está loco, y los hijos padecen la locura de seguir al padre. Eso sí, sin dar un palo al agua, bien se le parecen en esto. Fíjate en Sem. Haciéndole cucamonas al ciervo en el cuello que está, mientras nosotras nos matamos con los fardos.

MARI - ¡Será…! ¡Y yo, que apenas puedo levantar este bulto del suelo, de lo que pesa! ¡Eh, tú, Sem…! ¡Tú, semita, perro circuncidado…! ¡Eh, eh, eh!

MARI - Nada, no te esfuerces: aunque le llamases cabestro, buey o mono pajillero no te oiría entre el estrépito de los animales que van subiendo al Arca. Y sospecho que, incluso sin ellos, se haría el sordo con tal de no ayudarte. Si el padre tiene miedo a la lluvia, los hijos le tienen pavor al trabajo.

MARI - Y el otro… ¿Qué me dices de Jafet? Míralo, acodado en el culo de la vaca, como un mal chulo de taberna de puerto, y hurgándose los bolsillos para ver si le quedan perrillas… Sospecho que, si encuentra algo más que telarañas, en breve dejaremos de verlo. Y luego ya lo de siempre: ir a buscarlo al bar y separarlo de la mesa donde estará semicomatoso por las copas. Maldita familia de borrachos…

MARI - Lo que es yo, ya lo doy por imposible. Bastante tengo ya con cargar este fardo, que me está alimentando la escoliosis, como para colmo preocuparme de si ese vago ha dejado de serlo… ¿Pero es que no hay aquí una carretilla siquiera…?

MARI - Deberíamos preguntarle a Noé…

MARI - ¡Bah! ¡Cualquiera lo saca de su ensueño!

MARI - ¿Y si le tiramos un saco…?

(Ríen de nuevo)

MARI - Aunque le dieses en su cabeza desamueblada, ni se enteraría. Fíjate lo que ha hecho nuestra suegra: en cuanto se puso pesado con lo de la lluvia y el Arca, y vio que los peleles estos con los que nos hemos casado le apoyaban para esquivar el desheredo o que no les diese dinero para fundírselo en la cantina… ay, espera que me cambie el fardo de lado… ya… vio que no habría ni Dios ni diablo que le sacase de la cabeza esa obsesión senil, se metió en casa diciendo que la avisasen cuando fuese el momento de embarcar, o de enarcar, como se diga lo que vamos a hacer en esta aventura delirante: ¡Anda que meternos en un arca con siete parejas de animales puros (según su especie) y otra pareja de animales no limpios, también según su especie!… Mira qué río de animales van viniendo al Arca, que ya saben que va a haber comida para todos…

MARI - Más listos son ellos que este Noé, que no sabría distinguir un gato de un avestruz… ¿Te has dado cuenta de que ha elegido a dos leones machos? Míralos, ahora van subiendo por la rampa… Y más encanijados no podrían ser. ¿Hay leones-enanos? Menos mal que Linneo no anda cerca, por que qué futuro le espera a las especies si todo lo hace así…

MARI - La pobre Mari tampoco te creas que está en mejor situación que nosotras… Trajinando de acá para allá mientras el golfo de Cam pierde el tiempo comtemplando lo que ve el elefante. ¿Qué ha visto ese animal…? ¿Un cacahuete…? Pues ya es motivo suficiente para no mancharse las manos con los sacos… ¡A admirarse con los misterios de la Ciencia!

MARI - Otro que no conoce más Ciencia que el llenarse la barriga de copazos…

MARI - Mala plaga les caiga encima a estos hombres nuestros. Y ella lo tiene peor que nosotras, que si un día nos terminamos de hartar, nos largamos por la noche sin una nota de explicación que valga y sin pintar corazones quebrados en los espejos de casa. Ella tiene a la niña, a la pequeña Mari, arriba en el arca, indicándole a los animales cómo subir por la rampa dónde tienen que alojarse…. ¡Eh, Mari, ven aquí con nosotras…! Nos hace señas con la mano negándose, y es natural. Sin ella, toda la tarea de ese área quedaría en manos del mendrugo de su marido… ¡Y nos costaría varios días deshacer las meteduras de pata que haría!

MARI - Mira a la niña, ahora está con el jabalí, al que ha atraído (o sobornado, según se mire) con unas trufas frescas… Detrás de él, el águila se encara con los microleones, y uno de ellos le alarga una zarpa, como si se creyese un león rampante de escudo familiar. Valiente fiera…

MARI - Pena me da el elefante, que ha cogido los fardos con la trompa y se los ha echado al lomo…

MARI - Lo mismo que este burro que tenemos al lado. Mala vida ha tenido que tener, sometido a la servidumbre del trabajo, que ahora que está liberado y nadie ni nada lo fuerza, salvo el hambre de comida y el deseo de arrimarse a las burras, ya me estaba dando con la cabeza para que le pusiese las alforjas… Se las he puesto, sí, pero vacías, para que no tenga que padecer la espantosa miseria a la que tú y yo estamos esclavizadas…

MARI - ¿Arrimarse a las burras? Mejor le iría a esta pobre… ¡Es hembra!

MARI - Jajajjaja… ¡Se me contagia la locura! Si el hombre pertenece, como sabemos, al Reino Animal, debe ser una constante inter-especies el que los machos rehuyan las labores, dejándolo todo en manos de las hembras…

MARI - Salvo las guerras, claro. Salvo las guerras.

MARI - Ésas las quieren todas para ellos solos… ¡Y allá se las queden! La vida del hombre transcurre entre tabernas y batallas, y se diría que les gusta alardear de valientes en las primeras para mostrarse cobardes en las segundas. ¡Ah, cómo maldigo al hombre, al varoncito, a sus leyes y sus dioses! ¡Por qué no nos haremos todas lesbianas! Pero… jajajajajaja… no temas, no me mires con esos ojos de espanto y prevención… jajajajaja… ven aquí, anda. Ya entraron todos los animales y hemos guardado todas las provisiones. Empiezan a oscurecerse los Cielos con las negras nubes de la tormenta y Noé camina de un lado a otro, demasiado atontado como para atinar a entrar por la rampa del Arca. Ven, ea, cógelo tú de un brazo y yo del otro y resguardémonos dentro al calor que exudan los animales. Venga, date prisa. Ya empiezan a caer las primeras gotas.

Exeunt y telón

Música02/03 /2011 6:46 pm

La hermosísima música del Padre Amiot, sacerdote jesuíta establecido en China en el siglo XVIII, es de extraordinario interés: mezcla la música litúrgica barroca europea con la tradicional china con la nada oculta intención de hacer el rito católico comprensible y digestivo para la feligresía indígena. Pero más allá del carácter muchas veces proselitista de su música, parte de un hondo entendimiento de los modos expresivos y musicales de ambas culturas. Adelantado del cross-over en una Francia con una creciente curiosidad cultural por el Mundo, el híbrido resultante es tan indiscutiblemente bello que no he podido dejar pasarlo por alto en estos cuadernos de bitácora perdidos de la mano de Dios.

Quotidiana17/02 /2011 12:50 pm

CalabuchEn Calabuch (1956), Berlanga pretendió, entre otras cosas, hacer un canto a esos valores sencillos y elementales de la roussoniana vida buena de los buenos salvajes (o aldeanos españoles), donde un científico adscrito a los programas nucleares de un país anglosajón viene a apartarse de los males de la carrera de armamentos. En España —viene a decir el mensaje— hay sol y un fascismo que levanta el brazo al sol, hay aire limpio o incensarios en la iglesia, hay dictadura, pero también amistad sin doblez. Qué buen lugar anárquico sería éste, donde todo el mundo tiene vocación para hacer lo que le da la gana, si no se entrometiesen en él los poderes fácticos. Convengamos en que nada más puede pedir un anciano recién llegado de las robóticas sociedades que hay más allá de las fronteras de España.

Sin embargo, 54 años más tarde, ese ingenuo1 canto berlanganiano a la vida tranquila se traduce como la sorda coral de la miseria, el atraso, la carestía y aún del horror. El pueblo que Berlanga filma es brutal (cuando él pretende lo contrario). En los pasajes donde no hay crítica mordaz (de una mordacidad ligera e incluso benigna), en las tomas de fondo del pueblo, en las acciones que los actores (o los extras) ejecutan en segundo plano, en las escenas de transición o en la contextualización de las importantes, aparece la brutalidad de la vida en los pueblos de España en los años 50, o la espantosa pobreza en la que se vivía. Indetectable para los espectadores (y los creadores) de la época, hoy se erige en un testimonio que nos grita a nosotros, habitantes del siglo XXI, que vivimos en esta parte del mundo condiciones infinitamente mejores.

El primer ejemplo que me impactó está en los compases iniciales: el cabo de la Guardia Civil dispara a la cabeza de unos ramplones contrabandistas de tabaco. La escena —que es hija de su tiempo— está trazada de forma burlesca: el guardia civil, que es obeso, cincuentón y permanece en estado de perpetuo cabreo, abre fuego contra unos contrabandistas que, para colmo del ridículo, se han escapado de los ensayos de los pasos de Semana Santa disfrazados aún de romanos. Todavía más: el paquete que llevan de alijo es pequeñísimo, dando una idea clara de su ínfima importancia. Ésta es una escena que podría hacer reir a una generación que era adulta en tiempos del estreno de la película (tanto de lo grotesco de su historia como por la burla a la Autoridad que conlleva); sin embargo, en 2011 no se entiende del mismo modo. Importa en este caso que podamos o debamos considerarlo una escena risible o una enormidad, y la distinción es quizás una distinción que hay que hacer según el contexto social en el que se viva. No es, desde luego, una cuestión de la capacidad de humor de cada uno, sino de las normas básicas (sociales, generales) que indican de qué es lícito reirse. Podríamos, aún hoy, reir de que a Laurel (o a Hardy) le caiga un piano de cola sobre la cabeza; de ningún modo lo haríamos si le cayese a un bebé. El segundo de los casos es para nosotros inadmisible y creo que esto estará fuera de toda duda. Pues bien: en este tiempo en el que vivo, en la sociedad en la que estoy inscrito, que un miembro de la seguridad del Estado le dispare a alguien a la cabeza por un delito miserable es escandaloso. No hay diversión en ello (pese a los Tarantino y sus seguidores). El asunto es tan terrible que queda más allá del campo de la risa (esto es, reirse de la desgracia ajena). Nuestra risa depende de un grado, que en el pasado quedaba mucho más atrás: nos reimos (probablemente) cuando un señor tropieza en la calle, pero no cuando una excavadora le arranca una pierna. En este caso, me ocurre exactamente lo mismo: disparar a la cabeza a alguien tiene poco (más bien nada) de risible. Y sin embargo, soy plenamente consciente de que aquellas personas de mi país que me saquen veinticinco o treinta años no verán nada reprobable aquí.

¿Qué pensar cuando le ve arrestar, con total impunidad, a quien le parece bien2? De nuevo: a mis padres les parecerá un reflejo de lo habitual, por más chusca que sea la escena; a mí, por el contrario, me resulta políticamente aterradora. Y un segundo ejemplo viene cuando el mismo personaje del guardia civil golpea y amenaza de muerte a su propia hija («te voy a matar… querías dejar sólo a tu padre… abandonarme… mala hija… eres una mala hija… perdida, te voy a matar a palos») por querer irse de casa para poder casarse con el hombre que ama. He hablado de este mismo sitio en un pasado post titulado Te mato de lo insoportable que resultan las amenazas de muerte por parte de las figuras que deben ser referentes emocionales, y podría resultar repetitivo volver a explicarlas aquí. Me gustaría solamente que aquellas personas que leen esto reflexionasen sobre el significado que tiene la frase Te voy a matar a palos. Y luego, si es posible, si considera que es adecuada para decirle a un miembro de la familia a quien se supone que se quiere.

Vista con ojos del siglo XXI, Peñíscola (o Calabuch) se debate entre la ruina y la barbarie. Son unas nuevas Hurdes, con la salvedad de que la cámara no se entretiene en desgranar la miseria ni muestra los planos documentales que más la favorecen. Aparece, por el contrario, aquí y allá, imposible de ser eliminada (y me temo que no detectada por aquellos que ya estaban tan acostumbrados a ella, que creían que era el estado natural de las cosas). Todos los habitantes aparecen hermanados por el rasero de la miseria y la ignorancia. Las expectativas de vida y los comportamientos de los personajes hoy nos resultarían invivibles, de campo de concentración o de patio carcelario: la disciplina férrea (y la intromisión avasalladora) de las autoridades militares o religiosas en la vida cotidiana (el alcalde es una mera comparsa). Los bares, donde uno o se embriaga, o juega al dominó (hay una tercera posibilidad: mirar cómo otros juegan al dominó). La intoxicación con alcohol, normalizada. Los niños, desasistiendo al colegio por razones laborales (totalmente normalizado en la película). El especismo en su modelo duro (se ataca a una vaquilla, jovencísima, ante el jolgorio generalizado). La omnipresencia del nacionalcatolicismo fascista. Y, rodeando todo ello como una neblina palpable, esa manera agresiva de conducirse con los demás: desagradable, hosca (aunque, como en tantas otras películas y documentos de la época, se haga pasar por una burda pose, por un disfraz con el que se protege la sacrosanta nobleza del carácter español).

Nota:

  1. Y es ingenuo porque pese a que las fuerzas vivas salgan malparadas, mostrencas o ridículas, lo que se presenta como realidad normalizada y aún deseable está inevitablemente tintada de la miseria, de la ignorancia, del subvivir en el que la había sumido el franquismo. Anoto algunos ejemplos algo más arriba.

  2. Aunque bien mirado, estamos habitando una sociedad que no ve especialmente grave que la Policía se lleve a quienes han cometido el doble delito de ser extranjeros y no lleven papeles que acrediten la legalidad de su presencia en este país.